Opinión

La cooptación partidista. Una comparación pertinente

¿En qué devendrá el PRD? ¿Cuánto tiempo durará su cooptación por parte de los poderes políticos dominantes? ¿Gobernará con las manos atadas?

  • 09/11/2017
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Pensemos en un partido político, con no más de un par de décadas de existencia, nacido con una bandera de izquierda y como amalgama de partidos pre existentes más pequeños, con intenciones de desplazar a los dos gigantes que se disputan las elecciones nacionales. Un partido que ha ido ganando espacios en el espectro político, que se ha visto beneficiado de las reformas electorales, que ha recibido miembros provenientes de los partidos existentes previo a su fundación, pero que últimamente ha sido cooptado por el poder político dominante. Podemos estar hablando del Partido de la Revolución Democrática en nuestros días, o bien del Partido Laborista inglés en los años 20 del siglo pasado. Y es que, sin afán de hacer una comparación burda entre ambos partidos, podemos encontrar similitudes sugerentes que nos ayuden a entender mejor el fenómeno que vive hoy el PRD y vislumbrar posibles salidas.

El Partido Laborista inglés nació en 1900 derivado de los movimientos sindicales ingleses decimonónicos y en el que se amalgamaron el Independent Labour Party, la Fabian Society, la Social Democratic Federation y el Scottish Labour Party. Durante la primera postguerra, miembros del Partido Liberal como Charles Trevelyan, Josiah Wedgwood, Arthur Ponsony, H. B. Lees-Smith y R. L. Outhwaite migraron al Partido Laborista y unos años más tarde lo hicieron miembros del Partido Conservador como Lord Parmoor y su hijo Stafford Cripps, John Strachey, John Sankey y su esposa; Lady Cynthia (hija de Lord Curzon), Oliver Baldwin (hijo de Stanley Baldwin); Hugh Dalton, Hugh Gaitskell, George Strauss, así como Lord de la Warr (Pugh, M, 2002). A su vez, el Partido de la Revolución Democrática se convirtió en partido a escala nacional en 1989, derivado del Frente Democrático Nacional, una escisión del Partido Revolucionario Institucional ocurrida un año antes (1988), liderada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez; a la que se sumaron partidos como el Mexicano Socialista (PMS), el Mexicano de los Trabajadores (PMT), el Socialista Unificado de México (PSUM), el Patriótico Revolucionario (PPR), el Socialista de los Trabajadores (PST) y el Movimiento Nacional del Pueblo (MRP).

Ralph Miliband (1972) y Keith Middlemas (1979) criticaron el comportamiento conservador del Partido Laborista, señalaron la exclusión de los sectores más izquierdistas y reprocharon el desvío de los principios originales del partido y de su papel como opositor para convertirse en un aliado del establishment. Luego de un breve periodo de gobierno, en 1924, el Partido Laborista volvió a obtener la mayoría parlamentaria en 1929, con el mismo líder del partido, Ramsay MacDonald, quien formó el gabinete de los big five: además de él, Arthur Henderson, Phillipe Snowden, J. H. Thomas y J. R. Clynes; se trataba de un gabinete de moderados, lo que implicaba un desplazamiento de los laboristas de izquierda. Para ese momento se había gestado ya buena parte de la cooptación sufrida por los laboristas: luego de la Huelga General de 1926, consolidó su distanciamiento con los grupos de la izquierda extraparlamentaria y revolucionarios, como el Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB) y el Movimiento Nacional de los Trabajadores Desempleados (NUWM).

A los pocos meses de iniciado su segundo periodo de gobierno, los laboristas tuvieron que enfrentar la gran depresión de 1929. ¡Qué infortunio el de los laboristas en tomar las riendas del gobierno a poco tiempo de que se desmoronara la economía internacional de la primera posguerra! (Mowat, C. L., 1968). Para el verano de 1931 el Reino Unido enfrentaba un déficit de unos 170 millones de libras esterlinas y una crisis de pagos a sus principales acreedores, Francia y Estados Unidos, quienes, para continuar prestándole, le exigían condiciones como reducir en un 10% los montos del seguro de desempleo, que parecía ser de los principales factores que desequilibraban el presupuesto. En medio de una discusión en torno a los recortes al presupuesto, en pleno periodo vacacional del parlamento, luego de que el gobierno no logró acuerdos con la oposición ni dentro del propio partido en el gobierno respecto a los montos de los recortes, el primer ministro, MacDonald, ofreció su renuncia al rey George V, quien se negó a aceptarla, a sabiendas de que sería imposible imponer recortes que afectaran la clase obrera sin un gobierno laborista, y propuso una salida, conocida como la crisis constitucional de agosto de 1931: que se disolviera el gobierno laborista e inmediatamente conformara un gobierno de coalición. Los líderes de los tres partidos más grandes aceptaron y así se formó el gobierno nacional laborista conformado por cuatro conservadores: Stanley Baldwin, Neville Chamberlain, Herbert Samuel y Rufus Isaacs; dos liberales: Samuel Hoare y Philip Cunliffe-Lister; y cuatro laboristas: MacDonald, Philip Snowden, J. H. Thomas y John Sankey. Con MacDonald como primer ministro. El gobierno laborista se convirtió en prisionero de los conservadores; los laboristas gobernarían bajo el mando tory durante los años más crudos de la crisis económica, cuando el desempleo llegó a rebasar el 20% a escala nacional, 30% en algunas regiones. Un mes más tarde el Reino Unido abandonó el patrón oro (que había adoptado en 1925 luego de haberlo dejado durante la Primera Guerra Mundial). En 1932 el déficit se calculó en 170 millones de libras y no se pudo pedir más prestado para el seguro de desempleo, se incrementaron los impuestos, se redujeron salarios como el de los profesores en un 15%, se limitó el periodo para tener seguro de desempleo a 26 semanas por año. Los recortes alcanzaron 70 millones en 1932. (Mowat, C. L., 1968). En 1935 los laboristas perderían las elecciones y no volverían a gobernar sino hasta 1964, bajo el liderazgo de Harold Wilson. Para ese momento las figuras sobresalientes del partido del periodo entre guerras habían fallecido ya.

Los mismos cuestionamientos que Miliband y Middlemas hicieron al Partido Laborista podrían aplicarse hoy al PRD. Podríamos marcar septiembre de 2012 como el inicio del camino que llevó a la cooptación del PRD, luego del debilitamiento producido por la escisión del grupo de Andrés Manuel López Obrador, quien se concentró en su Movimiento Regeneración Nacional para, más adelante, convertirlo en partido político. Unos meses más tarde, en diciembre de 2012, el PRD firmó el Pacto por México, de la mano de quienes debían de ser sus opositores, si no es que sus enemigos acérrimos. Dicho acuerdo –suscrito entre élites partidistas para emprender las reformas constitucionales y fortalecer la gobernabilidad al inicio del sexenio de Enrique Peña Nieto– fue firmado por el presidente del PRD, secundado por parte de la militancia, aunque sin la anuencia del Consejo Nacional del partido. Ello supuso un viraje sustancial en el comportamiento que hasta ese momento había tenido el partido fundado en 1989 especialmente con relación al sector energético. La reforma energética, quizá la más destacada de todas, suponía el fin del monopolio de la extracción de petróleo por más de siete décadas por parte de la empresa del Estado mexicano, PEMEX, y el inicio de la apertura a la competencia a empresas privadas, a la que el PRD se había opuesto por varios años debido a que implicaba que el fisco dejara de percibir cerca del 40% que aportaba Petróleos Mexicanos por sus ventas (que suponían el 10% del PIB nacional) y se beneficiara a intereses privados selectos.  La firma del Pacto por México por parte del PRD podría equipararse con lo ocurrido al Partido Laborista tras la Gran Guerra: ser cooptado por los intereses a los que supuestamente debía oponerse.

En los años subsiguientes vendrían alianzas que antes hubieran parecido impensables: coaliciones entre el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Acción Nacional, debido a los diferentes intereses a los que ambos partidos habían representado desde sus fundaciones, que son en general incompatibles.

Al PRD, supuestamente de izquierda, ya quedó claro que no le interesa un cambio de régimen, que ya se acomodó al régimen. No espera gobernar, espera estar en esa zona secundaria pero muy fructífera: recibir los recursos, tener algo de poder y pasarla relativamente bien, sin la responsabilidad del poder

(Meyer, 2017).

El Partido de la Revolución Democrática tuvo una oportunidad histórica desde finales de los años 80 para permitir a la izquierda ocupar cargos de elección popular, hacerse de un lugar en el espectro político a escala nacional y para modificar las dinámicas indeseables del ejercicio de la política mexicana. Sin embargo, las ha desaprovechado. Por un lado, ha perpetrado dinámicas perversas previas, las más depreciables, la corrupción y los vínculos con delincuentes. Por otro, ha tirado por la borda la institucionalización del conflicto intraizquierda que se había alcanzado, es decir, la cohesión en torno a un solo partido formal y con reconocimiento oficial, que tanto cuesta en las agrupaciones de esa ala política en buena parte del orbe. En cambio, ha optado por aliarse a sus enemigos, ni siquiera en igualdad de circunstancias, sino con todas las de perder, solo para no desaparecer del mapa, pero ya sin un proyecto particular, digno y genuinamente de izquierda.

¿En qué devendrá el PRD? ¿Cuánto tiempo durará su cooptación por parte de los poderes políticos dominantes? ¿Gobernará con las manos atadas como lo hizo el Partido Laborista luego del verano de 1931? ¿Recuperará su papel como la fuerza institucionalizada de izquierda? ¿Aprovechará su estructura, su historia y su ventaja de no estar cohesionado en torno a una sola figura como otras fuerzas de izquierda? ¿O desaparecerá? Quizá no tenga la misma oportunidad que tuvo el Partido Laborista de recuperar su lugar luego de tres décadas, cuando no había otras fuerzas de izquierda y candidatos “independientes” ganando terreno, como las que proliferan hoy en día en México. Las grandes figuras del partido, intachables hasta hoy en día, se van haciendo mayores y no se vislumbra en el horizonte la llegada de liderazgos con calidad ética, colmillo político y cohesión en torno suyo para darle salida al partido que aglutinó a la diseminada maquinaria de izquierda mexicana del siglo XX. Una lástima.

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Referencias

Mayer-Serra, Carlos Elizondo (2017), Reforma de la Constitución: la economía política del Pacto por México, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, no. 230.

Meyer, Lorenzo (2017), en entrevista en la Mesa Política de Aristegui Noticias, 5 de junio.

Miliband, (1972). Parliamentary socialism: A study in the politics of labour, London: Merlin

Middlemas, K. (1979). Politics in industrial society: The experience of the British system since 1911, London: Deutsch

Mowat, C. L. (1968). Britain between the wars, 1918-1940, London: Methuen

Pugh, M. (2002). The making of Modern British Politics, Oxford, Blackwell

Zamítiz Gamboa (2015), El significado del "Pacto por México”, VIII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, organizado por la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (ALACIP) Pontificia Universidad Católica del Perú, 22 al 24 de julio

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