Opinión

A dos puntas

José Carreño Figueras

  • 08/06/2017
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Se puede decir que los Estados Unidos están en una crisis política y de confianza.

El presidente Donald Trump no parece darse cuenta aún de dónde está parado y su estilo de trabajo, que le fue útil en su vida como empresario, le crean cada vez más problemas en un el mundo de la polìtica.

Después de todo, a niveles personales la política tiene un fuerte componente de confianzas y de lealtades, pero Trump no parece tener confianza en nadie y lealtad para con ninguno, excepto él mismo.

Trump esperaba que como presidente tendría la lealtad de sus funcionarios, como se hizo notar en sus interacciones con el ahora ex-director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), James Comey. 

El uso de los tuits le resultó una herramienta formidable en su camino a la Presidencia. Le permitió entre otras cosas, establecer un impresionante dominio sobre la agenda pública, a tal grado que bien puede decirse que el mundo está pendiente de sus envíos.

Trump se ha convertido en un nombre común no solo en las primeras planas de los Estados Unidos sino del mundo.

Pero eso le ha atraído también un escrutinio que no le gusta. Primero sobre sus inconsistencias y sus contradicciones, ahora sobre sus mentiras y su ética. Luego en torno a su personal estilo de trabajo y de gobierno.

La desconfianza en los políticos tradicionales causó a su vez desconfianza en él: esencialmente corrió como independiente y se "apoderó" del partido republicano; atacó a todos, propios y extraños, en su camino a la Presidencia. Y ahora se extraña de que no le sigan ciegamente unos, o vean con desconfianza incluso la mera posibilidad de negociar los otros. 

El contraste político es tanto más evidente por la atmósfera de calma que rodeaba a su predecesor, Barack Obama, aun en momentos de crisis. Era "no-drama Obama".

Hoy los Estados Unidos viven un drama político centrado en una sola persona, que les llevará meses, sino años, resolver.


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