#ITINERARIOPOLÍTICO

Cobardía de Estado; todos responsables

Nadie tiene el valor de decirle a López Obrador que pare de mentir, que no violente más la Constitución; que vamos a la ruina. | Ricardo Alemán

Escrito en OPINIÓN el

Cuando México se aproxima al fin sexenal, parece que son más los ciudadanos que pierden la capacidad de asombro e indignación por la impunidad del gobierno federal para mentir, engañar y, sobre todo, estimular la corrupción y la complicidad con las bandas criminales.

Día a día más mexicanos parecen conformes y cómodos con un mandatario que ha convertido la mentira y el cinismo en sus principales políticas públicas.

Mentiras delirantes como aquella formulada en su Cuarto Informe, en donde aseguró que su gobierno construyó más de 40 mil kilómetros de carreteras; es decir, la misma distancia de la circunferencia de la tierra.

Sí, de risa loca.

Peor aún, cuando ya se percibe “el final del túnel” de la pensadilla sexenal de AMLO, también crece la certeza de que día a día más mexicanos se contagian de la epidemia que tiene enferma a toda la Cuarta Transformación.

Nos referimos a esa dolencia llamada “cobardía de Estado”, cuyos síntomas más notorios son la sumisión, la abyección, simulación y, sobre todo, la incapacidad para pensar con cabeza propia y para oponerse a todo aquello que les ordena el tirano de Palacio; por “descocado que resulte”.

Por eso frente a esa epidemia, las preguntas y la preocupación se repiten a diario y con insistencia creciente, sea en tertulias familiares, sea en los siempre polémicos comederos políticos:

“¿Hasta dónde va a llegar el gobierno delirante y rencoroso de López Obrador?”.

“¿Ya tocamos fondo o será cierto, como todo indica, que aún viene lo peor?”.

“¿Se atreverá el autócrata presidente mexicano a pisotear la Constitución para imponer una reelección o un Maximato...?”

Sin embargo, lo verdaderamente preocupante de la creciente inquietud social y política no es el fondo de las interrogantes, sino el tono social pasivo, propio de un futuro manifiesto o de una fatalidad casi bíblica.

Y es que sin entender bien a bien el tamaño de la tragedia que se gesta frente a nuestros ojos, muchos de nosotros –muchos ciudadanos en general–, permanecen paralizados, en espera de que aparezca en el horizonte quién sabe qué clase de iluminado, capaz de salvarnos, junto con la Patria.

Peor aún, sin darnos cuenta –o acaso sin querer verlo–, nos hemos contagiado de la fea “cobardía de Estado”, que ha infectado no sólo a políticos, servidores públicos, gobernantes y legisladores del Partido Morena, quienes cambiaron el pensamiento propio y la responsabilidad social, por la sumisión e incondicionalidad a un solo hombre; López Obrador.

Y es que nadie, en el primero, segundo y tercer círculo del poder presidencial se atreve a contrariar al tirano de Palacio; nadie tiene el valor de decirle a López Obrador que pare de mentir, de engañar; que no violente más la Constitución y que el suyo es el peor gobierno y que vamos a la ruina.

Nadie tiene el valor, las agallas, la convicción y menos la libertad personal para decirle al tirano que debe parar, que es momento de poner los pies en la tierra, por el bien de 130 millones de personas.

Sí, víctimas de la fea enfermedad del servilismo y la sumisión, todos los cercanos a López Obrador –colaboradores, empleados, políticos, servidores públicos, gobernantes y legisladores de Morena–, se han convertido en autómatas que sólo responden con los groseros monólogos propios de las dictaduras.

“¡Sí señor, lo que usted diga!”.

“¡Sí señor, como usted mande!”.

“¡Sí señor, estoy para servirle!”.

De esa manera, si un día se le ocurre a López Obrador ordenar a sus lacayos comer sapos y serpientes; los serviles y sumisos de su “movimiento” se atragantan de sapos y serpientes.

Pero si al día siguiente el tirano de Palacio les ordena “cambiar de opinión” y tragar el producto de la ingesta de sapos y serpientes, los serviles de Morena se aprontan a ingerir puños de esos desechos.

Pero la “cobardía de Estado” va más allá.

Apenas en días pasados, mediante un inconstitucional desplegado público –verdadera confesión de parte–, los gobernadores de Morena fueron obligados a demoler la División de Poderes, consagrada en la Constitución.

Y sin hacer gestos, los mandatarios de Morena en más de la mitad de las entidades del país obedecieron ciegamente y con una “cobardía de Estado” impensable y que debiera ser sancionada con el juicio político.

Y es que, por orden de Palacio, lanzaron amenazas e improperios contra los ministros de La Corte y contra el Poder Judicial todo.

La orden que recibieron fue amedrentar, amenazar, chantajea y “doblar” a los ministros del Máximo Tribunal, porque se atrevieron a insinuar que la “prisión preventiva oficiosa”, es violatoria de los derechos humanos; insinuación que enfureció al tirano López Obrador.

Pero la misma “cobardía de Estado” sometió a los diputados de Morena y a sus aliados, quienes también en días pasados violaron los reglamentos de la Cámara de Diputados para aprobar la militarización del país, al pasar la Guardia Nacional a la esfera de influencia de la Sedena.

Lacayos diputados que no le movieron una sola coma a la orden de su amo de Palacio, para ampliar los poderes de militares y marinos.

Pero, ¿qué dicen los altos mandos castrenses sobre el empoderamiento que les regala el presidente?

También en ese caso la “cobardía de Estado” aparece con total claridad, ya que nadie entre militares, marinos y guardias nacionales se atreve a decirle “no” al tirano de Palacio.

Pero acaso la peor noticia es que –como ya se dijo–, día a día son más lo mexicanos que se contagian de la epidemia de la “cobardía de Estado”; ciudadanos a los que “les da flojera” o “les vale madre” cuestionar criticar y mantener vivas las capacidades de indignación, asombro y contención, frente a la tragedia que vivimos y la debacle que se avecina.

Sí, día a día son más los mexicanos atrapados por la fea “cobardía de Estado” y son menos los que se asombran, indignan, comprometen y organizan en la tarea de repudiar y derrotar al tirano López Obrador.

Una tarea que es de todos y que pocos asumen con la convicción y la responsabilidad colectiva necesarias; tarea que de no ser atendida nos llevará a todos a la ruina.

Al tiempo.