Opinión

Asesinato en la Sierra

Según un informe de Global Witness, “ser ecologista sale caro, muy caro; especialmente si eres indígena: te puede costar la vida”.

  • 22/02/2017
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El domingo 15 de enero pasado fue asesinado Isidro Baldenegro López. Sabía que lo querían matar: “Andamos mal, ya me quieren chingar”, dijo poco antes de su ejecución en la comunidad de Coloradas de la Virgen –municipio de Guadalupe Calvo, en la sierra de Chihuahua--.

 

Aquel día ‘visitó a su madre y  a su tío y atendió sus negocios: vender y comprar chivas y ofrecer en 250 pesos los machetes que hacía a mano. El mismo día, por la tarde, tres balas de un arma 38 súper le dieron en el pecho, abdomen y pierna derecha’ –relata Iñigo Arredondo, El Universal-. El hombre quedó tendido, como había ocurrido con su padre Julio Baldenegro treinta años atrás.  

 

Pero Isidro no era tan sólo un indígena Rarámuri habitante de la sierra Tarahumara en Chihuahua. Durante muchos años dedicó su vida a defender los bosques que quedan en su entorno. Y por esto se había enfrentado a grandes intereses económicos y poderes políticos y comerciales de talamontes; pero también a quienes querían los espacios para hacer a un lado el bosque y ocupar la tierra en la siembra de mariguana y amapola… No en balde Guadalupe y Calvo fue el lugar en donde una enorme cantidad de plantíos de amapola fueron destruidos por el Ejército en 2016.

 

Baldenegro sabía que algunos no lo querían ahí. Estuvo en la cárcel acusado de posesión de arma exclusiva del Ejército y de mariguana: quince meses después no se le probó nada y fue exonerado. Después se casó y anduvo por varios municipios, incluso intentó vivir en la ciudad de Chihuahua, pero no se acostumbró, no era su vida, y decidió volver con su familia a la sierra: para morir.

 

La similitud es inevitable. Vladímir Arséniev escribió un libro clásico en Rusia: “Dersú Uzalá”. En él relata sus viajes a través de la cuenca del río Ussuri, en la parte más oriental de Rusia. Esto era para trazar la ruta que podría seguir el ferrocarril. Ahí conoció a Dersú Uzalá (1849-1908), un habitante de los bosques de la tribu china Hezhen, quién sirvió de guía al grupo en la expedición entre 1902 y 1907 y salvándolos de morir de hambre y frío en varias ocasiones.

 

Dersú era nómada y ambientalista, entablaba una relación con la naturaleza de igual a igual sin intentar imponerse como hacía la civilización occidental.

 

En gratitud, en 1907 Vladímir Arséniev invitó a Dersú a vivir en su casa de la ciudad de Jabárovsk debido a la pérdida de visión que Dersú empezó a sufrir, por la que no podía seguir sólo en el bosque. En la primavera de 1908, después de comprobar que le era imposible adaptarse a la vida de la ciudad, decidió regresar a la región de la que provenía. Dersú murió asesinado, según cuenta el libro, en el pueblo de Korfovskiy y enterrado en una tumba no identificada el bosque ruso.

 

Es la historia interminable y nadie parece querer solucionarla. La ambición por hacerse de los bosques, talarlos y desarrollar actividades de siembra ajena a la vocación de la tierra afecta a estos espacios de beneficio mundial.

 

Y así como fue asesinado Isidro Baldenegro, a quien en 2005 le fue entregado el Premio Goldman –equivalente al Nobel, de ecología— por su trabajo en la preservación del medio ambiente en la Sierra Tarahumara, han muerto una gran cantidad de hombres y mujeres que intentan defender los bosques y la naturaleza de la ambición y la destrucción.

 

Según un informe de Global Witness, una organización que atiende los problemas del medio ambiente mundial, “ser ecologista sale caro, muy caro; especialmente si eres indígena: te puede costar la vida”. Esto es, que según sus datos, tan sólo entre 2015 y 2016 fueron asesinados 185 activistas ambientales en el mundo.

 

Ahí mismo, en su informe denominado “En terreno peligroso”, detalla que la defensa medio ambiental puede llegar a ser mortal, especialmente en zonas aisladas o en las que la complicidad, la corrupción o el abandono son proclives para la agresión mortal, pero sobre todo, se destaca la notable vulnerabilidad de los pueblos indígenas, cuyos débiles derechos sobre la tierra y aislamiento geográfico los convierten en el objetivo habitual del acaparamiento de tierras y sus recursos. Así que casi la mitad de las víctimas en el periodo pertenecían a grupos indígenas.

 

Alrededor de la medianoche del 2 de marzo de 2016, hombres armados derribaron la puerta de la casa en la que estaba Berta Cáceres, en La Esperanza, Honduras. Dispararon contra ella y la asesinaron. Había sido una prominente activista ambiental y defensora de los derechos de los indígenas de su país. En 2015 le habían otorgado el Premio Goldman de Medio Ambiente…

 

En su discurso de aceptación Berta denunció las amenazas de muerte y los intentos de secuestro que había sufrido por su oposición a la presa de Agua Zarca

 

O como el caso del padre y el abuelo de la activista medioambiental filipina Michelle Campos, que fueron ejecutados por defender su tierra ancestral frente a la minería de níquel y oro, en un ataque que sacó de su lugar de origen a 3 mil indígenas del pueblo Lumad…

 

En todo caso, la tragedia está en la ambición por transformar el entorno aun a costa de la transformación climática, de la transformación de la vocación de la tierra y del derecho de los habitantes por estar en el entorno que les tocó vivir y querer.

 

Y la tragedia de los ambientalistas, también y sobre todo indígenas, está en la corrupción, en la impunidad y en el abandono histórico al que se les h a sometido.

 

La muerte de Isidro Baldenegro López está ahora en manos de la autoridad de Chihuahua. ¿Se hará justicia? ¿Pararán estas muertes? ¿Detendrán a los criminales y serán sometidos a las leyes? Vamos a ver… ya veremos.

 

@joelhsantiago

@OpinionLSR

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