Opinión

Tierra roja · Pedro Ángel Palou

La novela de Lázaro Cárdenas.

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ADELANTOS EDITORIALES

De algo está seguro el presidente Lázaro Cárdenas al tomar posesión en el Estadio Nacional en 1934: lo último que el país necesita es otro caudillo. La Revolución ha terminado pero sus ideales no se han cumplido. Falta paz y justicia. Falta un orden institucional. Su gobierno, el que permitió la entrada al México moderno, será el del reparto agrario, la expropiación petrolera y el apoyo a la lucha sindical.

Mientras él enfrenta al intervencionismo norteamericano y las traiciones de los viejos revolucionarios —liderados por Calles, el Jefe Máximo—, Filiberto García, el detective de la policía secreta que desenmascaró el célebre Complot Mongol, investiga los casos más siniestros, desde los crímenes de la nota roja hasta el asesinato de Trotski en Coyoacán.

Entre cameos de Cantinflas y Pedro Infante, de Agustín Lara y Diego RiveraTierra roja, con su acertada mezcla de ficción histórica y realidad novelada, nos lleva a revisitar —ahora que el petróleo vuelve a ser tema— el sexenio de ese hombre valiente que fue el Tata Lázaro, un verdadero estadista de quien hoy en día tendríamos mucho que aprender.

Fragmento del libro Tierra roja© 2020, Booket. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Pedro Ángel Palou. Nació en Puebla en 1966. Ha sido vendedor de ropa, árbitro de futbol, chef, funcionario público, administrador de educación superior y conductor de televisión.

Tierra roja | Pedro Ángel Palou

#AdelantosEditoriales

 

Fragmento Tierra roja de Pedro Ángel Palau

Un muchacho camina. Apenas un chamaco, se esconde entre los matorrales, detrás de los escasos árboles. Uno tras otro, enjutos, proyectan su sombra larguísima en la tierra ardiente. No fue buena idea salir al alba, pero temía por su vida. Ahora teme por su sombra, por eso se oculta al llegar a cada árbol, para que la sombra, que lo persigue, desaparezca. Dos horas atrás confundió a un espantapájaros con un jornalero y estuvo a punto de orinarse en los pantalones. Tardó unos instantes en percatarse de la confusión y luego anduvo más aprisa, sudoroso y jadeante, jugando a escapar de su sombra hasta que el sonido lejano de un riachuelo lo desvió de su camino. Bebió agua tan deprisa que el abdomen comenzó a dolerle y solo entonces, contrito por el dolor, se permitió descansar, sentarse en la tierra, poner una pausa en su huida. Ha reanudado la marcha, sin darse cuenta de su propio cansancio. No es la primera vez que tiene que salir así de Jiquilpan, por piernas. Esta vez, sin embargo, cree que su destino será el pelotón de fusilamiento. Se ve ya con los ojos vendados, cayendo al polvo, gris, frente a un muro apenas cubierto con cal. Pero no es eso lo que se había imaginado para sí tiempo atrás cuando escribió en su diario casi infantil, como si otra mano detrás de la suya dictara las palabras:

Creo que para algo nací. Para algo he de ser. Vivo siempre fijo en la idea de que he de conquistar fama. ¿De qué modo? No lo sé. So-ñaba una noche que andaba por las montañas con una numerosa tropa libertando a la patria del yugo que la oprimía. ¿Acaso se realizará esto? Puede ser. De escribiente jamás lo lograré, pues en este puesto no se presentan hechos de admiración. ¿De qué pues lograré esta fama que tanto sueño? Tan solo de libertador de la patria. El tiempo me lo dirá.

El tiempo atina solo a decirle que quizá morirá antes de alcanzar fama alguna. Si sus escasas dotes de escribiente le consiguieron entrar a la Revolución, ahora todo parece estar llegando a su fin. Para él y para el país que soñaba liberar en ese apunte de junio de 1912. Desde muy pequeño ha sentido que solo lo que queda escrito ha tenido lugar, por eso lleva ese diario donde registra de un plumazo lo que le va ocurriendo, como un notario o un contable. No es momento, sin embargo, de escribir nada. ¿Logrará huir de sus perseguidores? Esa es la única pregunta que lo mueve en el momento en el que se levanta del suelo, con la sed saciada, y piensa por vez primera con la cabeza fría hacia dónde debe dirigir sus pasos para salir bien librado de esta nueva fuga.

A lo lejos el fuego. Se percata de ello por los intensos nubarrones de humo. Por la lejanía seguramente se trata de la hacienda de Gua-racha, cerca de Jiquilpan. ¿Estarán los federales quemándolo todo? Piensa entonces que lo mismo puede ocurrir con la casa de su madre, con sus hermanas dentro. Lo curioso del fuego, tan lejos, es que no huele, pero igual asusta. Una hilera de huizaches, pródiga, vuelve a esconder su sombra delatora. En aquella primera escapada, al día siguiente estaba en el rancho de su tío, La Concha. Así le dice su madre, el rancho de su tío, pero no es suyo, él solo lo administra. Ha trabajado desde la muerte de su padre, primero como meritorio en la oficina de pagos del ayuntamiento y luego como aprendiz de impresor. Se hizo socio del lugar cuando el dueño tuvo que venderlo y allí imprimió una proclama revolucionaria que él mismo —hace tanto y hace tan poco— llevó a Guaracha. Pero la guerra tiene sus reveses y los alzados fueron vencidos y él huyó en aquella ocasión, diciéndole a su madre que se iba con su tío para alistarse con las fuerzas del general García Aragón. El revolucionario lo tomó a sus órdenes como secretario porque el suyo propio había ido a hacer unas diligencias a la Ciudad de México y le gustó su letra izquierdilla; le dio grado de capitán. Para poder alistarse con los bandidos tuvo que mentirle a su madre, Felicitas, y escaparse de su tío. Lo prendieron en Jiquilpan, pero logró fugarse saltando bardas con la complicidad de dos amigos: los hermanos Medina. Esta zona es huertista y lo pueden prender y fusilar. ¡Cuánto miedo da tener miedo!

Hace tiempo que los recuerdos le vienen así, sin decir agua va. Está sentado leyendo el periódico y le aparece una escena de su ju-ventud, completa. Puede oler, puede oír y hasta sentir cada imagen de su memoria. Percibe la hierba, el olor a mojado de la tierra, como si el tiempo no hubiese pasado. Pero ya son muchos años desde que aquel muchacho de diecisiete saliera a pelear la Revolución. Pudo escapar en aquella vez y se fue para Guadalajara donde ya había estado pero de incógnito, como acomodador de botellas en una cantina, La Perla. No se iba a seguir escondiendo, al contrario. Con su rango de capitán segundo se iba a alistar. Algo de la aventura le picaba con su comezón de incertidumbre. ¿O sería la cercanía de la muerte? Dos meses después de haberse ido con los bandidos de García Aragón aprendió el sabor de la derrota militar. Un general huertista de sin-gular nombre, Rodrigo Paliza, casi acaba con su batallón y él tuvo que salir pitando en las ancas de un caballo. La guerra enseña a punta de madrazos y de heridas si se tiene la suerte de salir vivo. Uno de los lugartenientes de su general García Aragón, Zúñiga, lo toma de nuevo. No le gustaban sus formas. Aún tiene presente cuando iba a fusilar a un cura y fue preguntado por la causa del castigo: «Por bo-nito y por cabrón», se limitó a sentenciar. En la guerra hay también muchas injusticias, quizá porque no hay tiempo para pensar o quizá porque las batallas sacan también lo peor de los hombres. El muchacho asustadizo que huía de su tierra había aprendido, y rápido. Para el 8 de julio de 1914 ya está bajo las órdenes de Lucio Blanco y comanda el 22º Regimiento de la división de caballería del Ejército del Noreste. Se bate contra las fuerzas de José María Mier en Atequiza. Luego se va con las fuerzas obregonistas a la Ciudad de México, encargado de contener a los zapatistas. Lo nombran mayor pero se queda huérfano. Lo piensa ahora que pasa revista a esos años de formación: nunca tuvo padre. Desde la muerte de don Dámaso él hizo las veces de papá de sus hermanos y se encargó de llevar dinero a la casa —magro esfuerzo que su madre paliaba cosiendo ajeno—. A Eugenio Zúñiga se lo matan a puñaladas de marrazos por un pleito absurdo y a su general Guillermo García Aragón, con su hermosa barba de candado, lo ajustician por órdenes de Zapata en la Escuela de Tiro. Vienen otros oficiales a dar órdenes, pero ya no es lo mismo. Además el río anda muy revuelto y sus superiores se incorporan al ejército de Maytorena. No le gusta nada Villa —le parece impulsivo, casi ani-mal— y decide pasarse con todos los elementos de guerra al bando carrancista que ha roto con la Convención de Aguascalientes.

Así, sin padre, llega a Agua Prieta. Dos años ha estado metido en la contienda. Es un 28 de marzo. Lo ha apuntado, como siempre, en su diario. El general Calles le da la mano y lo recibe con cariño. Allí están Francisco Serrano y Adolfo de la Huerta. Lo mandan a combatir a Anivácachi y al mando de medio millar de hombres gana la batalla y desplaza al enemigo. Toma Naco y prohíbe el alcohol. Ca-lles le regala su caballo. Es todo valentía, todo bravura. Algo nuevo ha nacido en él con el triunfo militar. En Santa Bárbara resiste el ataque de ochocientos hombres. Tres días de balas y sin víveres. Lo nombran coronel. «Se lo merece, chamaco», le dice Calles y le encarga el primer sector en la defensa de Agua Prieta. El 6 de noviembre, después de haber conseguido hacerse de un cañoncito dejado por los villistas, conoce a Álvaro Obregón. Calles lo presenta como un jefe muy bravo. Pide permiso para ir a ver a su madre enferma en Jiquilpan. Regresa a su pueblo como un héroe, ya no como un forajido. Felícitas está rezando el rosario cuando él llega. Se la lleva a Guadalajara para que la atiendan y se trae consigo a sus hermanos como parte de su Estado Mayor. Se está en Sonora, junto a Calles, pero lo manda a combatir a Villa. Le hubiese gustado tanto quedarse a ver cómo la Revolución, cuando no es lucha a muerte, sirve para algo; su nuevo jefe está empeñado en reformarlo todo. El Centauro del Norte, como se hace llamar, ha tomado Columbus en Estados Unidos y luego se ha vuelto a esconder en la sierra de Chihuahua.

Cuando por fin le es dado regresar a Michoacán para combatir a Jesús Cíntora, a José Altamirano y a Inés Chávez García, esos sí verdaderos bandidos que tienen asolada a su tierra, pasa a Guadalajara a saludar a su madre. Está agonizando. Muere al día siguiente. Su hermana Angelina la cuidaba, a ella y a Alicia. Porque ha tenido una hija con una mujer en el norte y se la ha traído un año antes con su familia, para que la eduquen. Ahora la niña se ha quedado sin abuela y él sin madre. Apenas tuvo aliento para esperar su llegada, escribe desesperado en el diario esa tarde. Con su precisión notarial apunta: «Mi madre murió el 21 de junio de 1918, en la ciudad de Guadalajara, en la casa no. 70 de la calle Morelos», como si esos datos borraran la tristeza. Dos meses estuvo muriéndose y él sin poder ir a verla, mientras le hacía campaña a Villa y Maytorena. Ha detenido a su Columna Expedicionaria de Sonora en Guadalajara para verla morir y enterrarla. Felícitas logra aconsejarle: «Cuida de tu chi-quita Alicia».

En la Huasteca permanece como jefe de Operaciones Militares. La Revolución lo ha curtido. Se suma al Plan de Agua Prieta y desconoce a Carranza. Es 20 de mayo de 1920 y la columna del viejo presidente pasará por su zona. Siente que debe capturar al presidente. El Espinal se ha salido de cauce y no puede cruzarlo por dos días. Carranza ha muerto y Calles le pide que escolte al general Herrero a la Ciudad de México para que rinda cuentas por lo ocurrido en Tlaxcalantongo. Tiene veinticinco años y ya es general brigadier. Han pasado ocho años de guerra y está harto de las balas. Quisiera regresar a Jiquilpan e iniciar un negocio. Licenciarse del ejército. La vida tiene otros planes para él, quizá porque la vida no es muy seria en sus cosas. Lo nombran gobernador interino y jefe de Operaciones Militares en Michoacán. Una tarde, saliendo de una cantina, se le acerca el general Francisco J. Múgica, que contiende a la gubernatura. Lo increpa: «Usted representa a la Revolución, no me explico cómo es posible que venga a beber y ande de parranda». Está a punto de pegarle al chaparrito, pero recapacita. La ira se convierte en pena y ati-na a pronunciar una disculpa. No volverá a beber, aunque sigan otros años de anarquía amorosa y vengan otras varias mujeres como la madre de Alicia. Le quedan ciertos vicios.

En 1922 salva la vida de Múgica, a quien Obregón crípticamente había pedido eliminar: «Suyo de hoy —le llega el telegrama de Obregón al tren—, enterado que el general Francisco J. Múgica fue muer-to al pretender ser libertado por sus captores». Mejor aparentar que nunca se leyó la misiva, dejarlo escapar. Todos luchan contra todos. ¿Es ese el destino de cualquier revolución? Se matan entre sí, con ansia de poder. Eliminar contendientes es una especie de deporte. En 1923, «Granito de Oro Buelna», sin embargo, le enseña que entre los enemigos hay también hombres de ley. El 26 de diciembre se batió con él en Huejotitán. Dos mil hombres en cada bando: Buelna por los delahuertistas, él a las órdenes de Obregón. La necedad. La bravura sin razón. No lo sabe. Solo que no le hizo caso al general Paulino Navarro de tocar parlamento. Navarro murió y él resultó herido de gravedad. Buelna lo mandó a un hospital de Guadalajara, medio desangrado. Las mujeres devotas de su pueblo organizan rezos y rogativas públicas para que resucite, haciendo honor a su nombre. Y no al tercer día, pero pudo levantarse para seguir peleando, de nuevo en las Huastecas y el Istmo a causa de la nueva Ley de Petróleo de su maestro Calles. Porque la vida no es muy seria en sus cosas, ya lo decíamos, la suerte le lleva al mismo sitio donde ahora reside, Tuxpan, a Múgica. Vendrán los años de lecturas —el general y Luis Cabrera están allí porque han conseguido una pequeña concesión petrolera—. Su jefe de Estado Mayor, Manuel Ávila Camacho, también se incor-pora a la tertulia y lleva otros libros sobre la Revolución francesa, que admira. Son meses de discusión y de planes. Él no tolera más muertes y rupturas. ¿Cuándo terminará la guerra y se construirá país? Es ya general de división. Siempre se referirá a esos meses como los de «Tuxpan de los ideales».

Esas preguntas la vida te hace contestarlas con encomiendas precisas. Se convierte en gobernador de Michoacán. Va y viene de ese cargo a otros para los que pide licencia —el recién formado partido, la Secretaría de Gobernación con Ortiz Rubio, a quien llaman sus malquerientes «Nopalito», por baboso—, intenta hacer como su ge-neral Calles en Sonora —y en sus primeros dos años con el país—: reformarlo todo. Para eso se tiene el poder, es lo único que lo hace legítimo, piensa. Le toca seguir en pie de guerra, combatiendo escobaristas. Pero cuando vuelve a Michoacán supervisa las obras que ha encomendado al hermano, Dámaso. Lo enorgullece la creación de su Confederación Michoacana del Trabajo. Le place ir derrotando cristeros sin derramar más sangre. Repartir tierras. ¡Para qué la Constitución del 17 si no para cumplirse! Y llega allí el amor, también. Una joven de Tacámbaro, Amalia Solórzano, a quien conoció en 1928 cuando estaba de gira para la gubernatura. Quería casarse con ella antes de tomar posesión, pero la familia lo impidió. Se la llevaron a Puebla y luego a la Ciudad de México con las monjas. Me-dio a escondidas fueron novios cuatro años y meses. El tiempo que duró la gubernatura, con sus idas y venidas. La iba a ver a caballo a su rancho El Ciprés cuando regresaba de vacaciones y hasta al Co-legio Tacuba en la Ciudad de México, cuando estaba en clases. Las monjas nunca la dejaban a solas con él. Todos los días le escribía una carta, sin faltar.

Es un tiempo horrible, y es una gran época, no se la perdería por nada del mundo. Eso piensa el general al doblar el periódico que ha leído mientras el chofer, un cabo, lo conduce en el Packard a su casa en Pátzcuaro, que llama Quinta Eréndira. Demasiados años han pasado y él aún intenta recordar las palabras que le dijo su madre al despedirse de él, cuando decidió irse a la Revolución. Ha cambiado dentro de su cabeza la frase tantas veces que ha terminado por no creérsela. Con recelo, al apearse del auto, ve llegar a su memoria la dulce voz que le murmura al oído, mientras lo persigna: «Lázaro, tú no seas como ellos». ¿Lo ha logrado? Ha estado leyendo La sombra del caudillo, le han traído de España un ejemplar de la novela. Aunque no diga nombres es claro que el autor habla del asesinato de Francisco Serrano y los suyos en Huitzilac. Es atroz. Porque atroz ha sido la lucha encarnizada que lleva ya veintidós años desde que se iniciara la Revolución. Es absurdo seguirse matando. ¿Cuántos que han roto con el caudillo de carne y hueso, no el de la novela, han podido seguir vivos? Adolfo de la Huerta, a quien tanto estima, da clases de música en Texas. Cientos viven, como Luis Guzmán, en el exilio por su ideas. Eso no es paz. «O nosotros le madrugamos bien al caudillo o el caudillo nos madruga a nosotros; en estos casos triunfan siempre los de la iniciativa. El que primero dispara, primero mata. La política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo: madrugar.» Ha subrayado esa frase, tan cierta y tan terrible. A él mismo le ha tocado aplacar a varios madrugadores por órdenes del caudillo. ¿Hasta cuándo será posible vivir felices todas las patrias?

Le han traído el periódico de la capital, El Nacional. Es el 6 de abril de 1932. El último mes ha estado lleno de viajes, de insinuaciones, de intrigas. El presidente Abelardo Rodríguez lo ha invitado a Cuyutlán, en compañía de Calles y del general Amaro. Luego se ha seguido con Calles a Guadalajara a la protesta del gobernador. Ha ido a Chapala a la finca de Amaro a seguir hablando con Calles. El llamado Jefe Máximo sigue dictando la lección, como cuando era maestro en Guaymas. Ya se están moviendo las fichas para suceder al presidente interino. Muchos piensan en él. El hijo del general Calles ha empezado a convencer a gobernadores en su favor. Otros muchos piensan en Manuel Pérez Treviño o en el propio Amaro. Mejor estarse quieto. Por eso ha ido por dos días a Pátzcuaro, a pensar. Benigno Serrato será designado gobernador y su hermano Dámaso senador en la convención del 17. Todas las fuerzas votarán en esos términos. En el periódico se entera de la noticia y después de desayunar monta en su caballo. Irá a ver a Amalia, a darle la funesta noticia. Su com-positor favorito, Guty Cárdenas, el de «Un rayito de sol», con el que han bromeado tanto, ha sido asesinado en una cantina de la Ciudad de México. «Tú deberías ser como ese rayito, Lázaro, y meterte por mi ventana para despertarme, como la aurora», bromeaba seguido Ama-lia. Se lo tiene que decir personalmente, sabe que le causará mucho pesar. Su joven novia es sentimental. Llega a El Ciprés a mediodía y le tiende el periódico doblado con la noticia encerrada en un círculo rojo. «¡No puede ser! ¿Cómo pasó?», solloza ella. Leen juntos la nota roja firmada por Eduardo Téllez.

—¿Y usted qué carajo hace aquí, Téllez? —inquirió el policía cuando entró a la cantina ubicada en el número 32 de la avenida Madero. La calle mustia, se diría tímida, mostraba la violenta oscuridad de la noche. No había música, ni voces, ni ruido. La silenciosa soledad de la muerte era lo único que podía sentirse, palparse, esa madrugada.

—Lo mismo que usted, Filiberto, investigo un asesinato.

—¿Y para qué, si mañana de todas formas escribirá murió mis-misteriosamente? A usted no le interesa la verdad, solo vender periódicos.

—Mire, Filiberto, yo sé que no le gusta verme en sus casos y menos si llego al lugar antes que usted, pero en esta ocasión puedo ser hasta su informante: fui testigo ocular.

—¿Me va a decir que estaba ya usted acá, en el Salón Bach, cuando ocurrieron los hechos?

—Efectivamente, capi. No le voy a mentir declarando que vi todo, porque estaban en un pullman de los reservados y yo en otro. Pero escuché los balazos y me asomé a ver de qué pistola salían.

—Menudo testigo será entonces, Téllez. Ande, vamos adentro.

—Lo sigo, capi. A sus órdenes —bromeó el periodista.

El bar era un infierno. Filiberto García se tocó el sombrero tejano a manera de saludo cuando se acercó el dueño a recibirlo. Gordo, sudoroso, porcino el gachupín. Luego también se presentó el barman, solícito. Se le acercó un policía de placa y le hizo el saludo.

—Me mandaron de la Cuarta Circunscripción a hacer el levantamiento de los hechos, capitán. Todavía llegué a tiempo para desarmar al atacante —pronunció airoso, como si hubiese resuelto el crimen. Un gendarme con vocación de héroe.

—¿Y dónde está el desgraciado? —preguntó García, haciéndose una idea de lo ocurrido. El muerto estaba en el suelo, ahogado en su propio charco de sangre. Una mujer lloraba, con suspiritos entrecortados, cerca del cadáver. La ambulancia de la Cruz Verde había lle-gado ya pero no le permitieron tocar nada hasta que se hiciera el levantamiento respectivo. Unos camilleros intentaban sacar a otro hombre, herido, en su camilla.

—¿Adónde creen que van? ¿No será ese el homicida? —gritó Filiberto.

El policía de placa negó con la cabeza y luego dijo:

—Descuide, capitán. Es el hermano y está gravemente herido. El que disparó está allí —señaló con la mano, ufano, casi felino, mientras García miraba al hombre esposado a una de las columnas del local.

Eduardo Téllez, el Güero, apuntaba todo en su libretita, en taquigrafía, desesperadamente veloz, como si no quisiera perderse ningún detalle. «Pinches periodistas metiches, ahora voy a tener que aguantar a Téllez toda la noche. Y luego para colmo quién era el muerto, Agustín Cárdenas Pinelo, el compositor yucateco. La noticia se va a regar como pólvora y hasta el pasquín más rascuache va a sacar raja del tema.» Su jefe, Valente Quintana, lo había mandado con una simple advertencia:

—Este es un caso para resolver en un par de días, García. ¿Me entiende? Enterramos al cantante y a la chingada. Nada de ocho columnas ni de periodistas husmeando en los sótanos de la Policía Reservada o preguntando de más. Ya sabe lo que pienso de esos cagatintas.

«Y ahora Téllez, medio pedo, haciéndose el testigo ocular. Pinche oficio este de policía, mal pagado y peor comido.»

Más le valía encontrar a otros que hubiesen visto lo que sucedió o tendría que apretar tuercas en el sótano de la Policía Reservada y su jefe, Quintana, quería resultados rápidos. Una mujer lloraba, desconsolada, como si las cosas hubieran ocurrido recién. García se le acercó:

—Señorita, discúlpeme la intromisión en medio de su pena —y le extendió su pañuelo para que secase los lagrimones de cocodrilo—, ¿es usted algo de la víctima?

—Su amiga —respondió apenas, sorbiéndose los mocos y extendiendo una mano lánguida al tiempo que se presentaba—: Rosita Madrigal, para servirle a usted.

Filiberto García pensó que todos tenían nombre artístico esa noche.