Opinión

El (re) pensar de las ciudades

No se trata de construir ciudades con calles y edificios vanguardistas, se trata de construir ciudades para sus habitantes. | Damaris Sánchez

  • 12/12/2019
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Barcelona, España. Han pasado ya unos cuantos miles de años desde que, a partir del descubrimiento de la agricultura, el ser humano dejo de ser nómada y, se empezaron a construir las primeras sociedades urbanas.

Desde entonces la concepción de lo urbano ha tenido distintas apreciaciones a lo largo de la historia, las nuevas ideologías, los cambios de paradigmas, las guerras, la implementación de nuevos modelos económicos, entre otros varios factores, han influido en el repensar actual de cómo se construyen las ciudades.

Si tomamos como punto de partida las transformaciones que el mundo ha experimentado como consecuencia de la implementación (cuasi) global del capitalismo, encontramos que se ha hecho constantemente una distinción de lo que es una ciudad industrial y comercial, y una ciudad de arte y cultura, ambas vistas como dos formas de desarrollo urbano completamente ajenas e incompatibles una de la otra.1

Sin embargo, hoy en día vemos cómo esa distinción está desapareciendo con la “fecundación” de estas dos formas de desarrollo urbano que han dado a luz a una nueva concepción de ciudad, que se ha venido propagando por los diferentes continentes del planeta: la “ciudad creativa”, la cual es una ciudad donde la producción, el trabajo, el ocio, las artes y el medio físico existen en diversos grados de armonía mutua.2

En México, por ejemplo, tenemos a la Perla Tapatía, que ha aprovechado este modelo de ciudad con el propósito de posicionarse como una ciudad digital, innovadora y tecnológica para atraer la inversión y ser reconocido como el Silicon Valley mexicano.

De manera similar se encuentra el caso de Barcelona, que se ha convertido en una marca global gracias a la explotación de su dinámico entorno cultural.

Lo que caracteriza la visión de una ciudad creativa ideal, según Richard Florida, son 3 cosas: 1) la tecnología, 2) el talento y 3) la tolerancia. En esas ciudades visualizadas por Florida, la división del trabajo se fragmenta por un lado en la clase creativa, quienes serían los encargados de producir nuevas ideas significativas, y por el otro en una subclase de servicios de bajos salarios, denominada por Allen Scott, como la una nueva “clase servil”.

Los trabajos de esta clase servil se centran, más que nada, en mantener las instalaciones y la infraestructura del sistema urbano, y en proporcionar diversos tipos de ayuda doméstica y personal. Llevados a cabo en su mayoría por grupos sociales marginados, como los migrantes de países no desarrollados y en vías de desarrollo.3

En Barcelona, es notable observar que los encargados de mantener siempre limpios los edificios provienen en su mayoría de países de Sudamérica, mientras que en el caso de Guadalajara ese nicho pertenece a migrantes de grupos indígenas tanto del norte de Jalisco como de estados del sur de la República mexicana, como Oaxaca y Chiapas.

De lo anterior, se puede percibir una practica de segregación social al discernir a la llamada clase servil y categorizarla como los, en ocasiones llamados, “ciudadanos de segunda”. Es entonces aquí que entra en discusión el énfasis a la “tolerancia” que las llamadas ciudades creativas abogan en fomentar, ya que el ser tolerantes no significa incluir socialmente a una persona o un sector.

Tal como lo dijo Jane Jacobs, “Diseñar una ciudad soñada es fácil, reconstruir una ciudad viva requiere imaginación”. En la actualidad la creatividad debería aprovecharse para concebir una nueva forma de desarrollo urbano, la cual, disminuya la vulnerabilidad, la segregación y las brechas sociales existentes en nuestras sociedades.

Esto es, una forma de desarrollo urbano integral en donde se tenga a la cultura como base del desarrollo sostenible. Ya que la cultura es el ingrediente principal para la construcción de identidades individuales y colectivas. Asimismo, está demostrado que a través de la participación activa de las personas en actividades culturales se mejora la calidad de vida y bienestar, independientemente de a qué clase o estrato social pertenezcan.4

Las ciudades que utilizan los recursos culturales y la creatividad para impulsar el cambio social y económico mejoran la resiliencia y su potencial de desarrollo. Tener a una ciudadanía participativa fomenta la colaboración comunitaria y la cohesión social, puntos claves para la sostenibilidad de una ciudad.5

Si bien, la cultura es una apuesta a largo plazo y de seguimiento continuo, una de las respuestas a la crisis urbana que se vive actualmente tanto México como en el mundo, sería tal vez el poder repensar a las ciudades creativas como una forma de desarrollo urbana-cultural, creativa y competitiva; en donde las diferencias entre las clases sociales funjan como puentes de colaboración. Con una planeación territorial en la que todos tengan el derecho y el acceso equitativo al goce de la ciudad. Porque no se trata de construir ciudades con calles y edificios vanguardistas, se trata de construir ciudades para sus habitantes, es decir, se trata de construir comunidades.

El futuro está entonces en la cultura, en la inclusión, en el reconocernos el uno al otro; el repensar de lo urbano, lo político, lo económico o lo social debe de hacerse siempre pensado de las personas para las personas.

Referencias:

1-3.- Allen John Scott (2014) Beyond the Creative City: Cognitive–Cultural Capitalism and the New Urbanism, Regional Studies, 48:4, 565-578.

4-5.- Duxbury, N., Hosagrahar, J., Pascual, J. (2016). Why must culture be at the heart of sustainable urban development? Agenda 21 for culture - Committee on culture of United Cities and Local Governments (UCLG), 1, 1.