Opinión

2016: Ciudades, transporte y medio ambiente al garete (I)

La megalópolis se gestó sola como consecuencia del crecimiento de las zonas metropolitanas que la componen.

  • 15/12/2016
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Se nos va el 2016, por lo que es el momento de recapitular algunos de los temas sobre los que hemos escrito en esta columna a lo largo de varios meses.

 

Empecemos por comentar que en estos días la asamblea constituyente votará los artículos de la nueva Constitución Política de la Ciudad de México y que en alguna ocasión posterior se espera que el Congreso de la Unión emita una nueva ley de coordinación administrativa para la planeación del desarrollo en la zona metropolitana del Valle de México. El texto de la reforma correspondiente dice a la letra: “La Federación, la Ciudad de México, así como sus demarcaciones territoriales, y los Estados y Municipios conurbados en la Zona Metropolitana, establecerán mecanismos de coordinación administrativa en materia de planeación del desarrollo y ejecución de acciones regionales para la prestación de servicios públicos, en términos de la ley que emita el Congreso de la Unión. Para la eficaz coordinación a que se refiere el párrafo anterior, dicha ley establecerá las bases para la organización y funcionamiento del Consejo de Desarrollo Metropolitano, al que corresponderá acordar las acciones en materia de asentamientos humanos; protección al ambiente; preservación y restauración del equilibrio ecológico; transporte; tránsito; agua potable y drenaje; recolección, tratamiento y disposición de desechos sólidos, y seguridad pública.”

 

En su momento comentábamos que el propósito suena demasiado bien para ser creíble, pues la realidad es que el número de entidades, instituciones y oficinas involucradas de los diferentes órdenes de gobierno en las tareas anteriores es de varias decenas y el número de personas involucradas se cuenta por cientos, lo cual asegura, sobre todo ante la escasez absoluta de experiencias de coordinación exitosas, una especie de torre de babel megalopolitana.

 

Se dice en este frenesí aspiracional que se coordinarán las acciones metropolitanas en una larga lista de materias, cuando en los hechos no se pueden poner de acuerdo ni siquiera dentro de un sector en un solo orden gobierno. Basta echar un vistazo a las contradicciones existentes entre las propias leyes de la Ciudad de México y entre las de los estados que conforman la zona megalopolitana para percatarse del triste estado de las cosas. Hay leyes que promueven un objetivo que ni siquiera se define en el texto y hay varias leyes que promueven lo mismo, pero lo definen de manera distinta. Si eso es lo que se tiene dentro de cada entidad federativa, se ve punto menos que imposible que los cuerpos legislativos logren establecer la coherencia promulgada entre los municipios, los estados y el gobierno federal.

 

Aun así y a pesar de la desesperante ineficacia legislativa, hay que seguir insistiendo sobre la importancia de las labores de coordinación en las tareas de planeación y gestión de las zonas metropolitanas, y en particular, de la megalópolis del centro del país. Esta última se ha convertido en un enorme ecosistema que reúne, alrededor de la gran Ciudad de México, al menos otras 11 zonas metropolitanas cuya interdependencia genera importantes flujos de personas, de mercancías, de residuos, de aguas, de contaminación atmosférica y de energía. La megalópolis se gestó sola como consecuencia del crecimiento de las zonas metropolitanas que la componen, sin planeación de ningún tipo y ahora presenta retos cada vez más complicados de gestión y control.

 

Uno de los grandes retos es el de la movilidad, de suyo un problema dentro de las mismas zonas metropolitanas, pero ahora más grande por los viajes generados dentro de la zona megalopolitana. El consumo energético y la generación de contaminantes atmosféricos (incluidos los gases de efecto invernadero) asociados a los desplazamientos intramegalopolitanos son inmensos y seguirán creciendo. Muchos de esos viajes serían  evitables si tuviéramos una mejor planeación territorial.

 

En el Reporte Nacional de Movilidad Urbana en México 2014-2015 ONU-Hábitat se lee: “El Senado de la República y el Grupo Mexicano de Parlamentarios para el Hábitat asumen el reto de legislar para transformar la movilidad en factor de cambio en las ciudades como una estrategia para generar condiciones de prosperidad urbana.” De nuevo hablamos de buenas intenciones pero como comentaba alguna vez el Senado de la República entendió la película al revés, pues al menos en este caso el orden de los factores y las prioridades si puede afectar el producto. Habría que legislar, primero, para transformar nuestras ciudades en ecosistemas más eficientes, lo cual es una condición necesaria para mejorar la movilidad y dar con ello un pasito adelante para alcanzar la mencionada prosperidad.

 

El 2016 fue fructífero en noticias relacionadas con estos temas, los seguiremos comentando.

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR

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