Opinión

Somos la revolución · Joshua Wong

Qué amenaza a la democracia y por qué debemos actuar ahora.

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ADELANTOS EDITORIALES

A los catorce años Joshua Wong ya hizo historia. Mientras los adultos guardaban silencio, Joshua escenificó la primera protesta de estudiantes en Hong Kong en contra del sistema de educación nacional, y ganó.

Desde entonces, Joshua ha fundado Demosisto, ha liderado la Revolución de los Paraguas y ha encabezado las protestas contra la ley de extradición en las que han participado, tomando las calles de Hong Kong, 1,7 millones de personas, un cuarto de la población total del país. Sus acciones han provocado la atención del mundo entero, una nominación al Premio Nobel de la Paz y más de cien días de prisión.

Esta es la historia de Joshua contada por vez primera, directamente desde la primera línea del activismo. Recopilando sus cartas escritas en la prisión y sus reflexiones personales, Somos la revolución es el grito a la guerra de Joshua para que todos nos levantemos y luchemos por nuestras libertades.

Fragmento del libro "Somos la revolución. Qué amenaza a la democracia y por qué debemos actuar ahora", de Joshua Wong. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

Joshua Wong nació en 1996. Ha sido nombrado por TIME, Fortune y Forbes como uno de los líderes más influyentes de la actualidad. En 2018 fue nominado al Premio Nobel de la Paz por su papel como líder en la Revolución de los Paraguas.

Somos la revolución · Joshua Wong

#AdelantosEditoriales


Fragmento Somos la revolución. Qué amenaza a la democracia y por qué debemos actuar ahora de Joshua Wong

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Hacia la tierra prometida: la ascensión del nuevo hongkonés

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Nací en 1996, el año de la rata de fuego, nueve meses antes de que Hong Kong volviera a tener soberanía china.

Según el zodiaco chino, que se divide en ciclos de sesenta años, la rata de fuego es aventurera, rebelde y parlanchina. Aunque al ser cristiano no creo ni en la astrología occidental ni en la oriental, esas predicciones sobre la personalidad me parecen muy acertadas, sobre todo la que me describe como un hablador compulsivo.

«Cuando Joshua todavía era un bebé, incluso con el biberón en la boca, hacía todo tipo de ruidos, como si estuviera dando un discurso.» Así es como sigue presentándome mi madre a los nuevos miembros de nuestra iglesia. No recuerdo cómo era de niño, pero su descripción es muy verosímil y la creo.

Cuando tenía siete años, me diagnosticaron dislexia, un trastorno que dificulta la escritura y la lectura. Mis padres se dieron cuenta enseguida, pues tenía problemas incluso con los caracteres chinos más básicos. Era incapaz de distinguir palabras sencillas como «grande» (?) o «muy» (?), que los alumnos de preescolar aprendían en un día. Cometí los mismos errores en los deberes y en los exámenes hasta bien entrada la adolescencia.

Pero mis problemas de aprendizaje no afectaron la forma de expresarme. Hablar con confianza compensaba mi debilidad. Los micrófonos y yo nos llevábamos bien. De niño contaba chistes en las reuniones parroquiales y hacía preguntas que no se atrevían a formular ni los niños mayores que yo. Bombardeaba al pastor y a los mayores con dudas como: «Si Dios es tan misericordioso, ¿por qué deja que sufra la gente en casas jaula en Hong Kong?», o: «Damos donativos a la iglesia todos los meses, ¿dónde va a parar ese dinero?».

Cuando mis padres me llevaban de viaje a Japón o a Taiwán le arrebataba el megáfono al guía y compartía datos que había encontrado en Internet sobre lugares que visitar o cosas que hacer, y pasaba de un tema a otro como si fuera lo más normal del mundo. Los viajeros aplaudían entusiasmados.

Mi locuacidad y mi curiosidad innata me proporcionaban elogios y risas allá donde iba. Gracias a que era bajito y mofletudo, lo que podría haberse considerado como molesto o arrogante, se me perdonaba por ser «mono», «peculiar» o «precoz». A pesar de que había profesores y padres que deseaban que ese pequeño sabelotodo se callara alguna vez, normalmente eran una minoría y en el colegio y en la iglesia me idolatraban. «Tu hijo es especial. Algún día será un abogado excelente», le decían los feligreses a mi padre.

En Occidente, en un niño que habla con franqueza puede verse un político en ciernes o un activista por los derechos humanos, pero en Hong Kong —uno de los lugares más capitalistas del mundo— esas carreras no se desearían ni al peor enemigo. Para la mayoría de los padres, el epítome del éxito es desarrollar una lucrativa carrera en la abogacía, la medicina o las finanzas. Pero mis padres no son así, ni me educaron de esa forma.

Mis padres son cristianos fervientes. Mi padre fue un profesional en tecnologías de la información antes de jubilarse anticipadamente para dedicarse a la iglesia y al trabajo comunitario. Mi madre trabaja en un centro comunitario local que proporciona asesoramiento familiar. Se casaron en 1989, pocas semanas después de que el Gobierno chino enviara tanques para aplastar las manifestaciones estudiantiles en la plaza de Tiananmén. Mis padres decidieron cancelar las celebraciones nupciales y enviaron notas escritas a mano a sus amigos y familiares con un mensaje muy sencillo: «Nuestro país está en crisis, los recién casados no deberían andarse con ceremonias». En una cultura en la que los caros banquetes de bodas son un rito tan iniciático como la propia boda, su decisión fue atrevida y noble.

Mi nombre chino, Chi-fung, proviene de la Biblia. Los caracteres ?? significan «algo afilado», una referencia a Salmos 45, 5 que dice: «¡Que penetren, oh rey, tus agudas flechas en el corazón de tus enemigos, y que los pueblos se rindan ante ti!». Mis padres no querían que atravesara el corazón de nadie, pero sí que dijera la verdad y la utilizara como una espada para cercenar las mentiras y la injusticia.

Fui un niño como otro cualquiera, aunque dotado de una inusual locuacidad. Mi mejor amigo en primaria fue Joseph. Era más alto, más guapo y sacaba mejores notas que yo. Podríamos habernos juntado con los chicos más populares del colegio, pero nuestra tendencia a hablar sin parar, incluso en clase, a pesar de estar a siete pupitres de distancia, nos unió definitivamente. En segundo de primaria (con seis y siete años), nuestro profesor, el señor Szeto, estaba tan harto de que no paráramos de hablar que solicitó al director que en los siguientes cursos nos pusieran en clases diferentes. Pero no lo consiguió.

Joseph y yo éramos inseparables. Después de clase nos veíamos en su casa o en la mía para entretenernos con videojuegos e intercambiar cómics manga. La primera película que vi en el cine fue El caballero oscuro, una superproducción de Hollywood cuya acción transcurre en parte en Hong Kong, y lo hice con Joseph.

Teníamos algo más en común. Mis compañeros de clase nacieron después de la transferencia de soberanía. Somos la generación que llegó al mundo durante el acontecimiento político más importante en la historia de Hong Kong. El 1 de julio de 1997, tras ciento cincuenta y seis años de Gobierno británico, Hong Kong se despojó de su pasado colonial y regresó a la China comunista. Se suponía que la transferencia sería motivo de celebración —la reunificación entre madre e hijo y la oportunidad para la élite empresarial local de explotar el todavía emergente mercado en el continente—, pero para la mayoría de los hongkoneses no lo fue. Muchos de nuestros familiares y amigos habían abandonado Hong Kong años antes de esa fatídica fecha, por miedo al Gobierno comunista. Cuando nací, casi medio millón de hongkoneses habían emigrado a Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Para ellos el comunismo era sinónimo de los disturbios políticos que trajo consigo el Gran Salto Adelante —la fallida campaña económica que tuvo lugar entre 1958 y 1962 con el fin de industrializar China y en la que unos treinta millones de campesinos murieron de hambre— y la Revolución Cultural —el movimiento sociopolítico que se produjo entre 1966 y 1976 y que fue liderado por el presidente Mao Zedong con la intención de depurar las tendencias capitalistas y los rivales políticos—. El comunismo fue la razón por la que ellos y sus padres habían huido a Hong Kong; la idea de que los devolvieran a los «ladrones y asesinos» —en palabras de mi abuela— de los que habían escapado era terrorífica e inconcebible.

Pero, para mí, todo aquello eran rumores. Para alguien que había crecido sin conocer otra cosa que el dominio chino solo eran habladurías y leyendas urbanas. La única bandera que había visto en lugares públicos y en los edificios gubernamentales era la bandera china, roja y con cinco estrellas. Excepto por los autobuses de dos pisos similares a los de Londres y algunos nombres de calles que sonaban muy ingleses, como Hennessy, Harcourt y Connaught, no tengo ningún recuerdo del Hong Kong colonial ni siento ningún apego por el Gobierno británico. Aunque en muchos colegios, como al que iba yo, siguen dando clase en inglés, se enseña a los alumnos a enorgullecerse de los muchos logros económicos de la moderna China y, sobre todo, de que el Partido Comunista de China sacó de la pobreza más abyecta a cientos de millones de personas. En clase aprendimos que la Ley Básica, la miniconstitución hongkonesa, un documento largamente negociado que elaboraron China y el Reino Unido antes de la transferencia de soberanía, comienza con esta declaración: «La región administrativa especial de Hong Kong forma parte inalienable de la República Popular de China». China es nuestra patria y, al igual que todo padre benevolente, siempre tendrá presentes nuestros intereses, dentro del marco llamado «un país, dos sistemas».

Ese principio se rememoró en la Declaración Conjunta Sino-Británica, el tratado internacional firmado por China y el Reino Unido en 1984. «Un país, dos sistemas» fue una creación del entonces líder supremo Deng Xiaoping, que necesitaba una solución para detener el éxodo de talentos y riqueza de Hong Kong, durante las conversaciones previas a la transferencia de soberanía. Deng quería convencer a los ciudadanos que huían de que Hong Kong se reunificaría con China continental sin perder su propio sistema económico y político. Hizo la famosa promesa de que con el Gobierno chino «los caballos seguirán corriendo y la gente seguirá bailando».

La estrategia de Deng funcionó. «Un país, dos sistemas» ayudó a que Hong Kong tuviera una transición fluida de colonia de la corona británica a región administrativa especial. Para la mayoría de los ciudadanos la transferencia tuvo mucho ruido y pocas nueces. Poco después de que el reloj marcara la medianoche del 30 de junio de 1997, siete millones de hongkoneses pegados a la pantalla de su televisor vieron salir por última vez de la residencia del gobernador a Chris Patten, el último gobernador colonial. Cuando Patten subió a bordo del yate real Britannia, acompañado por el príncipe Carlos, todo el mundo suspiró aliviado, pues, a pesar de la pompa espectacular y la ceremonia, casi nada había cambiado en Hong Kong. Muchos pensaron que los que habían huido por miedo habían tenido una reacción exagerada y habían subestimado la buena voluntad de China.

Mi primera experiencia con «un país, dos sistemas» fue más visceral que la reflejada en los tratados internacionales y los marcos constitucionales. Cuando tenía cinco años, mis padres me llevaron a pasar unas cortas vacaciones a Cantón, capital de la provincia del mismo nombre y de la que forma parte Hong Kong. Fue en 2001, el año en que China entró en la Organización Mundial del Comercio y comenzó su milagro económico.

En aquellos tiempos, Cantón era un páramo comparado con Hong Kong. La conexión a Internet no era buena y muchos sitios web estaban bloqueados. Aunque muchas personas de Cantón hablaban cantonés como nosotros, se comportaban de forma diferente: en Hong Kong nunca nos ponemos en cuclillas ni escupimos en la calle, siempre hacemos cola y esperamos nuestro turno para hablar con los vendedores o el personal de servicio. En China, no era así.

Además, los automóviles circulaban por el otro carril y la gente pagaba con unos billetes pequeños y arrugados llamados renminbi. Los carteles y los menús estaban escritos en caracteres chinos simplificados que me resultaron familiares, pero no eran los mismos que los tradicionales que utilizamos en Hong Kong. Incluso la Coca-Cola sabía diferente, porque el agua que utilizan deja un curioso regusto. Recuerdo que pensé: «Prefiero como son las cosas en Hong Kong».

Desde la generación de mis padres a la mía, los niños de Hong Kong han crecido con anime japonés. Los hong-koneses siempre han considerado a ese país, que posee la economía más avanzada de Asia con diferencia, como un marcador de tendencias culturales y un exportador de ideas geniales. Siempre he sido un fan acérrimo de las series de ciencia ficción llamadas Gundam, la versión japonesa de las franquicias Marvel y DC. Muchas de mis favoritas —como Mobile Suit Gundam 00, Gundam Seed e Iron-Blooded Orphans— comparten una temática común: todas cuentan la historia de un joven huérfano que se esfuerza por encontrar su lugar en el mundo, mientras va de una familia de acogida a otra.

El tema recurrente de los huérfanos en los dibujos animados de las mañanas de los sábados me recuerda a mi ciudad. En muchas formas, Hong Kong es como un huérfano criado por una familia blanca y devuelto a sus padres biológicos chinos sin su consentimiento. La madre y el hijo tienen muy poco en común, desde el idioma a las costumbres, y pasando por la forma en que entienden el gobierno. Cuanto más se fuerza al niño a demostrar cariño y gratitud a su madre perdida durante largo tiempo, más se resiste. Se siente perdido, abandonado y solo. En 1997, «un país, dos sistemas» quizá guio a la antigua colonia en su transición pacífica con el Gobierno chino, pero hizo poco por aliviar su profunda crisis de identidad. Hong Kong es una ciudad que ni es británica ni quiere ser china, y su necesidad de reafirmar una identidad propia crece con el paso del tiempo.

Esto resume el estado de ánimo de mi generación, la primera que se educó después del dominio británico, pero antes de que arraigara el chino. La ambivalencia que siente mi generación hacia su supuesta patria nos motiva a buscar la forma de rellenar ese vacío emocional. Nos esforzamos por encontrar nuestro lugar en el mundo y desarrollar una identidad a propia. Vemos nuestra cultura pop, nuestra lengua, nuestra comida y nuestro estilo de vida como los cimientos de una identidad propia. Los esfuerzos por conservar los barrios pintorescos, apoyar los productos locales y proteger el cantonés para que no lo sustituya el mandarín están convirtiéndose gradualmente en una cruzada por parte de la juventud.

Cuando tenía diez años, la noticia más importante en Hong Kong fue la de las protestas masivas para evitar que demolieran dos queridos e importantes muelles de ferris: el Star Ferry Pier y el Queen´s Pier. Esa campaña no se limitó a impedir que prosperara una reurbanización desalmada, sino que se llevó a cabo para defender nuestra joven identidad. Esos brotes de resistencia y rabia solo fueron la punta del iceberg. La ascensión del nuevo hongkonés acababa de comenzar.

Pero mi mayoría de edad política entró en compás de espera cuando cumplí doce años. Cuando empecé el último año de primaria, lo único que nos importaba a mis compañeros y a mí era que nos admitieran en un buen centro de enseñanza secundaria. En Hong Kong tenemos un dicho: «El instituto es tu destino», y no es una exageración. El sistema local de educación es feroz y el colegio en el que se estudia puede determinar tu futuro: a qué universidad se va, qué carrera se elige, qué tipo de trabajo se consigue al licenciarse, cuánto dinero se gana, con quién se sale y se casa uno y, en última instancia, el nivel de respeto que se recibe de la sociedad. Por eso los «padres helicóptero» se desviven por diseñar elaborados dosieres para que sus hijos sean más «vendibles» a los centros de enseñanza. La maestría en múltiples instrumentos musicales y en idiomas exóticos es la norma en vez de la excepción.

Yo no era optimista. Sin un currículo arrasador y con un informe debilitado por la dislexia, sabía que tendría que pelear. Pero no me iba a rendir. Si Moisés había conseguido pasar cuarenta años en el desierto antes de que Josué acabara su tarea y guiara a su pueblo a la Tierra Prometida, ¿qué era un poco de trabajo duro para una rata de fuego?

Un refrán chino muy popular dice: «La diligencia compensa las deficiencias». Ese año escondí los videojuegos y los manga y fui a clases privadas más de veinte horas a la semana. Trabajé sobre todo las asignaturas que peor llevaba —Chino e Inglés—, que solían bajar la media de mis notas. El resultado de ese duro trabajo fue que conseguí un 0.1 sobre la nota media mínima que necesitaba para estar en la lista de «los estudiantes recomendados» de mi colegio de primaria. Gracias a la franqueza de mi petición, el director y mi profesor escribieron unas cartas de recomendación que no se centraban en mi capacidad académica, sino más bien en mi «potencial de superación».

En la ronda final de entrevistas para el centro de enseñanza secundaria, el funcionario de admisiones me preguntó: «Si uno de tus compañeros te dice que lo han intimidado, ¿qué harías, Joshua?». Sin pensarlo, solté una respuesta, como si me hubieran hecho esa misma pregunta cientos de veces: «Llevaría a mi amigo a la iglesia y dejaría que Dios lo guiara. Incluso haría lo mismo con los abusones. Dios tiene un plan para cada uno de nosotros». El funcionario sonrió y le imité.

Al poco, recibí una carta en la que se me informaba de que me habían admitido en el United Christian College (UCC) porque alguien había renunciado a su plaza. Ese centro era mi primera elección.

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El Gran Salto Adelante: Escolarismo y Educación Nacional

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El colegio de secundaria fue alentador. A diferencia de los seis años de primaria, en los que se nos trató como a niños, ahora éramos adultos jóvenes y se nos daba libertad para expresar nuestra opinión en clase y organizar nuestras actividades fuera de ella. Además, el programa ya no se basaba tanto en la repetición y la memorización, sino que se centraba más en el análisis y el pensamiento crítico, por lo que mi dislexia dejó de ser una desventaja.

Me encantaba hacer fotos y vídeos, e iba a todas partes cámara en mano para capturar momentos en el centro escolar, algunos interesantes y otros no tanto. Subía las fotos a mi página de Facebook y las guardaba meticulosamente en álbumes. También comencé un blog sobre las actividades escolares, en el que hacía comentarios graciosos. Empecé a ser muy popular y al cabo de poco tiempo tenía miles de seguidores, muchos de los cuales eran padres deseosos de saber lo que habían estado haciendo sus hijos durante la semana. Aunque solo era un recién llegado en el United Christian College, no tardé en darme a conocer como periodista, cineasta y cronista. Pero para mis amigos era un dokuo, la palabra japonesa que describe a un joven sin novia al que le gusta estar solo con sus videojuegos y artilugios.

Con novia o sin ella, me veía a mí mismo como el niño del cuento de Hans Christian Anderson El traje nuevo del emperador, que, cuando ninguno de los vecinos se atrevió a decir nada, se encargó de señalar lo evidente; y en el sistema local de educación había demasiadas cosas evidentes. En una ocasión, uno de mis profesores chinos, que había perdido la paciencia porque no dejaba de hablar en clase, me pidió que me callara y me pusiera de pie contra un rincón. Cuando me levanté, lo miré a los ojos y dije: «Así no se enseña a los niños. ¿De verdad cree que seré mejor estudiante si me pongo mirando a la pared?». Mi pregunta lo dejó sin habla y el resto de compañeros se quedaron atónitos.

Mi propensión a cuestionar la autoridad tomó un nuevo rumbo cuando combiné mi franqueza con el poder de las redes sociales.

Siempre me había gustado comer bien y mi paladar era tan crítico como mi lengua. En segundo de secundaria (con trece y catorce años), después de sufrir todo un año la mediocre comida que servían en el comedor del UCC, decidí ocuparme de ese asunto. Creé una página en Facebook con una petición en línea e invité a todos mis amigos a que expresaran sus quejas sobre los insípidos, aceitosos y caros almuerzos del colegio. La campaña se hizo viral y más del diez por ciento de los alumnos firmaron la petición.

La popularidad de esa campaña sin precedentes llamada «¿Hasta cuándo hemos de soportar la mala comida del UCC?» llamó la atención de los directivos del colegio. A los pocos días, el director me pidió que fuera a su despacho con mis padres. «Joshua es un buen chico —dijo el director To antes de entrecerrar los ojos—, pero lo que ha hecho no ha sido... digamos que ideal. Ha instigado al resto de estudiantes y nos ha colocado en una situación muy difícil. Y lo peor es que ha utilizado el nombre del colegio en una petición pública sin nuestro consentimiento.» «Con todo el respeto, nuestro hijo no ha hecho nada malo», replicó mi padre en mi defensa, antes de que mi madre, siempre conciliadora, ofreciera una valoración sensata, con la que el director To solo pudo estar de acuerdo. «La página de Facebook ya está publicada —dijo mi madre—. Si obliga a Joshua a cerrarla, las repercusiones serán mucho peores. Creo que deberíamos dejar las cosas como están.» Gracias a mis padres, salí indemne del despacho del director y no me expulsaron ni se tomó ninguna medida disciplinaria contra mí.

Pero aquella fue la primera y la última vez que organicé una campaña en las redes sociales en el colegio. Preferí no volver a hacerlo, no por miedo a volver a meterme en problemas, sino porque me di cuenta de que había cosas más importantes que hacer. ¿Por qué preocuparse por cuestiones escolares ínfimas cuando se cometían mayores injusticias todos los días delante de nuestras propias narices? Decidí fijarme unos objetivos más elevados y concentrarme en asuntos más importantes y urgentes.

Unas semanas antes de la campaña contra el comedor tuve una revelación. Fue durante una de las visitas comunitarias habituales que realizábamos los sábados por la tarde. Mi padre es un cristiano devoto y pasa gran parte de su tiempo haciendo voluntariado. Solía acompañarlo cuando iba a ver a ancianos, a familias desfavorecidas y a niños con necesidades especiales.

Ese sábado fuimos a una residencia de la tercera edad en la que habíamos estado hacía un año. Una docena de octogenarios se había sentado formando un gran círculo en la sala de día y nos estaban esperando. Reconocí las paredes desconchadas color pastel y el ajado mobiliario que había visto un año antes. Miré las caras que me observaban; la residencia seguía tan escasa de personal, los entretenimientos tan anticuados y los residentes tan solos y desamparados como cuando los dejamos mi padre y yo la última vez. Muy a mi pesar, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero en mi interior estaba más indignado que triste.

«¿Por qué hacemos estas visitas? —le pregunté a mi padre—. ¿De qué sirven si nada cambia nunca?»

«Los alegramos un par de horas, ¿no? —contestó dándome una palmadita en la espalda—. Tengámoslos en nuestras oraciones. Es lo mejor que nosotros o la Iglesia puede hacer por ellos.»

Por mucho que respete a mi padre, no pude estar más en desacuerdo. Podíamos hacer muchas cosas por esas personas, pero no lo habíamos intentado lo suficiente. No era justo que mi familia pudiera vivir en un barrio de clase media, ir a una moderna megaiglesia y de vacaciones al extranjero cuando casi una quinta parte de la población vivía pasando penalidades por debajo del umbral de la pobreza, apenas le alcanzaba para comer y no tenía una casa decente en la que vivir.

En el colegio nos habían enseñado que Hong Kong cuenta con uno de los coeficientes de Gini —una medida de la desigualdad de ingresos— más elevado del mundo. Por eso veíamos todos los días a ancianos rebuscando en las basuras y empujando pesados carritos con papel reciclado, para venderlo por una miseria; se ha convertido en algo tan habitual que ya ni nos fijamos en ellos. Se permite que exista esa situación porque mucha gente piensa como los feligreses de clase media: «Recemos y finjamos que hemos hecho lo suficiente».

Estaba convencido de que Dios me había traído a este mundo por una razón: no para limitarme a ensalzar su nombre y a estudiar la Biblia, sino para actuar. Mi padre me enseñó una vez la frase: «¿Qué haría Jesús?». No creo que Jesús saliera de esa residencia de ancianos dándose una autocomplaciente palmadita en la espalda. De hacerlo, le llamaría hipócrita, como el niño que grita que el emperador está desnudo.