Opinión

Yo, Moctezuma, emperador de los aztecas • Hugh Thomas

La conquista de México, desde la perspectiva del último emperador azteca.

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ADELANTOS EDITORIALES

El último emperador azteca, Moctezuma II, dicta sus recuerdos a Orteguilla, el paje de Hernán Cortés –que más tarde morirá en la retirada conocida por el nombre de «Noche triste»–, evocando su vida antes de la llegada de los españoles y describiendo los hechos que le condujeron a su decisión de convertirse al cristianismo. Esta es, pues, la historia de la conquista de México en la voz del primero de sus protagonistas indígenas, cuya mentalidad, magníficamente reconstruida por el autor, retrata de un modo apasionante y vivísimo la época y las situaciones que hicieron posible uno de los episodios más extraordinarios de la historia universal.

Fragmento del libro Yo Moctezuma (Paidós), © 2020, Hugh Thomas. © 1994 Traducción: C. Boune. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Hugh Thomas nació en Windsor en 1931, estudió en la Universidad de Cambridge y en la Sorbona, y fue profesor de la Academia Real Militar de Sandhurst y de la Universidad de Reading.

Yo, Moctezuma, emperador de los aztecas | Hugh Thomas

#AdelantosEditoriales


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Recuerdo muy bien el momento en que oí hablar por primera vez de los extraños de cabello claro. Fue por la tarde, cuando regresé de haber sometido a los soconuscos apenas unos meses después de haber llegado al solio sagrado.1 Había regresado de esa lejana guerra con millares de cautivos con los que recorrimos unos seiscientos cincuenta kilómetros por un territorio tan espléndido como variado. Tirábamos de ellos por los collares de madera que les habíamos puesto. A mí me llevaron casi todo el camino en mi litera verde. Por ello pude disfrutar de las exultantes vistas de belleza natural, incluyendo el azul profundo del mar del sur, la oscuridad de la jungla tropical con sus asombrosos destellos de la más brillante luz solar, las colosales montañas cercanas a Oaxaca que proporcionan, incluso al viajero más experimentado, una sobrecogedora sensación de soledad.

Pero para nosotros los vencedores la mejor visión fue la de los ciudadanos de Tenochtitlan que nos vitoreaban en la larga calzada construida sobre el lago. Pues nuestra conquista de Soconusco significaba asegurar provisiones de plumas verdes de quetzal. Así podrían llevar a cabo con mayor facilidad el arte de fabricar finos mosaicos con las plumas de estos pájaros: en el pasado era inconcebible un suministro ininterrumpido de ese material. Además, habíamos derrotado, casi por azar y porque se encontraba en nuestro camino, a otro pueblo vecino de Soconusco que contaba con amplios suministros de esa fina arena que nuestros lapidarios requieren para pulir la piedra. Señores águila y señores jaguar, ¡fue vuestra hora, vuestro triunfo, vuestra pulsera de jade!

A su regreso a Tenochtitlan, el monarca es generalmente acogido con un entusiasmo artificial. Los jefes de los distritos son muy hábiles en organizar multitudes que lo ovacionan. Esa es una tarea que esos pretenciosos funcionarios llevan ahora a cabo mejor que la de preparar a los hombres para la guerra.

Recuerdo haber visto a mi tío y predecesor Ahuítzotl, «el Monstruo del lago», regresar de una guerra en el Istmo con millares de cautivos. En aquel entonces yo era sumo sacerdote de Huitzilopochtli, el principal dios de nuestro panteón. La gente hacía ondear estandartes de papel y agitaba las manos. Desde mi posición privilegiada me di cuenta de que Ahuítzotl, cansado y sudoroso después de tres largos meses de marcha (casi todo el tiempo en litera, por supuesto), estaba impresionado. Pero yo, que había permanecido todo aquel tiempo en Tenochtitlan, sabía que a la multitud la habían reunido astutamente y, con igual astucia, la habían aleccionado. Nada espontáneo había en aquella recepción. Después de todo, ¿qué había conseguido Ahuítzotl? ¿Había añadido unos cuantos millares de hectáreas de bosques al imperio? ¿Había conquistado unas cuantas ciudades que seguramente se rebelarían (como yo mismo comprobaría a mis expensas)? Mis victorias eran distintas. Nos reportaban verdaderos beneficios económicos. A partir de entonces nos llegarían plumas y arena en calidad de tributo y no como intercambio comercial.

Algunos supuestos sabios creen que los bienes obtenidos por vía del tributo perjudican nuestra economía, mientras que los que son fruto del comercio la estimulan. Pero es un alegato que me parece engañoso y lo plantean quienes desean, por otras razones, recortar nuestra máquina de guerra.

Así pues, sabía que en esa mañana de mi regreso triunfal las aclamaciones de los artesanos en la calzada eran espontáneas. ¡Qué mañana! El aire era cristalino, los volcanes cubiertos de nieve se veían milagrosamente próximos, el agua del lago se hallaba en calma, el cielo era de un azul profundo. La vista de nuestra gran ciudad, reconstruida casi enteramente después de la última gran inundación, nos deleitó a los que habíamos estado tanto tiempo en campaña. Hasta entonces había visto muchas ciudades famosas. Pero ninguna comparable en tamaño, belleza y grandeza a nuestra capital. Hasta nuestras pequeñas casas parecían magníficas. Por sí solas, reducen a Soconusco y Oaxaca a la insignificancia. Nosotros tenemos más templos que Oaxaca casas.

A mi regreso, desde la ancha calzada vi miles de canoas recorriendo el lago. Las ciudades y los pueblos lacustres más pequeños brillaban a la luz del sol. ¡Cuántas vistas familiares que no había contemplado en tantos meses!

Nos aproximamos paulatinamente a los señores y sacerdotes que venían a darnos la bienvenida en la calzada; entre ellos, mi sucesor como sumo sacerdote de Huitzilopochtli, así como el de Tláloc, dios de la lluvia; el Vigilante de la Casa de los Dardos y el comandante del ejército interior, los jefes de los distritos y casi todos los nobles, todos ellos parientes lejanos míos. Estaban también Nezahualpilli, el viejo y excéntrico rey de Texcoco, y Totoquihuaztli, el pobre reyezuelo de Tacuba. Se supone que esas dos ciudades, Texcoco y Tacuba, son aliadas nuestras como miembros de la Triple Alianza; pero mientras la primera aporta hombres para nuestros ejércitos (aunque menos de los que presume), la segunda es demasiado pequeña para que cuente. Si Tenochtitlan es una espiga de maíz, Tacuba es un grano. Nadie hace caso del rey de Tacuba; sus súbditos apenas si suman doscientos. Sin embargo, siempre cumplimos el ritual de decir que «Tacuba, con Tenochtitlan y Texcoco, es uno de los amos del mundo». ¡Cuán bobas parecen ahora algunas de las cosas que hace dos generaciones eran tan importantes! Estuve casado con una hija del rey de Tacuba; ella fue mi reina oficial, pero era diminuta, tímida, y la recuerdo sin afecto.

Nezahualpilli, rey de Texcoco, era harina de otro costal. Toda su vida sufrió y sufre todavía, aun de viejo, porque la gente decía de él: «Este es Nezahualpilli, hijo del gran Nezahualcóyotl». Este último fue un gran poeta, un rey justo, un buen guerrero en su juventud, un hombre políticamente ágil en su madurez y sabio en su vejez. Como todos en su familia, de poco fiar, embustero y tortuoso, pero un gran hombre al fin. No lo llegué a conocer. No obstante, cuando yo era niño la gente solía decir: «Si estuviese vivo todavía, Nezahualcóyotl sabría lo que hacer».

En su juventud Nezahualpilli era guapo y, aún ahora en su vejez, elegante. Era además inteligente. Pero también falso, vengativo e histérico. Incluso hizo que a una de mis hermanas, esposa suya, una muchacha hermosa y un poco tonta, la arrojaran a la «hoguera divina» por adulterio. Ninguno de nosotros comprendimos esta condena. Tenía derecho a ella legalmente, pero no era algo propio de un rey. Era algo que haría un hombre de clase media, furioso y engañado. Mi hermana tuvo amantes, es cierto, pero ¿qué puede esperar un hombre si se casa con una muchacha que no alcanza ni un tercio de su propia edad? Era discreta, no se exhibía, y nunca se pintaba en público.

Nezahualpilli solía llevar sus supersticiones a extremos absurdos. Así, si unos pájaros cantaban en su ventana más que unas cuantas notas, para él constituía una señal de que debía permanecer encerrado todo el día. Contaba frenéticamente las notas. «¡Ahí está —decía—, van tres mil!». ¿De dónde sacaba el tiempo para esas sandeces?

También presente en la calzada aquel día de bienvenida, se hallaba mi hermano mayor, Macuilmalintzin, que, de haber jugado bien sus cartas, habría ocupado el solio sagrado en mi lugar. Pero los electores no lo escogieron porque ya se había encaprichado de una de las hijas de Nezahualpilli y dejó entrever su obsesión. Rompió un código tácito según el cual al emperador se le permite todo, a condición de hacerlo en privado. Los electores creyeron que una pasión de tal intensidad podría perjudicar a nuestro pueblo. Más tarde, Macuilmalintzin se casó con su amada y fue a vivir y a amar a Texcoco. La gente dice que esa decisión es una de las causas de las malas relaciones que nosotros, los tenochcas, tenemos con Texcoco. Pero no puede ser, pues el odio es anterior a mi elección para el solio sagrado. La culpa de la falta de confianza entre nosotros era toda de Nezahualpilli. Interfería, se entrometía en asuntos burocráticos, alegaba que ciertos tributos de los totonacas del mar de oriente eran únicamente para Texcoco; dificultaba personalmente que nuestros pochtecas (mercaderes) de Tenochtitlan comerciaran con Texcoco como era costumbre. Trató, al igual que su padre, de escribir poemas e incluso compuso unos versos para mi hermano. Pero sus poemas no eran buenos. El que le dedicó a mi hermano rezumaba hipocresía. En cuanto a Macuilmalintzin, en otra ocasión hablaré más de él. Fue un personaje trágico.

Bueno, todas estas personas y muchas más que he olvidado nos dieron la bienvenida en la calzada, más o menos en el mismo punto en que, años más tarde, yo mismo di la bienvenida a Malinche y a los forasteros. Era el lugar donde siempre se saludaba a la gente; se lo conocía como Macuiltlapilco, «la cola de la fila de prisioneros», porque hasta allí había llegado la fila de cautivos que, desde el Templo Mayor, esperaban a ser sacrificados con ocasión de la inauguración de una ampliación de aquel edificio. Los sumos sacerdotes y los señores principales se acercaron a mí, calurosamente y al parecer muy contentos de saludar a un emperador y general triunfante. Todos ellos comieron tierra —simbólicamente, por supuesto, aunque antaño era algo que realmente hacían—. Creo que aquel fue el momento supremo de mi vida y probablemente de la historia de nuestro imperio. Fue el momento del águila ascendente; las flores se tornaron doradas en el lugar de los señores, me decía, citando viejos cantares, «¡los escudos, estas mariposas, forman un enjambre!».

El Vigilante de la Casa de las Tinieblas vino cuando todavía me estaban saludando y mientras yo aún disfrutaba con la escena.

Moctezuma —me dijo en voz baja y mirando al suelo, cosa que insisto que haga quien se dirige a mí—. Unos mercaderes de Xicallanco tienen algo extraño que contarte.

—¿Dónde están?

—Aquí. Están aquí en Tenochtitlan.

—¿Dónde?

—En el palacio de Axayácatl, tu padre.

—Los veré mañana. Cuida de ellos esta noche.

Moctezuma, deberías verlos hoy mismo. Su tono era cortés pero insistente.

—Muy bien.

Regresé lentamente a mi nuevo palacio, junto al Templo Mayor. A cada paso me deleitaba nuevamente con las viejas vistas. El palacio se había acabado de construir poco antes de que marchara a las guerras. Apenas si lo conocía, pues contaba con más de doscientas salas y habitaciones. Me bañé, me hice pintar de negro, fui al Templo Mayor, hablé allí con los sacerdotes, sacrifiqué a tres cautivos en lo alto del templo y observé cómo los sacerdotes de menor jerarquía arrojaban los cuerpos hacia donde «el Viejo Lobo» (así lo llamábamos) los destazó y guardó las extremidades para que, como de costumbre, las comieran quienes los habían capturado. Vi cómo se llevaban los torsos al zoo para que los devoraran los jaguares. Regresé a mi palacio, me volví a bañar y mandé traer a tres muchachas otomíes. Llegaron a la sala del trono con el pecho teñido de azul. Gocé de ellas una tras otra. Tengo cincuenta y dos años y ahora sólo las otomíes me dan placer. Finalmente mandé llamar a los mercaderes de Xicallanco. Me irritaba haber cedido a la solicitud del Vigilante, pero hay que tener en cuenta que es el tercer hombre en importancia del imperio después de los reyes de Texcoco y de Tacuba. Los vi a solas, salvo por la presencia del mayordomo.

—Contadme —les pedí amablemente.

—Hay un pueblo llamado paya. Son gente buena. Comercian.

—¿Con quiénes comercian?

—Con los mayas.

—¿Y con qué comercian?

—Obsidiana, hachas de cobre, algodón, casi todo.

—Muy bien.

—Van hacia el sur, al mar de oriente. A veces traen esmeraldas.

—Entonces he oído hablar de ellos.

Era cierto. Unas gentes sencillas del extremo sur nos traían a veces esas realmente divinas piedras preciosas verdes. A ellas les gustaba el cobre que nuestros mercaderes traían de Michoacan.

—Algunos payas iban hacia el sur. Se encontraban más o menos una milla mar adentro.

—¿Se los podía ver desde tierra?

—Sí, aunque el terreno es plano allí y casi no se ve desde el mar. Vieron lo que tomaron por un monstruo del mar, con velas altas, pero más grandes que las que tienen los mayas. Al principio creyeron que era un pueblo que flotaba en el mar, un pueblo de chinampas, oh señor Moctezuma —me explicó uno de ellos, refiriéndose a nuestro más importante progreso en el lago de México, eso que la gente suele llamar islas flotantes, aunque en realidad están atadas a la tierra por raíces.

—¡Qué estúpidos! —exclamé.

—Pero tenían miedo. Estaban deslumbrados, asombrados, alteza, es natural que se sintieran confundidos.

—Seguid.

—Los payas son gentes valientes y se acercaron al monstruo. Cuando se hubieron aproximado vieron que se trataba de un gran barco. A bordo iban hombres altos, blancos, de cabello claro, con pelo largo y hermoso en la barbilla.

—¿Cuántos había?

—Los payas no nos lo dijeron; tal vez cien, acaso cincuenta. «Mucha gente», es lo que dijeron.

—Las cifras exactas son mejores —afirmé.

No era mi intención criticar, pero si hay algo que hacemos bien los mexicas, es contar.

—Los extraños bajaron una canoa. Algunos se subieron a ella y fueron a ver a nuestra gente. Hablaron.

—¿En qué idioma hablaron?

—En el suyo.

—Entonces, ¿cómo los entendieron?

—No los entendieron. Acabaron hablando por señas. Señalaron, gesticularon, se frotaron el estómago. Fingieron vomitar. Les gustaban los artículos de los payas. Les gustó el cobre y les interesó la tela. Les agradó ver que los jefes de los payas vistieran ropa de algodón. Señalaron las mantas y agitaron los brazos una y otra vez.

—¿Qué ropa vestían los extranjeros?

—Ropa rara. Metal, metal negro, bien pulido, encima de ropa marrón y verde. Ropa pesada. Zapatos largos y negros de piel de venado que subían por toda la pierna. Pelo largo, claro y hermoso en la barbilla. Eso es lo que más pareció importarles a los payas.

Otro mercader prosiguió con el relato.

—La gente con quien hablé me dijo que algunas de estas gentes eran negras, todas negras, de un negro profundo. Pero que casi todos tenían el cabello castaño o claro. Los negros no llevaban nada puesto, y los de cabello claro llevaban mucha ropa.

—¿Qué más pasó?

—Los payas dieron a los extranjeros un pavo y tortillas, además de pulque.

—Es bueno ofrecer comida a los extranjeros. ¿Qué ofrecieron a cambio?

—Ofrecieron cosas duras. Un poco de carne seca, pulque del suyo, muy buen pulque. Más fuerte que el nuestro. Mejor dicho, más fuerte que el buen pulque. Tiene muy buen sabor y se conserva durante más días que el pulque. Sus efectos son buenos. Lo fortalece a uno, lo vuelve valiente. Cuando lo hubieron tomado los payas, no le temieron a nada durante unas dos horas.

—Algo parecido a las setas sagradas.

—Podría ser. Nosotros, los mercaderes de Xicallanco, no comemos esas setas.

Medité.

—Y a esos extranjeros ¿qué les parecieron el pavo, las tortillas y el pulque?

—No les gustó el pulque, pero lo admiraron. Dijeron estar encantados de que lo tuviéramos. Al parecer les hizo pensar que eran de la misma civilización que nosotros.

—No veo por qué, ni cómo pudieron hacer entender eso a los payas —dije.

Pero, puesto que en mis tiempos he tenido ocasión de hablar con los mayas, cuyo idioma no entiendo, bien podía imaginar el intercambio de señales, las expresiones grotescas, las palabras que hacían pensar que uno hablaba con un hombre que había sufrido un ataque fulminante... todo esto en un mar sin duda tranquilo, caliente y azul.

—¿Qué más pueden contarme sobre esos extraños? —pregunté. Los mercaderes se miraron los unos a los otros. Uno que aún no había hablado tomó la palabra.

—Esa gente tiene dioses y una diosa que admiran sobre todo, y también a su hijo. Tienen imágenes de esos dioses y de otros. Buenas imágenes. Se las enseñaron a los payas. Parecían seres humanos, no dioses.

—Y entonces, ¿qué sucedió?

—Los payas pidieron a los extranjeros que se fueran con ellos. Pero los extranjeros no quisieron. Querían ir hacia el sur. Los payas iban hacia el norte.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—No hace mucho. Hará unos meses. Los payas se lo contaron a los mayas y los mayas a nosotros. Confirmamos los mensajes.

—Muy bien. Tal vez no haya que dar mucha importancia a esto. Siempre aparece gente nueva.

—Esa gente parece diferente.

—¿Quiénes suponen que son?

Moctezuma, nuestra tarea es informar, no especular. Eso es cosa de los sabios, los magos, los nigromantes.

—¿Habían oído hablar antes de esa gente?

—Nunca.

El mercader que había mencionado a los dioses de los extranjeros añadió:

—Nos parecen bárbaros, acaso chichimecas. Beben bastante de su pulque. No son gente sobria.

—¿Quién es su jefe?

Hemos visto que todos los pueblos tienen un jefe. Eso es lo único seguro.

—Había un hombre alto de cabello largo y claro. Hablaba todo el tiempo. Los payas creyeron que él debía de ser su jefe. Quien habla, dirige.

Muy cierto, pensé, por eso soy emperador de los mexicas.

Pues hablo con gran elocuencia.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo, Moctezuma —contestó el mercader que había hablado primero.

Miré a los demás. Ninguno tenía nada más que añadir. Les di las gracias. Habían hecho un buen trabajo. Uno de los objetivos de estos mercaderes, sobre todo los de Xicallanco, consiste en traer información. No son espías precisamente, pero nos traen toda clase de información. Por eso les otorgamos ciertos privilegios. Ordené que los hospedaran en otra parte del palacio, que se los alimentara bien, que visitaran la casa de las prostitutas blancas (o sea, pintadas de blanco). Pero, claro, no podía dejar que siguieran con vida. Sería inconcebible que por todo Tenochtitlan corrieran chismes sobre unos extraños de cabello claro que contaban con buen pulque. Habrían causado inquietud. Conozco bien a los mexicas. Debemos protegerlos de la inquietud, de toda información inesperada, de todo lo que pueda hacerles pensar demasiado, especular. Con grandes esfuerzos y dificultades nuestros antepasados idearon un sistema político que funciona, es aceptado, es justo (aunque no siempre imparcial) y asegura el orden y la armonía. Pero una nueva noticia puede inquietar al pueblo, trastornar a familias y distritos enteros, e incluso a clases sociales. No necesitamos rumores que distraigan a la gente de su trabajo. Pregunté al mayordomo si los mercaderes habían.

1. O sea, de haber ascendido al trono.