Opinión

“90% honestidad, 10% experiencia”: el desastre que viene

La estrategia para socavar nuestra endeble democracia. | Leonardo Martínez Flores

  • 12/05/2021
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El 28 de noviembre de 2019 López Obrador respondió al cuestionamiento que se le hizo sobre la inexperiencia del entonces recién nombrado titular de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA), cuyo mayor mérito había sido formar parte de ese semillero de altos funcionarios que ahora es la ayudantía del presidente. López Obrador dijo ¿Y saben qué es lo que más me importa, más que la experiencia?, la honestidad”.

Y abundó diciendo a la letra: “Ya para irnos entendiendo mejor, porque hay quienes tienen mucha experiencia, están graduados hasta en universidades del extranjero, tienen hasta doctorados, pero son deshonestos, y a nosotros lo que más nos importa es la honestidad”. Ya entrado en sus “argumentos de fondo” explicó que, en términos cuantitativos, escoge servidores públicos con 90% de honestidad y 10% de experiencia, y que “...antes era al revés, 90% de experiencia, buenísimos y además charlatanes, pero eso sí, muy corruptos”.

En esta ocasión mis comentarios giran en torno a los efectos de la aplicación del principio “90% de honestidad y 10% de experiencia”, el cual está perfectamente alineado con otras acciones que pretenden materializar esa idea de país que ocupa todo el espacio del imaginario de López Obrador, a saber, ese país mágico, monolítico, homogéneo, amoroso, obediente, sumiso y agradecido que es feliz sólo cuando su líder está contento.

La evidencia de los hechos que hemos observado en lo que lleva de gobierno no deja lugar a dudas. El único camino que López Obrador conoce para llegar al país de sus sueños implica tener el control absoluto no sólo de la vida pública, sino también de la vida privada de la gente. Por eso no ceja en sus estrambóticos empeños de tomar él solo todas las decisiones del Estado, al tiempo que adoctrina a la gente sobre su moral y la mandata sobre cómo vivir, qué comer y cuántos pares de zapatos necesitan para ser felices en su reino tropical.

Pero el control absoluto no cabe en un régimen democrático, por eso López Obrador se esmera todos los días en irle abriendo camino socavando los pilares de nuestra endeble democracia. Y lo ha ido logrando gracias a un puñado de estrategias, una de las cuales es la del 90% honestidad y 10% de experiencia.

De entrada, no está por demás aclarar un poco las confusiones de López Obrador en este tema: en su marco de referencias la experiencia incluye a la escolaridad, por eso explica que tener mucha experiencia a veces implica hasta haber llegado a obtener un doctorado en universidades del extranjero. La lógica no tiene sentido, pero además se contrapone con los casos de muchísimas servidoras y servidores públicos que fueron corridos de la administración pública como resultado de la aplicación a rajatabla de absurdas medidas de austeridad. La gran mayoría de ellas y ellos no tenían ni maestrías ni doctorados, ni aquí ni en el extranjero, pero habían acumulado lustros o décadas de experiencia valiosa y aprovechable en el servicio público.

La injusticia imputada a cada una y a cada uno de esos servidores públicos no aparece por supuesto en la doctrina de la moralidad que profesa y divulga López Obrador. Lo que sí aparece es una definición del concepto de honestidad que es sinónimo de obsecuencia, de sumisión, de docilidad, de mansedumbre, de obediencia ciega y de veneración. Eres honesto sólo si me obedeces como acto de fe.

De ahí que la máxima de López Obrador no sea una ocurrencia más: escoger colaboradores que le aseguren un 90% de “honestidad” le permite rodearse de cortesanos y lacayos obsecuentes y sumisos que están dispuestos a obedecer las órdenes de su jefe sin cuestionar. O como dicen los miembros de Morena en el Congreso: “lo aprobamos sin cambiarle una sola coma”.

La aplicación de esta estrategia está generando resultados trágicos para el país. Se aplicó primero en la selección de los candidatos a puestos de representación popular de Morena, para lo cual recurrieron hasta tómbolas de donde surgieron diputados y senadores que eran estudiantes, agricultores, secretarias y personas de los más diversos oficios, algunos de los cuales tienen como grado máximo de estudios el de secundaria; además, todas y todos carecían de la experiencia necesaria para esos puestos. Evidentemente no digo esto en sentido peyorativo, todas las personas tienen los mismos derechos y deberían de tener las mismas oportunidades, pero para ser un legislador es importante contar con un mínimo de conocimientos y experiencia en varios ámbitos de la vida profesional.

Un botón de muestra del tipo de legisladores que tiene Morena es el de la senadora que, refiriéndose hace apenas unos días al accidente en la línea 12 del Metro, afirmó que gente perversa pudo haber “movido la ballena” para causar el accidente. Es un claro ejemplo de alguien que cumple con 10% de experiencia y 90% de honestidad lopeciana.

La misma estrategia se ha seguido en la selección de puestos en el gabinete, en los órganos reguladores, se ha intentado en órganos autónomos y se ha aplicado en el poder judicial, en el que por cierto hemos visto cómo algunos ministros llevan arrastrando lo poco que les queda de dignidad amarrada a la cola de la toga.

La estrategia que he comentado aquí es una entre otras que se complementan para socavar nuestra endeble democracia. Yo soy de los que creen que sí hay razón para alarmarnos, los focos rojos están prendidos y no hay argumentos que nos hagan creer que es una falsa alarma. Hagamos valer nuestro voto este 6 de junio para evitar que lleguemos al desastre que vislumbramos en el horizonte. Un Estado autocrático, le dicen.

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