Opinión

¿Batallas virtuales?

La violencia que se da entre algunos personajes de la clase política en los medios digitales no aporta nada ni beneficia a nadie. | José Antonio Sosa Plata

  • 18/07/2019
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El nuevo ecosistema de comunicación global incrementó los espacios en los que se libra la lucha por el poder. Los conflictos, enfrentamientos, escándalos, generación de noticias falsas e incluso la violencia verbal entre personajes políticos hoy nos parecen normales. Y no debería ser así. Lo que no queda claro es la utilidad o beneficio real que reciben los protagonistas al participar en estas confrontaciones.

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Algunas de las transformaciones positivas más importantes que experimentamos en el nuevo espacio público son:

1.  La gestión de las campañas institucionales y electorales obliga a desarrollar nuevos métodos de investigación y formas de operar el trabajo cotidiano de instituciones y partidos políticos.

2.  La forma en que las autoridades, dirigencias y liderazgos se comunican con la sociedad es más dinámica, interactiva y diversificada. En consecuencia, la protesta social ha encontrado otras formas de manifestarse.

3.  La segmentación de las audiencias es más precisa, por lo que es posible una comunicación más efectiva porque se conocen mejor los intereses y necesidades de los grupos específicos de la sociedad.

4.  Los mensajes de los líderes tienen que ser breves, directos y favorecer una comunicación más frecuente y fluida con las audiencias.

5.  Los procesos para realizar trámites, consultas, adhesiones, registros —y hasta para recaudar dinero— favorecen los principios de transparencia y rendición de cuentas.

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Sin embargo, también han aparecido en estos medios varias expresiones negativas que están asociadas con el lado más oscuro y perverso del ejercicio del poder:

1.    La invasión desmedida de la privacidad y la vulnerabilidad que tienen nuestros datos personales.

2.    La saturación sin precedente de mensajes publicitarios y propagandísticos, lo que contribuye a incrementar los niveles de confusión y desinformación.

3.    La proliferación de noticias y cuentas falsas.

4.    La aparición de los llamados bots o grupos contratados y organizados para interferir en las interacciones de la gente.

5.    La violencia verbal, que se da no solo entre algunos participantes sino entre quienes representan un poder institucional.

El uso de la tecnología y la participación en las redes sociales no genera violencia por sí mismo. Se trata de un fenómeno normal y previsible, que a nadie debería sorprender. El problema está cuando su objetivo traspasa los límites de la Ética y de las normas básicas y el respeto a los derechos que se tienen que cumplir en las interacciones.

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La experiencia ha demostrado una y otra vez que la violencia verbal puede convertirse en el preámbulo de la violencia física. También nos ha dejado claro que quienes recurren a ella terminan dañando su imagen pública y, en consecuencia, su reputación. La sociedad quiere ver liderazgos firmes, fuertes y con decisión. Pero el camino para demostrarlo no es el pleito, mucho menos la agresión.

Los modelos estratégicos y las prácticas profesionales se están transformando tanto y a tal velocidad, que a muchos personajes de poder les cuesta adaptarse a las necesidades, ritmos, procesos y códigos de los medios digitales. Por tal motivo, cuando el desconocimiento se impone, las respuestas erráticas o violentas se dan porque se pierde el control emocional. Y al perder la mesura o el aplomo, lo que en realidad se debilita es la confianza, la credibilidad y, por supuesto, su poder.

Recomendación editorial: Diego Beas. La reinvención de la política. Internet y la nueva esfera pública. Editorial Planeta, México 2010.