Opinión

Ayotzinapa: el país donde no pasa nada

El mensaje fue muy claro: se puede torcer la ley si se pertenece al grupo en el poder, si se forma parte del círculo de amigos de la mafia política.

  • 12/10/2014
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¿Por qué policías y sicarios se atrevieron a matar y desaparecer a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa? Porque sencillamente no pasa nada, porque vivimos en el país de la impunidad. Y en el año 2000 lejos de arribar a la democracia el país entró en una etapa de impunidad, descaro y violencia sin precedente.

 

Fox llegó al poder empujado por la esperanza de millones de mexicanos que confiaron en que tendría la determinación suficiente para desmantelar al viejo régimen autoritario. Una de las banderas foxistas fue aclarar y castigar los crímenes del pasado cometidos por los gobernantes. Se dio gran vuelo mediático al tema, se puso a trabajar una fiscalía especial y al final, no sucedió nada: los culpables permanecieron impunes y una vez más, se le negó al pueblo el derecho de conocer la verdad histórica acerca de la represión y la guerra sucia.

 

La impunidad fue el sello del gobierno de Fox: desde el encubrimiento a los escándalos de corrupción de los hijos de Martha Sahagún hasta el fraude electoral que llevó al poder a Felipe Calderón, personaje del que las autoridades electorales determinaron que sí había infringido la ley pero que no sería castigado.

 

El mensaje fue muy claro: se puede torcer la ley si se pertenece al grupo en el poder, si se forma parte del círculo de amigos de la mafia política.

 

Con Calderón la tónica fue exaltar la violencia. Como nunca en la historia del país, la fiereza delincuencial e institucional se apoderó de los medios de comunicación que llenaron de sangre sus espacios. La violencia se convirtió en parte de la sobremesa: Lejos de frenar la acción de la delincuencia, con Calderón se promovió. Muchos criminales no sólo permanecieron impunes sino que accedieron a cierto nivel de culto y celebridad.

 

Calderón ignoró todas las voces críticas que le señalaron que la guerra no era el camino para solucionar el problema de la delincuencia organizada. La necedad de Calderón costó miles de vidas, muchas de ellas inocentes, así como el dolor y el estado de crispación de comunidades enteras. Uno de los ejemplos más dolorosos del calderonismo fue la masacre de Villas de Salvácar que costó la vida de 15 jóvenes estudiantes que se encontraban en una fiesta.

 

Calderón ignoró las raíces sociales de la violencia. Optó por enfrentar fuego con fuego. Y ahí están los resultados. Con Enrique Peña Nieto las cosas no son distintas en el fondo. Efectivamente, en este sexenio ya no hay el caudal apabullante de noticias sobre ejecuciones, matanzas y balaceras pero esto no quiere decir que no ocurran.

 

Las llamadas reformas estructurales están en el fondo de las causas que fortalecen el caldo de cultivo de la delincuencia.

 

Lo que hasta el día de hoy conocemos del caso Ayotzinapa nos muestra las consecuencias de la inhumana filosofía neoliberal.

 

¿Cuántos casos hay de políticos presuntamente ligados a la delincuencia y no pasa nada?

 

¿Cuántas matanzas y desapariciones se han acumulado en el país sin que nada suceda?

 

¿Cuántos políticos violan la ley sin que esto implique ningún castigo?

 

La situación es escandalosa y la solución de fondo no se vislumbra porque implicaría reconocer el grado de descomposición de la clase política y para eso Enrique Peña Nieto tendría que irse. En el México de hoy sólo cuenta la voz de los que tienen mucho dinero.

 

Se tiene que encontrar a los muchachos desaparecidos y por supuesto se tiene que castigar a los culpables materiales e intelectuales de estos crímenes independientemente de quienes sean. No obstante, lo principal es crear condiciones para que no haya más Ayotzinapas. Y para que no haya más matanzas se tiene que abolir este sistema inhumano neoliberal.

 

@martibatres

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