Opinión

Bajemos a Bolívar del caballo

Carecemos de mecanismos institucionales para colocar o retirar monumentos en los espacios más importantes de nuestra ciudad y de nuestro país. | Roberto Remes

  • 14/09/2021
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Me pregunto si no tendríamos que quitar a Simón Bolívar de la Glorieta que lleva su nombre, en la calle de Violeta con Paseo de la Reforma, o por lo menos bajarlo del caballo. No es que personalmente me ofenda su presencia o que niegue el ideal de la integración latinoamericana; el problema es que, siendo congruentes, Bolívar representa todo lo opuesto a lo que hace México en su relación con los ciudadanos de otros países.

En constantes ocasiones, durante esta administración, colombianos que han llegado al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México han sido humillados por personal de migración. Hay denuncias en medios de su país y también en redes sociales. Horas sin agua, sin comida, sin que les resuelvan su situación migratoria, hasta que de pronto los deportan, aún cuando los estén esperando familiares, amigos o parejas afuera de la terminal.

Las vejaciones que vimos en días recientes a migrantes haitianos y centroamericanos en la frontera sur, el reforzamiento tanto de las fronteras como de las rutas de migrantes por la Guardia Nacional, las violaciones a derechos humanos en contra de los migrantes, son la mejor prueba de nuestra incongruencia frente a un Libertador a caballo con rumbo al Suroeste de nuestra ciudad.

Siendo congruentes, ahora que a México sólo interesa la unión latinoamericana con los países gobernados por dictaduras populistas como las de Cuba, Nicaragua y Venezuela, o regímenes de naturaleza similar en Argentina y Bolivia, tendríamos que reflexionar sobre la permanencia de otro monumento a Simón Bolívar en las márgenes de Paseo de la Reforma, el bello Obelisco que se encuentra en la esquina con Julio Verne.

Escribo estas líneas provocadoras a partir del retiro de la estatua de Cristóbal Colón, que daba nombre a la glorieta donde convergen las calles de Versalles, Morelos, Ignacio Ramírez y Reforma. También lo hago en referencia al cambio de la Fuente del Cutzamala por la Diana Cazadora en los años noventa. En el contexto actual, puedo preguntarme qué tiene que ver una diosa romana con nuestros símbolos, aunque sin duda su estética está acorde a otros monumentos en la avenida.

Paseo de la Reforma tiene múltiples rupturas. No todos los personajes se relacionan con nuestra historia, no todos los monumentos tienen el mismo estilo: desde el constructivismo de Manuel Felguérez en la Puerta 1808 de Avenida Juárez hasta la influencia de una marca de galletas en la Estela de Luz. Incluso, durante unos meses, Reforma fue la casa del memorial al dictador azerí, Heydar Aliyeb. 

La polémica por el retiro de Cristóbal Colón o la provocación respecto al retiro de Simón Bolívar, en realidad corresponden a la misma historia que se repite una y otra vez. Carecemos de mecanismos institucionales para colocar o retirar monumentos en los espacios más importantes de nuestra ciudad y de nuestro país.

Tal vez para algunos, la unión de dos mundos no sea un proceso suficientemente relevante, a pesar de que casi todos los mexicanos somos mestizos, casi todos llevamos al menos un apellido español, casi todos nos identificamos con elementos culturales que reflejan el encuentro de dos mundos. Pero en el fondo no se trata de lo que cada uno de los lectores de esta columna piense en lo individual, o lo que diga el autor respecto a Colón. El problema real es el proceso: el retiro de la estatua, o la probable colocación de la Cabeza Olmeca de Tlalli en el mismo sitio, no obedecen a reflexiones objetivas, sino a la obsesión por reescribir la historia como un acto de poder.

El retiro de Cristóbal Colón no responde realmente a un acto de justicia histórica, es una manipulación, una construcción semiótica, donde las posturas a favor o en contra, tampoco son consecuencia de la reflexión colectiva, sino que acompañan a las afinidades y repulsiones políticas de quienes están a favor o en contra del régimen.

A esto debemos sumar las decisiones unipersonales. Hace 20 años se colocaron unos prismas en la parte central de Paseo de la Reforma, motivados por el capricho del arquitecto que tenía a su cargo la renovación de la avenida, y en fechas recientes nos hemos llenado de antimonumentos y un campamento del que ya dudo que sea ocupado por las verdaderas víctimas del hecho que reclaman. En esta administración se estableció un cruce peatonal frente a la Estela de Luz, pero en vez de utilizar los materiales dominantes en Reforma, se optó por acabados baratos.

En este contexto, necesitamos caminar hacia una curaduría de Paseo de la Reforma y otros espacios emblemáticos, un mecanismo colegiado que determine tanto calidades, como la pertinencia o no de los homenajes, así como los mecanismos para el retiro y colocación de monumentos.

Sumado a esto, los honores, que como sociedad rendimos a los próceres, exigen congruencia. Es una vergüenza homenajear a Bolívar por todos lados, y humillar a viajeros y migrantes latinoamericanos. Tal vez no haya las condiciones aún para eliminar fronteras, pero sí por lo menos debería existir un trato respetuoso tanto para los turistas de América Latina, como para los migrantes que huyen de la violencia de sus países.

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