Opinión

Alejandro, un guerrero que nunca muere

Entró de manera instantánea a otro espacio de luz para seguir construyendo ese mundo que siempre soñó. | Manuel Fuentes

  • 06/03/2019
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A Alejandro le gustaba soñar con un mundo diferente, donde no hubiera ni ricos ni pobres; quería estudiar para abogado, pero conoció tan cerca los enredos de la justicia, que se fue soñando con ser ingeniero. Construir un mundo especial allá donde los ángeles viven, donde no persiguen periodistas, donde no los callan.

En los últimos años vivió tan de cerca la lucha de su madre, la periodista Judith, una lucha por la defensa de los derechos laborales, por frenar las violaciones al contrato colectivo de trabajo; él siempre la acompañaba, siempre ahí a su lado, como todo un roble, con esa su seriedad, de perfil delgado, con sus ojos grandes, de pelo negro peinado de lado, mirando siempre sin bajar la vista, apasionado del futbol. Pudo vivir de cerca, conocer cómo se construye la palabra, viajar en ella ya fuera por mundos lejanos, pero también tan cercanos, sentirla en su piel, y cómo respira por cuenta propia.

Desde pequeño Alejandro se hacía preguntas de cómo poner en pie a este mundo; de cómo hacerlo más justo, lo hacía cuando caminaba, cuando reposaba, cuando platicaba con sus amigos y con sus seres queridos. Su madre era su inspiración, conectado a ella en cuerpo y alma, bajo ese amor incondicional y eterno, que sólo existe entre una madre y su hijo; la escuchaba hablar, soñaba con ella, caminaba a su lado, siempre a su lado.

Pudo conocer de cerca parte de una huelga, de esas horas de tensión, de esperanza y desesperanza, de encuentros y desencuentros de estos últimos no comprendía cómo una nube negra disfrazada de autoridad laboral arrancaba esas banderas rojinegras y cómo borraba de tajo los sueños de justicia. -Es inexistente su movimiento, les dijeron a los sindicalistas, un movimiento justo, demandante de respeto y de cumplimiento de derechos laborales.

Conoció en carne propia la falsa acusación de haber puesto, junto con su madre, un candado para impedir la salida de trabajadores de ese diario en huelga. Ese 30 de junio de 2017 a las cinco de la tarde, cuando se pusieron las banderas rojinegras y se cerraban las puertas, Alejandro jugaba un partido de futbol que no podía perderse; sin embargo, pronto supo que estaría vinculado en una acusación penal, junto con compañeros de su madre.

Quienes disentían de su madre, algunos integrantes de ese diario hicieron aparecer a Alejandro, donde él no se encontraba. Querían minar la moral de su madre, para que viera a su hijo ser citado por policías (mal encarados) y se presentara a declarar a una fiscalía de asuntos especiales de la Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México.

Apenas y asimilaba la sorpresa de ser acusado de un delito de hechos, en los que nunca estuvo presente y de enterarse del despido de su madre del diario del que es fundadora. Cuando fue citado al Ministerio Público, como en una cloaca llena de expedientes, allí negó haber participado en cerrar la puerta el día en que inició la huelga; pero conoció que una decena de empleados de ese diario lo acusaban, contradiciéndose en tiempos y lugares, todo prefabricado de manera cínica.

En diciembre de 2018, un fiscal, como peón de los momios, apuraba a solicitar se vinculará a proceso a Alejandro, a su madre Judith que ocupaba el cargo de secretaria general del sindicato y a dos sindicalistas más, ante un juez penal, allá en el reclusorio sur.

Allá llegó Alejandro a presentarse después de ser amenazado por la policía de que debería acudir a la cita para responder las acusaciones. Allí conoció a un fiscal que daba detalles, como si fueran verdad, de cómo él había puesto los candados ese 30 de junio de 2017 a las cinco de la tarde en la entrada de esa empresa periodística, ante la mirada acusadora de un juez, de esos que se visten de toga, para aparentar que dictan justicia.

Sus acusadores, quedaron en ridículo con un video que ellos mismos presentaron, al demostrarse por la defensa que ni el joven Alejandro, ni su madre, ni los compañeros de ella, habían puesto candado alguno en esa huelga.

Alejandro, como un guerrero con voz firme cuestionó, mirando al juez a los ojos, el sistema de justicia penal que criminaliza la protesta, que condena a los huelguistas de ejercer un derecho, por vincularlo a un proceso penal para intentar vencer a su madre. Ese día 18 de enero de 2019, Alejandro ganó una batalla, siendo exculpado de toda responsabilidad, no así su madre. El joven no estaba satisfecho, pero había dado una enorme lección a sus detractores, de dignidad y entereza.

Alejandro en otro espacio


Días después, Alejandro Caballero Calderón apenas de 21 años, falleció inesperadamente la tarde del 28 de febrero de 2019. La noticia se esparció por todos lados y cientos de amigos, unos lejos, otros cerca, arropaban a su madre Judith con el cariño que le dejó su hijo y a su padre Alejandro aturdido por la noticia.

El joven Alejandro entró de manera instantánea a otro espacio de luz para seguir construyendo ese mundo que siempre soñó. Se subió a lo más alto para cuidar a su madre, Judith Calderón Gómez, para estar con ella, en esa lucha, de cariño, de amor, para ayudarle a seguir abriendo caminos a contra corriente para los demás.

Alejandro es de los guerreros que nunca muere y que sigue muy cerca de quienes lo conocimos.

Basta abrir los ojos, al caminar, al dar la vuelta, al mirar al cielo, al entrar a cualquier lugar o simplemente cerrar los ojos para llegar a esa parte del universo donde ahora se aloja, para sentir su cercanía; esa que nos dan los ángeles, las personas que como Alejandro nunca se van.

Ni una ceniza de la contrarreforma educativa

@Manuel_FuentesM | @OpinionLSR | @lasillarota