Opinión

A un año, el país no va bien

A un año del triunfo, nada nos permite pensar objetivamente que vamos en el rumbo correcto y que pronto estaremos mejor. | Agustín Castilla

  • 27/06/2019
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El próximo lunes se cumple el primer aniversario de que, en su tercer intento, Andrés Manuel López Obrador arrasara en las elecciones presidenciales con 30 millones de sufragios que representaron el 53% de la votación, con lo que también se registró la tercer alternancia en nuestro país en tan sólo 18 años. En este periodo, del cual cinco meses corresponden a la etapa de transición y siete al nuevo gobierno, efectivamente es mucho lo que ha cambiado, pero desafortunadamente el análisis objetivo de los datos indica que en los temas sustantivos no hay resultados.

No hay duda de que se requería un cambio de fondo ante los niveles de corrupción e impunidad, así como la insensibilidad y excesos en que comúnmente incurría buena parte de la clase gobernante. Y en ese sentido, López Obrador ha marcado una diferencia importante pues se trata de un presidente cercano a la gente que se caracteriza por su sencillez y una gran capacidad de comunicación, lo que le ha permitido mantener altos niveles de popularidad y también las expectativas de un sector amplio de la población.

Sin embargo, parece que el presidente sigue en campaña y ha dejado pasar la oportunidad de convocar a la unidad nacional con la legitimidad que le daba su holgado triunfo electoral, y en vez de ello ha optado por polarizar a la sociedad con la confrontación permanente con medios de comunicación, empresarios, políticos, académicos, organizaciones sociales, medios de comunicación, científicos etc,, y la constante descalificación de todo aquello que no coincida con su visión y decisiones.

Incluso desestima la información oficial que proviene del Banco de México, el INEGI o dependencias de su mismo gobierno como la Secretaría de Hacienda, Pemex y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública con su recurrida frase “yo tengo otros datos”, sin que presente sustento alguno. Todo gira en torno a la figura de López Obrador cuyo espacio natural está en los mítines, las arengas y la consigna política -que es donde se siente cómodo-, pero no destaca por impulsar un ejercicio efectivo de gobierno que atienda los problemas y plantee soluciones.

Más allá de la repetición incesante de que vamos bien, ya no hay corrupción y que las críticas provienen de quienes le apuestan al fracaso de la denominada “cuarta transformación”, hasta el momento no se conoce un solo dato que acredite una mejora sustantiva en algún rubro. Las cifras registran una caída en la generación de empleos -y continúa el despido masivo de personal en la Administración Pública Federal-, los indicadores económicos son preocupantes, los pronósticos de crecimiento van a la baja y no hay confianza de los inversionistas por las decisiones gubernamentales -sin inversión no hay empleo y tampoco recaudación de impuestos-. Con la aplicación a raja tabla de las políticas de austeridad, se observa un proceso de desmantelamiento institucional que afecta la prestación de servicios públicos en áreas tan delicadas como la salud, y se cancelan programas exitosos como Prospera y las estancias infantiles. En materia de seguridad se han incrementado los índices delictivos, con lo que este año se va perfilando como el más violento en la historia del país. Por otro lado, todo indica que la agenda migratoria es impuesta por el gobierno de Estados Unidos, y estamos en riesgo de enfrentar una crisis humanitaria.

Es cierto que no se puede pretender que en tan sólo siete meses se resuelvan todos los problemas que nos aquejan -como se comprometieron-, pero la lógica también nos dice que se debe preservar lo que funciona bien, corregir aquello en lo que se detecten deficiencias, y modificar lo que está mal en vez de dinamitar todo. A un año del triunfo, nada nos permite pensar objetivamente que vamos en el rumbo correcto y que pronto estaremos mejor.