No hay democracia que tenga asegurada su perdurabilidad. Los resultados de la primera vuelta presidencial en Brasil son un recordatorio de la fragilidad de un sistema de gobierno que invariablemente estará al acecho de fuerzas regresivas.

Jair Bolsonaro, un candidato de extrema derecha, obtuvo a base de explotar los odios y resentimientos de una sociedad el 46 por ciento de los votos. Lo sigue el candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, con 19 puntos de distancia. Salvo que algo extraordinario suceda de aquí al 28 de octubre, un exmilitar admirador de la dictadura arribará al poder por vías democráticas.

La fórmula ya es más que conocida en otras latitudes, incluidas las democracias más consolidadas del mundo. Del malestar masivo con la clase política tradicional surgen líderes que se sitúan como antisistémicos y convierten a las minorías en chivos expiatorios responsables de todos los males que aquejan a una sociedad. La particularidad del gigante sudamericano es que no cuenta con un Estado fuerte en el que la división de poderes cumpla con sus funciones. Contrariamente, la colusión entre poderes para primero deponer a Dilma, una presidenta electa por la voluntad popular, y luego encarcelar e inhabilitar a Lula, el único político que podía vencer a Bolsonaro en las urnas, terminó por devastar su institucionalidad democrática. Tras esto, ¿qué elementos le restan a Brasil para resistir los embates de una nueva mayoría que anticipa que perseguirá a sus rivales políticos?

La tragedia de las democracias

Los focos rojos se han encendido en todo el mundo. No es para menos: Bolsonaro ha dicho que el error de la dictadura en Brasil fue torturar y no matar; que Pinochet en Chile debió matar a más gente. Por si fuera poco, ha asegurado que la dictadura no existió, pues los brasileños podían ir a Disney y volver sin problemas.

Cuando le preguntaron si podría amar a un hijo que fuera homosexual, respondió que sería incapaz de hacerlo y que preferiría su muerte en un accidente. De hecho, sostiene que la homosexualidad es una enfermedad que es producida por el consumo de drogas.

El modo en que el candidato puntero se dirige a sus adversarias saca a relucir de qué está hecho. Una vez a una diputada de otro partido le dijo: no te violo porque no te lo mereces. Recientemente Pablo Gentili recordaba que este ultraconservador dedicó su voto a favor del impeachment de Rouseff a la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, quien torturó a la presidenta cuando tenía 19 años.

El extravío brasileño obliga a precisar que para que una democracia merezca ese nombre no basta con que la mayoría elija a sus gobernantes. El complemento indispensable es que esa mayoría respete a las minorías. Esto es, garantizar que los derechos humanos residan en un núcleo con fronteras infranqueables que los mantengan a salvo de las apetencias de quien detente el poder.

La tragedia de las democracias es que por sus vías pueden llegar gobernantes no democráticos que terminen por pulverizarlas. Brasil es un doloroso ejemplo de la vigencia de esta amenaza. El brote de movimientos neofascistas por todo el mundo y la llegada de la xenofobia al gobierno en distintos países reclaman que, sin importar el lugar en el que vivamos, los demócratas salgamos a defender las democracias.

La ciudad constituida

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