Opinión

A un año de nombrar todas las violencias machistas

Y de cómo no queremos que las primaveras dejen de ser violetas.

  • 29/04/2017
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La primavera violeta nació el año pasado, cuando las calles de distintas ciudades de México se llenaron de mujeres y aliados movilizándose en contra de las violencias machistas, dando un especial énfasis a las violencias que se viven en el espacio público, específicamente el acoso callejero. Dentro de este podemos englobar cualquier acción o práctica que apunte a la invasión del espacio personal de otra persona en la vía pública, sin su consentimiento o petición; tiene connotaciones/fines sexuales y se encuentra generalmente dirigida al cuerpo. Van desde las miradas, las palabras, los susurros, los gritos, silbidos, claxonazos, besos, ruidos, gestos, jadeos, “piropos”; incluyen tocamientos, manoseos, rozamiento de genitales, toma de fotografías y videos, persecuciones, masturbación (con o sin eyaculación), arrinconamiento, hasta llegar a la violación sexual y en muchos casos, al feminicidio.

Esto era lo que el hashtag #MiPrimerAcoso nos narraba en 2016: las experiencias de acoso y hostigamiento que vivimos mayormente mujeres, todos los días, en distintos espacios públicos. Se visibilizaron miles de casos a través de las redes sociales, en los que las amenazas y violencias no se reducían a lo que se vive en el espacio público. A un día de la Movilización Nacional contra las Violencias Machistas, el hashtag se viralizó y la respuesta no se hizo esperar: mientras algunos apoyaban y le daban un gran valor a estas confesiones públicas, para otros era un asunto de burla o expresaban incredulidad.

Habrá que recordar que el primer referente de estas acciones de denuncia y visibilización se encuentra en Brasil, en el año 2013, con la campaña-documental de Juliana de Faria, que llevaba por nombre “Basta de fiu fiu”. Como siempre le sucede a las personas que denuncian, la autora fue acosada, violentada y amenazada, bajo el argumento de que los testimonios vertidos en dicho trabajo eran falsos, razón por la cual Juliana realizó un Ted Talk (aquí el link: https://www.youtube.com/watch?v=BpRyQ_yFjy8) para contar su experiencia de viva voz. Ahí narró que su primer acoso lo vivió a los 11 años, cosa que también le fue cuestionada, que porque “a los 11 se es demasiado joven para ser acosada de esa manera”. Dos años después, en 2015, la misma Juliana lanza una campaña llamada #MiPrimerAsedio a través del Twitter de su ONG Think Olga (aquí el enlace: https://twitter.com/ThinkOlga ), en respuesta al caso de una participante del reality show “Master Cherf Junior”, en su edición brasileña. La niña, de entonces 12 años, fue acosada a través de las redes sociales ya que se le consideró que ya estaba “violable” y bastante “crecidita” para su edad. Ante la acción de Juliana de Faria a través de Think Olga, miles de experiencias se contaron en Twitter.

En 2016 pudimos replicar este ejercicio en México, cuando la activista Catalina Ruiz-Navarro, de Estereotipas (https://twitter.com/Estereotipas ) publicó desde su cuenta la invitación a las mujeres levantar la voz acerca del primer acoso sexual que recordaran usando el hashtag #MiPrimerAcoso. La edades de las historias de primer acoso, en su mayoría, oscilan entre los 7 y los 12 años. Si bien la mayoría relataban violencias vividas en el espacio público, muchas otras narraban experiencias en el ámbito de la familia, la escuela, las amistades y con personas “de confianza”. Y así fue como hace un año, miles de mujeres salimos a gritar, a cantar y a marchar en contra de las violencias machistas bajo el lema “Vivas nos queremos”.

No obstante, a un año de esa primera Movilización Nacional contra Violencias Machistas y del florecimiento violeta en las calles, la asistencia a la marcha de este año fue mucho menor, así como los testimonios compartidos a través de las redes sociales acompañados por los hashtags #HermanaYoTeCreo #SisterIBelieveYou #24A #24A2017. En ellos se narraban, ya no los primeros acosos, sino experiencias derivadas de las violencias machistas en general: relaciones de pareja violentas, violaciones por parte de “amigos” en ambientes de “aparente confianza”, narraciones de sobrevivientes a violaciones en distintos contextos y distintos tipos de violencias. ¿A qué se debe que este año la primavera violeta se haya sentido tan deshojada?

Para algunas, confesar sus primeros acosos el año pasado significó muchas rupturas, para algunas más implicó burlas, señalamientos y aislamiento porque su palabra fue puesta en duda. Para otras significó enfrentarse a revictimizaciones y violencias que no esperaban recibir después de tener la valentía de denunciar públicamente y dejar salir por fin una carga que habían llevado por años. Por otra parte, la respuesta del machismo fue evidente y la violencia de género se disparó en las calles, en los discursos, en los espacios públicos en general, en los hogares y en las relaciones interpersonales. Los feminicidios no sólo no disminuyeron sino que aumentaron, y las condiciones en las que se llevaron a cabo dejan ver más odio y saña que nunca en su perpetuación. Algunas, entonces, tienen más miedo ahora que hace un año. Una denuncia, un acto valiente se convirtió en una razón más para ser violentada.

La sociedad sigue mostrando lo peor de sí, las leyes son ineficientes y sigue sin comprenderse que en lugar de buscar más formas de castigar (muchas de las cuáles terminan criminalizando más a las propias víctimas que a los agresores) lo que se tiene que subsanar en un machismo que está encarnado en lo más profundo de las estructuras (escuela, familia, religión, instituciones médicas, laborales, académicas, relaciones interpersonales, productos culturales). Se tienen que voltear a ver las acciones cotidianas, la violencia cultural normalizada, poner atención en los mecanismos por los cuáles el acoso y el hostigamiento se convierten en un chiste, en un meme, en una broma.

Es necesario prestar atención en cómo nos llenan a nosotras, las mujeres, de campañas y mensajes que nos dicen que tenemos que cuidarnos y “darnos a respetar”, porque, al parecer todas esas violencias son nuestra culpa y responsabilidad, o por lo menos, eso es lo que se entiende en dichos mensajes, pero no existe una contraparte que enseñe/eduque a los agresores para no acosar, para no violar, para respetar los cuerpos y las vidas de las mujeres. Sí, nos enfocamos en los de la mujeres, porque no es que esos agresores vayan por la vida vayan violentando a otros hombres de la misma forma. En los últimos dos años han sido más de 7 mil los casos conocidos de desaparecidas. En estos momentos, por cada minuto que ha pasado usted leyendo esta columna, una niña o mujer está siendo agredida sexualmente. Muchas “mamás luchonas” de las que usted se burla fueron violadas antes de los 14 años.

No queremos que los días, los años y las primaveras sigan siendo violentas. Necesitamos las primaveras violetas. Que la exigencia no cese. Que el miedo no nos impida exigir un alto a los feminicidios, llamar a emergencia nacional, porque nos están matando. La acción de nombrar es poderosa, y aunque las calles de este #24A no gritaban con la misma fuerza la consigna de “¡Ni una más, ni una más, ni una asesinada más!”, es menester seguirla nombrando, trabajar en nuestros contextos más próximos, ser empáticos. Comprender que la violencia contra las mujeres no sólo hay que evitarla porque “tenemos madre, hijas, hermanas, tías, sobrinas”, sino porque las mujeres también somos personas y merecemos, y necesitamos espacios dignos, seguros y de respeto.

Porque Vivas Nos Queremos.

@AleCaligari