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¿Líderes carismáticos?

Los líderes carismáticos pueden mantener a sus seguidores aunque pierdan, incumplan o no den buenos resultados. | José Antonio Sosa Plata

Escrito en OPINIÓN el

Con el Mundial de Qatar 2022, una vez más resurgió el deseo de las y los mexicanos de creer en algo, en alguien… o en un equipo de once jugadores. Pero la necia y desafortunada realidad se impuso para la afición de nuestro país. El fracaso de la Selección Nacional nos permite recordar que la crisis de representación que vivimos es tan profunda, que solo los jugadores del balompié y los líderes políticos carismáticos la pueden superar.

Sin embargo, los líderes políticos carismáticos no abundan. Hay países, como el nuestro, en los que los dedos de una mano sobran para contarlos. Y no porque se trate solo de seres excepcionales, sino porque en el nuevo ecosistema de comunicación los liderazgos adquieren otras dimensiones, influencias e impactos como resultado de los fenómenos de saturación informativa, diversificación, dispersión e hipersegmentación que le caracterizan.

En el nuevo paradigma de la cultura democrática, las elecciones atraen a millones de ciudadanos y ciudadanas, mucho más que un partido de fútbol. Pero su participación no reduce ni mitiga el malestar que sienten hacia la política. Por eso se crean las condiciones propicias para que los políticos carismáticos polaricen con facilidad a las sociedades y tengan mayores niveles de control social. Además, no necesitan recurrir a la violencia legítima del Estado. Tampoco les afecta tanto ni la falta de resultados ni el incumplimiento de las expectativas que generan, tal y como sucede con la Selección Nacional. 

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La sociedad necesita creer en algo. En alguien. No obstante, es importante precisar que el liderazgo carismático no es un concepto de reciente creación. Max Weber lo tenía bien identificado. Y mejor definido. Para el sociólogo y economista político de origen alemán, este tipo de liderazgo descansa “sobre una dedicación especial dedicada a la santidad, el heroísmo o sobre el carácter ejemplar de una persona individual y sobre patrones normativos o sobre órdenes reveladas u ordenadas por él”.

Por lo anterior, la confianza que logra en sus seguidores crece en la medida que desarrolla la capacidad de aglutinarlos en torno a su diagnóstico sobre las deficiencias que tiene el sistema político, de manera particular las de los gobernantes a quienes acusa de corruptos; de asumir riesgos personales para cumplir con las propuestas que hace, siempre “al lado de los más desfavorecidos”; de convencerlos sobre la urgencia del cambio; y, sobre todo, de que compartan la visión que tiene sobre el futuro de un país.

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En el espacio público, los vacíos en las expectativas ciudadanas no los están ocupando —como lo hacían antes— los símbolos abstractos como la Patria o el Himno Nacional. Mucho menos los líderes de opinión, las grandes estrellas de la música o el cine ni los deportistas. Resulta paradójico, por lo tanto, que el interés se centre en unos cuantos personajes de la política. Asistimos a un escenario inédito y contradictorio debido a la desconfianza de la gente en los partidos y los gobiernos. Pero el populismo del siglo XXI logró darle un giro a esta situación.

La tendencia de las últimas dos décadas marca un crecimiento fuera de serie en los llamados líderes carismáticos. Tomando como base el nuevo populismo que se está imponiendo de manera contundente en América Latina, un líder carismático acapara no solo la atención, la confianza y por lo tanto el apoyo de una importante mayoría, sino que acumula un poder tan grande que, en ocasiones, llega a rebasar los límites que marca la ley, afectando la fuerza que debe tener un sistema democrático. 

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El liderazgo carismático se caracteriza por una concentración muy alta de poder: en una sola persona. Por la capacidad excepcional que tiene para atraer a las masas. Por una benevolencia de las mismas para no ver o disculpar los errores cometidos por el líder. Por la ausencia o escasez de liderazgos alternos que le puedan disputar el poder acumulado, casi siempre en forma legal y legítima. Por el amplio margen de maniobra que tiene para ejercer el poder, sin que le importe tanto a mucha gente que éste derive en abuso.

Sin embargo, el poder de los gobernantes en un sistema democrático siempre tiene fecha de caducidad. La excepción son los dictadores. En contraste —y a diferencia de lo que sucede con los líderes carismáticos— la Selección Mexicana de futbol  puede seguir levantando el ánimo de la gente, una y otra vez, a pesar de sus derrotas y fracasos. El renacimiento de la esperanza parece algo inexplicable. La clave para entenderlo está en un conjunto de factores que solo puede explicar la psicología social, las utilidades económicas que reportan y un sofisticado aparato publicitario.

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El hecho de tener una motivación en los grandes liderazgos carismáticos es algo reconfortante. Es una emoción que combina el estrés positivo con cierta paz interior. Es un sentimiento de esperanza que pone la mirada en un futuro mejor. La ilusión que provoca es tan fuerte que lleva a muchas personas, incluso, a perder objetividad en la interpretación de la realidad y a comprender cómo son en realidad los líderes con quienes simpatiza. Este conjunto de combinaciones les termina otorgando un mayor poder a los líderes carismáticos.

Por naturaleza necesitamos seguir a líderes fuertes. Pero la diversidad, fragmentación e hipersegmentación de los medios hace más difícil la labor de construir liderazgos muy fuertes que sean seguidos por las grandes masas, como sucedía en el siglo pasado. La división también adquiere un nuevo significado. Hoy se expresa con claridad en la polarización. Y eso lo aprovecha el líder carismático, quien en las actuales circunstancias solo será sustituido por otro líder carismático. 

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A pesar de las ventajas y desventajas que representan para las naciones los líderes carismáticos, lo cierto es que pueden llegar al poder público y mantenerse en el marco de un sistema democrático. Su ascenso puede ser legal y también legítimo. En democracia, sin embargo, lo mejor siempre es tener varias opciones. Aún más. Lo deseable sería cambiarlos o dejar de seguirlos cuando no cumplan o no den resultados. 

Sin embargo, es obvio y bien sabido que no siempre sucede así. El problema de fondo es que esta posibilidad se reduce con la crisis de partidos y de las instituciones de gobierno como consecuencia de los débiles contrapesos. Es tan delicado lo que está sucediendo, que los líderes carismáticos que gobiernan en América Latina se dan la libertad de manejar un discurso “de oposición” con el fin aparentar que la pluralidad y la confrontación en verdad existen.

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