Opinión

AMLO, los militares y la 4T

Con Obrador al frente, el Ejército es enviado no solo a combatir al crimen; es enviado a llenarse del pueblo del cual emana. | Jorge Alejandro Medellín

  • 04/12/2020
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Los dos primeros años de gobierno del presidente y Comandante Supremo de las fuerzas armadas Andrés Manuel López Obrador, han sido, en materia de seguridad pública y combate a la delincuencia, un viaje tortuoso por el incumplimiento de las metas para disminuir y controlar los niveles de violencia y  por la ineficacia para someter a los grupos delictivos que se expanden, retan y siguen ganando ganan espacios en regiones y estados completos.

Ha sido también un viaje forzado, porque el presidente mostró de manera descarnada su ignorancia y desconocimiento sobre el tema de las fuerzas armadas, su composición, sus misiones, su naturaleza y sobre todo sus intenciones y su verdadero poder político.

Sacar y mantener a las tropas en la calle es una cosa, pero controlarlas y regresarlas a los cuarteles a partir de un esquema real, sensato, coordinado para revertir al mismo tiempo las causas que motivaron el uso de los militares en tareas de civiles, es otra cosa muy distinta que a López Obrador no le inquieta y tampoco parece interesarle mucho.

Al mismo tiempo, como candidato, como presidente electo y ya como presidente constitucional, Obrador mostró su visión ramplona y simplista acerca de la violencia, acerca de cómo enfrentarla y de quién debería hacerlo sin la menor restricción para alcanzar los objetivos deseados –que de ninguna manera se lograron en sus dos primeros años en el poder–.

Aquellas dos reuniones sostenidas con el general Luis Cresencio Sandoval y con el almirante José Rafael Ojeda Durán –una a finales de 2018 y la otra en los inicios del 2019– bastaron para sacudir al presidente y hacerle ver la realidad de un país desmembrado por la corrupción, sometido por componendas de todo tipo en casi todas las áreas de la administración pública y llevado al límite por el monumental desgaste de sus instituciones.

Sí, es cierto, este descomunal y negativo panorama le fue heredado de administraciones anteriores, pero ya en su mandato, en el primer tercio de su gobierno, López Obrador solo ha exhibido una eficaz verborrea, un magnífico discurso mediático y un enorme empecinamiento para convertir en creíble y cierto todo lo que es evidentemente limitado, inefectivo y hasta falso. 

Esto aplica, por supuesto, al tema de la inseguridad y las formas para combatirla en su mandato, en el que los feminicidios van al alza, las muertes violentas y la violencia en sí permanecen incontenibles al igual que el poder de los cárteles del narcotráfico

La agenda del horror en México es apretada, inagotable y ominosa. Brinca por todas partes, compite diariamente con las conferencias mañaneras bonachonas y facilonas del presidente; desparrama sangre, tiros, videos de ejecuciones y enfrentamientos, secuestros y desapariciones, miles de desapariciones forzadas aquí y allá, impunes, sin remedio, sin fin, desapariciones a manos de sicarios, de pistoleros y de policías, soldados y marinos por igual.

El sello es y ha sido siempre el de la impunidad, el de la ley del más fuerte, el del poderoso que se codea con un sistema de justicia reventado por la ineficacia y la podredumbre. La histórica estadística del 97 por ciento de impunidad en cualquier delito que se cometa llegó para quedarse. 

Con Andrés Manuel en Palacio Nacional se restituyó a las fuerzas armadas como el nuevo poder alterno, el nuevo poder habilitado para abarcarlo todo, que está en casi todo, que va a pelearlo todo para reivindicar su nombre, su tradición y glorias revolucionarias, manoseadas durante décadas de un conveniente priismo, años de inútil y cruento panismo y ahora un sexenio de preeminencia morenista.

Con Obrador al frente, el otrora Ejército de las masacres de Cananea en 1906, Chilpancingo en 1960, Tlatelolco en 1968, el “Halconazo”, en el Casco de Santo Tomás en 1971, El Charco, en Guerrero en 1998, el de Tlatlaya y Ayotzinapa, el que fue calificado por el presidente como una fuerza utilizada para masacrar al pueblo, da un giro histórico y es enviado no solo a combatir al crimen, a mal sustituir a los policías, a controlar lo incontrolable; es enviado a llenarse del pueblo del cual emana, a reconciliarse históricamente con los masacrados, a convertirse en fuerza de paz.

Poco, nada queda de la entrevista del febrero de 2020 a La Jornada en la que Obrador sacudía falsamente a propios y extraños con la frase “Si por mí fuera, yo desaparecería al Ejército y lo convertiría en Guardia Nacional, declararía que México es un país pacifista que no necesita Ejército y que la defensa de la nación, en el caso de que fuese necesaria, la haríamos todos".

No estaba errado el presidente. Lo de la Guardia Nacional, va y va con todo. Lo otro, lo primero, no va. La misma cúpula militar, activa y en retiro, que supo lo que venía, protestó y se cabreó fuerte. Impensable lo del tabasqueño. El propio Obrador había pulsado ya este escenario. En la entrevista aclaraba que su sueño no era posible porque habría muchas resistencias, de todo tipo. 

Lo que siguió, lo que ha ocurrido es una peligrosa entrega a lo militar, el avance de la militarización y luego del militarismo, entendido como la imbricación de la cultura de lo militar en el mundo civil.

Eso es lo que hace el presidente y Comandante Supremo, suavizar la presencia castrense entre los civiles y preparar el terreno para que ésta cumpla con las tareas de una fuerza de paz, que se acerque a quienes lastimó y reprimió por décadas para mostrar otra cara, para trabajar en beneficio de los gobernados de un cambio que no llega al fondo de las cosas como ocurre, paradójicamente, con el tema de la corrupción en las fuerzas armadas.

Dos años de gobierno lopezobradorista empoderaron a militares y marinos como nunca. Marcaron una senda de olvido o desprecio hacia todo lo que tenga que ver con la reforma, la reestructuración, la reconstrucción y el rescate de los cuerpos policiacos del país, actores fundamentales de la crisis de inseguridad que la 4T es incapaz de atacar con claridad, con estrategias multidisciplinarias e imaginativas.

Obrador mantuvo muy poco tiempo la necedad ignorante en su discurso antimilitar, anti SEDENA, anti Marina y se enfocó en lo proyectado por el general Sandoval y, en mucho menor medida, por el almirante Ojeda. Fue imperioso entonces impulsar y crear a la Guardia Nacional, disfrazarla de corporación civil, dotarla de recursos, mandos militares, presupuesto, instalaciones y rumbo (militar). Pero el engaño tampoco duró mucho.

Con traspiés, a disgusto de la tropa y la marinería y con el enojo de lo quedaba de una Policía Federal golpeada por el incompetente Alfonso Durazo Montaño, la Guardia Nacional del general Luis Rodríguez Bucio, mando militar opaco, silencioso e incapaz de controlar a su gente, ha crecido a fuerza de voluntarismo presidencial, sin grandes logros, con poca perspectiva y muchas dudas.

El “culiacanazo” de octubre de 2019 exhibió el desorden en el gabinete de seguridad, las torpezas y encontronazos entre el general Sandoval, Alfonso Durazo, el almirante Ojeda y el general Bucio. Mostró la vulnerabilidad del Estado ante el narco y dejó en claro el tamaño de infierno creado y permitido en otros sexenios.

La detención del general Salvador Cienfuegos en Estados Unidos reveló luego el poder de los militares y su capacidad de negociación para obligar al presidente a rescatar a un ex secretario de la Defensa Nacional acusado de presuntos nexos con el narco. 

Las cosas se acomodaron para el mandatario y sus generales y almirantes. El proyecto verde sigue adelante sin mayores complicaciones, por el momento, salvo que el próximo presidente norteamericano Joe Biden decida sacudir un poco la lesionada relación bilateral con el tema de la agenda de seguridad binacional y comience a preguntar, por ejemplo, qué ha ocurrido con la investigación de la FGR al general Cienfuegos.

No ha ocurrido nada y nada ocurrirá.

El tercer año de gobierno de López Obrador perfila nuevos escenarios de presencia militar en la vida civil de México, y una preeminencia castrense nunca antes vista, poco o nada controlada y escrutada por los civiles y contestataria en la medida en que la nueva élite se sienta presionada y lastimada con temas como, por ejemplo, el de los derechos humanos, que son un verdadero fardo para cualquier militar que se precie de serlo o haberlo sido.



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