Opinión

A sangre y fuego

La estrategia de “abrazos no balazos” promueve la tolerancia, dejando al crimen organizado actuar según le plazca. | Marco Adame

  • 12/07/2021
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México vive una desgarradora crisis por la violencia, tanto social, como de la delincuencia común y del crimen organizado. Por más que desde el gobierno federal hayan querido minimizarlo, lo cierto es que los tres años de su gobierno son los más violentos desde que se tenga registro, y es urgente corregir el rumbo a fin de evitar que se siga incrementando el dolor evitable. 

Es claro que la estrategia de “abrazos no balazos” es un rotundo fracaso, pero al parecer el gobierno no tiene intenciones de hacer cambio alguno. Sigue enfocado en invitar cordialmente a los delincuentes para “que no se hagan daño” y en echar culpas al pasado; cuando la realidad es que la situación ha empeorado con su gobierno. 

El 2019 ha sido el año más violento de nuestra historia con más de 35 mil 600 homicidios y el 2020 estuvo apenas por debajo, aún y con el confinamiento causado por la pandemia. Y en los primeros cuatro meses de este año más de 11 mil 500 personas perdieron la vida, víctimas de homicidio doloso o feminicidio

A ello se suma el dolor de las familias por los casos de desaparecidos. Según la Secretaría de Gobernación, del 2006 a la fecha suman cerca de noventa mil casos en el país; de los cuales, uno de cada cuatro ha sucedido con este gobierno. Y el 2019 ha sido el peor año con 9 mil 186 casos de desaparecidos, seguido por el 2020 con 8 mil 437.

Es urgente una autocrítica sobre los errores en la política de seguridad a fin de corregirlos. Tan sólo como ejemplo el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal reveló que actualmente las seis ciudades más violentas del mundo están en nuestro país y que del 2015 al 2020 el índice de violencia aumentó 39% en los municipios de más de 100 mil habitantes. Pero, a pesar de ello, el gobierno eliminó del presupuesto federal el Fortaseg; que era el programa encargado de fortalecer a las policías municipales. 

Por otra parte, según la Red por los Derechos de la Infancia en México, de enero a mayo han sido asesinados más de mil cincuenta menores de edad. Hoy los niños están a merced del crimen organizado tanto de ser reclutados como de trata de personas, de explotación y secuestro. No obstante, tal y como lo denunció recientemente Save the Children, el gobierno quitó los recursos para el Programa Nacional de Convivencia Pacífica cuyo fin era prevenir la violencia y promover el respeto de los derechos de las niñas, niños y adolescentes.

Asimismo, los números demuestran que durante los primeros 30 meses de este gobierno los homicidios son 138% mayores que durante el sexenio de Calderón y 78% más que durante el gobierno de Peña Nieto y su estrategia de “no hablar de la violencia”. Es evidente que la estrategia de “abrazos” o de “laissez faire”, como la denominó un exembajador, ha sido contraproducente. 

En 1969, la Universidad de Stanford realizó un experimento de psicología social dejando dos autos abandonados, uno en el Bronx y otro en Palo Alto, una zona rica de California. El auto del Bronx comenzó a ser vandalizado a las pocas horas; mientras que el otro no sufrió daños. Posteriormente los investigadores rompieron un vidrio del auto en Palo Alto y a los pocos días ese auto había sufrió el mismo destino que el del Bronx. 

La conclusión fue que el proceso delictivo fue desatado porque el vidrio roto transmitió la idea de desinterés, de ausencia de ley y cada nuevo acto criminal sin consecuencias reafirmó esa idea escalando los actos de vandalismo. 

En 1994, Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York, usando la “teoría de las ventanas rotas” promovió la política de “tolerancia cero”, ordenando las comunidades y no permitiendo transgresiones a la ley. Como resultado se abatieron los índices criminales de la ciudad.

La estrategia de “abrazos no balazos” por el contrario, promueve la tolerancia, dejando al crimen organizado actuar según le plazca, creando un clima de impunidad y ausencia del Estado de Derecho, incrementando los índices delictivos. Los resultados hablan por sí mismos.

La violencia es un cáncer social que destruye la vida de las personas, familias y comunidades. Se requiere una respuesta integral, con visión de Estado, que trascienda gobiernos y grupos partidarios, para ir en una acción sistemática de lucha por la supervivencia social. Se trata de impedir que siga creciendo el dolor y el derramamiento de sangre. Es urgente rectificar la estrategia e impulsar un pacto nacional para juntos hacer frente a esta grave crisis. 

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