Opinión

Y la muerte, su legado • George R. R. Martin

El juego forma parte fundamental de los seres humanos. Y su reverso oscuro, la guerra, también.

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ADELANTOS EDITORIALES

Como el gran fabulador que es, George R. R. Martin no ignora el hecho de que vivimos atrapados entre las risas de un partido amistoso y los gritos de la batalla, pues en gran medida así construyó su aclamada saga Canción de Hielo y Fuego. Pero Martin no sólo se ha ocupado de narrar la lucha por el poder de los Siete Reinos, sino que, como talentoso estratega de ajedrez y gran aficionado al futbol americano, también ha expuesto la lucha voraz, el espíritu bélico y la sed de revancha que existen en los juegos y los deportes.

Es así como surge Y la muerte, su legado, un inusual y sorprendente volumen de relatos que entrevé la ciencia ficción especulativa y la fantasía, y donde cada historia es un juego con reglas propias. Competencias, batallas, partidos: todos los personajes aquí convocados ponen a prueba sus habilidades y se valen de su astucia o malicia para triunfar incluso a costa de sus contrincantes.

La Silla Rota te regala un capítulo del libro Y la muerte, su legado de George R. R. Martin con autorización editorial de Penguin Random House.

George R. R. Martin vendió su primer relato en 1971 y desde entonces se ha dedicado profesionalmente a la escritura. En novelas como La muerte de la luz (1977), Refugio del viento (1981), Sueño del Fevre (1982), El Rag del Armagedón (1983) o Los viajes de Tuf (1987) cultivó los géneros fantástico, de terror y la ciencia ficción, que también frecuentó en sus numerosos relatos, recogidos en volúmenes como Una canción para Lya (1976) o Canciones que cantan los muertos (1983). Tras trabajar como guionista y productor en Hollywood durante la década de los 80, a mediados de la década de los 90 volvió a la narrativa. Entonces comenzó su saga de novelas de fantasía épica "Canción de hielo y fuego", de las que hasta ahora se han publicado: Juego de Tronos, Choque de reyes, Tormenta de espadas, Festín de cuervos y Danza de dragones. A este ciclo también pertenecen las novelas cortas "El caballero errante", "La espada leal" y "El caballero misterioso", relatos compilados por Plaza & Janés bajo el nombre El caballero de los Siete Reinos.

Y la muerte, su legado | George R. R. Martin

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Y la muerte, su legado

La flor de cristal

Hace mucho tiempo, cuando  no era más que una chiquilla a punto  de entrar  en mi verdadera adolescencia,  un muchacho  me dio una flor de cristal en prenda  de su amor.

Era un chico peculiar,  extraordinario, aunque  confieso que hace  mucho  que  olvidé su nombre.  Así era  también  la flor que me regaló. En los mundos  de acero y plástico  donde  han transcurrido mis vidas, el antiguo  oficio de soplar  el vidrio se ha perdido  y olvidado,  pero el anónimo artesano que modeló esa flor lo recordaba bien. Tiene un tallo  largo  y delicado  de cristal fino, elegantemente  arqueado, y sobre ese frágil soporte estalla la flor, grande  como un puño,  tan perfecta  que parece imposible, con todos los detalles atrapados y congelados  en el cristal para toda la eternidad. Los pétalos, unos grandes y otros pequeños,  se agolpan  entre sí; surgen del centro  en profusión transparente, rodeados por  una  corona  de seis hojas  anchas que penden, cada una con su nervadura, cada una única. Da la impresión  de que un alquimista, mientras  paseaba  por un jar- dín, en un momento de inocente diversión, hubiera  transmuta- do en cristal una flor particularmente grande y bella.

Le falta la vida. Solo eso.

La flor me ha acompañado durante casi doscientos  años, mucho tiempo después de que abandonara al muchacho que me la regaló y dejara  el mundo  donde  me la regaló. A lo largo de los variopintos episodios de mis vidas, la flor de cristal siempre ha estado a mi lado. Me gustaba  tenerla en un jarrón  de madera pulida, junto a la ventana. A veces, cuando  le daba el sol, las hojas y los pétalos  centelleaban  un instante; otras filtraban los rayos, los descomponían y esparcían difusos arcoíris por el suelo. Hacia el crepúsculo,  cuando se oscurecía el mundo, la flor desaparecía por completo de la vista; lo mismo habría dado si me hubiera sentado a contemplar un jarrón vacío. Sin embargo, por la mañana resurgía  en su lugar habitual. Nunca  me falló.

Aunque la flor de cristal era muy frágil, jamás sufrió daño alguno. Yo la cuidaba, seguramente más de lo que nunca haya cuidado algo o a alguien. Sobrevivió a una docena de amantes, a más de una docena de trabajos y a más mundos  y amigos de los que puedo  enumerar. Estuvo conmigo mientras  fui adolescente, en Ceniza, Erikania y Shamdizar;  más tarde, en Esperanza Engañosa y Vagabundo; después, cuando envejecí, en Dam Tullian, Lilith y Gulliver. Y cuando por fin abandoné el espacio humano, cuando di la espalda a todas mis vidas y a todos los mundos  de los hombres y volví a ser joven, la flor de cristal siguió conmigo.

Y al final del camino, en mi castillo construido sobre pilares, en mi casa de dolor y renacimiento, donde tiene lugar el juego de la mente, en medio de la ciénaga y la pestilencia de Croan’dhenni, lejos de cualquier  traza de humanidad a excepción de aquellas pocas  almas  que llegan en nuestra  búsqueda, mi flor de cristal  también  estaba  presente.  El día que llegó Kleronomas.

—Joachim Kleronomas  —dije.

—Sí.

Hay cyborgs y hay cyborgs. Tantos  mundos,  tantas  culturas y tan distintas,  tantos  sistemas de valores y grados  de desarrollo tecnológico… Hay ciberhombres semiorgánicos; unos más, otros menos. Los hay con una mano de metal al descubierto y el resto hábilmente oculto  bajo la piel. Unos son de seudocarne, que es indistinguible de la carne  humana, aunque  eso no constituye  un gran logro dada la cantidad de tipos de piel que se ven en los mil mundos.  Unos esconden el metal y presumen de carne; otros prefieren lo contrario.

El hombre  que se hacía llamar Kleronomas  no tenía carne que esconder ni de la que presumir. Decía ser un cyborg y como tal se lo consideraba en las leyendas forjadas en torno a su nombre, pero a mis ojos era más bien un robot  tan poco orgánico que ni siquiera pasaba  por androide.

Estaba  desnudo,  si es que puede hablarse  de desnudez  con referencia  a un ser de metal  y plástico. Tenía  el pecho  negro azabache,  brillante,  quizá  de alguna  aleación o de plástico fino, no sabría  precisarlo. Las piernas y los brazos eran de plastiacero transparente; bajo aquella piel falsa se adivinaban el oscuro  metal de los huesos de duraleación, las barras  y los flexores  que constituían los músculos  y tendones, los micro- motores  y los sensores, la intrincada disposición  de luces que parpadeaban a lo largo  y a lo ancho  de su sistema  neuronal superconductor. Tenía los dedos de acero, y unas  elegantes garras  largas de plata le nacían de los nudillos  de la mano derecha  cuando  la cerraba  en un puño.

Me miraba. Sus ojos eran  lentes cristalinas insertadas en cuencas metálicas que se movían  adelante y atrás  en un gel traslúcido. No se le veían las pupilas, y tras el iris, de un carme- sí implacable, resplandecía  una débil luz que daba a su mirada un inquietante brillo rojo.

—¿Tan fascinante  soy? —me preguntó con una voz sorprendentemente natural, profunda y sonora,  sin ecos metálicos que oxidaran lo humano de las inflexiones.

—Kleronomas  —dije—. Tu nombre  es fascinante, en efecto. Así se llamaba también un hombre  que hubo  hace mucho tiempo; un cyborg, una leyenda. Seguro que ya lo sabes. El del Proyecto Kleronomas, el fundador de la Academia del Conocimiento Humano de Avalon. ¿Era antepasado tuyo? Tal vez el metal corra por las venas de tu familia.

—No —dijo el cyborg—. Soy yo. Yo soy Joachim Kleronomas.

Le sonreí.

—Claro,  y yo soy Jesucristo.  ¿Te gustaría  conocer  a mis apóstoles?

—¿Dudas de mis palabras, Sabiduría?

—Kleronomas  murió en Avalon hace mil años.

—No. Lo tienes frente a ti.

—Cyborg, esto es Croan’dhenni. No habrías  venido aquí si no persiguieras  la resurrección, si no buscaras  ganar  una vida en el juego de la mente. Te lo advierto: en el juego de la mente te despojaremos de tus mentiras. Te lo quitaremos todo: la carne, el metal, las quimeras; al final únicamente quedarás tú, más desnudo y solo de lo que hayas podido  imaginar. Así que no me hagas perder  el tiempo;  es lo más precioso  que tengo, lo más precioso que tenemos todos. ¿Quién eres, cyborg?

—Kleronomas. —¿Realmente  había  sarcasmo  en sus palabras? No podía asegurarlo. Su cara no estaba  hecha para son- reír—. ¿Tú tienes nombre?  —me preguntó.

—Varios —respondí.

—¿Cuál usas normalmente?

—Mis jugadores  me llaman Sabiduría.

—Eso es un tratamiento, no un nombre.

—Has viajado mucho —dije con una sonrisa—, como el ver- dadero  Kleronomas. Muy bien. Mi nombre  de pila es Cyrain. Supongo  que, de todos  mis nombres,  es el que me resulta  más familiar. Así me llamé durante los primeros  cincuenta  años de mi vida, hasta que llegué a Dam Tullian y me preparé  para ser Sabiduría.  Luego adopté  mi título como nombre.

—Cyrain —repitió—. ¿Qué más?

—Nada  más.

—Entonces, ¿en qué mundo  naciste?

—En Ceniza.

—Cyrain de Ceniza. ¿Cuántos años tienes?

—¿En años estándar?

—Claro.

—Unos doscientos —respondí, encogiéndome de hombros—. He perdido  la cuenta.

—Pareces una muchacha, una niña a punto  de alcanzar  la pubertad, no más.

—Soy mucho más vieja que mi cuerpo.

—Como  yo. Sabiduría,  la maldición de los cyborgs es que existe repuesto  para todas las partes de nuestro  cuerpo.

—Así pues, ¿eres inmortal? —lo desafié.

—Podría decirse que sí.

—Qué  interesante. Y contradictorio. Vienes a mí,  a Croan’dhenni y a su Artefacto, al juego  de la mente, ¿para qué? Quienes se acercan hasta aquí son los moribundos, con la esperanza  de ganar  vida. No suelen venir a vernos muchos inmortales.

—Yo busco un trofeo distinto.

—¿Sí?

—La muerte. La vida, la muerte, la vida.

—Son dos cosas diferentes. Son opuestas,  antagónicas.

—No —dijo el cyborg—. Son lo mismo.

Hace seiscientos años  estándar, una  criatura conocida en las leyendas como el Blanco aterrizó entre los croan’dhíes  en la primera  nave que habían  visto en su vida. Si damos  crédito  a las descripciones  de la tradición popular croan’dhí, el Blanco no era de ninguna  especie que yo conozca  ni de la que haya oído  hablar, y eso que he viajado  mucho.  Pero tampoco me sorprende. El reinohumano y sus mil mundos  (tal vez sean el doble, tal vez la mitad;  es imposible  contabilizarlos), los diseminados imperios Fyndii y Damoosh, G’vhern, y Nort’alush y de otros  seres inteligentes  de quienes tenemos  noticia  cierta o conocemos  rumores, todo el conjunto, todos esos territorios, esas estrellas  y esas vidas teñidas  de pasión,  sangre e historia que se extienden  con dignidad  a lo largo  de los años  luz, de los abismos negros que solo conocen los volcryn; todo  eso no es más que nuestro  pequeño  universo, una isla de luz rodeada por un área en penumbra muchísimo  mayor,  que se difumina a lo lejos en la negrura  de la ignorancia. Todo eso se encuentra en una pequeña  galaxia  cuyos límites nunca  llegaríamos  a conocer ni aunque perviviéramos  mil millones de años. Al final nos vencerá  la medida  de las cosas, simple y llanamente, por mucho que nos esforcemos y gritemos. Tengo esa certeza.

Pero no me rindo con facilidad. Me siento orgullosa  de eso; es lo único de lo que me siento orgullosa.  No es mucho  para enfrentarse a la oscuridad, pero menos es nada. Cuando llegue el final, lo recibiré con valentía.

En eso, el Blanco era como yo. Era una rana  de una charca más lejana que la nuestra,  un lugar perdido en las tinieblas, en cuyas aguas oscuras  aún no brillan nuestras  insignificantes luces. No sé qué clase de criatura era, no sé qué peso tenían en sus genes la historia  y la evolución,  pero era como yo. Ambos éramos efímeras rabiosas que no cesaban de moverse de estrella en estrella, porque  solo nosotros de entre todos  nuestros  congéneres sabíamos lo corto  que era nuestro  día. Ambos encontramos  un destino  similar  en esta ciénaga  de Croan’dhenni.

El Blanco  llegó aquí  completamente solo, aterrizó  en su pequeña  nave (he visto los restos: parecía de juguete, una baratija de un diseño desconocido para mí, escalofriante y deliciosa a la vez), se puso a explorar y encontró una cosa.

Una cosa más vieja que él y aún más extraña.

El Artefacto.

No sabemos qué instrumentos extravagantes empleaba, qué conocimiento secreto de otro  mundo  poseía o qué instinto  lo invitó  a entrar, pero  ya no  importa: todo  se ha perdido.  El Blanco sabía cosas que los nativos ni siquiera habían  llegado a imaginar: para qué servía el Artefacto  y cómo se ponía en marcha. Después de… ¿mil, un millón de años?; después de mucho, mucho  tiempo,  tuvo  lugar  el juego de la mente. Y el Blanco cambió.  Cuando salió del Artefacto  ya no era el mismo: era el primero. El primer señor de la mente. El primer  amo de la vida y la muerte. El primer señor del dolor. El primer señor de la vida. Los títulos  se crean, se ostentan, se desechan y se olvidan; no tienen ninguna  importancia.

Sea yo lo que sea, el Blanco fue el primero.

Si el cyborg hubiera  querido  conocer  a mis apóstoles,  no lo habrían decepcionado. Los convoqué  después  de su marcha.

—El nuevo jugador  se hace llamar Kleronomas  —les dije—. Quiero  saber quién es, qué es y qué desea ganar. Averígüenlo.

Sentí su avidez y su miedo. Los apóstoles  son instrumentos muy útiles, pero la lealtad no es su fuerte. Me había rodeado de doce Judas Iscariote, todos  deseosos de dar el beso del traidor.

—Le haré un escáner completo  —propuso el doctor Lyman, estudiándome con sus ojos pálidos y débiles y una sonrisa temblorosa  de adulador.

—¿Aceptará  someterse  a una  interfaz?  —preguntó Deish Verde-9, mi propio cyborg.  Tenía  la mano  derecha,  de carne roja y negra quemada por el sol, cerrada  en un puño,  y la izquierda era una bola plateada entreabierta de la que salía una madeja enmarañada de hilos de metal. Bajo la frente abultada, donde debería haber tenido los ojos, llevaba pegada una tira de espejo. Se había cromado los dientes; su sonrisa deslumbraba.

—Lo averiguaremos —dije.

Sebastian Gayle flotaba  en su tanque.  Era un embrión  retorcido de cabeza enorme,  monstruosa, que movía las aletas perezosamente.  Sus grandes ojos ciegos me observaban a través de fluidos verdosos que burbujeaban alrededor de su cuerpo pálido y desnudo.

—Es un mentiroso —lo oí susurrar en mi cabeza—. Yo des- cubriré la verdad para ti, Sabiduría.

—Muy bien —le dije.

Tr’k’nn’r, mi mutimental fyndii, me cantó con una voz aguda que rozaba  los límites de la percepción  humana. Sobresa- lía por encima de los demás como un dibujo  garabateado por un niño torpe,  como un muñeco  de tres metros  de altura  con demasiadas articulaciones que se doblaban en sitios insólitos y en ángulos  insólitos,  ensamblado con viejos huesos  que se hubieran vuelto de color ceniciento a causa de un fuego ancestral. Pero, bajo las cejas prominentes, los ojos cristalinos  se le llenaron  de emoción al cantar,  y unos fluidos negros y fragantes manaron de su boca vertical sin labios. La canción era dolor, gritos y emociones  encendidas,  secretos revelados,  verdad  hir- viente en carne viva, arrancada de sus escondrijos  ocultos.

—No  —lo rebatí—.  Es un cyborg.  Si siente dolor  es solo porque  quiere.  Podría  apagar  sus receptores  y dejar de oírte, cantor solitario, y tu canción se convertiría en silencio.

La neuroprostituta Shayalla Loethen sonrió con resignación.

—Entonces, ¿no hay ningún aspecto de él que pueda trabajar, Sabiduría?

—No estoy segura —reconocí—. A juzgar por las apariencias, no tiene genitales, pero, si le quedara algo orgánico, podría  ser que sus centros  de placer estuvieran  intactos. Dice haber sido un hombre;  sus instintos  podrían seguir vivos. Averigúalo.

Shayalla asintió. Tenía la piel suave y blanca como la nieve, a veces también  fría, cuando  así lo decidía, a veces de ardoroso blanco, cuando  así lo deseaba.  Las comisuras  de sus labios color carmesí, elevadas, denotaban que saboreaba el placer por anticipado. Su ropa ondeaba y mudaba de color y de forma, y las puntas  de sus dedos  empezaron a desprender chispas que formaban arcos entre las uñas largas y pintadas.

—¿Drogas? —preguntó Braje, biomédica, ingeniera genética y envenenadora, de cuerpo  tan húmedo y blando como la ciénaga del exterior. Mascaba pensativamente un tranquilizan- te de su propia  invención—. ¿Diverdad?  ¿Agonina? ¿Esperón?

—Lo dudo —respondí.

—Una enfermedad —ofreció—. Mántrax o gangrena. La peste lenta. ¿Quién tiene el remedio? —Se rio.

—No —atajé.

Y así actuaron uno tras otro. Todos tenían propuestas, todos ofrecían su propia  manera de averiguar las cosas que yo quería saber, de mostrarse útiles, de merecer mi gratitud. Así son mis apóstoles.  Los escuché, me dejé arrastrar por el murmullo de voces, ponderé,  reflexioné,  di órdenes  y los despaché  a todos menos a uno.

Khar Dorian  será quien me bese cuando  llegue el momento. No hace falta sabiduría para conocer esa verdad.

Los demás  se irán  cuando  consigan  lo que quieren  de mí. Pero Khar ha visto satisfecho  su deseo hace mucho  tiempo  y regresa una  vez tras  otra  a mi mundo  y a mi cama.  No  es el amor  lo que lo hace volver, ni la belleza del cuerpo  joven que me viste, ni nada tan simple como la riqueza que obtiene. Tiene cosas más importantes en mente.

—Ha viajado contigo todo el camino desde Lilith —le dije—.

¿Quién es?

—Un jugador  —me respondió con una  sonrisa  torcida  y provocativa.

Quita el aliento de tan hermoso que es. Delgado, fuerte, bien proporcionado, con la arrogancia y la rudeza lascivas del treintañero, rebosante de salud, poder y hormonas. Lleva el pelo rubio largo y despeinado. Tiene la mandíbula marcada y fuer- te, la nariz recta y perfecta,  los ojos de un azul vibrante  y lleno de vida. Pero algo antiguo  habita  en el fondo  de esos ojos: algo viejo, calculador y siniestro.

—Dorian,  las cosas, claras  —le advertí—.  Es más que un simple jugador.  ¿Quién es?

Khar Dorian  se levantó, se desperezó, bostezó y sonrió.

—Es quien dice ser —me dijo mi esclavo—. Kleronomas. La moralidad es una prenda  tupida  y ajustada de la que resulta  difícil desprenderse una  vez puesta,  pero  la vastedad que separa las estrellas tiende a destejerla, a separarla en hebras sueltas de distintos  colores y dejarla sin forma reconocible. El moderno vagabundiano es un ramplón sensacional  en Cathaday; el ymirés se asa de calor en Vess; el vesniano  se hiela en Ymir; las luces cambiantes que llevan los fellaníes a modo  de ropa son causa de violaciones, disturbios y asesinatos  en media docena  de mundos. Lo mismo  pasa  con la moral. Nada  diferencia al bien del corte de una solapa; la decisión de llevar una existencia responsable no tiene más repercusión que la de enseñar los pechos o cubrírselos.

Hay mundos  en los que yo soy un monstruo. Hace tiempo que dejó de importarme. Llegué a Croan’dhenni con mi propio sentido estético y poco me afectan las opiniones  de los demás.

Khar  Dorian  se considera  un  tratante de esclavos y dice que, en realidad, nos dedicamos  a comerciar  con carne huma- na. Que  se autodefina como  más le guste, pero  yo no trato con nada;  la denominación me ofende. Un tratante condena  a aquellos  con quienes  comercia  al cautiverio  y a la servidumbre; los priva de libertad,  movilidad  y tiempo, todos  ellos bienes preciosos. Yo no hago eso. Yo no soy más que una ladrona. Khar y sus subordinados me los traen de las ciudades superpobladas de Lilith, de las agrestes montañas y los fríos yermos de Dam Tullian, de las chabolas  pútridas que flanquean los cana- les de Vess, de los bares  de los espaciopuertos de Fellanora, Cymeranth y Alcaudón. Allá donde  los encuentran, los atrapan y me los traen. Luego yo les robo y los dejo libres.

Pero muchos no quieren marcharse.

Se apiñan  extramuros de mi castillo, en la ciudad  que han construido; cuando  paso junto  a ellos, me abruman con regalos, me llaman,  me piden  favores. Derrochan la libertad,  la movilidad  y el tiempo  que les he concedido  en cosas fútiles, anhelando recuperar lo único de lo que les he privado.

Yo les robo  el cuerpo,  pero pierden  por sí mismos el alma. Tal vez me juzgo con demasiada dureza al considerarme una ladrona. Las víctimas que me trae Khar participan a la fuerza en el juego de la mente, pero al fin y al cabo participan. Otros pagan  de muy buen grado y arriesgan  mucho  por disfrutar de ese privilegio. A unos  los llamamos  jugadores  y a otros  trofeos, pero cuando  llega el dolor y comienza el juego de la mente, todos  nos igualamos, todos  estamos  desnudos,  solos, sin riqueza, sin salud, sin posición social; nuestra  única arma es la fuerza interior.  Ganar  o perder, vivir o morir, depende exclusivamente de nosotros. De nadie más.

Yo les concedo una oportunidad. Unos cuantos  han ganado. Muy pocos, es cierto, pero ¿cuántos  ladrones  dan una oportunidad a sus víctimas?

Los Ángeles de Acero, cuyos mundos  perviven  en el otro extremo  del espacio humano, enseñan  a sus hijos que la fuerza es la única virtud y la debilidad  el único pecado, y predican que la verdad  de su fe está escrita con mayúsculas  en el pro- pio universo. Cuesta  rebatir  una afirmación así. Según su credo, tengo  derecho  moral  sobre  los cuerpos  que tomo  porque soy más fuerte que ellos y, por tanto,  mejor y más sagrada  que los nacidos en aquella carne.

La niña que nació en mi cuerpo  actual  no era un Ángel de Acero, por desgracia.

—Y con el bebé somos  tres —dije—, aunque  el bebé sea de metal y plástico, y asegure ser una leyenda.

—¿Eh?

Rannar me miró perplejo. Como no ha viajado tanto  como yo, una referencia como esa se le escapa: es una frase desenterrada de mi infancia olvidada, que transcurrió en un mundo que nunca ha pisado. Una expresión de asombro resignado se le reflejó en el rostro  alargado y agrio.

—Tenemos tres jugadores —le expliqué  con delicadeza—. Ya podemos  empezar el juego de la mente.

—Ah, sí, claro.  —Rannar comprendió—. Me encargo  de inmediato, Sabiduría.

Craimur Delhune  era el primero. Un ser antiguo,  casi tan viejo como yo, pero que había vivido siempre en el mismo cuerpecillo. Eso explicaba  que estuviera tan ajado. No tenía pelo y era todo  arrugas;  una especie de parodia sibilante,  medio ciega, con la carne  repleta  de injertos  e implantes  de metal  que funcionaban día y noche para  mantenerlo con vida. No dura- rían mucho más, pero Craimur Delhune todavía  no había tenido bastante y quería  seguir viviendo. Por eso había  llegado a Croan’dhenni, para  pagar  por  la carne  y empezar  de nuevo. Llevaba esperando casi medio año estándar.

Rieseen Jay era un caso curioso. Tenía menos de cincuenta años y buena salud, pero sus cicatrices eran de distinta  naturaleza. Rieseen estaba  hastiada. Había  probado todos  los place- res que ofrece Lilith, que son muchos y sublimes. Había catado todos los manjares  y probado todo tipo de drogas; había tenido sexo con hombres, mujeres, alienígenas y animales;  había arriesgado su vida hasta el límite esquiando en glaciares, hostigando dragones de pelea, luchando en las competiciones  aéreas que se emitían  en todas  partes  por holograma para  deleite de los fans. Y se le había  ocurrido que un cuerpo  nuevo sería la solución  ideal para  experimentar nuevas  sensaciones.  Tal vez un cuerpo  de hombre,  o el de un alienígena  de color  chillón. No nos llegan muchos como ella.

Joachim Kleronomas  era el tercero.

En el juego de la mente hay asientos para siete: tres jugado- res, tres trofeos y yo.

Raimar  me entregó  una carpeta  gruesa llena de fotografías e informes  de los trofeos  recién llegados en las naves de Khar Donan: la Fénix Brillante, la Segunda Oportunidad, la Nuevo Pacto y la Antro  Carnal (Khar siempre  ha sido muy dado al humor negro). El mayordomo se quedó pegado a mí, solícito y atento,  mientras  yo hojeaba  los documentos y escogía.

—Qué preciosidad —dijo al ver la fotografía de una vesniana esbelta de asustados ojos amarillos  que delataban su condición de híbrido, resultado de la mezcla de genes—. Este es muy fuerte y sano —comentó  cuando  yo estudiaba a un joven musculoso de ojos verdes con una trenza  morena  hasta  la cintura. No le hice caso. Nunca  se lo hago.

—Este —dije, separando un informe del resto.

Pertenecía a un chico esbelto como un estilete, con la piel sonrosada llena de tatuajes.  Khar  lo había  comprado a las autoridades de Alcaudón, donde lo habían acusado de asesinar  a otro  joven de dieciséis años. En muchos  mundos, Khar Dorian, el infame mercader, contrabandista, saqueador y traficante de esclavos, era sinónimo  del mal; los padres empleaban su mero nombre  para  amenazar a sus hijos. Pero en Alcaudón era un buen ciudadano que rendía un gran servicio a la ciudad comprando la escoria de las prisiones.

—Esta.

La segunda fotografía que extraje era la de una joven bajita y rechoncha que rondaba la treintena, con unos grandes  ojos verdes de mirada vacua; de Cymeranth, según el informe. Khar había  dejado  a uno de sus saqueadores en un centro  de hibernación  para  enfermos mentales y se había procurado unos cuantos  cuerpos  jóvenes, sanos y atractivos. Aquel, de carnes suaves y mullidas, cambiaría en cuanto una mente activa lo vistiera. La propietaria anterior se había metido demasiado  polvo de sueños.

—Y esto.

El tercer informe  era el de un g’vhern recién salido del cascarón: un ser lúgubre con amenazadoras crestas oculares color magenta,  y enormes y correosas  alas de murciélago  que brillaban con aceites iridiscentes. Era para Rieseen Jay, que fantaseaba con la sensación de probar un cuerpo que no fuera humano. Si lograba  ganarlo,  claro.

—Excelentes  elecciones, Sabiduría  —aprobó Rannar, que siempre daba por bueno todo lo que yo hacía.

El cuerpo  de Rannar cuando  llegó a Croan’dhenni era grotesco. Lo habían  pescado  en la cama con la hija de su jefe, un caballero  de la sangre  v’lador, algo que  se castigaba  con  la mutilación  ritual  completa.  No  consiguió  un trofeo.  Yo tenía dos jugadores,  uno de ellos agonizante de mántrax, que llevaban esperando casi un año. Sin embargo,  acepté el ofrecimiento de Rannar de servirme fielmente durante diez años a cambio de un cuerpo nuevo.

A veces me arrepentía de esa decisión, como cuando  sentía sus ojos en mi cuerpo,  cuando  sentía  cómo  con la mente  me arrancaba la débil protección de la ropa  y se aferraba como una sanguijuela  a mis pechos incipientes.  La chica con la que lo habían  encontrado no era mucho más joven que mi cuerpo.

Mi castillo es de obsidiana.

Al norte, muy lejos de aquí, en los páramos polares y brumosos donde los fuegos eternos arden en un cielo violeta, el negro cristal  volcánico  cubre  la tierra  como  piedra  común.  Fueron necesarios miles de mineros croan’dhíes y nueve años estándar para conseguir piedra  suficiente para  mis propósitos y llevarla hasta la ciénaga a través del interminable desierto. Hicieron  falta cientos de artesanos y otros seis años más para tallar y pulir la piedra y construir el mosaico de oscuros reflejos titilantes que es mi casa. Considero que valió la pena todo ese esfuerzo.

El castillo se asienta  sobre cuatro  pilares toscos y gigantescos que lo elevan muy por encima de los olores y la humedad de la ciénaga de Croan’dhenni, que centellea con luces de colores cuyos reflejos fantasmales danzan  sobre el cristal negro. Mi castillo reluce. Es bello, austero y prohibido, soberbio  y alejado de las chabolas  que  se han  formado en torno  a él, donde perdedores, repudiados y desposeídos  sin esperanza  se apiñan en cabañas flotantes de junco, infectas chozas en árboles y casuchas sostenidas  sobre  postes  de madera  medio  podridos. La obsidiana me proporciona placer estético y su simbolismo  me parece idóneo para esta casa de dolor y renacimiento. Así como la obsidiana nace del fuego volcánico,  la vida nace del ardor de la pasión sexual. A veces la limpia verdad de la luz atraviesa su negrura;  la belleza se atisba apenas  en la oscuridad y, como la vida, es tremendamente frágil y de bordes muy afilados.

Dentro  del castillo hay infinidad de habitaciones: unas están recubiertas de maderas fragantes de la región, tapizadas de pie- les y alfombras mullidas; otras, desnudas y negras, son salas de ceremonias  donde  los reflejos oscuros  reptan  por  las paredes de vidrio y los pasos resuenan  agudos y quebradizos en el suelo, también  de vidrio. En el centro,  en la alta cúspide, se eleva una torre  rematada en forma  de bulbo,  de obsidiana engarza- da en acero. Dentro  hay una única habitación.

Hice construir el castillo en el lugar que ocupaba un edificio viejo y destartalado, y en esa habitación de la torre emplacé el Artefacto.

***