Opinión

Muerto el clasismo, se acabó la rabia

Antes me peguntaba si el nivel de clasicismo que yo percibía y vivía en México realmente hacia la diferencia en el día a día. Y sí, ahora lo entiendo todo. l Lorena Rico

  • 05/12/2019
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Saint John, New Brunswick, Canadá. Desde que tengo uso de razón y mientras crecía y maduraba (quiero pensar) en Ciudad de México, me preguntaba como cambiaría la vida diaria en el país si el clasismo dejara de existir. Evidentemente, nunca me detuve a pensar demasiado en ello porque afortunada o desafortunadamente, no ‘me pegó’ demasiado, sin embargo, de vez en cuando regresaba esa pregunta a mi mente.

Hoy llevo viviendo en Canadá, casi dos años y como dicen por ahí: ahora entendiendo todo. Y es que, me ha tomado más de una conversación darme cuenta de la triste realidad: que el clasismo ‘sí me pegó’ y no me había dado cuenta. Cuando digo que ‘me pegó’ no me refiero precisamente a que me afectó o me impidió lograr algo, más bien, que, sin querer, me dejó sembradas ideas y percepciones que, sin darme cuenta, me traje cuando me mude aquí.

Me considero muy afortunada porque tengo una gran amiga aquí en Canadá que, aunque es algo más joven que yo (nadie está contando si son 6 años) siento que la conozco ‘de toda la vida’, que ella esperaba conocer a alguien con mi historia y mis características, como yo quería y necesitaba conocer a alguien con todas las cualidades que ella tiene y, sobre todo, la ideología que ella como local de este país tiene y comparte conmigo. En muchas de nuestras conversaciones, unas muy profundas, ella -sin quererlo- me ha hecho caer en cuenta de todas las ideas y percepciones que se arraigaron inconscientemente a mí como resultado de vivir antes en un país con altísimo nivel de clasismo. Sí, se lee como algo negativo, porque en mi opinión, sí es algo negativo, y más cuando se lleva a un nivel tan poco sutil como sucede en México.

Me he percatado de la auténtica libertad que da el vivir y actuar genuinamente sin pensar cómo lo verán los demás, que dirán o piensan de tal o cual acción. Ya sé que muchas personas dicen ‘que te valgan los demás’, yo también lo dije, pero, no era real, no siempre fue posible. He caído en cuenta que yo contribuía al clasismo al mantener en mi cabeza ideas como que trabajar mientras estudias es porque necesitas más dinero para pagar la escuela porque tus papás no tienen suficiente. Que trabajar de mesero(a) es solo un trabajo que probablemente gente sin preparación toma por necesidad, que si te quieres dedicar a ser instructor(a) de un gimnasio tienes que cumplir con cierto estereotipo físico. Que si usas ropa de segunda mano es porque no te alcanza para ropa nueva, y hasta que si vives en tal o cual colonia/zona de la ciudad, tienes una historia particular. Y resulta, que todo es un error, un fatal error producto del clasismo.

Y esto no se trata de juzgar a México sino de compartir cómo he entendido que la escasez de clasismo realmente cambia el día a día en una ciudad, en un país. Que ser mesera es una elección para muchos, y es, de hecho, un trabajo que requiere muchas habilidades y cualidades. De igual manera decidir trabajar desde los 16 como recepcionista o en un Dairy Queen es un tema de competencia sana con tus amistades, para poder hacerte independiente poco a poco, como si tienes un gusto y afición por una actividad o deporte, puedes ser un instructor en un gimnasio sin importar tu edad o medidas, porque con tu pura pasión vas a contagiar a los que tomen tu clase. Y así infinidad de ejemplos ‘me han pegado’ y me han hecho más consciente de las consecuencias del clasismo.

Y si tuviera que concluir que pasa en mi cabeza ahora, lo diría así:

-          Siempre se puede ser (más) amable

-          La convivencia entre distintas religiones, razas y culturas, SÍ ES POSIBLE

-          El caos también se puede revertir

-          Hay que salir de la zona de confort y retarse a uno mismo continuamente