Opinión

Amores saraguatos y viejos cristales rotos

La selva está llena, también, de esperanza. La habitan unos animalitos que se llaman saraguatos. | María Teresa Priego-Broca

  • 31/07/2018
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"El otro siempre está a la vuelta de la esquina", dijo David Yemal. ¿Qué podría significar? Una no sabe quién es el otro. Nunca terminará de saberlo. Una persona da la vuelta en una esquina de la vida y se encuentra con otra que de manera - ¿casual?- da la vuelta en la misma esquina. "El azar y la necesidad". El encuentro es el principio de un inmenso misterio. Cada quien llega con su historia a cuestas, con sus significantes que podrían parecer iguales, pero son distintos. Con aquello que sabe y aquello que no sabe de sí mismo. Internarse en el misterio. Con o sin cautela. Internarse en la promesa. Y en la amenaza. ¿Porque quién abre su corazón sin un cierto desasosiego? Tantito desasosiego. Tremendo desasosiego. 

¿Alguna vez se han internado en la selva? Es una invitación fascinante. Hay manglares, cantidad de raíces, flores, animalitos de todos los tamaños. Humedades. Colores. Sonidos. Un intenso llamado a la vida. Hay momentos en que la selva permite que atraviesen los rayos del sol y otros en donde se rinde ante la penumbra. En medio de ese pasmo exploratorio alguien dice: "tengan cuidado, hay unas culebritas que si te muerden te envenenan sin remedio. Se llaman Nauyacas". Esa idea del daño posible. Ese sentimiento de miedo. "Si yo pudiera como ayer, querer sin presentir", como dice el tango "Uno" del maestrazo Enrique Santos Discépolo. 

La desconfianza es esa culebrita que se desliza entre los manglares. El tango "Uno" es un divanazo. Guardar a Freud en un baúl y escucharlo. A diferencia de la lectura de don Segismundo el tango permite el exceso. El ceremonial de "me corto las venas". "Me tiro al piso". "Somos mis vísceras desbordadas y yo". Cosas de esas que a una le ordenan el corazón o por lo menos le permiten entender lo desordenado que está de golpe. El gran problema de amar es la humildad indispensable. El otro dio la vuelta en la misma esquina -también- con su luz y con sus penumbras a cuestas. Y todo sucede entre la ternura y el potencial choque de trenes. La dificultad de ser humildes.

¿Cómo se dice "te extraño"? ¿cómo se dice "te necesito"? ¿cómo se baja una de sus dos escaloncitos defensivos? ¿alguna vez se termina de aprender? Nunca. Qué maravilla y qué miedo. El horizonte de lo posible. "Anoche te odié porque soñé que me traicionabas y quise arrancarte las orejas y estoy furiosa/o contigo". "Ah". Como si el otro fuera culpable de nuestras "formaciones" inconscientes. ¿Cómo se separa lo que tiene que ver con una relación, con un vínculo y lo que es sólo de una/o? ¿En qué momento una/o cree que está hablando con el otro y en realidad está en litigio con una historia remota que viene cargando en un costalito al que no se asoma con frecuencia?

A ese costalito lo llamamos "Experiencia". "Confieso que he vivido". Se remonta a los orígenes. Al principio de los tiempos. No lo controlamos. Ignoramos gran parte de sus contenidos, hasta que saltan. El miedo llega con sus patitas peludas. La memoria de la tristeza en la piel. Y tantito peor. La memoria de algún territorio de infortunio que se quedó latiendo en una especie de atemporalidad. Como congelado. Como oliendo a naftalina y a alcanfor. Los "cadáveres" de los viejos sueños rotos. En el ropero. "Ay, ¿pero ustedes siguen allí sueños rotos? ¿cómo a qué debo el honor de su regreso?"  A la promesa. Quizá. Y al miedo de los cristales que alguna vez estallaron.

La selva está llena -también-  de esperanza. La habitan unos animalitos que se llaman saraguatos. Tendrían que escucharlos. Desde Palenque, por ejemplo, se escuchan sus rugidos furiosos e intimidantes. Una se imaginaría un gran tigre muy enojado. En la realidad, los saraguatos son unos changuitos más bien frágiles. Que ensayan sus voces de tigres para protegerse. Así somos a veces. Desamparados, temblorosos, desconcertados ante la revelación. Así somos, aprendiendo la humildad cada vez. Aprendiendo a escuchar. Cada vez. Y podría suceder que lancemos zarpazos. Con esas imaginarias garritas que colocan la defensa, donde va la caricia. Eso. La humilde aceptación de la caricia.

Esas familias como barcos fantasmas

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