Opinión

Un sicario en cada hijo te dio • Varios autores

Niñas, niños y adolescentes en la delincuencia organizada.

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ADELANTOS EDITORIALES

¿Qué decir si la infancia de una niña violada a los 6 años o la de un niño regalado por su madre a los 8 años derivan en asesinatos, secuestros o robos?

¿Entendemos por qué un joven menor de edad comanda una red de prostitución o por qué un muchacho tiene que decapitar a un hombre o incluso a otro niño?

A través de testimonios escalofriantes y conmovedores, autores de este libro ofrecen explicaciones contundentes para entender por qué nuestros niños y niñas se vuelven criminales ante la indiferencia social, corrupción policíaca y la intolerancia del gobierno. Más aún se detalla la incompetencia de las autoridades, los vacíos legales y la incapacidad de las instituciones para ofrecer a estos adolescentes opciones para alejarse del delito, la drogadicción, las relaciones violentas o evitar la puerta por defender -o estar en contra- algún cártel.

Un sicario en cada hijo te dio también ofrece alternativas para la reinserción escolar y laboral a las niñas, niños y adolescentes; expone casos de éxito y aviva una reflexión para mirar de frente la tragedia de estos seres humanos cuya infancia nos debe sacudir como sociedad para crear mayor conciencia de esta problemática que se da en todo México y así impulsar programas efectivos de orientación y acompañamiento para jóvenes en situación de riesgo.

Fragmento del libro "Un sicario en cada hijo te dio", varios autores. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Julio Frenk es el presidente de la Universidad de Miami. Fue director fundador del Instituto Nacional de Salud Pública y fungió por casi siete años como decano de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Fue secretario de Salud de México de 2000 a 2006 y ha ocupado posiciones directivas en la Organización Mundial de la Salud, la Fundación Bill y Melinda Gates y el Instituto Carso de la Salud.

Octavio Gómez es investigador en ciencias médicas en el Centro de Investigación en Sistemas de Salud del Instituto Nacional de Salud Pública de México desde el 2010. Fue director general de Evaluación del Desempeño de la Secretaría de Salud.

Felicia M. Knaul es profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami y directora del Instituto de Estudios Avanzados para Las Américas de esa misma universidad. Es economista principal y directora del programa Universalidad y Competitividad en Salud de la Fundación Mexicana para la Salud.

Héctor Arreola es director ejecutivo de Tómatelo a Pecho A. C. y coordinador de Investigaciones en Economía de la Salud e investigador del Programa de Universalidad y Competitividad en Salud de la Fundación Mexicana para la Salud. Es investigador visitante de la Universidad de Miami.

Un sicario en cada hijo te dio | Varios autores

#AdelantosEditoriales


Fragmento Un sicario en cada hijo te dio

Introducción

El delito y la violencia en México son dos fenómenos que desde hace algunas décadas protagonizan el entorno social, político, incluso económico. Fenómenos que marcan la dinámica social y lastiman profundamente nuestra nación y a su gente. Las cifras sobre la violencia aumentan mes a mes. Delincuencia organizada, homicidios, trata de personas, robos a mano armada, feminicidios y violaciones encabezan las noticias y se han convertido en parte diaria de nuestra vida. Cada día, la lucha para combatir la delincuencia parece más lejana y la estrategia de prevención y reconstrucción del tejido social es ambigua y poco concluyente.

En México, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (sesnsp), de enero a agosto de 2019 se registraron 1?353?990 delitos.1 Cabe señalar que estas cifras alarmantes representan sólo los que se denuncian, pues el Secretariado Ejecutivo obtiene los números de las fiscalías de los estados y de la Fiscalía General de la República.

Dicho de otra manera, las cifras no refieren la totalidad de delitos cometidos, sólo los denunciados. En México, la cifra negra (delitos cometidos, pero no denunciados) es 92.3% a nivel nacional (porcentaje sostenido en 2017 y 2018), y en estados como Guerrero alcanza 98%. Haciendo matemáticas con los números reportados se concluye que, desde enero de 2019 hasta agosto del mismo año, se cometieron alrededor de 17 millones y medio de delitos… una diferencia de casi 16 millones entre los delitos que conoce la autoridad y los que se cometen en realidad.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe) 2019, en los últimos siete años se ha observado un aumento delictivo en México, pasando de 21.6 millones de víctimas estimadas en 2012 a 24.7 millones en 2018. El delito más común, calculado a nivel nacional, es el robo en todas sus modalidades (51%), seguido de extorsión (19.65%) y fraude (13.6%).

Respecto al delito de robo, la modalidad más común es asalto en calle y transporte público: representa más de la mitad de las instancias de robo (inegi, 2018). Al respecto, estamos seguras de que el lector ha observado, con mayor regularidad, videos donde los asaltantes abren fuego sin dudar un instante en el transporte público o en establecimientos para despojar a las víctimas de sus pertenencias; videos donde se aprecia el robo de un automóvil en menos de tres segundos o robos donde el victimario que empuña un arma de fuego es un niño de apenas once años.

Resulta preocupante el aumento de la violencia con la que se cometen los delitos. Hace poco circuló la nota de una mujer en el Estado de México que salió de la farmacia donde trabajaba y, mientras esperaba en la parada del autobús, un hombre la abordó y a punta de pistola le exigió sus pertenencias. Ella accedió a darle lo que llevaba: un celular de bajo costo, maquillaje y 30 pesos. La mujer había sido víctima de robo en múltiples ocasiones y decidió salir de casa con lo indispensable, situación que enfureció al ladrón. Amagándola con el arma, la llevó hasta un paraje abandonado, tomó el celular de la víctima y llamó a su esposo para pedirle un rescate de 5?000 pesos. Mientras se lo entregaban, la violó en reiteradas ocasiones, dejándole severas lesiones físicas. Cobró el rescate y la entregó a su marido destrozada, vejada y lastimada en todos los sentidos en que se puede dañar a una persona.

El caso referido es brutal, pero la víctima sobrevivió, situación que no ocurre con las diez mujeres que mueren diario por circunstancias violentas en México, esto sin contar todos los casos en los que las fiscalías no inician las carpetas de investigación por el delito de feminicidio.

A estas escalofriantes estadísticas se suman Fátima e Ingrid, dos casos que, a pesar de la normalización de la violencia y de lo “acostumbrados” que estamos los mexicanos a terribles historias, conmocionaron a la sociedad. Fátima, a sus siete años, fue secuestrada en la puerta de la escuela y días después su cuerpo fue encontrado con signos de tortura y violación; Ingrid Escamilla fue asesinada, desmembrada y las fotos de su cuerpo se compartieron en redes sociales.

Según datos del sesnsp, hasta agosto de 2019 se contaron 638 feminicidios en el país; 2018 cerró con un total de 884 y en 2017 se registraron 742.2 Estas cifras corresponden a los delitos denunciados, sin considerar la cifra negra y los casos de desapariciones. Veracruz, Estado de México y Nuevo León encabezan la lista en incidencia de feminicidio, pero en ningún lugar del país parece garantizada la integridad de las mujeres. Mientras prevalezca el machismo y la violencia en torno al género, ser niña o mujer en México es una apuesta de muerte. Esta realidad alcanzó a Camila, una niña de nueve años encontrada muerta el 2 de enero de 2019 frente a su hogar, tras ser violada y asesinada por un vecino en Chalco, Estado de México.

En México no sólo las mujeres son víctimas fatales de la violencia, los hombres, en especial entre los 15 y 30 años, tienen un riesgo latente de ser asesinados. En los últimos 30 años el aumento en los homicidios ha sido alarmante: en 1990 se cometieron 14?493;3 33?743 en 2018 y 34?5824 en 2019. Esto quiere decir que en el último año se cometieron más de 94 homicidios diarios: casi cuatro muertos por hora, uno cada quince minutos. Es importante mencionar que las cifras en cuanto a homicidios dolosos difieren según la fuente, ya que el inegi da una cifra de 36?685 en 2018 y el sesnsp de 33?743 (casi 3?000 homicidios de diferencia).

Las cifras de los últimos años se han visto agravadas por asesinatos múltiples y cruentos como el de la familia LeBaron; los diez músicos calcinados de Guerrero o la masacre del table dance Caballo Blanco en Veracruz, donde varios sujetos armados llegaron a rafaguear sin distingo a las personas que se encontraban ahí, después rociaron gasolina en el lugar, le prendieron fuego y lazaron bombas molotov. El saldo fue de 31 muertos, la mayoría empleados del lugar. Se dice que uno de los sujetos (el que roció la gasolina) apenas tenía quince años.

La descomposición social generalizada, marginación, pobreza, corrupción y falta de educación, entre otros, son factores de riesgo importantes que inciden en la comisión de los delitos. Pero el crimen organizado se ha convertido en un agujero negro que succiona a nuestra nación y es la punta de lanza de los cruentos delitos en México.

En el haber de la casi empresarial estructura de los grupos de la delincuencia organizada se encuentran desde delitos relacionados con la utilización de recursos de procedencia ilícita (lavado de dinero), hasta piratería, extorsiones, secuestro, delitos contra la salud y, por supuesto, homicidios. Esa estructura se fortalece por la solidez económica que le garantiza actuar con total impunidad y, en muchos casos, en colusión con las autoridades y gobiernos enteros (narcoestados). Es difícil recordar el México anterior a los cuerpos colgados en puentes o cadáveres desmembrados arrojados a las avenidas con las respectivas narcomantas.

El poderío de los grupos de la delincuencia organizada es tal, que toman espacios que se considerarían imposibles, como las prisiones del país, que en teoría son lugares impenetrables y seguros, cuyo objetivo es la reinserción social… pero nada se encuentra más alejado de la realidad. Por ejemplo, el 30 de septiembre de 2019 dejó de operar el Penal Topo Chico, uno de los reclusorios más peligrosos de Latinoamérica. Entre los múltiples delitos cometidos dentro de sus paredes destacan los rituales sangrientos que El Charal (supuesto líder de la prisión y capo del Cártel del Noreste) efectuaba en un santuario dedicado a la Santa Muerte. Para ello, metía personas del exterior, las decapitaba y mutilaba como ofrenda de muerte y luego lanzaba los cuerpos a la calle.

En esta radiografía de la violencia y el delito en México es necesario incluir el secuestro: ese delito que desde hace más de tres décadas flagela nuestro país. Según datos de la asociación Alto al Secuestro, de enero a mayo de 2019 ocurrieron 814 secuestros, 36.5% más que los registrados en el mismo periodo del año anterior. En la Ciudad de México la incidencia en el mismo periodo incrementó 80 por ciento.

Esta pesadilla cobró notoriedad entre la sociedad a mediados de la década de los noventa. Sus protagonistas fueron Daniel (El Mocha­orejas) y Aurelio Arizmendi, quienes marcaron el inicio de la era de privaciones de la libertad negociadas con sangre, en las que se presiona a las familias de las víctimas a pagar el rescate mediante el envío de partes del cuerpo mutiladas.

Con el tiempo surgió un gran número de bandas, integradas por muchos miembros generalmente vinculados por parentesco, unas más estructuradas que otras, pero todas en extremo violentas. Un ejemplo son los Montante, quienes encerraban a sus víctimas en jaulas para perros, las violaban, quemaban con cigarrillos, mutilaban y no en pocas ocasiones arrebataban la vida.

Hoy por hoy, debido al endurecimiento de las penas, los secuestros derivan en homicidios porque este delito es sancionado con una pena menor y se pueden obtener beneficios penitenciarios para salir de manera anticipada de prisión; tal como ocurrió en el caso del estudiante de la Universidad del Pedregal, Norberto Ronquillo.

Las cifras parecen frías y distantes, pero son informativas y permiten dimensionar la lastimosa realidad de la situación delictiva y de violencia que se vive en México en la actualidad.

Si nos remontamos al México de hace 40 o 50 años, los delitos de alto impacto de verdad eran una noticia, representaban sucesos que sorprendían y conmocionaban a la sociedad. Las víctimas de los delitos eran lejanas y rara vez existía una en el círculo más cercano de las familias. Hoy en día, la realidad es distinta, los delitos violentos han pasado de ser aterradores, a generar morbo y, al final, a ser normalizados por la sociedad.

Cuestionamientos fundamentales para comprender el delito en México son:

¿Quién comete los delitos?

¿Cómo se ha modificado el perfil, la edad y hasta el género de estos autores materiales e intelectuales?

Para responder a estas preguntas debemos ver la dinámica social del país y los cambios acaecidos a través del tiempo: grupos sociales antes desplazados en razón del género y edad se abrieron paso, reduciendo la brecha en los roles desempeñados. Este fenómeno permeó en el ámbito delictivo, en el que se presenta con mayor frecuencia la participación de mujeres y adolescentes (mujeres y hombres) cada vez de menor edad.

Abordar estas particularidades es indispensable para generar estrategias de prevención y políticas públicas eficaces en materia de prevención del delito y mejoramiento de las condiciones de seguridad del país.

A lo largo del libro se realizará una reflexión de las historias que nos comparten adolescentes y jóvenes que cometieron delitos de alto impacto social, para entender las causas, entornos, motivaciones y demás circunstancias que llevan a una persona en las primeras etapas de su vida a disrumpir la paz y armonía social.

¿Por qué nos centramos en los adolescentes?

En primer lugar, es importante establecer que el involucramiento de las niñas, niños y adolescentes en conductas delictivas va de la mano de la vulneración de sus derechos humanos, del desarrollo en entornos complicados dentro de comunidades violentas o criminógenas, así como de la marginación social y falta de oportunidades.

En segundo lugar, los grupos delictivos encuentran en estos jóvenes una oportunidad para ensanchar sus filas: captan a nuestras niñas, niños y adolescentes como consecuencia de las condiciones en las que se da su desarrollo porque involucrarse con estos grupos representa la satisfacción de necesidades económicas y emocionales no resueltas. En la creación de este libro, todos los adolescentes entrevistados nos platicaron que ellos o sus familiares fueron llevados a lugares alejados (montañas o sierras) donde los cárteles tienen montadas universidades del crimen y les enseñan todas las técnicas para matar y defenderse.

En tercer lugar, porque hay una distinción en el tratamiento que da la ley en el caso de los delitos cometidos por personas menores de dieciocho años, respecto a los mayores de edad. En términos simples, una persona mayor de dieciocho años acusada de cometer un homicidio agravado pasa de 20 a 50 años en prisión (y por secuestro la pena se agrava hasta 140 años); mientras que un menor de edad, sin importar el tipo o número de delitos cometidos, por ley, como máximo puede pasar cinco años bajo una medida privativa de la libertad.

Una vez que estudiemos, profundicemos y entendamos los tres puntos planteados, debemos centrar nuestras fuerzas en proponer políticas públicas y llevar a cabo líneas de acción centradas en prevenir y proteger a nuestra niñez en riesgo de ser captada por la delincuencia organizada, así como implementar un modelo integral de reinserción no sólo para las consecuencias inmediatas, sino para prevenir los efectos futuros de la ola de violencia que hoy nos acoge.

México carece de prácticas de reinserción social que incidan sobre los factores de riesgo que llevan a niños, niñas y adolescentes a cometer delitos. Apostar por la reinserción social efectiva suma a la recuperación del tejido social y a la construcción de un país más seguro. Incidir en los procesos de reinserción de nuestros adolescentes es incidir en la prevención del delito. Dotarlos de herramientas eficaces que los desincorporen de la vida delictiva, proporcionarles acceso a oportunidades educativas y laborales, e involucrarlos en procesos de construcción de paz, constituye el único camino para que formen parte de la solución… y no del problema de seguridad en México.

Para lograr una prevención del delito efectiva y real es fundamental ir al fondo, a la raíz del problema; conocer las causas para entender cómo llegamos a donde estamos situados como sociedad. Lo anterior nos lleva a realizar un diagnóstico que permita trazar una ruta para salir de una crisis que cuesta no sólo miles de vidas, sino pérdidas económicas millonarias.

Nosotras, como activistas en materia de prevención, buscamos soluciones concretas de acciones que ayuden a prevenir la delincuencia en el país. Saber de primera mano las historias de los que viven la marginación y abandono social nos ayudará a plantear un contexto real para mejorar la situación de violencia que enfrentamos como mexicanos.

Este libro te permitirá conocer los testimonios de jóvenes privados de la libertad por cometer delitos graves en nuestro país. Historias desde las antes llamadas correccionales o tutelares (hoy centros de internamiento) que intentan demostrar que el hecho de juzgar con la misma vara distintos entornos, orígenes y situaciones, nos llevará a equivocarnos. Relatos que buscan visibilizar realidades y mostrarte que el diagnóstico es tan importante como la medida misma, ya que un diagnóstico errado, lejos de abonar a solucionar una crisis, conllevará a su agravamiento.

Esperamos hacer visible y contextualizar la situación que viven los adolescentes de nuestro país, ya que como sociedad tendemos a juzgar, criminalizar y etiquetar con facilidad desde la comodidad de un teclado de computadora o atrás de la pantalla del celular.

El libro está dividido en dos partes.

En la primera parte encontrarás historias de vida reales que nos compartieron algunos adolescentes. Conocerás los testimonios de jóvenes privados de la libertad por cometer delitos graves en nuestro país: una adolescente contratada para levantar a otros; uno que a los dieciséis años llegó a ser comandante local de un cártel; una que tenía su propia red de prostitución a los dieciséis años; un niño que a los ocho años empezó a matar y robar niños para una red de venta de órganos…

En la segunda parte encontrarás dos capítulos donde se explica el contexto psicosocial, criminológico y jurídico que favorece que los adolescentes cometan delitos de alto impacto social. Se explican los factores generalizados internos y externos que alejan a los jóvenes de vivir dentro de la legalidad y los acercan a una vida inestable y llena de peligros para ellos y para los demás.

Los siguientes capítulos de esta parte presentan un análisis criminológico, psicológico y jurídico individualizado que muestra los factores de riesgo de cada adolescente. Esto te permitirá entender con mayor profundidad las razones que llevaron a los protagonistas a cometer actos tan atroces.

Para terminar, te presentamos los casos de éxito de adolescentes que han trabajado de la mano de Reinserta y han logrado salir adelante.

PRIMERA PARTE

HISTORIAS DE VIDA

1. Terminé secuestrando… pero empecé levantando y prostituyendo

Blanca

Al entrar al jardín del centro donde sería nuestra entrevista, mi mirada quiso cruzarse con la suya, pero la joven, con una actitud inquebrantable, ignoró mi presencia.

Sus ojos, profundos, negros y grandes, por fin voltearon hacia mí. Yo, sentada, esperaba una mirada ausente, pero fue tan penetrante que sentí mi alma desnudarse. Su cabello, oscuro y lacio, caía desordenado sobre sus hombros.

Entablamos un diálogo monótono. Al inicio, contaba sus relatos con frialdad, como si todas sus vivencias, los delitos cometidos, las atrocidades experimentadas, se trataran de una receta de cocina, la más sencilla, la más común: una sopa de pasta.

Se deleitaba en su dureza, orgullosa de ser mujer, en varias ocasiones atribuyó sus victorias a su naturaleza femenina. Desprestigiaba a las personas débiles y se refería al llanto como un defecto del humano.

Varias veces gozó del sufrimiento ajeno y al momento de narrarlo su espíritu se hinchaba de energía, asemejándolo al alimento inevitable y necesario para llevar a cabo sus labores dentro del cártel.

Conforme fuimos avanzando, su corazón difícil de penetrar por fin me mostró algo de humanidad. Escondido en lo más ­profundo de su ser, un arrepentimiento sincero nubló su mirada y sus ojos profundos se convirtieron en una laguna.

Surgieron los recuerdos felices de una infancia gris, vivida entre la mayor impunidad e inseguridad, la preocupación sincera por su familia y la admiración por su padre. Blanca, con escasos años de vida, tan impenetrable, me mostró luces de aquella niña, hija, hermana y pareja de hace cuatro años.

He aquí su historia.

* * *

Me agarraron por el primer secuestro que hice, pero ya traía muchas cosas encima; desde los trece años me uní a un cártel en el que tenía un rol específico por ser mujer, ahí cometí todo tipo de delitos, pero empezaré contando el último.

Éramos seis involucrados en este secuestro: Jorge (mi novio) y yo, una pareja que fingiría vivir en la casa de seguridad y otros dos chavos, uno de ellos en teoría sabía cómo hacer todo, y el otro era su amigo, pero este último fue el eslabón débil en nuestro plan perfecto.

El plan era que Jorge y yo estaríamos todo el tiempo en la casa de seguridad sin salir, así lo hicimos los cuatro días que duró el secuestro. La otra pareja fingiría que vivía en la casa de seguridad: entrarían y saldrían de la casa como si se acabaran de juntar y empezaran a vivir ahí. Así, cara a la sociedad, todo estaría perfecto.

Los otros dos chavos se dedicarían a hablar con los familiares, cuidar a la secuestrada y organizar los detalles de la entrega del rescate. Las primeras horas todo iba como lo planeado, ya estaba la chava en la casa de seguridad: logramos meterla al coche y luego a la casa sin ningún contratiempo. Llegando a la casa, Jorge y yo nos acomodamos porque sabíamos que no saldríamos en algunos días. El amigo de nuestro amigo estaba con la chava todo el tiempo, pero le empezó a dar ciertas libertades que no se le pueden dar a un secuestrado, estoy segura de que le empezó a gustar y a dar compasión. Llegado el cuarto día, ellos dos iban a ir por el rescate acordado en dos millones.

Antes de salir, el amigo de nuestro amigo le dejó las ventanas y la puerta abierta a la secuestrada, quien se puso a gritar y las alarmas de los vecinos se encendieron. En ese momento mi novio se estaba bañando. No pude ni quise dejarlo solo, así que corrí porque en el baño no se escuchaba mucho, me metí y le dije: “Esto ya valió madres.” Me preguntó: “¿Por qué?” Y salió tratando de ponerse la playera mientras lo jalaba. Llegó la policía y nos agarró a Jorge, a mí y a la pareja que “vivía en la casa”.

Jorge y yo éramos los autores intelectuales, no había nadie más detrás del plan. Cuando se lo platicamos a nuestro amigo que sabía sobre el tema, nos dijo que sí lo hiciéramos y que él tenía otro compa que nos podía ayudar a cuidar a la secuestrada. Después de platicarlo algunos días, dijeron que mejor no, que no nos metiéramos en problemas, pero la verdad a mí ya se me había metido la idea a la cabeza y soy muy aferrada. Ya llevaba tiempo que no trabajaba en nada porque había dejado el cártel y todos los otros ilícitos que cometía, así que les dije: “¿Qué puede pasar? ¡Vamos a hacerlo!” ¿Qué puede pasar? Pues ahora me lo respondo, esto fue lo que pasó: nos agarraron, perdí a mi bebé en el momento de la aprehensión (llevaba dos meses y medio de embarazo, fue inmediato, empecé a sangrar y lo perdí) y nos encerraron a los cuatro. Me dictaron una medida de casi cinco años (la máxima por ley para adolescentes) en un centro de menores; a Jorge quién sabe cuánto tiempo le falte pues es ocho años mayor que yo, obvio lo juzgaron como adulto y lo metieron a la cárcel.

Los otros dos no están detenidos. Cuando pienso en cómo sucedieron las cosas, llego a la conclusión de que ellos tenían todo planeado porque justo cuando fueron a cobrar el rescate llegó la policía. Creo que todos estaban coludidos porque también se me hace muy raro que la policía haya llegado de inmediato. Estoy segura de que nos sacaron del plan para dividir el rescate entre ellos y le dieron a la policía su parte.

Me llamo Blanca y soy del Estado de México. Nací en el seno de una familia normal con papás y hermanos. Me gusta actuar, hacer ejercicio, leer, pasar tiempo conmigo y escuchar música. Me gusta casi toda la música, menos el reguetón y menos el de ahora porque las letras se me hacen poco coherentes, ponen mal a la mujer y es muy grosero.

En las mañanas iba a la primaria como los demás niños del barrio y en las tardes jugaba con mis amigos y hermanos. En la noche nos teníamos que meter temprano a la casa porque siempre había cartulinas que decían: “El que esté en la calle después de las 12, se le levanta.” Por mi casa era muy común encontrar cabezas, dedos, pies y piernas por la calle. Por ahí hay mucha inseguridad porque luego se alocan y se agarran a balazos en donde quieren, va pasando uno que les cae gordo y lo matan. Entonces sales al otro día de tu casa… y es lo más natural del mundo encontrar como seis cuerpos y dos cabezas.

Un tiempo mi papá se fue a vivir a Estados Unidos. Creo que en esa época se enfrió la relación y valió madres. Mis mejores recuerdos son de cuando era pequeña: mis papás juntos, salíamos a pasear y así… tengo muchos recuerdos bonitos de esa etapa. Mis cumpleaños eran maravillosos: me gustaban mucho mis fiestas, me las hacían como yo quería, estaban mis papás, tíos, hermanitos… todos juntos. También me gustaba mucho ver series con mis hermanos, sobre todo las de narcos, como la de Pablo Escobar, siempre admiré mucho a esos personajes por su forma de trabajar, de planear y de hacer tantas cosas.

Cuando iba en primero de secundaria mis papás se divorciaron. Nunca me tocó ver violencia entre ellos, jamás se pelearon frente a mí, pero sabía que ya no se llevaban bien y si no eran felices juntos, ¿por qué lo hacían? Se amargaban la vida. Aunque todavía estaba chica, me daba cuenta y les dije: “Mejor sepárense, dense un tiempo. Ya después si funcionan regresan, si no ya no. Si ya no se quieren, divórciense.” Uno va creciendo y viendo cómo las cosas no están funcionando como antes…

Mi papá es y siempre ha sido una de las personas más importantes para mí. Aunque mis papás tuvieron hijos con otras parejas antes de cumplir los dieciocho años, mis hermanos y yo siempre fuimos su prioridad. Nunca nos faltó nada. Mi papá y yo tenemos el mismo carácter, siempre se acercó a mí para decirme lo que estaba bien y lo que estaba mal.

Cuando iba a terminar primero de secundaria, un día llamaron y dijeron que a él y a otros dos familiares los acababan de matar. En ese momento mi vida se derrumbó, mi pilar, mi motivación, mi fuerza, lo que me impulsaba a seguir adelante ahora estaba muerto. Me morí en ese momento. Sentí muy feo, pero como estaban mis hermanitos en la casa, me quedé pensando cómo les iba a decir: “¡No mames! Mi papá ahora será uno más de los descabezados que nos encontramos al salir de la casa cuando caminamos a la escuela.” Intenté no llorar, no quería que mi mamá, mis hermanos y sobrinos me vieran mal, ahora debía ser el sostén emocional de todos, no podía darme el lujo de caer en la tristeza, además tendríamos que ir a reconocer el cuerpo y necesitaba estar bien para ese momento. Nadie nos decía nada del cuerpo, sólo quería abrazarlo, aunque estuviera frío, ver sus ojos por última vez, pero tenía miedo de verlo destrozado, no sabía a lo que me iba a enfrentar.

Pasaban las horas y sólo esperábamos una llamada, una noticia, alguien que nos dijera dónde estaba el cuerpo. Así pasó todo el día y la noche… A la mañana siguiente sonó el teléfono, ¡por fin! Hablaban de la cárcel para avisarnos que mi papá y familiares estaban detenidos. Nunca creí que me daría tanta emoción saber que mi papá estaba encarcelado, no importaba el tiempo que estuviera ahí, podría abrazarlo una vez más y platicar con él. Sentí mucha alegría y pensé: “¡Tengo papá para rato!” Al principio no pudimos visitarlo porque era una cárcel de máxima seguridad y los trámites se tardaron unos meses. En la primera visita, fui con mi tía y mi prima, sentí una felicidad inmensa y me puse a llorar de verlo así. Platicamos como cuatro horas, hasta que llegó la hora de irnos… otra vez la tristeza me empezó a invadir.

Le dieron cinco años de sentencia por portación de armas. Él y mis otros familiares fueron a comprar unos invernaderos y se quedaron a dormir en la casa del amigo de un amigo. Ahí había armas y los agarraron. Prefiero no saber de esas cosas. Lo que sí sé es que no eran sus armas, pero pues si estás ahí es porque algo tienes… aunque no seas culpable de eso. Trato de no juzgar ni pensar en los delitos de mi papá porque no soy Dios ni quién para hacerlo, pero no te meten así nomás porque sí a la cárcel… creo que estaba pagando por los delitos que cometió.

Los días pasaron…

Aunque no le guardo rencor a mi papá porque las cosas pasan por algo, sí tenía cierto resentimiento porque casi se acababan de separar y eran demasiadas cosas. Estuve un tiempo en depresión y fui sacando mi tristeza y mis emociones en puras cosas negativas como portarme mal, tener malas amistades, no ir a la escuela, echar fiesta de jueves a domingo… no lo canalicé en algo positivo.

Mi papá era mi motivación para hacer las cosas, y cuando empecé segundo de secundaria dejé la escuela. Él siempre me decía: “Si vas a hacer algo, hazlo bien, si no, déjalo, no lo comiences para dejarlo a medias.” En ese momento no tenía ganas de seguir estudiando, así que lo dejé. Mi papá siempre me ayudaba en las tareas y en todo, tenía mucho dominio sobre mí, era mi impulso para hacer las cosas, y cuando ya no estuvo, pensé: “¿Quién me va a ayudar? ¿Quién va a hacer conmigo esto? Nada es igual sin él.”