Opinión

Adiós a los padres

“Adiós a los padres”, es la última “novela” de Héctor Aguilar Camín, el hijo de Emma Camín y Héctor Aguilar Marrufo. El hijo escritor que lleva el nombre de un padre que se dio pronto a la fuga: silencioso y sin despedirse.

  • 18/11/2014
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“He visto una foto de mi padre joven, la mejor de sus fotos. Tiene veintiséis años, viste un traje de lino claro que el aire infla. Está de pie en una playa de guijarros y arena revuelta, junto a una muchacha de talle alto y piernas largas. Dentro de unos años, esa muchacha será mi madre. La foto recoge una mañana de julio del año de 1944 en el club naval de Campeche, frente al Golfo de México… La muchacha sonriente de la foto tiene ahora ochenta y cuatro años. Apenas puede caminar. Ha perdido un oído y la visión de un ojo. Un enfisema misterioso ha tomado la mayor parte de sus pulmones de no fumadora. El joven que será mi padre tiene ahora ochenta y siete años”.

 

“Nada de eso existe en la cabeza de la parturienta ni en su entorno minúsculo y magnífico, su maravilloso microcosmos. Ella está dando a luz en la llamada ciudad de Chetumal, una aldea caliente de ocho calles por lado, frente a la bahía del mismo nombre”.

 

“Adiós a los padres”, es la última “novela” de Héctor Aguilar Camín, el hijo de Emma Camín y Héctor Aguilar Marrufo. El hijo escritor que lleva el nombre de un padre que se dio pronto a la fuga: silencioso y sin despedirse. Tembloroso y sin despedirse.  Se fugó el padre mientras la madre cantaba en la cocina, y el hijo menor jugaba en las escaleras. Quizá todos en la casa acechaban esa huida. Quizá, desde tanto antes, ya velaban esa ausencia. “Emma y Luisa no ven en aquella consulta sino la demostración final de que Héctor se ha desmoronado. No hay que afinar mucho los lentes para ver hasta qué punto aquel alegre y confiado personaje de otras épocas, que pasaba entre la gente haciéndola reír, se ha vuelto un bebedor absorbido y melancólico, un hombre tapiado y tímido, con un tic que le hace girar el cuello…”.

 

 

El padre se fue ausentando de sí mismo ante los ojos de todos. Se fue quedando desprovisto, en plena infancia de sus hijos.  Tan desprovisto que no podía ofrecer más que hueco y silencio. El legado de un gran hoyo negro. Ese padre tan omnipresente en todos los lugares en los que por décadas lo necesitaron y lo esperaron, sin que él llegara a la cita. Hasta un día. Cuando ya nadie piensa –demasiado- en su regreso, cuando ya todas/os aprendieron a lidiar –a trompicones- con el hoyo negro. Cuando sus hijos son más que adultos y él es un hombre muy mayor; entonces, uno que se llama como él, que se parece algo a él, regresa.

 

El padre le hace una señal al hijo menor antes de huir: se cubre los labios con el dedo índice, que no diga nada el niño de tres años.  Que no lo llame, que no lo detenga. Una señal de silencio con el índice. Un legado, una orden, una súplica: “Calla.  Me voy. Calla”. Ese niño que jugaba en las escaleras –testigo a contrapelo de la fuga- es el poeta Luis Miguel Aguilar. El hijo que narra la escena es el escritor Héctor Aguilar. Curioso que coincida: de un gesto del padre que llama a quedarse mudos, surgen dos hijos hacedores de palabras.  Quizá es sólo una casualidad, dicen que eso existe: la casualidad.

 

Héctor comenzó en el 2004 a escribir esta historia de su familia que (se) entrega diez años después. Durante una década investigó, grabó, anotó, tachó, seguramente, habrá tachado muchísimo. ¿Tiene una/o derecho a decir? ¿Qué tanto? ¿Escribir una saga familiar, no es acaso otorgarse el derecho de hablar en el nombre propio y en nombre de los demás? ¿Qué tan verdaderos son los recuerdos? ¿Cómo se eligen los recuerdos a narrar? ¿Es un asunto de “justicia”, de intensidad? Pelearse con el dolor de decir y con la necesidad de decir…y con la felicidad. También, la felicidad de decir.

La memoria, ese pájaro escurridizo y herido. Ese pájaro errante. Es arbitraria, ruda, generosa, ¿quién sino ella para ofrecer la más grande ilusión: la del ciclo del eterno retorno? Nada muere del todo, nada muere realmente. Ese trabajo de escritura y memoria que permite reencontrar juntos al padre y a la madre en una playa, jóvenes y enamorados. Ofrecerle un sentido a la historia.

 

“Si tengo que elegir una escena que cifre el sentido de aquellos años de Emma y Héctor ha de ser el recuerdo de una fiesta. Este recuerdo agrupa en mi cabeza todas las fiestas de mi casa de Chetumal, siempre abierta a la fiesta. Es una buena metáfora. Una encarnación imaginaria, por eso mismo exacta, del modo como fue transmitida la felicidad esencial de aquellos años buenos en que nacen los primeros cuatro hijos de Emma y Héctor y el futuro avanza sobre ellos como llevados en una bandeja de promesas…”.

                                   

ENTRE DUELOS

 

“Adiós a los padres”, es un duelo por la madre y por el padre, sin duda, pero vivido de dos maneras muy distintas. Es un duelo que incluye recuperar al padre y a la madre de la época feliz, describir la desgarradura de la ausencia del padre, narrar el reencuentro en la edad adulta con un padre perdido muy pronto. Un intento casi desesperado por comprenderlo y perdonarlo en el momento de su “reaparición”. Una cierta  rebeldía/impotencia, porque la libertad de “perdonar” se plantea con dificultad ante el regreso de un padre tan frágil, y tan necesitado de cuidados, que es ya casi un hijo. Es disparatado, y es absurdo, Héctor Aguilar Marrufo llama a su hijo treinta y tantos años después de su única breve aparición,  y casi cuarenta años después de su presurosa huida. Además le explica: “No te había llamado porque hace cuatro años me caí –hace una pausa sofocada. Me caí y estuve inválido. Luego me quemaron las plantas de los pies. Apenas me voy recuperando de eso. Por eso no te había llamado”.

 

Ese padre de tiempos trastocados que comenta: “Vi que te entrevistó la China en la televisión”, y el hijo tiene que esforzarse en recordar una entrevista que le hizo la China Mendoza, diez años antes. La tragicomedia, pues. Ha transcurrido una entera vida para los cinco hijos de ese padre distraído. “Me caí y estuve inválido” dice, como una confesión involuntaria.  Egoísta, ingenuo, impúdico. Y aquel niño que vivió la primera aparatosa caída del padre, va y lo visita –está solo, está viejo- para mirarlo seguir cayendo. Y ese hijo, con todas sus ambivalencias interiores bien a cuestas, hace por el padre lo que el padre no supo hacer por los niños que ellos fueron: le da la bienvenida y teje una red que lo proteja.

 

El duelo por la madre en cambio, es un homenaje sin falla.  “La cubanita” de piernas largas. La que sostiene, la que estructura, la incondicional inventora de paisajes y futuros. Héctor recuerda un furioso e implacable ciclón en Chetumal. Su madre está sola en su casa con los –para entonces- cuatro niños: “A las doce, con un estruendo bíblico, se desprende la pared del frontis de la casa, que es toda de madera con techo de dos aguas. Emma (la madre) corre a detener el derrumbe. La recuerdo empujando el frontis vencido como si pudiera regresarlo a su lugar con su esfuerzo. Recuerdo esa escena como un indicio del fondo moral de su vida: la defensa de su mundo contra el mundo, la fragilidad conmovedora de sus medios y la fuerza de roca, invencible de su convicción. A las doce y media la pared del frontis se vence del todo, arrastrando consigo la mitad delantera de la casa. ‘Se está metiendo el mar’, dice Emma… ¿Dónde está Héctor (el padre) el día en que el ciclón arrasa Chetumal, acaba con su casa, está a punto de acabar con su familia y deja Chetumal hecho un astillero?”.

               

Esa mujer fuerte y cantarina como heroína épica, y ese hombre ausente, que para las fechas del ciclón, aún era su marido. Las historias que se transmiten por “tradición oral” en cada familia, las que un día alguien ordena –a su manera- y escribe. Casi todas/os traemos esas preguntas: ¿Quiénes fueron nuestros padres? Cada uno por separado. Juntos. ¿Quiénes hemos sido como familia? ¿Cuál ha sido/es el lugar del padre en nuestros procesos interiores? ¿Y la madre? Preguntas universales. “La mejor de las fotos los recuerda en esas playas, es la foto que inicia mi averiguación sobre ellos, la que me hace pensar por primera vez lo entrañables y a la vez lo desconocidos que son para mí. Hay una paradoja en el hecho de que los padres puedan ser a la vez los seres más próximos y los más enigmáticos, cubiertos como están por el velo de su centralidad inalcanzable…”.

                              

 

LAS HERMANAS CAMÍN Y SU TRIBU

 

La madre y su hermana deciden que es indispensable dejar Chetumal. La tía Luisa viaja con los niños a la ciudad de México y se hace cargo de ellos durante más de un año. “A final de septiembre salimos de Chetumal bajo la custodia de Luisa los cuatro hermanos: Emma de diez años, yo de nueve, Juan José de seis, Pilar de cinco… Los hermanos bajo custodia formamos el elenco de la mayor aventura de Luisa Camín, titular de la obsesión de sacarnos de Chetumal, donde sólo hay una escuela secundaria y donde, dirá después, los hombres no tienen otro destino que emborracharse ni las mujeres otro que soportar maridos borrachos”.

 

Es una joya, esta tía Luisa Camín, ese sostén telúrico que acompañó sin tregua a la telúrica madre. La que cosió con ella, ayudó a educar a los chamacos, abrió una tienda junto a su hermana, trabajó en la casa de huéspedes que crearon juntas. Qué par de mujeres imparables, laboriosas, hacedoras –contra todo pronóstico- de esperanzas.

 

La familia se reúne en la Ciudad de México, sumado el hermanito más pequeño. “Lo siguiente que recuerdo a este propósito es el bebé arropado entrando en brazos de mi madre al departamento de la colonia Roma donde vivimos desde hace un año los hermanos transterrados de Chetumal, hasta ahora huérfanos de padre y madre, hijos de mi tía… Está feliz de ver a sus hijos, de abrazar a su hermana, de estar en la ciudad… Una especie de nuevo inicio de los tiempos. Sabemos que no hay inicio de los tiempos; los tiempos son un continuo que la memoria marca para darse un orden y otorgar un sentido a lo que no tiene sentido. Eso dijo alguien sobre el oficio de escribir la historia, y es verdad, pero hay esos momentos que marcan la historia con la verdad inexpresable de estar dando en el clavo, subrayando lo verdadero…”.

 

El oficio del memorioso elige entonces “lo verdadero”. No es, no puede ser en este contexto una elección demasiado racional: una memoria te empuña el corazón, te lo estruja: es una memoria a rescatar. En Avenida México 15, las hermanas Camín abren una casa de huéspedes. El padre todavía está allí. Mudo, catatónico, acariciando esa hilera de despojos en la que mide su vida.

 

Ser el aliado del padre, el joven Héctor insiste. Se pega al padre a como puede, lo justifica, se convierte en el cómplice de su “humillación”. A como dé lugar quiere salvar a ese padre que se empeña en dejarse caer,  y lo hace, a como suelen hacerlo los hijos; dejándose arrastrar hacia un espacio oscuro, un no lugar de sí mismo. Héctor escribe: “Con esa humillación a cuestas vivo muchos de los mejores años de nuestra mudanza a la Avenida México que acoge la epopeya mínima, terca, orgullosa y humilde a la vez que Luisa y Emma han escogido: tener huéspedes, coser y trabajar, criar a los hijos…Mi padre asume esa elección de vida como una afrenta, y yo me afrento en secreto, igual que él…”. Un día más mudo que todos los días mudos de este mundo, el padre se fue.

               

La familia sale adelante con el trabajo de las dos hermanas, ese par de locas iluminadas. En esa casa donde viven una cantidad inimaginable de personas entre la familia y los huéspedes. Esa casa que una se imagina casi como un dibujo de Escher, con escaleras, habitaciones, torretas, y multitudes subiendo y bajando. Esa casa que abandonó un hombre que traicionó a sus hijos. Un hombre él mismo traicionado por su padre: “Vuelvo a la cabeza de Héctor, cuyos temblores registro en la mía. Qué dudosa niebla, qué animal herido buscando una puerta”.

 

 

El REGRESO DEL PADRE

 

¿Cuál ha sido la vida de un padre que regresa tan desprotegido y tardío? “Es como un personaje de Beckett”, dice Ángeles, la esposa de Héctor.  Y Héctor -padre se convirtió para su hijo en “Godot”, el eterno esperado que no llega ni cuando llega.  Y después, con el tiempo, como si el hijo tuviera que asumir en un último gesto la soledad de su nombre adulto y propio, esa soledad sin padre en la que siempre vivió, el llamado Godot  pasó a convertirse en “Hectorcito”.

 

“(Emma) ha recibido días antes una noticia funesta. A saber: luego de treinta y cinco años de ausencia, su esposo Héctor ha reaparecido. Previendo ese momento, que de alguna forma supo siempre inevitable, en distintas sobremesas Emma ha dicho a sus hijos: ‘Si su padre se aparece un día en la puerta de esta casa pidiendo un vaso de agua, no se lo doy’… Héctor ha venido a pedir un vaso de agua. Pero no ha tocado  la puerta de la casa de Emma, sino la mía”. La madre autoriza el rescate que le propone el hijo: “Pero no quiero verlo por aquí. No me lo traigas”.

 

Oh, no, Héctor no “se lo trajo” a su madre, pero se las ingenió en cambio, para jugarles una trastada de hijo que aún acaricia los anhelos del pasado: cuando su madre y su padre se enfermaron, ambos de neumonía, los ingresó en el mismo hospital. Y quiso la “casualidad” que la madre quedara en la exacta habitación de arriba de la del padre. O al revés. A su desesperada y dolida manera, el hijo logró acercarlos. Como si esa geografía hospitalaria le(s) regresara un tramo de Chetumal, de la casa de madera con techo de dos aguas, un tramo de mar.

               

 

LA CEREMONIA DE “PRESENTAR” UN LIBRO

 

Esa noche presentan “Adiós a los padres”. Están juntos Emma Camín y Héctor Aguilar en la foto de la portada del libro. El hijo hizo su amorosa trastada de nuevo: los reunió en un abrazo amoroso,  eterno y público. Contra toda realidad, contra todo lo que digan los hechos y el tiempo. La presentación fue particularmente entrañable: una conversación entre Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay. Entrañable porque ambos se conocen “desde siempre”, pero también porque ambos escritores en un momento de sus vidas sintieron la misma exacta necesidad: ordenar de alguna manera el pasado a través de una “novela” autobiográfica. En el 2009 Rafael publicó “Nos acompañan los muertos”, en 2013 publicó “El cerebro de mi hermano”.  

               

La escritura de la inmensa fragilidad, la de “sálvese quien pueda”. La de la infancia atónita y dolida. Hay tanto de niño en ese Héctor que narra con el cuerpo un tanto desfallecido sobre el sofá. Qué bueno que lo sostiene el respaldo de un sofá. Mientras hablaban no pude dejar de mirar- en la butaca- a su hermano el poeta Luis Miguel Aguilar. Las expresiones de su rostro. Como enredaba y desenredaba sus dedos.  No sé lo que les cuento. O sí sé, pero no sé con qué derecho. Lo cierto es que en la vida una va “espiando” a las/los demás, es una manera de aprehender. Las palabras y el lenguaje no verbal del hermano mayor  y las respuestas en el lenguaje no verbal del hermano menor. Como un continuo. El vínculo filial en esos gestos que se encadenan. Ambos saben y se saben, a pesar de todo lo que perciban distinto.

 

 

EPÍLOGO

 

”Regreso  del velatorio con una urna plateada con las cenizas de Godot y de Hectorcito, Lo pongo en la parte baja de mi librero, a la espera del rito que tengo preparado para ellas; a saber: echarlas junto con las que conservo de Emma en el sauce llorón que Ángeles ha plantado en el jardín.  Tengo ahora una mejor opción…un árbol gigantesco de veinte metros de altura, una sequoia cachorra donde mezclaré las cenizas de Héctor y Emma para que cumplan mi sueño fetichista de reunirlos”.

Ese diálogo secreto entre hermanos.

El dedo índice del padre que se va llamó al silencio.

Pensé con admiración y con envidia:

¿Quién no quisiera ser la/el memoriosa/o de su íntimo recóndito parque?

Miré a Héctor, a Rafael, a Luis Miguel y pensé: “Ellos, los memoriosos del parque México”.

 

@Marteresapriego