Opinión

Estimadíssim Pompeu / Muy estimado Pompeyo

Le saludo, primero en su amada lengua catalana. El resto del mensaje en castellano, para los lectores. | Elvira García Mora

  • 29/11/2018
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Este último año ha sido de intenso aprendizaje de la lengua catalana. Desde mi llegada a Cataluña he reconocido esa identidad y particularidad de esta Tierra. Ahora cobra sentido para mí la versión corta del nombre del equipo del fútbol: Barça, que proviene de la pronunciación de la famosa ciudad, Barcelona, que en boca de los nacidos aquí se escucha como “Barsalona”.

Cuando comencé a estudiar la lengua catalana lo hice por curiosidad, en esta segunda ocasión retomo los estudios por un deseo de comunicarme en la lengua nativa de mi marido, para expresarme en el mercado o en colegio de mi hija en el mismo idioma y por conservar esa cultura que tan cercana geográficamente al castellano se ha mantenido como si estuvieran en continentes diferentes. Recientemente ha crecido en mí esa necesidad de reivindicación de las 72 lenguas indígenas mexicanas (INEGI, 2015) que a pesar de que no lograron ser extinguidas en la Conquista, ideológicamente fueron tan desestimadas al punto de engendrar vergüenza en quienes las hablan.

Al inicio de este año, 2018 comencé a asistir a diversas actividades culturales relacionadas con la obra de Pompeu Fabra, fue entonces cuando le conocí a través de su obra. Fue para mí un momento de revelación cuando escuché aquella anécdota de 1883, tan apreciada que se incluye en las notas bibliográficas de la Semblanza Biográfica realizada en 2015 por el Instituto de Estudios Catalanes. La cito textualmente, pero en mi traducción del catalán: Carta de Fabra a los sobrinos que veraneaban en Camprodón. Una vez que ha escrito “Queridos sobrinos” se da cuenta de la artificiosidad que representaba el uso del castellano. Aquí arranca su determinación de escribir una gramática del catalán, en vista de que las existentes no le convencen. Me vinieron tantas y tantas preguntas en aquel momento: Entre los millones de indígenas de la Nueva España ¿no existió alguno que sintiera esa lejanía entre sus familiares al hablar con ellos en una lengua extranjera, el castellano? ¿algún grupo de indígenas se decidió a conservar su lengua? ¿existió aquella inquietud? ¿fue reprimida? ¡Ahora tengo tarea de historia! ¿encontraré información?

También este año inicié con la tarea de hacer prácticas lingüísticas fuera de casa. La actividad consistía en visitar establecimientos comerciales para hablar catalán, sin obligación de hacer alguna compra. Tenía en mis manos una lista de puestos del mercado en los cuales sus propietarios estaban dispuestos a hacer una pequeña conversación con los estudiantes que finalizamos el primer año de estudio de la lengua catalana. Después de la conversación, ellos registraban una firma o un sello en la hoja de prácticas de cada uno de nosotros. Para mi sorpresa, se trataba de los sitios donde regularmente hacía la compra. Entonces, con un poco de temor o vergüenza pensé “Si voy a estos sitios, sabrán que sé hablar aunque sea un poco de catalán y en adelante me seguirán hablando en esta lengua ¡tendré que hablar en catalán con ellos siempre! Mejor voy a otros negocios, donde no me conozcan. Así, hago la práctica, me ponen el sello y se acabó. Sin presión de seguir hablando el catalán…” ¿No quería aprender catalán para comunicarme con los demás? ¿para adentrarme en la cultura y ser parte de la ciudad donde vivo? Entonces, me decidí por ir a los sitios donde me conocían y que supieran que estaba estudiando su lengua. Así fue, que experiencia más maravillosa. El primer sitio fue en el puesto de huevo (sí, hay un lugar donde únicamente se venden huevos y es de lo más bonito). La dueña, una mujer tan amable que cuando me acerqué y le di la hoja de práctica lingüística cambió su gesto a una enorme y franca sonrisa. Me habló con tanto cariño y me felicitó por adentrarme en el estudio del catalán. Charlamos por un buen rato, me comentaba lo triste que había sido para ella la imposibilidad de hacer sus estudios en catalán en la escuela por la represión que en su época existía y cómo se había prohibido en aquel entonces el uso de la lengua catalana. Me contaba sobre cómo se despreciaba el uso del catalán y se consideraba al castellano como una lengua para personas elegantes, inteligentes, cultas. En la segunda práctica fui a la verdulería, también una experiencia muy grata donde aprendí algunos detalles del día a día sobre cómo pedir “un manojo de cebollas frescas”. Para la tercera práctica ya estaba muy desenvuelta, fue el momento de la carnicería. El matrimonio que atiende, aunque de semblante serio son muy atentos y amables. Cuando les acerqué la hoja de prácticas, me llenaron de preguntas y con la poca fluidez que tengo para expresarme verbalmente en catalán, fui dando respuestas mal estructuradas pero que permitían hacer llegar el mensaje. Pero, aquí llegó el detalle que temía cuando la señora le dijo a su marido: Ahora tendremos que hablarle siempre en catalán… ¿Bien? ¿mal? ¡muy bien! Ahora me enseñan recetas de cocina y algunos dichos catalanes cada vez que hago la compra.

Alegrías y tristeza

Estas experiencias sobre el aprendizaje de la lengua catalana me han llenado de alegrías y de tristeza. ¿Tristeza? Sí, tristeza. Me pregunto qué habría pasado con la lengua purépecha si tan solo hubiera existido un Pompeu Fabra con la tarea de normalizar su gramática, organizar la lengua para su escritura y lectura. Pero también me doy cuenta de que además del grupo con quienes trabajaba [usted, Pompeu Fabra], también había y hay un profundo compromiso por el pueblo catalán con su lengua y su cultura. ¿De qué otra manera ha logrado sobrevivir una lengua que se prohibió en las calles? se hablaba en casa. Entiendo que ser catalán es luchar por no extinguirse. El catalán tiene una lucha de siglos, que al día de hoy no ha perdido. Se ve y se escucha su lengua en su territorio. Lo veo como un pueblo que se sabe independiente, con su cultura y con su lengua.

Entonces, después de este tiempo volví a vivir los eventos del primero de octubre de 2017, cuando se realizó el referéndum por la independencia de Cataluña. Tenía otra perspectiva. Cuando al día siguiente de la proclamación y suspensión de la Independencia de Cataluña por parte del presidente Carles Puigdemont, ví en el noticiero el mensaje de rechazo del canciller mexicano pensé: ¿por qué un país independizado de España no apoya? Pensaría que “entendemos” la situación de una comunidad que desea independizarse del mismo régimen del cual los mexicanos nos separamos. Fue extraño, me remonté a 1821 para imaginar cómo habrían reaccionado otros países cuando México se independizó de la corona española. Ni apoyo ni desapruebo las cuestiones relacionadas con la independencia de Cataluña, al final de cuentas soy mexicana, libre, soberana que no rinde tributo a ninguna corona. Pero, si mi marido grita “Viva Cataluña libre”, yo, sostengo con él su bandera. Porque los catalanes me han enseñado a amar mi tierra y mi cultura más que en los cuarenta años que viví en México.

Entonces, estimadíssim Pompeu, muchas gracias por hacerme sentir el orgullo que jamás había sentido por mis raíces purépechas y mazahuas. Se ha encendido en mí el ch’ipiri (lumbre, en purépecha).

Así veo México

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