Opinión

Momentos de vida en una biblioteca

En una biblioteca pública está la posibilidad de despertar realidades. | Verónica Yazmín García Morales

  • 31/01/2019
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Me gusta pensar en las bibliotecas como esos espacios públicos de proyecciones culturales íntimas. En una biblioteca pública está la posibilidad de despertar realidades y mundos que de otro modo no podríamos experimentar. El derecho a la cultura es un derecho humano que consiste en “tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten” (artículo 27, Declaración Universal de los Derechos Humanos). En México, el abismo que separa al discurso de los derechos humanos de su aplicación práctica es evidente.

La cantidad de historias que caben en 12,046 bibliotecas públicas es inmensa. El número podría ser cualquier otro, porque el recuento total de los relatos en una biblioteca siempre será incontrolable, por fortuna, no todo se puede contar. La cifra es la suma de las bibliotecas públicas en México (7,413) y España (4,633) de 2016. Lo relevante no son los datos, más allá de apuntar que sería preciso establecer como un indicador social el número de bibliotecas por habitante, así como el índice de lectura. No sólo se trata del número de bibliotecas públicas, también es relevante el fondo bibliográfico, los servicios, las tecnologías de la información, las actividades culturales, el acceso a la información, la transmisión del conocimiento, la accesibilidad, la memoria y sus protagonistas.

La concreción del derecho a la cultura habríamos de buscarlo en las bibliotecas públicas. La biblioteca pública a la que acudo en los últimos días abre de lunes a sábado a las diez de la mañana. No es posible mantener en Barcelona el horario matutino que seguiría en un día laborable en México, donde todo parece tener prisa por empezar, como si de verdad nos hubiésemos creído eso de que por madrugar tendremos una ayuda especial.

La biblioteca ocupa de la tercera a la séptima planta de un edificio que deja paso a la luz natural a través de sus grandes ventanas y un tragaluz alargado en la parte central del conjunto. Agustí Centelles, pionero del fotoperiodismo moderno en Europa, es el personaje que da nombre a esta biblioteca del ‘Eixample Esquerra’ de Barcelona. La mirada sobre la Guerra Civil Española y el exilio a través del testimonio visual de Agustí Centelles son imprescindibles para la memoria colectiva.

Me lo imagino con el nombre de Enric

En la biblioteca coincido con frecuencia con un señor mayor, tendrá unos ochenta años, no estoy segura, el cálculo lo he ido ajustando cada día, la última vez fue cuando estuve frente a él compartiendo mesa de estudio. A la vez que intentaba centrar mi atención en la lectura, ahora que estaba cerca de él, no podía dejar de observar lo que hacía. Me lo imagino con el nombre de Enric, en mi mente evoca una lejana e inalcanzable perfección.

Enric pasa primero por la sección de prensa y lee con atención los diarios que encuentra disponibles. Después, sube lentamente las escaleras, se detiene en la cuarta planta y elige una mesa donde se dedica durante tres horas a escribir. Sigue el mismo recorrido cada día que lo encuentro, no mira a nadie más y pareciera que nadie más que yo lo observa. Despliega sobre la mesa un par de hojas, ordenadas en perfecta simetría una sobre la otra, un bolígrafo azul y un pequeño corrector líquido de bote. Se dedica a corregir, a retocar el texto, a cambiar minuciosamente una letra por otra hasta transformarla en una palabra distinta. Enric reescribe lo que ya trae consigo, es como si se le hubieran acabado las hojas en blanco y ahora sólo tuviera que matizar o desmenuzar los trazos de su relato. Su labor denota una paciencia que inspira al momento primero de la creación de un universo. No se puede volver allí. Todas las palabras ya están escritas, es su combinación la que no está agotada, no se termina.

En la biblioteca, la inmortalidad de la escritura, la creatividad, la imaginación, la libertad y la cultura es inabarcable. Algunos hábitos lectores se cargan en el equipaje cultural para relocalizar sensaciones, sobre todo cuando las raíces humanas no dan para estirarlas tanto. Es la misma tensión con la que crece el tallo, siempre en dirección contraria a la tierra. Es el sendero que sigue la libertad a través del conocimiento.

La coexistencia de los tiempos vitales en el espacio bibliotecario fascina. Enric deja a su paso por la biblioteca una experiencia de vida, la que recopila, la que escribe, la que obsequia cada vez que alguien observa y escribe sobre su rutina. A veces es difícil distinguir si Enric es el personaje de un cuento o un “usuario” más de esta biblioteca pública, no lo advertimos, mas todos somos protagonistas de un texto literario, del relato de la vida

Una mexicana, un español y un perro en Canadá

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