Opinión

Acabar con el feminicidio

Cerrar las estancias de atención a mujeres y niñas, y descalificar a la sociedad civil que atendía el tema, pone en riesgo la vida de miles de mujeres. | Francisco Rivas

  • 11/03/2020
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El año pasado diariamente a nivel nacional se iniciaron 11 carpetas de investigación por homicidio doloso en los que la víctima era mujer. De estos, tres se clasificaron como feminicidio, es decir, fueron un homicidio doloso donde el victimario fue un hombre que es un familiar, la pareja, un amigo o el jefe.

Los feminicidios incluyen evidencia que la víctima sufrió algún tipo de mutilaciones, tortura, violencia sexual, que su cadáver fue expuesto públicamente y que esta violencia se enmarca en un contexto de manifestaciones previas de violencia física, sexual, psicológica y económica.

2019 fue el año con la mayor tasa de feminicidio de la historia de nuestro país, además tan sólo el año pasado se iniciaron 53 carpetas de investigación diariamente por el delito de violación, 11% más que en 2018.

En lo que se refiere a trata de personas en la gran mayoría de los casos las víctimas son mujeres esclavizadas con fines de explotación sexual. Además, el año pasado desaparecieron en promedio nueve mujeres o niñas al día.

Este triste panorama es apenas una parte de la realidad que significa la violencia en contra de las mujeres, la mayor parte de los delitos quedan como cifra negra, es decir, no se denuncian, no se investigan y quedan en la absoluta impunidad.

Dado que la mayor parte de estos delitos ocurren en la esfera personal el enfoque para combatirlo debe trascender el enfoque de seguridad y justicia, debe incorporar la detección temprana por las instituciones educativas, de salud y desarrollo social, trabajar con el sector productivo y generar sistemas de protección de la mujer y su familia desde las primeras señales de violencia -porque después es más difícil rescatar a alguien sumido en la violencia-.

Decidí estudiar psicología como una estrategia para trabajar y resolver una serie de asuntos personales no resueltos en parte derivados de la violencia familiar que viví.

Mi testimonio es que una víctima de violencia por sí sola difícilmente puede salir y en el entorno habrá muchos amigos, familiares e instituciones del Estado que lejos de ayudar, hundirán a las víctimas en sus torbellinos de dudas y sentimiento de culpa.

Para mí, salir de la violencia fue difícil, pero posible gracias al amor de mi madre, pero tardé años en entender por qué mi mamá se había quedado a vivir una violencia extrema física y psicológica por parte de mi padrastro a pesar de su preparación, cultura, belleza e inteligencia.

Los años de estudio y de terapia personal me enseñaron que una persona que vive violencia se encuentra apabullada; ante un sistema de violencia ejercido por alguien que amamos es genuino sentir que la culpa es nuestra y que sin el victimario no podremos enfrentar los retos de la vida.

Como psicoterapeuta tuve la oportunidad de ayudar a muchas víctimas de la violencia, una de las que más me enseñó fue una mujer que llegó por primera vez a consulta con un labio roto y un ojo morado. El motivo de consulta era “que su marido ya le pega mucho”, es decir, que desde hace tiempo la violencia había crecido de manera constante cuando antes “le pegaba lo normal”.

Su proceso fue un viaje en el horror que muchas mujeres viven, que me recordó el de mi propia madre y hermano, pero también que me enseñó que cuando se tienen los sistemas de apoyo, salir de la violencia es posible.

Dejar al marido fue un gran paso para esta mujer, requirió de procesos intermedios para que ella pudiese consumar su decisión. El temor al juicio ajeno, a los problemas económicos e incluso a las amenazas de su pareja la paralizaban.

Gracias a una estancia de atención a mujeres violentadas, al trabajo de una sociedad civil que la acompañó y apoyó para empoderarse, fue posible salvar por lo menos una vida y empezar el proceso de sanación para ella y sus hijos.

La marcha del pasado 8 de marzo y el paro de mujeres del 9 representan una esperanza, una oportunidad sin precedentes para construir un sistema de respuestas a un problema que potencialmente afecta a por lo menos el 50% de la población y que, al no ser atendido, se reproduce constantemente.

El presidente López ha mostrado una absoluta insensibilidad ante el tema, decidió poner a las mujeres como enemigas del Estado y de su supuesta transformación, mientras manda a sus secretarias de Estado a definirlo como el presidente más feminista de la historia.

Adueñándose de un tema que debería ser atendido antes que nadie por alcaldes y gobernadores, ha permitido que estos rehúyan sus responsabilidades; al recortar como nunca en la historia se había hecho, los recursos necesarios para la prevención y la procuración de justicia, ha favorecido la impunidad como ningún otro presidente.

Al cerrar las estancias de atención a mujeres y niñas, y al descalificar a la sociedad civil que atendía el tema, ha puesto en riesgo la vida de miles de mujeres.

El presidente ha prometido acabar con el feminicidio, si en muchos temas es obligado darle el beneficio de la duda de su posible éxito, en este en particular es importante recordarle que sus recortes presupuestales, la ausencia de estrategia, la desarticulación de las instituciones, su desprecio hacia las mujeres que se han manifestado, la manera en la que minimiza el tema, la desvalorización de una sociedad civil que intenta ayudar vaticinan un fracaso que marcará la vida de millones de mexicanas y mexicanos.