Opinión

8M, 9M y la esperanza

El nuestro sigue siendo un país en el que ser mujer es vivir en riesgo permanente. | Ivonne Ortega

  • 10/03/2021
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La fuerza de las mujeres mexicanas se desbordó en rabia contenida por demasiado tiempo ante la incomprensión oficial, y frente a un aparato estatal amenazante, cargado de símbolos represivos para amedrentar a las manifestantes del 8M.

El oficialismo lo intentó todo: desde las declaraciones oprobiosas para descalificar la causa feminista hasta la cerrazón literal con un muro que apareció de la noche a la mañana.

Entonces empezó la respuesta de las mujeres de la manera más hermosa y significativa: si el gobierno levantó un muro, el ingenio y la convicción lo convirtieron en el testigo de la tragedia, en el memorial a las ausentes, en el homenaje a las víctimas.

Y si el gobierno se encerró en su Palacio, las mujeres volvieron la fría fachada en pantalla para proyectar al mundo la protesta: México Feminicida.

Después vinieron las marchas, el coraje, la ira acumulada por tantas desapariciones, violaciones, acosos, por tanta violencia, tantos feminicidios que han matado mujeres, han herido vidas, familias, para siempre.

En Mérida, a mi teléfono celular empezaron a llegar llamadas, mensajes, de amigas que acudieron a la marcha en la capital del país y que en ese momento eran violentadas con gases lacrimógenos, con golpes de macanas. Algunas decidieron retirarse en cuanto vieron en las azoteas del Palacio Nacional a hombres aparentemente armados.

Los saldos oficiales hablan de mujeres detenidas, a pesar de la evidencia dicen que no hubo represión, aclaran que las presuntas armas arriba del Palacio eran "inhibidores" de drones" (que "casualmente" apuntaban hacia abajo en varias ocasiones)...

La verdad contundente es que el nuestro sigue siendo un país en el que ser mujer es vivir en riesgo permanente. México tiene miles de heridas abiertas en cada víctima de la violencia de género, y cada día aumentan las cifras.

Frente a esta realidad tal parece, dijeron en las marchas, que para el gobierno es más valioso proteger a un edificio y a unos monumentos que protegernos a las mujeres.

Cierto que la protesta en contra de la violencia de género y en contra de las desigualdades trasciende nuestro país, atañe a una sociedad global en la que los prejuicios e inercias patriarcales no terminan de rendirse y la igualdad es una meta para la que falta un buen tramo de luchas.

Cierto también es que el trato desigual y la violencia hacia las mexicanas son realidades que existían antes de la presente administración, y que los gobiernos que la antecedieron tampoco aceleraron debidamente los esfuerzos oficiales para erradicarlas.

Pero es un hecho que nunca, como ahora, la cerrazón se había transformado en negación y en intento de deslegitimar la protesta, de endilgar al reclamo feminista una causa política.

Después del 8M y el 9M, reitero que la esperanza está en el mensaje que se envió al transformar el muro de cerrazón machista en el testimonio de una protesta por las ausentes: es un mensaje a nuestra sociedad y al gobierno para unirnos todas y todos en la lucha permanente por la igualdad, la tolerancia y la no violencia.

Una lucha por la justicia para todas las víctimas.

En lo particular cada quien debe actuar haciendo su parte para deconstruir el esquema social y pasar del patriarcado al pensamiento igualitario. Debemos empezar por nosotras y nosotros mismos, y transmitir los valores a nuestras hijas y a nuestros hijos.

Para el gobierno lo deseable sería que recapacite y deje de negar y rechazar las causas feministas, no se trata de una lucha para ganar elecciones sino de trabajar para una mejor sociedad, sin tintes de ningún tipo.

No actuar en consecuencia es sólo retrasar el proceso de pacificación, justicia, tolerancia e igualdad que las mexicanas, nuestro país en general, reclaman desde hace décadas.

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