Opinión

Voz · Christina Dalcher

El silencio puede ser ensordecedor.

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ADELANTOS EDITORIALES

Imagina un mundo en el que sólo puedes pronunciar 100 palabras al día. Una palabra más y cientos de voltios de electricidad recorrerán tus venas. Pero sólo si eres mujer.

Situada en unos Estados Unidos donde la mitad de la población ha sido silenciada, Voz es una historia inolvidable y llena de tensión, en la que una mujer se enfrentará a los poderes establecidos para proteger a su hija y a sí misma.

100 AL DÍA. NI UNA MÁS. Esa es la cifra de palabras que la neurolingüista Jean McClellan y el resto de mujeres tienen derecho a pronunciar cada día. Una sola palabra por encima de esa cifra y cientos de voltios de electricidad recorrerán las venas de cualquier mujer que se atreva a sobrepasarla. Ese es el mandato del nuevo gobierno. Las mujeres no pueden escribir, los libros les han sido prohibidos, sus cuentas bancarias han sido transferidas al hombre de familia y se han suprimido todos los empleos para las mujeres.

Pero cuando el hermano del presidente sufre un extraño ataque, a Jean le devuelven temporalmente el derecho a trabajar y a hablar más de 100 palabras al día, con el objetivo de que continúe investigando la cura de la afasia, un extraño trastorno de una parte del cerebro que controla el lenguaje.

Jean no tardará en descubrir que la están utilizando y que ha pasado, sin saberlo, a formar parte de un plan mucho más grande, cuya intención no es encontrar la cura de la afasia, sino inducirla. ¿El objetivo final? Quitar por completo la voz a las mujeres.

La Silla Rota te regala un capítulo del libro "Voz" de Christina Dalcher con autorización editorial de Penguin Random House.

Christina Dalcher es doctora en Lingüística por la Universidad de Georgetown. Se ha especializado en el campo de la fonética y los sonidos de los dialectos italianos y británicos

Voz | Christina Dalcher

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Voz de Christina Dalcher

1

Si alguien me hubiera dicho que podía cargarme al presidente, el Movimiento Puro y a ese desgraciado e incompetente de Morgan LeBron en una sola semana, no les habría creído. Pero la verdad es que no habría discutido mucho. No habría dicho nada.

Me he convertido en una mujer de pocas palabras.

Esta noche en la cena, antes de que yo pronuncie las últimas palabras del día, Patrick toca el dispositivo plateado que llevo en torno a la muñeca izquierda. Es un toque ligero, como 9 si compartiera mi dolor, o como si quisiera recordarme que me quede tranquila hasta que el contador se reinicie, a medianoche. Ese hecho mágico ocurrirá mientras esté dormida, y empezaré el martes con el contador a cero. El de mi hija Sonia hará exactamente lo mismo.

Mis hijos varones no llevan contadores de palabras. Durante la cena se embarcan en el típico parloteo sobre el colegio.

Sonia también va al colegio, aunque nunca desperdicia palabras explicando cómo le ha ido el día. En la cena, mientras van comiendo el estofado sencillo que preparo de memoria, Patrick le hace preguntas sobre sus progresos en economía doméstica, forma física y un nuevo curso titulado Contabilidad Sencilla para Amas de Casa. ¿Obedece a los profesores? ¿Obtendrá buenas notas este trimestre? Sabe exactamente el tipo de preguntas que debe hacer: cerradas, que requieran solo asentir o negar con la cabeza.

Miro y escucho, y las uñas me marcan medias lunas en la carne de las palmas de las manos. Sonia asiente adecuadamente y arruga la nariz cuando los gemelos, que son pequeños y no entienden la importancia de las interrogaciones con respuesta sí/no, y las preguntas concretas, le piden a su hermana que les cuente cómo son los profesores, cómo son las clases, qué temas le gustan más. Demasiadas preguntas abiertas. Me niego a pensar que saben lo que hacen, que le están poniendo una trampa, sacándole palabras. Pero tienen once años y la edad suficiente para saberlo. Y han visto lo que pasa cuando nosotras utilizamos demasiadas palabras.

Los labios de Sonia tiemblan y mira de un hermano a otro, y la punta de su lengua rosa palpita en el borde de los dientes, o en la parte carnosa de su labio inferior, una parte que tiene vida propia y se agita. Steven, mi hijo mayor, extiende la mano y le toca la boca con el índice.

Yo podría decirles lo que quisieran saber: ahora dan clase solo los hombres. El sistema es unívoco. Los profesores hablan. Los alumnos escuchan. Me costaría dieciséis palabras.

Solo me quedan cinco.

—¿Qué tal es su vocabulario? —pregunta Patrick señalando hacia mí con la barbilla. Lo reformula—. ¿Está aprendiendo?

Me encojo de hombros. A los seis años, Sonia debería tener un ejército de diez mil lexemas, tropas individuales que se reúnen, se colocan en formación y obedecen las órdenes que emite su pequeño cerebro, todavía adaptable. «Debería» tener, si las tres habilidades básicas (lectura, escritura, números) no se hubieran reducido ahora a una: simple aritmética. Después de todo, un día mi hija tendrá que comprar y llevar una casa, ser una esposa devota y fiel. Para eso hacen falta las matemáticas, pero no la ortografía. Ni la literatura. Ni la voz.

—Tú eres la lingüista cognitiva —dice Patrick recogiendo los platos vacíos y empujando a Steven a que haga lo mismo.

—Era.

—Eres.

A pesar de llevar un año de práctica, las palabras se me escapan antes de poder contenerlas:

—Ya no.

Patrick mira el contador y ve que otros tres números han desaparecido. Noto la presión de cada uno de ellos en mi pulso, con un tamborileo ominoso.

—Ya basta, Jean —dice.

Los chicos intercambian miradas preocupadas, esa preocupación que procede de saber lo que ocurre si el contador sobrepasa esos tres dígitos. Uno, cero, cero. Entonces es cuando digo mis dos últimas palabras del lunes. A mi hija. Ese «buenas noches» susurrado apenas se ha escapado cuando los ojos de Patrick se clavan en los míos, suplicantes.

La cojo en brazos y la llevo a la cama. Ella pesa más ahora, casi demasiado para llevarla a cuestas, y necesito usar los dos brazos.

Sonia me sonríe cuando la arropo bajo las sábanas. Como de costumbre, no puedo leerle un cuento antes de dormir, no hay Dora la exploradora, ni Winnie the Pooh, ni Peter Rabbit y sus aventuras en el huerto del señor McGregor. Es espantoso lo que ha llegado a aceptar como normal.

Le tarareo una canción sobre pajaritos y cabritas, y cada verso aparece claro y tranquilo pintado ante los ojos de mi imaginación.

Patrick mira desde la puerta. Sus hombros, que en tiempos fueron anchos y fuertes, ahora están caídos formando una V invertida; tiene la frente arrugada con una forma similar. Todo en él parece señalar hacia abajo.

2

En el dormitorio, como todas las demás noches, me envuelvo en un edredón de palabras invisibles fingiendo que leo, dejando que los ojos bailen sobre imaginarias páginas de Shakespeare. Si me siento más caprichosa, mi texto preferido podría ser Dante con su italiano original, estático. Muy poco de la lengua de Dante ha cambiado a lo largo de los siglos, pero esta noche me encuentro caminando trabajosamente a través de un léxico olvidado. Me pregunto cómo sobrellevarían las mujeres italianas la nueva situación, si nuestro empeño nacional llegara a ser internacional algún día.

Quizá hablasen mucho más con las manos.

Pero la posibilidad de que nuestra enfermedad traspase los mares es escasa. Antes de que la televisión se convirtiera en un monopolio federal, antes de que nos pusieran los contadores en las muñecas, vi algunos noticiarios. Al Jazeera, la BBC, las tres cadenas italianas de la RAI y otros solían emitir programas de entrevistas. Patrick, Steven y yo los veíamos, antes de que los niños se fueran a la cama.

—¿Tenemos que hacerlo? —gruñía Steven. Estaba derrumbado en su silla habitual, con una mano hundida en el cuenco de palomitas, con la otra enviando mensajes con su teléfono.

Subí el volumen.

—No. No tenemos que hacerlo. Pero sí que podemos.

—¿Quién sabía durante cuánto tiempo más podría ser cierto eso? Patrick ya estaba leyendo sobre los privilegios del cable, que pendían de un hilo muy tenue—. No todo el mundo tiene esto, Steven. —Lo que no le decía era: «Disfrútalo mientras puedas».

Aunque, claro, no había mucho que disfrutar.

En todos los programas aparecía lo mismo. Uno tras otro se reían de nosotros. Al Jazeera nos llamaba «el nuevo extremismo». Habría sonreído si no viera algo de verdad en ello. Los expertos políticos británicos meneaban la cabeza como diciendo: «Esos yanquis chiflados... ¿Qué harán ahora?». Los expertos italianos, presentados por unas chicas muy sexis, escasamente vestidas y exageradamente maquilladas, gritaban y nos señalaban y se reían.

Se reían de nosotros. Nos decían que teníamos que relajarnos, porque si no acabaríamos llevando pañuelos y faldas largas e informes. En uno de los canales italianos, un sketch satírico subido de tono enseñaba a dos hombres vestidos como puritanos practicando la sodomía. ¿Así es realmente como ven Estados Unidos?

No lo sé. No he vuelto a ninguno de esos países desde antes de que naciera Sonia, y ahora no tengo ninguna posibilidad de ir.

Nuestros pasaportes desaparecieron antes que nuestras palabras.

Debo precisar: desaparecieron «algunos» de nuestros pasaportes.

Averigüé ese hecho debido a una circunstancia de lo más trivial. En diciembre, me di cuenta de que los pasaportes de los gemelos y el de Steven habían expirado, y entré en una web para descargar tres formularios de renovación. Sonia, que nunca había tenido más documentación que su certificado de nacimiento y un librito de registro de vacunas, necesitaba un formulario distinto.

La renovación de los chicos fue fácil, lo mismo que había sido siempre la de Patrick y la mía. Pero cuando hice clic en el vínculo de petición de pasaportes nuevos, me llevó a una página que nunca había visto antes, un cuestionario con una sola pregunta: «¿El solicitante es hombre o mujer?».

Miré a Sonia, que jugaba con unos bloques de colores en la alfombra de mi oficina improvisada en casa, y marqué la casilla correspondiente a «mujer».

—¡Rojo! —chilló ella mirando la pantalla.

—Sí, cariño —dije yo—. Rojo. Muy bien. ¿O?

—¡Escarlata!

—Mejor aún.

Sin que se lo pidiera, ella siguió:

—¡Carmesí! ¡Cereza!

—Muy bien, cariño. Sigue así, estupendo —dije dándole unas palmaditas y arrojando otro grupo de cubos a la alfombra—. Ahora prueba con los azules.

Al mirar mi ordenador, me di cuenta de que Sonia tenía razón. La pantalla estaba toda en rojo. Rojo como la puta sangre.

Por favor, contacte con nosotros en el número que se ve más abajo. O bien puede enviarnos un mensaje a solicitudes.estado.gob. ¡Gracias!

Probé a marcar ese número una docena de veces antes de recurrir al mensaje, y luego esperé una docena de días antes de recibir una respuesta. O una especie de respuesta. Una semana y media más tarde, un mensaje recibido en mi bandeja de entrada me indicaba que debía visitar mi centro de solicitud de pasaportes local.

—¿Puedo ayudarle, señora? —dijo el empleado cuando aparecí con el certificado de nacimiento de Sonia.

—Pues sí, si puede hacer solicitudes de pasaporte. —Introduje los documentos por la ranura que tenía la pantalla de plexiglás.

El empleado, que parecía tener diecinueve años como mucho, lo cogió y me dijo que esperase.

—Oh —dijo al volver a la ventanilla—. Necesitaré su pasaporte un momento. Solo para hacer una copia.

El pasaporte de Sonia tardaría unas semanas, me dijeron. Lo que no me dijeron es que mi pasaporte había sido anulado.

Lo averigüé mucho más tarde. Y Sonia nunca tuvo su pasaporte.

Al principio, unas pocas personas consiguieron salir. Algunas cruzaron la frontera hacia Canadá, otros salieron en barcos hacia Cuba, México y las islas. Las autoridades enseguida empezaron a establecer controles, y ya se había construido el muro que separaba el sur de California, Arizona, Nuevo México y Texas de México mismo, así que las salidas se acabaron rápidamente.

—No podemos consentir que nuestros ciudadanos, nuestras familias, nuestros padres y madres, huyan —dijo el presidente en uno de sus primeros discursos.

Creo que Patrick y yo lo habríamos conseguido, si hubiéramos estado solos. Pero con cuatro hijos, uno de los cuales no tenía todavía conocimiento para no ponerse a saltar en el asiento y chillar «¡Canadá!» a los guardias fronterizos, no había forma.

Así que no me siento con ganas esta noche, no después de pensar con qué facilidad nos tienen prisioneros en nuestro propio país, no después de que Patrick me haya cogido entre sus 15 brazos y me haya dicho que intente no pensar demasiado en cómo eran las cosas antes.

Cómo eran antes.

Así eran las cosas, antes: nos quedábamos despiertos hasta tarde, hablando. Nos quedábamos en la cama, las mañanas de los fines de semana, posponiendo las tareas domésticas y leyendo el periódico del domingo. Íbamos a fiestas y tomábamos copas, y también salíamos a cenar, y hacíamos barbacoas en verano, con el buen tiempo. Jugábamos a las cartas... primero a espadas y al bridge; más tarde, cuando los chicos eran lo bastante mayores para distinguir un seis de un cinco, con ellos a la guerra y a la pesca.

Yo, por mi parte, tenía amigas, antes. «Noches de chicas», llamaba Patrick a mis salidas nocturnas con las amigas, pero sé que no lo decía de mala fe. Eran cosas que decían antes los hombres. Bueno, eso me digo a mí misma, al menos.

Antes teníamos clubes de lectura, charlas de café, debatíamos de política en los bares tomando unos vinos; luego, más tarde, en los sótanos, en lo que era nuestra versión de Leer «Lolita» en Teherán. A Patrick no parecían importarle mis escapadas semanales, aunque a veces nos hacía bromas, antes de que no quedara nada con lo que hacer bromas. Según él, éramos las voces que no se podían acallar nunca.

Caramba con la clarividencia de Patrick.

3

Cuando empezó todo, antes de que ninguno de nosotros pudiera sospechar lo que nos depararía el futuro, hubo una mujer en particular, una de las más escandalosas.

Se llamaba Jackie Juarez.

No quiero pensar en Jackie, pero de repente me veo un año y medio atrás, no mucho después de la investidura, sentada en el cuarto de estar con los chicos, haciéndolos callar para que no despierten con sus risas a Sonia.

—La mujer de la televisión está histérica —señala Steven cuando vuelve al cuarto de estar con tres cuencos de helado.

«Histérica.» Odio esa palabra.

—¿Cómo? —digo.

—Las mujeres están locas —continúa—. No es ninguna noticia, mamá. Ya sabes lo que se dice de las mujeres histéricas y la depresión posparto.

—¿Cómo? —vuelvo a decir—. ¿Dónde has oído eso?

—Lo he aprendido en el colegio hoy. Un tipo llamado Cooke o algo así. —Steven les tiende el postre—. Mierda. Uno de los cuencos es más pequeño. Mamá, ¿quieres el cuenco más pequeño o el más grande?

—El más pequeño. —Luchaba para mantener el peso desde mi último embarazo.

Él pone los ojos en blanco.

—Ya. Espera a que tu metabolismo llegue a los cuarenta y tantos. ¿Y cuándo habéis empezado a leer a Crooke? No creo que la Descripción del cuerpo del hombre haya llegado a ser lectura recomendada del instituto. —Cojo el primero de lo que parecen tres trocitos tamaño ratón de helado de chocolate «Rocky road»—. Ni siquiera para Literatura Avanzada.

—Pues prueba con Estudios Religiosos Avanzados, mamá —dice Steven—. Bueno, Cooke, Crooke, ¿qué más da?

—Una erre, chico.

Me vuelvo hacia la mujer furibunda de la tele. Ya la había visto antes, quejándose por la desigualdad salarial y el techo de cristal, imposible de romper, siempre haciendo propaganda de su último libro. Este lleva el título positivo y apocalíptico de Nos harán callar. Lo que deberías saber sobre el patriarcado y tu voz. En la cubierta una serie de muñecas de todo tipo, desde Kewpies a Barbies y Raggedy Ann, nos miran, con su tecnicolor rabioso, con una mordaza de bola puesta con Photoshop encima de la boca.

—Qué mal rollo —le digo a Patrick.

—Muy exagerado, ¿no te parece? —Mira un poco anhelante mi helado, que se está derritiendo—. ¿Te lo vas a comer?

Le tiendo el cuenco, sin apartar la vista del televisor. Algo en las mordazas de bola me molesta, más aún de lo que debería molestarme una bola roja sujeta a la cara de una Raggedy Ann. Son las correas, supongo. La X negra con el centro rojo sangre cruzando cada una de las caras de las muñecas. Parecen burkas torpes, borrando todos los rasgos menos los ojos. Quizá se trate de eso, precisamente.

Jackie Juarez es autora de este libro y de una docena más, todos con títulos similares, chirriantes, como Calla y siéntate, Descalza y embarazada: lo que la religión quiere que seas, y el favorito de Patrick y Steven: El útero andante. La imagen de la portada de este último es muy truculenta.

Ahora chilla al entrevistador, que probablemente no tendría que haber dicho la palabra «feminazi».

—¿Sabe lo que queda si quita «femi» de «feminazi»? —Jackie no espera respuesta—. Nazi. Eso es lo que queda. ¿Le gusta más así?

El entrevistador se queda desconcertado.

Jackie le ignora y dirige sus ojos cargados de rímel, sus ojos enloquecidos, hacia la cámara, de modo que parece que me está mirando a mí directamente.

—No tenéis ni idea, señoras. Ni puñetera idea. Estamos en un tobogán precario hacia la prehistoria, chicas. Pensadlo. Pensad dónde estaréis, dónde estarán vuestras hijas, cuando los tribunales echen el reloj atrás. Pensad en palabras como «permiso conyugal» y «consentimiento paterno». Pensad en despertaros una mañana y que resulte que ya no tenéis voz en nada. —Hace una pausa después de cada una de estas últimas palabras, con los dientes apretados.

Patrick me da un beso de buenas noches.

—He de levantarme tempranísimo, cariño. Tengo una reunión a la hora del desayuno con el jefazo, ya sabes dónde. Buenas noches.

—Buenas noches, cariño.

—Tendría que tomarse un calmante —dice Steven todavía mirando la pantalla. Ahora tiene una bolsa enorme de Doritos en el regazo y se los está comiendo de cinco en cinco, como para recordar que la adolescencia no está tan mal.

—¿Helado de chocolate y Doritos, hijo? —digo—. Se te llenará la cara de granos.

—El postre de los campeones, mamá. Eh, ¿podemos ver otra cosa? Esta tía es un palo, de verdad.

—Claro. —Le tiendo el mando a distancia, y Jackie Juarez se queda inmóvil, y acaba reemplazada por una reposición de Duck Dynasty—. ¿De verdad, Steve? —digo viendo a un hombre barbudo tras otro, vestidos de camuflaje de montaña, ponerse filosóficos sobre el estado de la política.

—Sí. Son un puto desmadre.

—Están locos. Y cuidadito con lo que dices.

—Es una broma, mamá. No hay gente así en realidad.

—¿Has estado en Luisiana alguna vez? —Le quito la bolsa de aperitivos—. Tu padre se ha comido mi helado.

—El Mardi Gras de hace dos años, mamá. Estoy empezando a preocuparme por tu memoria.

—Nueva Orleans no es Luisiana.

O quizá sí, pienso. Pensándolo bien, ¿qué diferencia hay entre un pueblucho atrasado donde aconsejan a los hombres que se casen con adolescentes y un puñado de borrachos disfrazados arrojando collares de cuentas a cualquier tía que les enseñe las tetas en St. Charles Avenue?

Probablemente no mucha.

Y aquí tenemos todo el país resumido en cinco minutos: Jackie Juarez, con su traje urbano y su maquillaje de Bobbi Brown, predicando el miedo; los montañeses de la tele, predicando el odio. O quizá al revés. Al menos, esa gente de Luisiana no me mira fijamente desde la pantalla, haciéndome acusaciones.

Steven, que ya va por la segunda lata de Coca­Cola y el segundo cuenco de helado de chocolate —aunque no lo expreso bien, porque ha pasado del cuenco y se está comiendo los restos de helado directamente del envase—, anuncia que se va a la cama.

—Mañana tengo un examen de Estudios Religiosos Avanzados.

¿Cuándo empezaron a dar clases de ERA los alumnos de segundo? ¿Por qué no le enseñan algo útil, como biología o historia? Le hago las dos preguntas.

—El curso de estudios religiosos es nuevo. Se lo ofrecen a todo el mundo, incluso a los de primero. Creo que lo van a ir integrando en el currículo normal el año que viene. El caso —dice desde la cocina— es que no nos queda tiempo para biología o historia este año.

—Pero ¿de qué va eso? ¿Teología comparativa? Supongo que eso se podría tolerar... incluso en un colegio público.

Él vuelve al salón con un bizcocho de chocolate. Su copita de antes de irse a dormir.

—Nooo. Más bien es como... no sé, filosofía de la Cristiandad. Bueno, buenas noches, mamá. Te quiero. —Me da un beso en la mejilla y desaparece en el vestíbulo.

Vuelvo a poner a Jackie Juarez.

Era mucho más guapa en persona, y resulta imposible saber si ha cogido peso desde la graduación o bien si la cámara le añade los cinco kilos de rigor. Bajo el maquillaje profesional y el peinado profesional, Jackie parece cansada, como si veinte años de ira se reflejasen en su rostro, arruga por arruga.

Mastico otro Dorito y me chupo las sustancias químicas saladas de los dedos, luego cierro la bolsa y la dejo fuera de mi alcance.

Jackie me mira con esos ojos suyos tan fríos que no han cambiado nada, acusadora.

No necesito que me acuse. No lo necesitaba hace veinte años y no lo necesito ahora, pero siempre recordaré el día que empezó todo. El día que mi amistad con Jackie empezó a hacer aguas.

—Vienes a la manifestación, ¿verdad, Jean? —Jackie estaba allí delante, sin sujetador y sin maquillaje, a la puerta de mi dormitorio, donde yo estaba despatarrada entre la mitad de la colección de neurolingüística de la biblioteca.

—No puedo. Estoy ocupada.

—Joder, Jean, esto es más importante que algún estúpido estudio sobre la afasia. ¿Y si te centras en la gente que todavía vive?

La miré, y mi cabeza se inclinó hacia la derecha, en una pregunta silenciosa.

—Vale, vale. —Levantó las manos—. Todavía viven. Lo siento. Simplemente lo que digo es que eso del Tribunal Supremo está pasando «ahora».

Jackie siempre llamaba a las situaciones políticas, elecciones, nombramientos, confirmaciones, discursos, lo que sea, «eso». Eso de los tribunales. Eso del discurso. Eso de las elecciones. Me volvía loca. Era de esperar que una sociolingüista se tomase el tiempo necesario para mejorar su vocabulario, de vez en cuando.

—Bueno —dijo—, el caso es que yo voy. Podrás darme las gracias más tarde, cuando el Senado confirme el escaño de Grace Murray en la bancada. Ahora es la única mujer, por si te interesa. —Empezó otra vez con lo de «esos misóginos gilipollas de la comisión parlamentaria de hace dos años».

—Gracias, Jackie. —No pude ocultar la sonrisa en mi voz. Ella, sin embargo, no sonreía.

—Vale. —Aparté a un lado mi libreta y me metí el lápiz en la cola de caballo—. ¿Te importaría dejar de joderme? O sea, esa clase de neurociencia me está matando. Es el trimestre de la profesora Wu, y esta no toma prisioneros. Joe ha caído. Mark ha caído. Hannah también ha caído. Esas dos chicas de Nueva Delhi, las que siempre van por ahí del brazo y han dejado las huellas de su culo en los cubículos de la biblioteca de aquí al lado, han caído también. No es que estemos intercambiando anécdotas sobre maridos enfadados y mujeres tristes y compartiendo nuestra visión de cómo serán los mensajes que se envíen los adolescentes en el futuro, cada martes.

Jackie cogió uno de los libros de la biblioteca de mi cama y lo abrió, echando un vistazo al título.

—Etiología del ataque en los pacientes con afasia de Wernicke. Fascinante, Jean. —Lo tiró al edredón y aterrizó con un sordo golpe.

—Eso es.

—Bien. Pues quédate aquí, en tu pequeño laboratorio burbuja, mientras las demás vamos. —Jackie recogió el libro, escribió dos líneas en el interior de la contraportada y lo dejó caer de nuevo—. Por si encuentras un minuto de sobra para llamar a tus senadores, Chica Burbuja.

—Me gusta mi burbuja —dije—. Y es un libro de la biblioteca.

A Jackie parecía importarle una mierda, lo mismo que si acabara de dibujar unos tags en la piedra Rosetta con una lata de pintura en espray.

—Sí, claro, claro que sí, a ti y al resto de feministas blancas. Espero que nadie llegue y te la pinche.

Y diciendo esto salió con un montón de pancartas de colores en los brazos.

Cuando nuestro alquiler expiró, Jackie dijo que no quería renovarlo. Ella y otras chicas habían decidido mudarse a un piso en Adams Morgan.

—Me gusta mucho más el ambiente que hay allí —me dijo—. Feliz cumpleaños, por cierto. Tendrás un cuarto de siglo el año que viene. Como decía Marilyn Monroe, eso hace pensar a una chica. Pero ahora quédate tranquila. Y piensa en lo que necesitas hacer para seguir libre.

Dejó un regalo que era un surtido de objetos relacionados, un lote temático. Dentro del plástico de burbujas había un paquete de chicles, de esos con caricaturas muy feas y dentro cada chicle envuelto individualmente en papel; un envase de jabón rosa con una varita de plástico sujeta al tapón; limpiador de baño, a que no adivináis de qué marca; una botella individual de vino espumoso de California y un pack de veinticinco globos.

Aquella noche me bebí el vino espumoso directamente de la botella e hice explotar todas y cada una de las burbujas del plástico de embalaje. Lo demás fue a la basura.

No volví a hablar con Jackie nunca más. En noches como esta, desearía haberlo hecho. Quizá eso (eso de las elecciones, eso de la nominación, eso de la confirmación, eso de la orden ejecutiva) no habría resultado como resultó.