Opinión

Bratislava

Si no se toman en cuenta ni los virus ni las informaciones como lo que son, pueden ocasionar escenarios graves que podrían replicarse. | Fernanda Fernández

  • 21/05/2020
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Bruselas, Bélgica. Son 24 las lenguas oficiales en las que la Unión Europea habla, escribe, se interpreta, vive. Sobre el enigma que generan las estrellitas en círculo de su bandera, no representan a los ahora 27 estados miembros. Según la propia Unión, representan los valores entre los pueblos de Europa: unidad, solidaridad y armonía. También el bloque europeo tiene su día, el 9 de mayo, que corresponde al aniversario de la firma de la Declaración Schuman, una de sus semillas clave.  

El 21 de abril se informó que México y esta organización intergubernamental y supranacional concluyeron la modernización del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea (TLCUEM). Tanto Bruselas como México hicieron sus respectivos comunicados de prensa. Es en verdad desde el 2000 que las relaciones comerciales se ven regidas por este tratado y, como ya dice su nombre, había que reconfigurar su contenido considerando que el comercio no es estático –aunque por el contexto de pandemia en el que se ha dado a conocer esta noticia varios pueden articular que la economía sí se detiene–.

En dos notas que leí respecto al TLCUEM publicadas días después, entendí que hay beneficios en compras públicas, protección de servicios y productos, más fortaleza en el acuerdo en sí mismo. Sin embargo, perdí completamente la atención de los procesos que sigue la Comisión Europea para la ratificación y entrada en vigor de las leyes cuando se dice en un artículo que se traducirá a las 16 lenguas oficiales de la UE y en otro en sus 22. Si alguien sabía antes de llegar al primer párrafo lo de las lenguas, se encontrará –quizá no– tan en descolocación como yo.

Las publicaciones no venían de un laboratorio para la posverdad en el Kremlin ni un foro donde los clásicos desinformantes (tu tío el chistoso, el célebre de turno, la política comunal)  propagan contenido falso o de dudosa procedencia. Venían de periódicos mexicanos. Uno de ellos, dentro de los diez con mayor circulación nacional.

No soy una experta económica, política, mucho menos de Europa. Mas tengo que reconocer que algo de ello hay que saber si se quiere ejercer periodismo y que nunca será suficiente repetirnos que hay que verificarlo todo: nos jugamos nuestra credibilidad, la del medio con quien trabajamos y la credibilidad de las palabras en sí misma. Hay que saber de todo y si no se sabe, se averigua. Rectificar no sólo debe ser de sabios, también de periodistas. Lo que unos consideran derecho, para otros (ojalá para todos) es un deber. Se juzga la labor –y bienvenida sea la crítica, que no estamos aquí para complacer– por "pequeñeces" que se convierten en inmensos argumentos para que copetudos anaranjados y ciudadanía desinformada pueda afirmativamente declarar que los medios producen mentiras. De poco sirve contarle a otras personas historias que no están a su alcance si no cuidamos cada detalle en ellas. Tampoco sobra decirle a quienes se informan que quejarse del contenido al que acceden sin demandar uno mejor, lo único que hace es preguntarse para qué seguimos queriendo mantener a la ciudadanía informada

Duele mucho que te pregunten al llegar a España si en México, en serio, hablas español como también se puede desquiciar a alguien de Eslovaquia cuando dicen que su capital Liubliana, que es de Eslovenia en verdad, es muy bonita y que es una lástima que nadie hable inglés allí. Confunde, más allá de consternar y cuestionarse la existencia misma como mexicana, que en Bélgica a los totopos y tortillas se les llame tacos (y a los tacos, también). La mezcolanza de contenido también hace daño, pues.

Los datos mal incluidos, que para algunas personas pueden ser percibidos como ligeras minucias, logran causar dolor en orgullos nacionales, risas por la confusión, derivaciones bélicas, memes y por encima de todo perpetúan el desconocimiento. Su reproductibilidad alcanza velocidades muy elevadas por la misma ligereza e imperceptibilidad. Pasa lo mismo con los virus, como el que afecta a buena parte del planeta en su salud física, mental, económica y lo seguirá haciendo durante un periodo cuyo fin no podemos afirmar.  Si no son tomados en cuenta ni los virus ni las informaciones como lo que son, pueden ocasionar escenarios cuya gravedad puede ascender al replicarse. Hay a quienes aprenderse tantas cosas puede parecerles un rollo –ojalá de papel higiénico– pero es aún más rollo desenrollarse de falsedades. 

Es Bratislava, por rematar en la terquedad de las precisiones sin cabos sueltos, la capital de Eslovaquia.