Opinión

Un daño irreparable • Laurie Ann Ximénez Fyvie

La criminal gestión de la pandemia en México.

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ADELANTOS EDITORIALES

«Desde el comienzo de la pandemia en México, me indignaron las declaraciones del subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell: su insistencia en que la enfermedad no era más grave que la influenza, el exceso de confianza en que todo estaba previsto y el espectáculo teatral de sus apariciones públicas”.

Hoy, López-Gatell reporta a diario las consecuencias de sus decisiones: más de 134 mil mexicanos han muerto y la pandemia no está cerca de concluir.

Nunca he pensado que matarlos haya sido su intención, simplemente el subsecretario se creyó más listo que todos, pensó que la inmunidad comunitaria vendría pronto, con pocos muertos y que con ello lograría una contundente victoria. Sin embargo, hay acciones que, con o sin dolo, resultan imperdonables.

Su incapacidad para rectificar el rumbo no tiene justificación. Esa actitud demuestra no sólo soberbia e indolencia, también deja claro que su papel es político y no científico. Aunque es tarde para los que ya partieron y para sus familias en duelo, escribo este libro por todas las vidas que aún pueden y deben ser salvadas.

Elegí no ser indiferente ante el dolor ajeno. La pandemia era inevitable; las miles de muertes, no». La doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie revela cómo la ineficiente estrategia contra la pandemia llevó a México al primer lugar de letalidad entre las 20 naciones más afectadas por covid-19.

Fragmento del libro “Un daño irreparable: La criminal gestión de la pandemia en México(Planeta), © 2021, Laurie Ann Ximénez-Fyvie. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Laurie Ann Ximénez Fyvie | Se doctoró en la Universidad de Harvard y es profesora e investigadora de Microbiología. Actualmente es jefa del Laboratorio de Genética Molecular de la Facultad de Odontología de la UNAM, directora general de la iniciativa Salvemos con ciencia y asesora proyectos para ayudar a controlar la pandemia de covid-19 en México.

Un daño irreparable | Laurie Ann Ximénez Fyvie

#AdelantosEditoriales


1. El inicio de la pandemia en China y el sureste asiático

Todo lo que ha ocurrido desde finales de diciembre de 2019, cuando en China se detectó el virus, hasta el día de hoy era evitable y ha sido consecuencia directa de las decisiones que se han tomado en el mundo.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Empecemos desde el principio.

Un virus infectó a un murciélago, que a su vez infectó a otro animal, cuya especie aún se desconoce. El caso es que ese animal se encontró en China, en un mercado de animales vivos muy atestado, ese tipo de lugares a los que en el mundo anglosajón llaman wet markets («mercados húmedos»), donde se amontonan en jaulas animales domésticos y salvajes, especies exóticas, muchas de ellas en peligro de extinción.

Un mercado en el que se apilan animales vivos y muertos, entre la gente y los alimentos a la venta: verdura fresca, huevos, frutas, lácteos… Hay gente comiendo murciélagos, ranas, tejones, serpientes, anguilas y tortugas, en el mismo ambiente en el que se manipula sangre y heces de todo tipo de animales, mientras los preparan para su venta.

Repito, en estos mercados, animales vivos enjaulados sangran, defecan y babean junto a los cadáveres de otros ya sacrificados. Mientras, miles de transeúntes, turistas, compradores, proveedores y comerciantes respiran un aire atestado de microorganismos que no tendrían por qué estar allí. Claro, ya en 2021 y después de más de un año en pandemia y de haber leído sobre la sofisticada tecnología que China puso en marcha para vigilar a sus ciudadanos y mantenerlos confinados y a salvo del virus, lo primero que uno piensa es que estas aplicaciones, estos software de reconocimiento facial, drones con cámaras térmicas, robots desinfectantes, sistemas de rastreo de teléfonos y cascos inteligentes, por nombrar solo una parte de la parafernalia implementada por el gobierno chino, no empatan con los mercados en condiciones de salubridad tan precarias como el que acabo de describir.

Cito un artículo de The New York Times que lo explica de forma muy clara: los murciélagos son «planetas en sí mismos, repletos de ecosistemas invisibles de hongos, bacterias y virus. Muchos de los virus que se multiplicaron dentro de los murciélagos han circulado entre sus anfitriones durante miles de años, si no más. Usan las células de los murciélagos para replicarse, pero rara vez causan enfermedades graves. Por mutaciones fortuitas y el frecuente intercambio de genes, un virus había adquirido la capacidad de infectar las células de ciertos mamíferos además de los murciélagos, en caso de que alguna vez surgiera la oportunidad».

En estas condiciones que describo, pasó lo que pasa siempre con cualquier infección zoonótica, las que en principio aquejan a los animales y cuyos agentes patógenos pueden transmitirse a los humanos. De hecho, la mayoría de las enfermedades infecciosas emergentes son zoonóticas, originadas en mamíferos salvajes que han sido el trampolín necesario para que virus como vih, Ébola o sars se expandieran por el planeta. Esto fue exactamente lo que provocó la actual pandemia. O sea, un microorganismo que brincó a un ser humano que, a su vez, fue infectado y comenzó a transmitirlo.

Esto no estaba predestinado. Podía evitarse: tener esos mercados en esas condiciones de higiene era el caldo de cultivo perfecto para que esto sucediera.

Un cabello y una ballena

De forma natural, hubiera sido virtualmente imposible que un murciélago y un pangolín se encontraran. El problema es que en China mucha gente come pangolines, ese pequeño mamífero recubierto de escamas y que parece un armadillo. Pero esto no debería suceder: me refiero a que este animal salvaje no debería comercializarse ni consumirse porque está clasificado como una especie en peligro de extinción. Leyes más estrictas que incluyan la veda de animales salvajes que presentan mayor riesgo zoonótico, como murciélagos, roedores y simios, podrían ser un primer paso para evitar nuevos desastres ecológicos y sanitarios como en el que hoy estamos inmersos.

Ya en 2017, un estudio de la revista Nature mostraba que los murciélagos albergan una proporción significativamente mayor de virus zoonóticos que cualquier otro tipo de mamíferos. También probaba que la mayoría de estas infecciones eran predecibles si se establecían programas de vigilancia pandémica adecuados, sobre todo en regiones como Latinoamérica y ciertas partes de África, consideradas terreno fértil para este tipo de enfermedades.

Unos cuatro meses después, la misma publicación científica difundía una base de datos global de enfermedades infecciosas emergentes en la que se alertaba sobre las zonas con riesgo zoonótico elevado: regiones tropicales boscosas que habían sufrido deforestación y cambios en el uso de la tierra, y donde la biodiversidad era alta. En este mapeo figuraban como «zonas calientes» China y el sureste asiático, partes de India y de Latinoamérica.

Hablamos, además, de China, un país en el que su actual legislación, laxa o ambigua, abre la puerta al tráfico de criaturas exóticas: de hecho, allí se paga buen dinero por pescar tiburones, de los que solo se aprovechan las aletas, o por el marfil de los colmillos de elefantes provenientes de África o India, solo por mencionar dos especies en medio del cúmulo de animales que interesan a muchos por su carne, pelaje o supuestas propiedades medicinales.

Y repito, este encuentro desafortunado entre el pangolín, el murciélago y el ser humano no debería haber sucedido. Para que se den una idea: es como si una ballena hubiera infectado a un caballo.

¿Cómo diablos sucede esto? Muy fácil, esta infección solo puede ocurrir cuando se está en presencia de un desarreglo ecológico como el que menciono. Cuando el hombre ha destruido ecosistemas y traficado animales que solo pertenecen a su hábitat natural.

Vuelvo a insistir: el origen del virus era inevitable, todo lo que ocurrió después no.

El pangolín no tuvo que enfermarse y luego infectar al ser humano. Y en este punto aclaro que todavía no hay evidencia que, fuera de toda duda, apunte al pangolín como el vector que hizo falta para que el primer ser humano se infectara.

Mientras escribo estas líneas, a principios de noviembre de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció una misión en China para investigar cómo nació la pandemia. Esto, claro, a casi cuatro meses de retraso y negociaciones discretas con un gobierno siempre receloso de los extranjeros que llegan a meter sus narices.

Al mismo tiempo, hay quienes dudan de que el mercado de Huanan en Wuhan haya sido la «zona cero» de la pandemia. Se analizaron 336 animales de ese mercado y ninguno dio positivo para sars-CoV-2, pero en las aguas residuales de la zona sí se encontraron restos genéticos del patógeno.

Si no fue el mercado de Wuhan en específico, fue en otra zona donde animales arrancados de sus hábitats e infectados previamente por un murciélago se mezclaron con seres humanos, lo que dio inicio a la cadena de contagio que culminó en esta crisis sanitaria global a la que asistimos.

Y, en este punto, va un comentario para quienes vivimos en México: aquí, hay 15 especies endémicas de murciélagos, esto vuelve a nuestro país el primer lugar en diversidad en el mundo, por concentrar la mayor cantidad de especies únicas de este tipo de mamífero volador. Aproximadamente 10?% de todas las especies conocidas de murciélagos habita en México. Son datos que merecen una gran reflexión si lo que se busca es evitar que una pandemia como la que nos azota hoy vuelva a suceder en el futuro.

La cuestión es que a finales de 2019, en China, empezaron a presentarse unos pocos casos de una enfermedad muy extraña, severa, con alto índice de mortalidad y que nadie identificaba con alguna enfermedad respiratoria conocida.

En noviembre de ese año, algunos médicos hicieron sonar las alarmas y el gobierno chino decidió silenciarlas. Los contagios se diseminaron, se extendió la epidemia y la gente comenzó a morir. Esto no estaba predestinado. Fue la consecuencia directa de las decisiones tomadas por el gobierno chino que, al ver la situación, debió avisar a las autoridades sanitarias internacionales. Pero se tardó en hacerlo.

Así, el virus salió de China con el primer ser humano infectado que tomó un vuelo hacia el extranjero. Y esto, insisto, sí era evitable.

No tardaron en detectarse los primeros casos de esta infección fuera de China. Las autoridades sanitarias mundiales recibieron este aviso, pero tardaron en tomar medidas. Cuando finalmente lo hicieron, su reacción fue tibia.

Ya había contagios por todas partes y los gobiernos de cada nación decidieron, al ver la vacilación de las autoridades sanitarias internacionales, que sus respuestas también podían ser tibias. Algunos jefes de Estado parecieron pensar: «A lo mejor aquí ni llega y me puedo ahorrar el cierre de fronteras y demás dolores de cabeza». Son decisiones complicadas, ¿no? Tardaron en tomarse y, cuando finalmente se hizo, fueron insuficientes.

Como tantos otros problemas complejos, la pandemia requiere la toma de decisiones riesgosas. Por el efecto que podían tener, solo podían ser tomadas por los jefes de Estado. Se necesitaba que estadistas con gran visión tomaran esas decisiones difíciles. Y se necesitaba valor para asumir el riesgo, el riesgo de equivocarse y convertirse en el hazmerreír del mundo.

La presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, sí asumió las decisiones que en China tardaron en tomarse y que México, directamente, nunca hizo suyas.

Hablamos de una pequeña isla, casi pegada a China, que depende enormemente del tráfico de mercancías y personas que vienen y van desde y hacia ese gran país. En Taiwán se tomaron las decisiones difíciles y riesgosas con el valor y la visión que se necesitaba.

Ellos reportaron su primer caso de covid-19 el 21 de enero de 2020. Al 28 de diciembre, en Taiwán solo se han registrado siete muertes. Allí no tienen que preocuparse por cuántas camas o ventiladores tienen. Se ahorraron un costo infinitamente más alto, en vidas, en términos económicos y en todo lo demás.

Y un último párrafo sobre el espíritu de respeto al prójimo, que reina en la cultura asiática y que Occidente debería adoptar, sobre todo en lo relativo al uso del cubrebocas: el uso masivo de este dispositivo es una medida efectiva y barata que complementa «la distancia social y el lavado de manos» en esta crisis sanitaria, decía ya en abril de 2020 un artículo escrito por tres científicos orientales y publicado por The Lancet. Esta medida ha cambiado el eje de la discusión: así se pasa «de la autoprotección al altruismo, e involucra activamente a cada ciudadano, como símbolo de solidaridad social en la respuesta global a la pandemia».

Se pudo haber controlado

Cazadora de microbios, como suelo definirme, llevaba una vida relativamente tranquila al frente del Laboratorio de Genética Molecular de la Facultad de Odontología de la unam cuando empecé a leer las primeras noticias sobre un virus en Asia. Era enero de 2020 y supe enseguida que, a diferencia de la epidemia de sars, la cual afectó a varios países asiáticos en 2002, este brote iba a ser muy difícil de contener.

Cinco días más tarde, el 12 de enero de 2020, a una velocidad irreal, China dio a conocer la secuencia genómica del virus causante de la enfermedad por covid-19 y a los pocos días reveló un método molecular para detectarlo. Por aquel entonces era un método engorroso, realizado por medio de la técnica de RT-PCR (reacción en cadena de la polimerasa con transcriptasa reversa), del cual se derivó, casi en seguida, el Protocolo de Berlín —test de diagnóstico adoptado masivamente en todo el mundo, diseñado en el laboratorio que dirige el virólogo estrella de Angela Merkel—, pero la velocidad con la que China tomó las riendas del problema fue sorprendente.

El 9 de enero de 2020, se reportó el primer fallecimiento por covid-19 en China y cuatro días más tarde Tailandia dio aviso de su primer caso. Muy pronto, otros países como Japón, Corea del Sur, Nepal, Vietnam, Singapur, Australia, Estados Unidos, Hong Kong, Francia, Malasia y Canadá informaron sobre la presencia de los primeros casos importados en sus territorios. A pesar de ello, siguiendo las recomendaciones de su Comité de Emergencia, el 23 de enero, el Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tomó la decisión de no declarar la dispersión de covid-19 como una emergencia mundial de salud pública.

Mucho se ha discutido sobre la respuesta de la OMS durante la pandemia y particularmente en las etapas iniciales. A pesar de los esfuerzos más recientes por defender sus decisiones, sus llamados tempranos a la comunidad internacional fueron tardíos y tibios.

Un mes después del aviso por parte de las autoridades chinas, con casos reportados en cuatro continentes, la OMS finalmente declaró la emergencia, pero no fue hasta el 9 de marzo cuando decidió declararla oficialmente pandemia; habían ya más de 110 países que en conjunto reportaban alrededor de 113?000 casos y cerca 4?000 defunciones.

En este punto retrocedamos un poco en el tiempo para aclarar algunas cuestiones: como narré al principio de este libro, en el origen de esta pandemia no hubo ninguna conspiración del Partido Comunista Chino, ni manipulación de virus, ni virus sintéticos creados en un laboratorio de ingeniería genética, ni el absurdo de haber sido propagado por antenas de la red 5G o extraterrestres. Al día de hoy, hay un gran consenso entre los científicos internacionales para convenir que el sars-CoV-2 es producto de la evolución natural.

Esto quiere decir que, tal como ocurrió con el vih, que saltó de un simio a un humano, el virus que provoca covid-19 brincó de un huésped no humano a una persona. Todavía no está claro cómo se produjo este salto, ni si el virus estaba en su versión patógena antes de saltar a los humanos o si se volvió patógeno entre la población humana. Saberlo, indica la revista Nature, ayudaría a prevenir futuras pandemias como la que vivimos actualmente.

Lo que sí se sabe es que algunos pájaros y mamíferos como los murciélagos, las civetas, los camellos o el ya famoso pangolín alojan naturalmente múltiples coronavirus. En los humanos hay siete clases de coronavirus conocidos que pueden infectarnos. Cuatro de ellos (HKU1, NL63, OC43 y 229E) provocan distintas variedades del resfrío común. Y otros tres, de aparición reciente, producen trastornos mucho más mortíferos, como el síndrome respiratorio agudo y grave (sars), surgido en el año 2002; el síndrome respiratorio de Medio Oriente (mers) (de 2012), y covid-19, cuyo primer brote se reportó en diciembre de 2019.

Una característica de este microorganismo es que concentra su primer ataque, cuando aún no se le detecta, en el tracto respiratorio superior de la persona infectada, desde la nariz a la garganta, donde se reproduce velozmente. A partir de ese instante, la persona contagiada, que no siente nada, se transforma «en una potente bomba bacteriológica y empieza a diseminar en su entorno» —simplemente al hablar o al respirar— el virus sars-CoV-2.

Solo una minoría de las personas infectadas sufre el segundo ataque del patógeno, enfocado esta vez en los pulmones, de manera similar al sars de 2002 (aunque la carga viral del nuevo coronavirus es mil veces superior a la del sars), lo que provoca trastornos microvasculares caracterizados por alteraciones inflamatorias y de la coagulación que resultan en daños a diferentes órganos y tejidos, incluyendo neumonías que pueden llegar a ser fatales, sobre todo en personas de edad avanzada con enfermedades crónicas.

En fin… Como dije, la pandemia se pudo evitar.

El problema es que muy pocos países actuaron lo suficientemente temprano, como Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Vietnam.

En Nueva Zelanda, Jacinda Ardern también tomó muy pronto decisiones más agresivas, adelantándose a otros países desarrollados, como el confinamiento para toda su población durante un mes y el cierre total de las fronteras del archipiélago. El objetivo central de la primera ministra neozelandesa fue buscar la «eliminación» de la enfermedad, en lugar de la «mitigación» que se aplicó en muchos otros países, México incluido.