Opinión

¿Aunque duela?

En los procesos de gestión de crisis, hablar con la verdad es imperativo. | José Antonio Sosa Plata

  • 12/03/2020
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La mentira en la publicidad y propaganda es casi siempre aceptada por la sociedad. El endurecimiento de la legislación que regula los contenidos mediáticos, y los códigos de ética de las empresas, cuando los tienen, no han impedido que la manipulación de información siga siendo una de sus características principales.

La gente lo sabe y lo acepta. Sin embargo, cada día son más las personas que han desarrollado mecanismos de defensa para no dejarse sorprender con la facilidad que los emisores quisieran. El escrutinio que permiten las redes sociales se han convertido en uno de los mejores antídotos contra la mentira, a pesar de que vivimos en la época de la posverdad.

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Por otra parte es preciso reconocer que, en el nuevo ecosistema de comunicación, la subjetividad se impone a la objetividad. Tampoco debemos olvidar que la información pública basada en hechos concretos y datos duros convive con las falsedades, silencios, ocultamientos, tergiversaciones, distorsiones, parcializaciones y sesgos para influir en las audiencias.

En la lucha por el poder, lo que más importa es el cumplimiento de fines y objetivos particulares. Por eso, la manipulación de la opinión pública se ha convertido en una actividad que requiere seguir siendo analizada a fondo por los profesionales de la comunicación política. A final de cuentas, como afirma Manuel Castells, “la ocultación de la verdad como forma de gobierno es una práctica generalizada en Europa y en el mundo”.

A pesar de lo anterior, se ha demostrado que el mayor apego a la verdad es el recurso más conveniente cuando las instituciones públicas enfrentan una situación de crisis. La razón es clara y simple. Las y los ciudadanos le creen muy poco a sus gobernantes, pero no les aceptan que les nieguen el derecho a saber la verdad cuando el riesgo y la incertidumbre amenazan la vida, seguridad, estabilidad y tranquilidad de la población.

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El presidente Andrés Manuel López Obrador está enfrentando hoy uno de los momentos más complicados en el país desde que asumió el poder. La combinación de varias situaciones críticas, en forma simultánea, están poniendo a prueba no solo la efectividad de su proyecto de gobierno, sino la estrategia de comunicación y del modelo de vocería cotidiana que operan desde el primer día de su administración.

Con las situaciones críticas que está generando al país la baja en los precios del petróleo, la depreciación del peso y la crisis mundial del COVID-19; más la controversia que se generó desde Palacio Nacional por la marcha y el paro de mujeres los pasados 8 y 9 de marzo, la escasez de medicamentos en el sector salud y la inseguridad que se vive en la mayor parte de los estados le han creado un punto de inflexión en términos de su reputación e imagen.

¿Pasará el presidente la prueba de fuego?

Las críticas que se han generado en diversos medios audiovisuales y digitales, por las acciones y respuestas que ha dado el presidente en sus conferencias de medios, han puesto al descubierto muchas de las fortalezas y debilidades de las tácticas que funcionaron muy bien en los primeros meses de su gobierno. La buena racha llegó a su límite.

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Si el presidente quiere recuperar el terreno perdido, es preciso ajustar entre otras cosas la narrativa y las actitudes. Las semanas que vienen serán decisivas para corregir. La gobernabilidad y la confianza que necesita de la población en estos momentos así lo ameritan, porque el ejercicio de gobierno desgasta hasta los líderes más queridos y populares. Sobran los ejemplos en la historia.

Además, si nos atenemos al principio de que en política lo que importan son los resultados, lo más significativo que hemos aprendido en el terreno profesional es que las crisis no se resuelven con retórica. Mucho menos con visiones parciales o distorsionadas de la realidad. Todo lo contrario.

En el marco de una crisis hay que hablar claro. Ser concretos y precisos. Exponer lo bueno y lo malo. Mencionar los costos y las consecuencias de las acciones propuestas. Dejar claras las causas que generaron los problemas. Plantear las opciones de solución, principalmente las que son viables y factibles. Mantener en todo momento la serenidad para generar confianza. Hay que ser autocríticos.

Tampoco conviene enojarse ni abrir nuevos frentes de conflicto porque se afecta el buen manejo de la agenda. En tiempos difíciles, es indispensable señalar las amenazas y los riesgos, hasta donde lo permitan los límites de la ética y la seguridad nacional. En suma, decir la verdad, aunque a veces sea dolorosa.

Los mensajes basados en el “todo está mal” o “todo está bien” provocan escepticismo en los escenarios de crisis. La radicalización de los argumentos en donde “la culpa es de los otros” y en los que “nosotros no somos los responsables de nada de lo que está pasando” tienen muy poca credibilidad. Este tipo de mensajes son más efectivos en campaña, porque las reglas y procesos de comunicación son muy diferentes.

Ya llegará el momento del discurso persuasivo de las campañas. En los momentos adversos que hoy vive el país se requiere una estrategia política y comunicacional acorde con las amenazas, riesgos e incertidumbres en los que estamos inmersos.

Si el presidente y su gobierno salen bien librados de este contexto y cumplen con las necesidades, demandas y expectativas de la ciudadanía, no tendrán mayores dificultades para las contiendas que vienen. En caso contrario, la ciudadanía pasará la factura.

Recomendación editorial: Álex Grijelmo. La información del silencio. ¿Cómo se miente contando hechos verdaderos? España, Editorial Taurus, 2012.