Opinión

8 de marzo: ¡Pasa la voz!

La mejor forma de rendir tributo a quienes nos anteceden y a quienes nos abrieron paso para usar nuestra voz, es seguir pasando la voz. | María Fernanda Salazar

  • 08/03/2019
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Dar por hecho el reconocimiento y ejercicio de nuestros derechos desde una posición de privilegio, es la forma más sencilla y egoísta de acomodarnos a la injusticia y cerrar los ojos. Vivimos en un país que se ubica en el lugar 122 de 149 naciones en cuanto a la participación y oportunidad económica de las mujeres, de acuerdo con el índice global de brecha de género realizado por el Foro Económico Mundial; un país en el que la violencia en todas sus formas es la realidad de millones de mujeres cotidianamente.

Cada 8 de marzo se difunden cifras de la situación de desigualdad que enfrentamos. Todas las mujeres vivimos y experimentamos discriminación, solo por el sexo con el que nacimos. El mundo ha determinado que nuestro sexo define nuestro rol en la sociedad y los límites de nuestro poder, sueños y aspiraciones. A esto se suman otras formas de discriminación que profundizan las injusticias: ser indígena, ser migrante, ser campesina, ser niña, ser muy joven, ser muy grande, ser mamá, no ser mamá, ser discapacitada, ser homosexual y, por supuesto, ser pobre. Todas ellas, determinan el grado de opresión con el que las mujeres viven y existen en el mundo.

Mientras tantas mujeres luchan por transformar estas condiciones, hay quienes siendo mujeres se niegan a ver esta realidad; ignorando y despreciando las batallas que, antes y ahora, se han enfrentado por la igualdad de derechos para las mujeres. Para muchas, resulta cómodo mirar hacia otro lado o, incluso, mirar desde fuera y llamar a otras mujeres “feminazis”, “locas”, “amargadas” entre muchos otros adjetivos que -con o sin intención- lo que hacen es defender y perpetuar la situación de injusticia, arbitrariedad, vulnerabilidad y falta de libertad en la que viven millones de mujeres en México y en todo el mundo (aún en los países más desarrollados). En suma, reproducen un modelo que, si bien les posiciona como privilegiadas desde un lado, las condena como inferiores en el sistema económico, político y cultural que prevalece en lo local y lo global.

Por eso, si a muchas contemporáneas las cifras por sí mismas no logran convencerles de la urgencia y justicia de esta lucha, hoy es un buen día para escuchar las historias de las mujeres que llegaron antes que nosotras. Les invito a preguntarles a sus madres, tías, abuelas, suegras y a todas las mujeres de generaciones anteriores, cómo se vivieron como niñas, jóvenes y madres en su tiempo. ¿Qué sueños perdieron por ser mujeres? ¿Qué luchas no pudieron dar por ser mujeres? ¿Qué alegrías no pudieron disfrutar por ser mujeres? ¿Qué les significan a ellas los cambios que hoy ven?

Mi madre, por ejemplo, no pudo tomar en su escuela secundaria el taller de mecánica y, en cambio, la inscribieron en el de cocina. Me gustaría tener a mis abuelas para preguntarles sobre ese mundo en el que nosotras ya no vivimos.

Una gran mujer que murió hace poco, a los 101 años, me contó que nunca tomó tiempo de recuperación tras tener a ninguno de sus 10 hijos, porque tenía que trabajar en el campo; hoy, en su país, las mujeres tienen un año de licencia de maternidad.

Nuestra generación ha estado precedida por grandiosas y talentosas mujeres que tal vez nunca le dijeron a nadie sus sueños pero que nos legaron, de muchas formas, la posibilidad de tenerlos y de alzar la voz por ellos. Muchas de quienes lucharon en las calles, en sus trabajos, en sus casas, arriesgaron y perdieron todo, pero lo ganaron para nosotras; no por ser sus hijas, sus nietas o su familia, sino por ser mujeres. ¿Cómo estamos usando nuestra posición para que otras mujeres en posición de desventaja, sean visibilizadas y escuchadas?

Este Día Internacional de la Mujer, mi llamado es a mis amigas, a mis colegas, a mi generación, a asumir la responsabilidad que nos toca. Las luchas justas solo pueden terminar cuando los derechos dejan de ser privilegios. La mejor forma de rendir tributo a quienes nos anteceden y a quienes nos abrieron paso para usar nuestra voz, es seguir pasando la voz.

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