Opinión

El gandallismo en nuestro México contemporáneo

Tenemos que entender que mis derechos son los derechos de los demás, y mis deberes son conmigo mismo y con los demás. | Ernesto Cruz Ruiz

  • 05/03/2020
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Múnich, Alemania. ¡Es que se alentó! Fue la expresión que dijo un diablero a un vendedor junto a él, después de invadir parte del puesto del vendedor de pinole. El lugar en mención medía cerca de dos metros enfrente de una tienda. ¡Minúsculo problema para un mercado al cielo abierto! Al final se arreglaron los dos para compartir el espacio, debido a que no se trataba de un puesto fijo. Ninguno, ni el vendedor del pinole, ni el diablero tenían puesto, ambos esperaban clientes entre el espacio libre de dos sitios, enfrente de una entrada que no podían invadir.

En fin, la expresión y el asunto me hizo pensar en tres cosas: individuos, reglas/leyes e instituciones en el contexto mexicano. La primera, pues he presenciado en México personas actuando abusivamente, con malas formas e incluso con malas intenciones. Eso que los mexicanos denominamos gandallas. Ese tipo de personas que incluso se ufanan de decir que las leyes y las reglas son importantes, pero que, en caso de no seguirlas, todo está bien si no te cachan. Entonces, el meollo del asunto es que ese es nuestro mayor problema en México: la desfachatez, el gandallismo. Claro que se tienen que seguir las reglas y leyes, incluso si no te ven. El problema quizá no se pueda medir, y no sé si ésta sea una actitud generalizada. Y el problema es mayúsculo debido a que los gandallas se convierten en perpetradores, en criminales. Finalmente, el problema del gandallismo se podría cristalizar en complicaciones aún más imposibles como lo son los feminicidas y todo eso de lo que tanto aqueja a nuestro México contemporáneo.

Además, el asunto me hizo reflexionar acerca de las reglas de convivencia social y las leyes que ya tenemos. Por ejemplo, creo que alguna vez leí en algún texto que nuestra constitución es (o era) de avanzada ¿pero de qué sirvió/sirve tener una constitución de vanguardia si vivimos en algo cercano a un salvajismo? ¿Tendría México que tener una nueva constitución, quizá una versión parecida a la nueva constitución de la Ciudad de México? Quizá sí. Quizá las leyes y las reglas tendrían que actualizarse, pero quizá primero se tiene que vivir con reglas, de todo tipo, desde las de etiqueta y caballerosidad, hasta las que se encuentran en la constitución. En verdad no necesitamos un capataz o un verdugo que nos haga seguir y respetar las reglas. Pero parece que a eso estamos acostumbrados los mexicanos. Parece patológico que desde las esferas más humildes hasta las más opulentas este padecimiento se replique. No hay nada de honor en burlar la ley, tampoco en hacernos de amigos que chasqueen las reglas.

Asimismo, respecto a las instituciones, el diablero también me hizo recordar este tema, pues parece que en México se piensa que las instituciones son personas. ¡Y no! Por ejemplo, en la actualidad se habla de la defensa de la institución protectora de nuestra democracia. Se comenta acerca de una posible cooptación de esta institución por parte del partido en el gobierno pues éste propone a uno de sus líderes vis à vis, vis-à-vis la selección de una persona que dirija este instituto en base a sus méritos y a su capacidad probada de manejar dicho instituto. Sin embargo, el tema no es único, este mismo acapara las conversaciones especializadas y las más comunes, por ejemplo, cuando se habla de la presidencia. Por ello, creo que los mexicanos nos olvidamos de desarrollar instituciones y pasamos el tiempo creyendo en íconos y caudillos. Creo que cuando las reglas son claras y todos las respetamos, no hay necesidad de desconfiar. Pero en mi México, ese de amigos y de gandallas, nos olvidamos de las leyes y las reglas para crear instituciones sólidas en las que podamos confiar.

Por ello, los tres puntos anteriores me parecen de suma importancia en nuestro México actual y en el del futuro. Además, estos tres puntos me hicieron pensar en la entrevista Diaz-Creelman, específicamente en el punto en el que se hace referencia a que la democracia tiene raíces en nuestro país, pero que somos los mexicanos los que nos preocupamos poco por lo público o por seguir construyendo nuestra democracia. Como lo describe la misma entrevista que le hicieron a Porfirio Díaz hace más de cien años, los mexicanos pensamos mucho en nuestros propios derechos, pero poco en los de los otros. En esa misma entrevista Porfirio Díaz también habla o endorsa la necesidad que tiene la democracia mexicana de una clase media para su sano desarrollo. Pero nuestro México actual tiene un sesenta por ciento de pobres ¿seguimos igual que con Porfirio Díaz? Por eso considero que la expresión “es que se durmió”, “es que se alentó” es tan válida hoy como ayer y seguro estoy que lo será en el futuro. La expresión describe no sólo la temporalidad de Porfirio Díaz, sino también todos los niveles sociales, pues tanto ayer como hoy, hay gandallas entre los ricos, los de clase media y los de clase baja. Pero ¿podremos salir de nuestros problemas relacionados al gandallismo? ¿Tiene fin este estilo de vida? ¿Es la violencia que vive México hoy día una evolución del gandallismo y la pobreza?

Pienso que estos problemas los han tenido países que ahora son considerados desarrollados y no creo que lo que vivimos hoy en día, no lo hayan vivido otros países. Pero además creo, y hay evidencia, que hay otros países que se han desarrollado, en el siglo pasado, en menos tiempo y que han sabido aprender de las experiencias de los países ahora más desarrollados. Por ende, creo que la pregunta sería. ¿Podremos los mexicanos entender, respetar y hacer seguir reglas, normas, leyes y nuestra constitución? ¿Podremos crear instituciones dejando de lado el discurso político concentrado en el poder y en especial en caudillos? Estoy seguro de que la respuesta es positiva, y que depende de nosotros. Necesitamos empezar con un enfoque en las reglas, desde lo local, enfocándonos en lo personal. Tenemos que entender que mis derechos son los derechos de los demás, y mis deberes son conmigo mismo y con los demás. Somos seres sociales, y vivimos en sociedad.