Opinión

11 de Septiembre: Memoria Viva

Este 11 de septiembre, se cumplen 13 años de los ataques terroristas a las Torres Gemelas en Estados Unidos.

  • 08/09/2014
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Hay heridas que se curan para siempre y otras que sólo se cicatrizan y vuelven a reabrirse si se les toca de nuevo.  Para los Estados Unidos, los eventos del 11 de Septiembre de 2001 siguen siendo una cicatriz fácil de reabrir, una herida cuya memoria se queda en la conciencia nacional y recuerda a la nación su profunda vulnerabilidad.

 

La vulnerabilidad no es un concepto que frecuentemente se asocia con los Estados Unidos, un país que sigue siendo el primero entre pares en las relaciones internacionales, la economía más grande del mundo y la potencia militar más fuerte. Sin embargo, el 11 de Septiembre fue el recordatorio que los ricos también lloran, como decía aquella telenovela, que un país que ha sido casi inmune en su historia a las guerras en su territorio, tampoco queda libre de peligro al ataque. De hecho, es el único ataque internacional al territorio estadounidense en más de doscientos años, con la excepción de un ataque a una base militar en  Hawaii, en la Segunda Guerra Mundial.

 

El 11 de Septiembre fue una herida más grande porque se trató de un ataque a civiles inocentes, miles que murieron incinerados en las Torres Gemelas o que brincaron a su muerte tratando de escapar del incendio. El mensaje de los que atacaron fue claro: Podemos dar un golpe donde y cuando queramos, y cualquier persona, adulto o niño, es un blanco posible.  Toda persona en territorio estadounidense, de cualquier edad, género, raza, nacionalidad o procedencia es vulnerable a ser atacado.

 

En realidad, no se ha vuelto a dar un ataque semejante dentro de los Estados Unidos desde hace trece años. Ciudadanos estadounidenses han sido asesinados en otros lugares, como los dos periodistas que fueron ejecutados por el auto denominado "Estado Islámico" en videos escalofriantes en días recientes, y han habido ataques contra blancos internacionales en Indonesia, Afganistán, Iraq y otros lugares.  Pero, en realidad, el territorio estadounidense ha resultado ser menos vulnerable a ataques de lo que pensamos hace trece años, por lo menos hasta ahora. 

 

Pero el efecto sicológico del ataque persiste, es una cicatriz que no desaparece y ejerce una influencia poderosa en las perspectivas de los estadounidenses en y con el mundo. Después de la caída del Muro de Berlín, todo parecía oportunidad y posibilidad. Las relaciones económicas eran la prioridad, y ahí se desarrolló una nueva relación con México y Canadá, que presentaban la posibilidad de competir juntos en la globalización como una asociación comercial basada en América del Norte. Ahora la prioridad es otra vez, como en la Guerra Fría, aunque con matices distintos, la seguridad.

 

Los países del Medio Oriente siguen siendo una obsesión para los estadounidenses, sobre todo porque se percibe como una región de donde pueden emanar nuevas amenazas a la seguridad nacional. Desde aquel 11 de Septiembre, el país se ha metido en dos guerras en esa región, y la política internacional ha sido dominada por temas relacionados a Siria, Irán, Iraq, Afganistán, Israel, Egipto y otros países de esa parte del mundo.

 

Los mexicanos y canadienses muchas veces preguntan qué pasó con esa atención prioritaria que se dio en los años noventa a los vecinos. Hasta los chinos, quienes tienen la segunda economía del mundo (muy pronto la primera) y cuyo país está emergiendo como la otra superpotencia del mundo, a veces se preguntan por qué no reciben más atención de los Estados  Unidos.

 

 

La respuesta radica, en gran parte, en el 11 de Septiembre de 2001, y esa cicatriz que recuerda a los estadounidenses su vulnerabilidad y dirige la atención prioritaria siempre hacia las amenazas que pueden provenir de actores en el Medio Oriente.  Este 11 de septiembre también nos lo recuerda.

 

@SeleeAndrew

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