Berlín, capital de Alemania, ciudad cosmopolita, hogar de los hipsters, antítesis de las convencionales ciudades alemanas y mi nuevo lugar de residencia, celebró el pasado 3 de octubre el día de la reunificación alemana. Ese día, alemanes del norte, sur, oeste, este, centro; turistas, extranjeros, migrantes y refugiados, celebramos frente la icónica Puerta de Brandeburgo, la inexistencia de muros que dividan sociedades.

Mexicana de nacimiento, viví toda mi vida en la increíble Ciudad de México, hasta hace dos años que decidí realizar estudios de maestría en Alemania. Vivir a 9 mil kilómetros de distancia de mi país y celebrar la unificación, me ha hecho reflexionar que existe un factor común entre todos los mexicanos expatriados: la distancia y el tiempo han exaltado el patriotismo y el orgullo por ser mexicanos. Estos son sentimientos que todo mexicano en el extranjero comparte sin importar la raza o clase socioeconómica. De hecho, la convivencia con la comunidad mexicana en Berlín me ha hecho cuestionar la razón por la cual los mexicanos no convivimos de la misma forma en nuestro propio país, es decir, sin prejuicios raciales o clasistas, unidos como los alemanes lo hacen.

Alemania es un país de primer mundo, sí, pero también es una nación conformada por migrantes (turcos, afganos, latinos, españoles y una nueva ola de refugiados) donde las diferencias étnicas y entre clases existen. Sin embargo, estas diferencias no forman parte de la cultura popular alemana tal como es el caso de México. A diferencia de Alemania, la historia de México, desde la época de la colonia, se centró en la distinción de clases y razas, desde los peninsulares y los criollos hasta los mestizos e indígenas. Es increíble que aún en pleno siglo XXI tales diferencias persistan. Tal vez hoy no nos distingamos por nuestra casta, pero la palabra indígena aun indica algo despectivo y por el contrario, el descendiente español conlleva cierto respeto.

Es curioso, pero en México, a diferencia de Alemania, la capacidad monetaria de una persona determina su posición en la sociedad. Un claro ejemplo son todas las revistas de sociales con fotografías de las "altas" clases mexicanas que al menos en Alemania, son inexistentes (a excepción de las celebridades alemanas, en su mayoría de fútbol). Son casos que se plantean hasta en las típicas telenovelas donde una muchacha de una zona pobre se enamora de un hombre rico de las Lomas de Chapultepec. Tal vez la cultura popular mexicana se centre en todas estas ideas e increíblemente pareciera como si en México existiera un código de conducta social donde se prohibiera la convivencia entre los "mirreyes" y los "nacos" o aún peor, entre los "defeños" y los "foráneos" dentro del territorio nacional. Sin embargo, irónicamente, fuera de las fronteras mexicanas, todos somos amigos y hasta hermanos mexicanos.

Al estar a un océano de distancia de mi hogar, la convivencia entre mexicanos sin importar nuestra raza, religión, creencias, costumbres, apellido o clase social, me ha enseñado que México es un mosaico de riñas entre clases dentro de sus fronteras y que es una cultura compleja, pero que puede cambiar. Prueba de ello es la cooperación mano a mano el pasado 19 de septiembre ante el terrible temblor que sacudió al país tanto física como emocionalmente. En la distancia, ver las fotos en internet, en la televisión alemana y leer lo que estaba pasando en mi país, me hizo volver a creer en que la solidaridad puede existir entre los mexicanos sin importar el código postal de cada persona. Fue esperanzador ver la forma en la que por un momento no importaron las clases sociales ni los apellidos. Fue una clara prueba de que el mexicano puede dejar de lado las diferencias de clases.

Mientras estaba frente a la Puerta de Brandeburgo viendo los fuegos artificiales que conmemoraban el día de la reunificación alemana, no dejaba de imaginar lo que sería si mi México fuera como Alemania y como ese 19 de septiembre en el que todos nos unimos. Qué pasaría si todos los días celebráramos que no hay diferencias; si conviviéramos juntos en los mercados y bazares navideños como lo hacen los alemanes y los turcos en Berlín; si todos disfrutáramos de los tacos de canasta juntos al igual que los alemanes y los refugiados en las tiendas de kebap; si todos como jóvenes tuviéramos acceso a los antros que quisiéramos al igual que los jóvenes en Berlín; si todos fuéramos a los eventos que ofrece nuestra ciudad como los altares de día de muertos, las festividades del día de la independencia, los conciertos públicos en el Zócalo, el festival de las luces o de las culturas amigas tal cual como lo hacen los alemanes, turcos y refugiados en los conciertos públicos en la Puerta de Brandeburgo, en el Oktoberfest o los mercados de pulgas de cada domingo.

Como jóvenes, no debemos esperar a estar en Europa para disfrutar de nuestra ciudad y mucho menos de la compañía de otros mexicanos con los cuales no entablaríamos una conversación si estuviéramos en México. Las excusas siempre existirán tanto en México como en Berlín, sin embargo, el tráfico, el exceso de gente o los peligros de la ciudad no deberían ser un impedimento para disfrutar de nuestra ciudad y demás compatriotas, tal y como lo hacemos en Europa, sin prejuicios. La frase "es México güey, capta" terminará con toda iniciativa para descubrir el verdadero México, ese que en el extranjero sí existe y donde no hay lugar para clases sociales, donde convivimos como lo que somos, mexicanos.

@MariaJoseSalcdo | @OpinionLSR | @lasillarota




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