Opinión

Aquí no ha pasado nada

El “no me di cuenta” ofrece impunidad, pero también otorga a quien lo esgrime un dudoso sentimiento de superioridad. | María Teresa Priego

  • 05/10/2021
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“La ´ingenuidad’ no es punible” me dijo Marta Ferreyra mientras hablábamos de historias familiares. Me reí de la palabra “ingenuidad” que en el contexto de esa tarde venía cargada de todos sus contrarios: el daño infligido como de ladito. El “no me di cuenta”, “te lo imaginaste”, “¿Cómo crees que yo te haría algo así?” El tan magnánimo: “¿Eso hice?  Ay, qué torpeza la mía”. Y desde esa “ingenuidad” tendríamos que aceptar que la vida sigue entre las personas implicadas: sonriente y plácida. La trinchera de la pretendida “ingenuidad” puede negar desde daños “menores”, hasta situaciones de abuso gravísimas. Me referiré específicamente a esas circunstancias en las que la “ingenuidad” intenta ocultar la rivalidad y el intento de despojo

Ocultar y naturalizar. La fantasía del despojo trae inscrita una furia intensa. Una sed de revancha. La persona que con mayor o menor éxito inflige el daño guarda una factura a cobrar. La otra/el otro “se la debe”. Y se la tiene que pagar. No importa si la cobranza es injusta, absurda, mal colocada: se la debe. ¿Cómo se genera la cobranza? Pareciera que comienza con la imaginaria falta de espacio. Pienso en las vivencias de una madre particularmente narcisista y su hija. Cuando la hija llegó a la adolescencia la madre comienzó a sentir que no había suficientes bienes y espacio para las dos en este mundo. ¿En qué se traduce? A la madre “la despoja” el hecho mismo de que la hija crezca. La hija le marca el tiempo. Ese horizonte de futuro abierto le recuerda todo lo que ella no ha hecho, los deseos que no ha realizado. Lo que ella esperaba del mundo “y el mundo no le ofreció”. 

El futuro de la hija se convirtió en una afrenta. En un despojo. Una vez instalada en esa certidumbre que no podría resistir al cuestionamiento, pero que la madre no estuvo dispuesta a cuestionar, ¿por qué lo haría? Cuestionarlo significaría enfrentarse a solas con sus abismos. Siempre es más fácil desplazar. Convertir a la hija en el espejo y desde un interior roto: intentar romperla. La hija, por el hecho de existir, le siguió marcando el tiempo. El reproche de la madre llegó a ser explícito: “por favor, de qué te quejas, tú vas a vivir más que yo”. “Pues hijita, ve arreglando tus papeles, porque cualquier día de estos te llega una enfermedad grave o un accidente y yo ya no estoy en condiciones de andar resolviendo tus problemas”. “¿Cuáles “problemas?” sí habrá estado esa madre tan ausente en “condiciones de resolver” se pregunta la hija. La fantasía de despojo deja de ser una fantasía: se actúa. 

La madre le habla a la hija “por su bien”. No es fácil permitirse lo que ella se permite, pero partamos de donde la madre parte: ella es casi perfecta. Su bondad y su amor no están en duda. Hay en el despliegue de crueldad no solo un helado desapego, sino una sobredosis de omnipotencia. Pero sobre todo la madre habita el planeta “ingenuo” del “aquí no pasó nada”. “¿De qué me hablas?” “Qué bárbara, qué imaginación tienes”. A ella solo una loca podría cuestionarla. Conclusión: la hija está loca. Hasta que llega el antepenúltimo acto: con toda su “ingenuidad” a cuestas despoja a la hija de la herencia del padre. Sin darse cuenta. Porque la hija “la amenazó”. En sentido estricto es una verdad: siempre la amenazó la existencia de la hija. Que fueran distintas. Así nada más: porque cada persona es distinta de la otra. 

Pero “aquí no ha pasado nada”. Después de cantidad de artimañas de manipulación y enredos legales sin los cuales, el Acto no hubiera sido posible,  la madre dice: “no sé cómo tu papá decidió dejarte en la calle. Yo ni me enteré, te trató como si tus hermanos fueran sus hijos y tú no. Qué raro era, porque parecía que te quería. Pero bueno, te quedan más años de vida que a mí: sigue trabajando. Esta bolsa azul es muy difícil de combinar. ¿Viste el tono? No logro encontrarle zapatos. A ver si me ayudas a encontrar los zapatos…” El discurso imparable: los zapatos, el clima, la trabajadora del hogar que no le cumple… y el: “como si tus hermanos fueran sus hijos y tú no”. La exclusión. Propiciar, armar y celebrar la exclusión. ¿Cuál es el menaje? “Tu papá te mintió. Tu papá no te quiso”. He allí un tremendo intento de despojo. Llega un punto en el que la “ingenuidad” es insostenible ante la recurrencia de los Actos. Y sus dimensiones. 

“La “ingenuidad no es punible”. Como “no pasó nada”, no se espera que nada cambie. La madre puede llamar para contar interminablemente una historia de pijamas. El daño y su intención, simplemente no existen. No importa de qué tamaño haya sido: no sucedió. Cualquier desvío de la regla sería para ella una injuria. La peor ofensa. Porque entonces interviene esa especie de repetida fase dos: la lista de todo lo que ella hizo bien, tan generosamente bien y en consecuencia: está siendo víctima de una tremenda injusticia. Ella es la víctima. Sufriente y magnífica. La hija la está violentando. Es una circunstancia que se repite cuando las relaciones se estancan en la rivalidad y la fantasía del despojo. Con frecuencia, para ahorrarnos dolor, tendemos a explicarnos que la otra persona, aplicó la puñalada trapera “sin darse cuenta”. Y allí, le hacemos el juego a su omnipotencia. Hay por supuesto, infinitas posibilidades, pero me siento inclinada a decir: sí sabe. Sí se da cuenta. Y lo disfruta. Enormemente. Y como en la frase de Octave Mannoni, aplicó aquello de “yo lo sé bien, y sin embargo…” 

Es difícil imaginar que cada vez, a lo largo del tiempo: la rabia, la rivalidad, el deseo de destruir, de quitarle “algo” a la otra, hayan permanecido inconscientes. Son emociones demasiado intensas. El “no me di cuenta” ofrece impunidad, pero también otorga a quien lo esgrime un dudoso sentimiento de superioridad. Lo logró. Y todo va a seguir igual. En eso, en negarlo, también  consiste su poder. No habrá una disculpa. ¿Por qué la habría? Cada agresión es un ajuste de cuentas. Los ajustes de cuentas pueden ser insaciables. Siempre habrá una cuenta que cobrar, cuando no se concibe que hay lugar para la una y para la otra. Diferenciadas. La madre “solo se está defendiendo”. ¿De qué? De la amenazante existencia de la otra mujer. Pero, es su hija. ¿Y luego? ¿Qué amenaza le podría ser más cercana a una madre súper narcisista que la existencia de su hija

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