Opinión

De Nicolás Maquiavelo para Andrés Manuel

De ser posible, López Obrador deberá, según una de las partes más famosas de El Príncipe, ser tenido por clemente y no por cruel. | Emanuel Nicolás Bourges

  • 20/09/2018
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A principios del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo escribió desde prisión su obra más conocida, De PrincipatibusEl Príncipe–, dedicada a Lorenzo II de Médici, señor de Florencia en aquellos años, quien lo había mandado encarcelar por haber conspirado contra su familia. Si bien el texto podría verse como un esfuerzo desesperado por recuperar la confianza de sus mecenas, resultó ser uno de los escritos más importantes de la teoría política clásica en el que, en lugar de exaltar el deber ser en el ejercicio del poder, Maquiavelo se enfocó en los mecanismos para hacerse de él y mantenerlo, para responder a las necesidades de la realpolitik.

Ahora que está por entrar un nuevo gobierno en México, la vasta mayoría de los textos que abordan los comportamientos esperados en el futuro jefe del Ejecutivo y de su círculo cercano se centran en el apego a la legislación y el respeto a asuntos como el libre mercado y la certidumbre a las inversiones. Yo trataré de hacer apuntes en torno a la supervivencia del nuevo gobierno a partir de aquella célebre obra de Maquiavelo.

Conservar un Estado hereditario

Decía Maquiavelo al principio de su obra, que resulta más sencillo conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía, que uno nuevo, ya que basta con no alterar el orden establecido y contemporizar con los cambios que puedan producirse. En cambio, los nuevos principados, tienen el problema de la incertidumbre. Tienes por enemigo a todos a los que has ofendido para llegar al poder y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo, por la imposibilidad de satisfacerlos como ellos esperaban. Si vemos a los gobiernos de las últimas décadas en México como una especie de dinastía hereditaria –no a la manera, claro, de los estados monárquicos de principios de la época moderna, sino en la forma de regímenes democráticos con partidos hermanados que se turnan el poder–, podríamos decir que efectivamente les fue sencillo hacerse del poder y mantenerlo respaldados por el linaje al que pertenecían, sin necesidad de producir cambios abruptos para afianzarse. El nuevo presidente, en cambio, podría enfrentar las dificultades del segundo tipo de Estado descrito por Maquiavelo. López Obrador llega con un nuevo grupo, a pesar de que se le han sumado gente de todos los partidos, y pareciera, en principio, romper la dinastía que gobernó México, al menos, en los últimos treinta años.

Maquiavelo da cuenta de que todos los principados de los que se tenía memoria hasta el siglo XVI habían sido gobernados de dos formas: por un príncipe elegido entre sus ciervos o por uno asistido por nobles. En el primero, el príncipe posee mayor autoridad al ser él el único soberano, a diferencia del segundo tipo, en que los nobles atraen parte de la lealtad antes que el príncipe. Podríamos leer el gobierno de López Obrador como uno del primer estilo (a pesar de que la soberanía recae en el pueblo, no en el presidente), al llevar él consigo la legitimidad; se trata de una legitimidad individual, más que grupal o partidista, de hecho, su partido tiene fuerza gracias a él, no a la organización en sí misma. Más allá de que existan operadores y liderazgos locales que promovieron el voto, el apoyo es para Andrés Manuel. El tabasqueño habrá de garantizar no tener al pueblo por su enemigo y esforzarse por conservar su afecto, lo cual es sencillo –diría Maquiavelo– ya que el pueblo sólo pide no ser oprimido.

En torno a la introducción de nuevas leyes, Maquiavelo puso sobre la mesa los riesgos que ello puede conllevar: el innovador se transforma en enemigo de todos los que se beneficiaban con las leyes antiguas y sólo se adquiere la amistad tibia de quienes podrían beneficiarse de las nuevas, especialmente porque los potenciales beneficiarios esperaran hasta que la nueva legislación rinda frutos. Siempre que se respeten las costumbres y las ventajas que se gozaban, los hombres permanecen sosegados. Le será, por ende, importante al nuevo gobierno ser prudente en la modificación de la legislación vigente, para no perder adeptos a mayor velocidad de que gana seguidores y asegurarse de que los beneficios de las nuevas leyes agraden más de lo que las erradicadas perjudicarán. En este sentido, el menor de los problemas será hacerse de mayoría en las cámaras para aprobar modificaciones legales y constitucionales, el reto estará en su asimilación por parte de la ciudadanía.

Decisiones y beneficios

En una tónica similar, el filósofo florentino sugería que, al apoderarse de un nuevo Estado, el príncipe debe contemplar todos los crímenes que le es preciso cometer y ejecutarlos todos a la vez, para luego conquistar a los ciudadanos a fuerza de beneficios, que deberán de ser dosificados lentamente. No pensemos en crímenes necesariamente como delitos, sino como decisiones antipopulares, que atraen una férrea oposición y que agravian a un sector de la población. Más vale juntarlos todos –sugeriría Maquiavelo– y soltarlos de una vez, para luego, a lo largo de lo que quede del sexenio, ir recuperando la gracia ciudadana. Difícil le será a un gobierno no enfrentarse a momentos en que deba de dar fallos desagradables.

De ser posible, López Obrador deberá, según una de las partes más famosas de El Príncipe, ser tenido por clemente y no por cruel. Empero, habrá de cuidar no errar en el empleo de su clemencia, por ejemplo, que por excesiva clemencia deje multiplicar los desórdenes, causas de matanzas y saqueos que perjudican a toda la población. De ser necesario, habrá de ser cruel, siempre y cuando esa crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos. No hay nada mejor que ser amado y temido a la vez –sostenía Maquiavelo–, pero si fuera imposible ser ambas, conviene más inclinarse por la segunda; los hombres temen menos en ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer, porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse, a diferencia del temor, que es miedo al castigo y nunca se pierde. Si López Obrador no pudiera evitar ser odiado por un sector de la población, deberá de inclinarse por la gracia del grupo más numeroso y cuando eso no sea posible, por la del más fuerte.

Adaptación

El futuro jefe del Ejecutivo federal, no precisa poseer todas las virtudes, pero será indispensable que aparente tenerlas. Deberá tener la inteligencia para adaptarse a todas las circunstancias, aunque no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptase a todo escenario, y no apartarse del bien mientras pueda, pero sin titubear para entrar en el mal en caso de ser necesario; fracasará si es cauto cuando sea preciso ser impetuoso. Entre los juicios que Obrador deberá demostrar está la elección de quienes lo rodearán en el ejercicio del gobierno. Si son capaces y fieles, podrá reputárselo por sabio. Siempre deberá de pedir consejo, pero cuando él lo considere conveniente y no cuando los demás deseen. Deberá preguntar a menudo, escuchar con paciencia y ofenderse cuando se entere de que se le ha engañado. Si Andrés Manuel resulta no ser sabio, no podrá ser bien aconsejado y, por ende, no podrá gobernar, a menos que se ponga bajo la tutela de un hombre muy prudente que lo guíe en todo. En este caso, duraría poco porque no tardaría en ser despojarlo del poder.

Andrés Manuel gozará de un amplio poder. Llegará con legitimidad. Pero tendrá un periodo de gracia para mantenerla. De no suscitarse cambios sustanciales en la forma de ejercer el poder en el primer semestre, irá perdiendo fuerza, será un fracaso y resultará en la segunda farsa de la transición democrática, después del caso de Vicente Fox. De salvar ese primer periodo, aun le quedarán muchas expectativas que cumplir; ni modo, puso la vara muy alta.

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