SALVANDO AL GODÍN

Salvando al Godín del modo supervivencia

Podemos hacer cambios a largo plazo y podemos responsabilizarnos de pensamientos y acciones. | Aniela Cordero

#OpiniónLSR.
Escrito en OPINIÓN el

Todos hemos escuchado de las respuestas naturales de nuestro cuerpo ante una situación de estrés o de peligro. Y sabemos que son 3: pelear, huir o paralizarse. Y uno piensa en cosas como que nos está atacando un oso, o nos están asaltando, o algo muy extremo, sin embargo, no nos damos cuenta de qué tan arraigadas están estas conductas, ni de las conductas tan cotidianas que las pueden detonar.

Una mini clase de ciencia antes de continuar. Nuestras respuestas ante el estrés son herramientas de seguridad integradas y diseñadas por nuestro sistema nervioso para alertarnos y mantenernos a salvo de cualquier amenaza potencial, y lo llevamos con nosotros desde que el peligro más común de nuestros antepasados era ser devorados por algo más grande que ellos.

Ahora, cuando nosotros experimentamos cualquier tipo de estrés, nuestro cuerpo se llena de adrenalina y cortisol para darnos un impulso de energía y fuerza que nos permita correr lejos del peligro (respuesta de huida), enfrentar al toro por los cuernos (respuesta de pelea) o escondernos de la amenaza (respuesta de parálisis). Como resultado, nuestra corteza prefrontal, alias la parte del cerebro encargado del pensamiento crítico y del razonamiento, se apaga, y la amígdala, la responsable de tomar acción instantánea, toma cargo.

Desafortunadamente, hoy todavía, nuestro cerebro no puede distinguir entre una amenaza real, y una que nosotros percibimos como real. Por ejemplo, cuando nos preocupamos por un examen o una evaluación para la que faltan semanas, darle vueltas a las cosas como trompo chillador, o entrar en pánico ante una presentación inician la misma respuesta hormonal en nuestro cuerpo. Con el tiempo, si seguimos iniciando o detonando la misma respuesta ante el estrés, puede llegar a afectar significativamente nuestro sistema nervioso, lo que puede terminar en enfermedades crónicas del corazón, diabetes, y demás, sin mencionar las afectaciones a la salud mental que esto provoca.

Que sí, que nuestros ancestros también tenían el mismo problema, sobre todo porque siendo nómadas, teníamos que mantener esta respuesta ante el estrés por largas distancias antes de llegar al siguiente campamento, donde las hormonas de adrenalina y cortisol podían bajar sus niveles, y entonces podíamos atender la enfermedad o lo que fuera que sucediera.

Y eso es algo que nos pasa todavía, que nos enfermamos después de un periodo prolongado de estrés, y si no, acuérdense de sus tiempos universitarios. Cuando terminaba el semestre y llegaban las vacaciones, ¿cuántos no nos enfermamos de gripa, del estómago, o simplemente caíamos rendidos con fiebre por un par de días?

Ahora llevemos eso a una dimensión mayor. Cuando permanecemos en un estado de alerta por tiempos prolongados, normalmente entramos en “modo supervivencia”, y cuando esto pasa, se dificulta la concentración, el análisis y el pensamiento racional en general. Se siente como si solo estuviéramos dejándonos llevar por lo que pasa y a menudo experimentamos tristeza, bajos niveles de energía, dificultades para dormir e incluso para comer. Desaparece la motivación o el ánimo en el trabajo o en la casa.

Algunos ejemplos de ambientes de trabajo que es probable que ocasionen un modo supervivencia son:

Culturas de crecimiento acelerado: donde todo es para ayer, continuamente se presentan crisis, problemas y utlimátums.

No hay límites claros, sobre todo en cuanto a horarios y se espera que las personas estén disponibles 24/7 o que trabajen más de 10 o 12 horas por día.

Malos líderes o jefes; que no saben regular sus emociones, que son amantes del micromanagement, y no saben cómo trabajar con su equipo.

Presión constante; por alcanzar objetivos demandantes sin tiempo para recuperarse o descansar.

Falta de reconocimiento y de retroalimentación positiva.

Micromanagement.

Claro que sabemos que hay excepciones para poder llegar a nuestros objetivos o sacar una racha de trabajo especialmente pesada, pero unas pocas veces al año como mucho. Pero estas excepciones no entran en los ejemplos, no. Nos referimos a trabajos en donde estos ejemplos estén presentes todos los días.

Teniendo en cuenta las opciones que nos da nuestro cuerpo ante el estrés y el entorno laboral, no podemos literalmente salir corriendo, ni podemos pelearnos físicamente, y pues tampoco podemos quedarnos paralizados en nuestro sitio haciéndonos los muertos para que los problemas pasen de largo. Así que ¿cómo se ven las tres respuestas en el trabajo?

La respuesta de pelear se expresa en comportamientos agresivos, hostiles, siempre buscando discutir, sarcasmo en niveles insospechados, poca tolerancia y micromanagement.

La respuesta de huir se ve como llegar tarde a la oficina, a las juntas o simplemente ausentándonos, evitando ser sociales, cancelando juntas, planes, reportándonos enfermos, y no queriendo ir a trabajar por sobre todas las cosas.

La respuesta de paralizarnos se ve como cuando nos autocompadecemos, procrastinamos, nos escondemos en la cocina, en el baño, en el carro, y evitamos hacer lo que nos toca.

Lo normal es poder emplear estas estrategias o comportamientos muy de vez en cuando para manejar alguna situación difícil y estresante, dependiendo del contexto, pero es importante que podamos reconocer cuándo se están pasando y se están volviendo parte de nuestro día a día. De esta manera, podemos hacer cambios a largo plazo y podemos responsabilizarnos de nuestros pensamientos y de nuestras acciones.