Opinión

La educación cívica para convivir mejor

Una educación cívica que, en lugar de forjar un nacionalismo basado en triunfalismos infundados, forme ciudadanos con criterio

  • 19/10/2017
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 Los sistemas educativos deben contemplar una visión más allá de las aulas escolares. Se educa en aras de una mejor convivencia social; brindar oportunidades a todos para desarrollar su vida de la forma que se lo propongan; tener una mejor calidad de vida; para adquirir mejores habilidades que permitan el desarrollo de instrumentos que faciliten las actividades cotidianas. Se educa para el fomento de nuevas ideas, la mejora tecnológica y el desarrollo científico que faciliten explicar mejor los fenómenos que acontecen.

Un déficit del sistema educativo y de la democracia mexicana que arrastramos hasta el día de hoy es el de una educación cívica que, en lugar de forjar un nacionalismo basado en triunfalismos infundados, forme ciudadanos con el criterio necesario para analizar el contexto que los rodea, evaluar los perfiles y las propuestas de los candidatos a gobernantes y representantes (incluida su viabilidad), para decidir su voto, para vigilar a lo largo de sus gestiones a quienes ocupen cargos públicos y para controlar desviaciones de la política que los preceptos normativos no pueden prever.

Formación cívica

La formación cívica debe crear una ciudadanía capaz de presionar a los partidos para que tomen en cuenta sus opiniones en la selección de candidatos y para exigir la introducción de leyes que fuercen a los partidos a hacer más transparentes e incluyentes sus procesos de selección interna. Durante las campañas electorales, conviene que el ciudadano cuente con un criterio que le permita ubicar el programa que más favorezca a su comunidad, así como la información necesaria para juzgar el perfil profesional y la calidad ética de quienes buscan un puesto de elección popular, para lo cual requiere de un proceso de formación en valores políticos desde la educación básica, además de un entramado que permita a los medios de comunicación difundir información plural de manera libre y veraz. Si el filtro de las elecciones fuera insuficiente para frenar a un mal gobernante, la ciudadanía debería estar preparada para hacer notar las deficiencias de aquellos funcionarios, a través del ejercicio de la opinión pública, y presionar a sus representantes en el Parlamento para que ejerzan sus atribuciones de control político.

La educación cívica debe ser tal que enseñe a los ciudadanos que, a pesar de que se insiste en lo benéfico de los acuerdos y los consensos, la política implica conflicto y es normal que este se mantenga, ya que, a mayor consenso, menor control; un sistema consensuado al máximo es un sistema controlado al mínimo. El ciudadano, a través de la educación cívica, sabrá que para garantizar la libertad social se requiere que los poderes estén separados, pero también que se controlen entre sí, por lo que exigirá que la separación no sea entendida como dogma absoluto, ya que eso diluye los controles, sino que haya un equilibrio entre separación y controles entre poderes[1].

La ciudadanía bien formada será prudente a la hora de esperar, exigir y propiciar cambios, a sabiendas de que las instituciones requieren de tiempos adecuados para dar resultados y permitir la forja de nuevas opciones, que los cambios institucionales exitosos son producto de la inteligencia, no de la impaciencia[2], que el cambio gradual tiene la ventaja de no aventurarse precipitadamente en terrenos desconocidos, de no dar pasos en falso, con el alto riesgo de fracasar y que vale más ir ganando espacios poco a poco, en lugar de llegar a propiciar una confrontación violenta[3].

En un ejercicio comparativo con el Reino Unido, país donde resido desde hace más de un año, se observa que los ciudadanos tienen una concepción sustancialmente distinta de la vida pública de la que tenemos los mexicanos. Una nación que exige responsabilidad política, no solo jurídica, a los altos funcionarios públicos y que obliga a los titulares del gobierno a ser parlamentarios, por ende, representantes populares; permite que los ciudadanos tengan más elementos para deshacerse de un mal gobernante; basta que una mayoría en la Cámara de los Comunes le retire la confianza, presionada por un escándalo mediático o a partir de otros mecanismos de presión social. En el Reino Unido existe un andamiaje de incentivos que deriva en una costumbre de apego a las reglas del juego, entre las que se mezclan las reglamentadas y las basadas en la tradición. La cultura inglesa, desde finales del siglo XVII, se ha caracterizado por un ortodoxo apego a la solución de sus problemas por la vía parlamentaria, para bien y para mal, lo que en ocasiones ha derivado en la cooptación de los partidos de oposición y los sindicatos por parte del grupo en el poder. Mientras pensadores como Peter Burke han halagado ese “guardar las formas” de los ingleses, académicos como Keith Middlemas y Ralph Miliband han hecho notar que ese comportamiento ha minado oportunidades de que la oposición ejerza su papel de contrapeso.

La educación cívica en las aulas escolares del Reino Unido, luego de décadas de debate respecto a la reglamentación de su impartición, a partir de 2002 forma parte de la curricula oficial en educación secundaria[4]. No obstante, se han reconocido dificultades en su implementación, especialmente con relación a la falta de entrenamiento y domino de los temas por parte de los profesores, lo que los hace vulnerables a sesgos y a que aborden un conjunto muy limitado de perspectivas, habitualmente apegadas a las prioridades del gobierno en turno y a lo que marcan las tendencias de la opinión pública[5].  

México y reformas a la educación

En México, por otra parte, la formación cívica y los cambios en los programas bajo los que se ha cimentado la educación ciudadana en el país, representan un reto para las autoridades que tienen las atribuciones en ese ámbito, ahora exclusivamente en manos de las autoridades electorales, ya que supone sortear los peligros de la manipulación y enfrentar la polémica por la selección de textos, la formación de profesores en el área de civismo y ética, así como la distribución del presupuesto para esa área. El actual fenómeno de despolitización en las sociedades del mundo occidental, augura pocos cambios sustantivos y positivos en la posibilidad de construir un programa de educación cívica que abone en un cambio de las dinámicas sociales que nos permita a los mexicanos convivir mejor. Por lo pronto, esperamos ver, al menos, que el sistema educativo en proceso de reformación contemple el rubro de la educación cívica en los programas y se coadyuve con las autoridades electorales para que ese campo sea atendido con una amplia visión, que incluya a toda la población en espacios que vayan más allá de las aulas escolares y para el ejercicio de una ciudadanía que no se limite a los comicios electorales.


[1] Diego Valadés, El control del poder, Buenos Aires: Ediar/UNAM, 2005, p. 36-37, 95

[2] Ibídem, p. 146

[3] Daron Acemolu y James Robinson, Why nations fail. The origins of power, propsperity and poverty, New York: Crown, 2012

[4] Rhys Andrews y Andrew Mycock, “Citizenship education in the UK: devolution, diversity and divergence”, en Citizenship Teaching and Learning, University of Huddersfield, 2007

[5] Diana Burton y Stephanie May, “Citizenship Education in Secondary Schools in England”, en Educationalfutures, vol. 7, 2015


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