Quién teme a la muerte · Nnedi Okorafor

Onyesonwu se enfrentará a los misterios de su cultura y la razón por la cual recibió su aterrador y poderoso nombre.

Por ADELANTOS EDITORIALES 02/03/2019 02:07 p.m.


Mi madre me llamó Onyesonwu. Significa: ¿Quién teme a la muerte? Un buen nombre. Nací hace veinte años en tiempos difíciles. Irónicamente, crecí muy lejos de todos los asesinatos...

En el África postapocalíptica, el mundo ha cambiado de muchas maneras. Pero en una región, el genocidio tribal sigue asolando la tierra. Una mujer que ha sobrevivido la aniquilación de su pueblo y su propia violación vaga por el desierto buscando la muerte. En vez de encontrarla, da luz a una niña color de arena.

Al crecer, Onyesonwu entiende que está marcada por la violencia de su concepción. Pero además comienza a manifestar señales de poseer una magia única, y durante una visita al reino de los espíritus se entera de algo trepidante: un ser muy poderoso la quiere asesinar.

Su destino mágico y su naturaleza rebelde la llevan a un viaje en el que se enfrentará con la naturaleza, la tradición, la historia, el amor verdadero, los misterios de su cultura y la razón por la cual recibió su aterrador y poderoso nombre.

Ganadora del World Fantasy Award y el Carl Brandon Kindred Award, y finalista del premio Nebula, Quién teme a la muerte colocó a Nnedi Okorafor entre las autoras más respetadas y admiradas del género.

Fragmento del libro Quién teme a la muerte de Nnedi Okorafor, proporcionado por Editorial Océano para su publicación en La Silla Rota.

Nnedi Okorafor es una autora premiada internacionalmente que escribe historias de ciencia ficción, fantasía y realismo mágico situadas en África, para niños y adultos. Nacida en Estados Unidos de padres inmigrantes nigerianos, teje en su obra la cultura africana en medio de ambientes evocativos con personajes memorables. Ha publicado varios libros, entre ellos Lagoon, la trilogía de Binti, The Book of Phoenix y The Shadow Speaker, así como guiones para cómics como Black Panther: Long Live the King.

Quién teme a la muerte | Nnedi Okorafor

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Quién  teme a la muerte

PARTE  I

Llegar a ser

Capítulo  1

El rostro  de mi padre

Mi vida  se cayó  en pedazos  cuando  tenía  dieciséis  años. Papá murió.  Él tenía  un corazón  muy  fuerte, y sin embargo murió.  ¿Habrán  sido el calor y el humo  de su taller  de herrería?  Es verdad  que  nada  podía  apartarlo  de su trabajo, de su arte. Amaba hacer que el metal se doblara,  que lo obedeciera.  Pero su trabajo  sólo parecía  fortalecerlo; era muy  feliz en su taller.  Así que, ¿qué fue lo que lo mató?  Hasta este día, no puedo  estar segura.  Espero que no haya  tenido  nada  que ver conmigo ni con lo que hice entonces.

Inmediatamente después de que murió,  mi madre salió corriendo de la habitación de ambos, llorando y arrojándose hacia la pared. Supe entonces  que yo sería diferente.  Supe en ese momento que nunca  más sería capaz de controlar  por entero el fuego en mi interior.  Me convertí  en una criatura  diferente aquel  día,  menos  humana. Todo  lo que  pasó después,  ahora lo entiendo, comenzó entonces.

La ceremonia se llevó a cabo en las afueras del pueblo,  cerca de las dunas.  Era mediodía y hacía un calor terrible. Su cuerpo yacía  en una tela blanca y gruesa, rodeado  por una guirnalda de hojas de palma  trenzadas. Me arrodillé allí, sobre la arena, junto  a su cuerpo,  diciendo mi último adiós. Nunca  olvidaré su rostro. Ya no parecía el de Papá. La piel de Papá era marrón oscuro, sus labios gruesos. Este rostro tenía las mejillas hundidas, los labios desinflados y la piel marrón  grisáceo.  El espíritu de Papá se había  ido a otra parte.

La nuca  me picaba.  Mi  velo blanco  era una  pobre  protección  contra  los ojos ignorantes y temerosos de la gente. Para este momento, todo el mundo estaba siempre observándome.  Apreté  la mandíbula. A mi alrededor, las mujeres estaban arrodilladas, gimiendo y llorando. Papá era muy querido a pesar del hecho  de que se había  casado con mi madre,  una mujer con una hija como yo: una niña ewu. Se había  explica- do por largo tiempo como uno de esos errores que incluso  los más grandes  hombres  pueden  cometer.  Por sobre los lamen- tos, escuché  el llanto  suave de mi madre. Ella había sufrido la pérdida  más grande.

Era su turno  de tener un último momento. Después,  se lo llevarían para cremarlo. Miré  su rostro por última vez. Nunca volveré a verte, pensé. No estaba lista. Parpadeé y toqué  mi pecho. Fue entonces  cuando  pasó... cuando  toqué mi pecho. Primero se sintió  como  una comezón. Rápidamente creció  y se convirtió en algo distinto.

Mientras más intentaba levantarme, más intenso  se volvía y más se expandía mi pena.  No pueden llevárselo, pensé,  frenéticamente. Aún queda mucho metal en su taller. ¡No ha terminado su trabajo! La sensación  se extendía  por mi pecho  y se irradiaba hacia  el resto de mi cuerpo.  Contraje los hombros  para contenerla. Entonces empecé a atraerla de la gente a mi alrededor. Temblé e hice rechinar  mis dientes. Me estaba llenando de ira.

¡Ay, aquí no!, pensé. ¡No en la ceremonia de Papá! La vida no me dejaría  en paz lo suficiente para guardar  el luto por mi padre muerto.

Detrás de mí los gemidos  cesaron.  Todo lo que oía era una brisa gentil.  Era horrible.  Algo estaba debajo  de mí, en la tierra, o tal vez en otra parte. De pronto,  me azotó el dolor que todos a mi alrededor sentían  por Papá.

Instintivamente, puse mi mano sobre su brazo. La gente comenzó  a gritar. No volteé.  Estaba demasiado concentrada en lo que  tenía  que  hacer.  Nadie  trató de apartarme. Nadie me tocó. Al tío de mi amiga Luyu una vez le cayó un rayo durante una rara tormenta ungwa en temporada de secas. Sobre- vivió,  pero no podía  dejar de hablar  de que lo había  sentido como  ser violentamente sacudido desde dentro.  Así me sentía ahora.

Ahogué  un gemido  de horror. No podía quitar  la mano del brazo de Papá. Estaba fundida en él. Mi piel color arena fluía hacia  la suya, marrón grisácea, a través de mi palma. Un bulto de carne entremezclada.

Empecé a gritar.

Se atoró en mi garganta y tosí. Luego miré. El pecho de Papá subía  y bajaba  despacio,  subía,  bajaba...  ¡Estaba  respirando! Yo sentía a la vez repulsión y una esperanza  desesperada. Res- piré profundamente y grité:

—¡Vive, Papá! ¡Vive!

Un par de manos se posó en mis muñecas. Supe exactamente de quién  eran. Uno de sus dedos estaba roto y vendado. Si no me quitaba las manos de encima, lo lastimaría mucho  más de lo que lo había  hecho  cinco días antes.

Onyesonwu —me dijo Aro al oído, quitando deprisa sus manos de mis muñecas. Ah, cómo lo odiaba. Pero lo escuché—. Ya se fue  —dijo—. Suelta, para  que  nos  liberemos de  eso.

De algún  modo...  lo hice. Solté a Papá.

Todo volvió  a quedar  en un silencio  de muerte.

Como  si el mundo, por un momento, hubiera  quedado sumergido  bajo el agua.

Entonces el poder que se había  acumulado en mi interior estalló. Mi velo se arrancó de mi cabeza y mis trenzas se soltaron de golpe. Todos y cada uno fueron arrojados  hacia  atrás: Aro, mi madre,  familia, amigos,  conocidos, extraños,  la mesa de la comida, las cincuenta batatas, los trece grandes frutos de baobab,  las cinco  vacas,  las diez  cabras,  las treinta  gallinas  y mucha  arena. En el pueblo  se fue la luz durante  treinta segundos; habría  que barrer la arena de las casas y reparar el daño en las computadoras a causa del polvo.

Otra vez ese silencio, fue como estar bajo el agua.

Miré mi mano.  Cuando traté de quitarla del brazo frío, inmóvil, muerto de Papá, se escuchó el sonido de algo que se des- prendía, como  un pegamento suave que  cayera  en forma  de copos.  Mi  mano  dejó  una  silueta  de mucosidad reseca en el brazo de Papá. Froté mis dedos unos con otros. Más de aquella materia  se desprendió de ellos.  Miré  una vez más a Papá. Luego caí sobre mi costado y me desmayé.

Eso fue hace  cuatro años. Mírame ahora. Aquí,  la gente  sabe que yo lo causé  todo. Quieren ver mi sangre, quieren hacerme sufrir  y quieren matarme. Pase lo que pase después de esto..., déjame parar.

Esta noche, quieres  saber cómo llegué  a ser lo que soy. Quieres saber cómo llegué  aquí... Es una larga  historia. Pero te lo diré..., te lo diré.  Serás una  tonta si crees lo que otros  dicen de mí. Te cuento mi historia para  evitar todas esas mentiras. Por suerte,  incluso mi larga historia cabrá  en esa laptop que tienes.

Tengo dos  días.  Espero  que sea tiempo suficiente. Pronto me alcanzará.

Mi madre me llamó Onyesonwu. Significa "¿Quién teme  a la muerte?". Un buen  nombre. Nací hace veinte años  en tiempos difíciles. Irónicamente, crecí muy lejos de todos los asesinatos...

Capítulo  2

Papá

Sólo  con  mirarme, todos  pueden  ver que  soy hija  de una violación. Pero cuando  Papá me miró por primera vez, vio más allá de eso. Es la única  persona,  aparte de mi madre,  de quien  puedo  decir que me amó a primera  vista. En parte por eso me fue tan difícil  soltarlo  cuando  murió.

Yo fui quien escogió a Papá para mi madre. Tenía seis años. Mi madre y yo acabábamos de llegar a Jwahir. Antes de eso habíamos sido  nómadas en el desierto. Un  día, mientras lo recorríamos, ella se detuvo, como si escuchara otra voz. Con frecuencia se comportaba de manera  extraña: parecía conversar con alguien  que no era yo. Luego me dijo:

—Es hora de que vayas a la escuela.

Yo era demasiado joven para entender  sus verdaderas  razones. Era muy feliz en el desierto, pero después  de que  llegamos al pueblo  de Jwahir, el mercado  se convirtió rápidamente en mi patio de recreo.

En los primeros  días, para obtener  dinero  prontamente, mi madre vendió la mayor parte del dulce de cactus que tenía. El dulce  de cactus  era más valioso  que el dinero en Jwahir.  Era un manjar delicioso. Mi madre se había enseñado  a cultivarlo.

Debió  de haber  tenido  siempre  la intención de regresar a la civilización.

A lo largo de varias semanas,  ella plantó los esquejes de cactus que había guardado  y abrió un puesto. Yo ayudaba lo mejor que  podía.  Cargaba y arreglaba  cosas,  y pregonaba para atraer clientes. Por su parte, ella me daba una hora diaria de tiempo libre para vagabundear. En el desierto,  en los días claros, solía alejarme  más de un kilómetro de mi madre. Nunca me perdí. Así que el mercado era pequeño para mí. Sin  embargo, había  mucho  que  ver y la posibilidad de meterse en problemas estaba a la vuelta de cada esquina.

Era una niña feliz. La gente chasqueaba la lengua,  gruñía  y apartaba  la vista cuando  yo pasaba. Pero a mí no me importaba. Había pollos y zorros domesticados que perseguir, otros niños  a los que mirar feo cuando  ellos lo hacían, discusiones que observar. La arena en el suelo estaba a veces húmeda por la leche de camello  derramada; otras veces, aceitosa  y fragante gracias al perfume vertido de sus botellas,  mezclado con cenizas de incienso y con frecuencia adherido a excremento de vacas, camellos o zorros. La arena aquí  estaba siempre  sucia, mientras  que en el desierto  estaba siempre  intacta.

Sólo habían transcurrido unos pocos meses de nuestra estancia en Jwahir cuando  encontré a Papá. Aquel día fatídico era cálido  y soleado. Cuando dejé a mi madre yo llevaba  una taza de agua conmigo. Mi primer impulso era ir a la estructura más extraña de Jwahir: la Casa  de Osugbo. Algo me atraía siempre  a ese gran edificio  de forma cuadrada. Decorado  con formas y símbolos  extraños, era el edificio más alto de Jwahir y el único  construido enteramente de piedra.

—Un día entraré —dije, de pie ante él, mirándolo—. Pero hoy no.

Me aventuré más allá del mercado a un área que no había explorado. Una tienda de electrónica vendía feas computadoras reconstruidas. Eran cosas pequeñas, negras  y grises, con tarjetas de circuitos  expuestas y carcasas rotas. Me pregunté  si serían  tan feas al tacto  como  a la vista.  Nunca  había  tocado una computadora. Me acerqué  a palpar  una.

¡Ta! —dijo el dueño desde atrás de su mostrador—. ¡No toques!

Bebí de mi agua y me fui.

Con  el tiempo,  mis piernas  me llevaron  a una cueva  llena de ruido  y fuego.  El blanco  edificio  de adobe  estaba  abierto por el frente. El cuarto en el interior estaba oscuro, salvo por destellos  ocasionales de luz ardiente. Un calor mayor que el de la brisa surgía como de las fauces de un monstruo. En el frente del edificio, en un gran cartel se leía:

herrería  ogundimu  — las  hormigas  blancas

nunca devoran  el  bronce, los  gusanos  no comen  hierro.

Entrecerré  los ojos y distinguí a un hombre  alto  y musculo- so en el interior. Su piel  oscura  y lustrosa  estaba  oscurecida de hollín. Como uno  de los héroes  del Gran Libro,  pensé. Llevaba guantes  tejidos  con  finos  hilos  de metal  y lentes  negros apretados  a su rostro con una correa.  Las fosas nasales  se dilataban  mientras  golpeaba  el fuego con un gran martillo. Sus enormes  brazos se flexionaban con cada golpe.  Podría haber sido el hijo de Ogun, la diosa del metal. Había  mucha  alegría en sus movimientos. Pero se ve muy  sediento, pensé. Imaginé  su garganta ardiendo y llena de ceniza. Todavía  tenía mi taza de agua. Estaba a medio  llenar.  Entré en su taller.

Hacía aún más calor dentro.  Sin embargo,  yo había crecido en el desierto. Estaba acostumbrada al calor y al frío extremos. Miré con cautela  cómo saltaban  chispas del metal  que él golpeaba.  Luego, tan respetuosamente como pude,  dije:

Oga, tengo agua para ti.

Mi voz lo sorprendió. La imagen de una niñita  larguirucha, que era lo que la gente llamaba ewu, de pie en su taller lo sor- prendió  aún más. Se levantó  los lentes del rostro. La zona alrededor  de sus ojos donde  el hollín no había  caído era más o menos del color marrón  oscuro de mi madre. La parte blanca de sus ojos es muy blanca para  alguien que está mirando fuegos todo el día,  pensé.

—Niña, no deberías estar aquí —dijo él. Yo retrocedí.  Su voz era sonora. Profunda.  Este hombre podría hablar en el desierto y los animales a kilómetros de distancia lo escucharían.

—No  está  muy  caliente  —dije. Levanté  el agua—. Ten

—me acerqué más, muy consciente de lo que yo era. Llevaba puesto  el vestido  verde que  mi madre  había  cosido  para mí. La tela era ligera  pero cubría  cada  centímetro de mi cuerpo, todo,  hasta  mis talones  y mis muñecas. Ella me hubiera  hecho llevar un velo sobre el rostro, pero no habría  tenido  corazón para hacerlo.

Era extraño. En su mayoría, la gente me rechazaba  porque yo era ewu. Pero a veces  las mujeres  se arremolinaban a mi alrededor.

—Pero su piel —se decían  unas a otras, nunca directamente a mí—, es tan suave y delicada que casi parece leche de camello.

—Y su pelo es raro y tupido, como una nube de hierba seca.

—Sus ojos son como los de un gato del desierto.

—Ani crea belleza  extraña a partir de la fealdad.

—Ella  podría  ser bonita  para  cuando  pase el Rito  de los

Once.

—¿Qué sentido  tendría  que lo pasara? Nadie  se va a casar con ella —y  se reían.

En el mercado, algunos hombres habían tratado de atrapar- me, pero siempre  era más rápida y sabía cómo rasguñar. Había aprendido de los gatos del desierto. Todo esto confundía a mi mente  de seis años. Ahora, mientras  estaba  de pie ante el herrero, temí que él también pudiera  encontrar  una belleza extraña en mi feo rostro.

Levanté la taza hacia él. Él la tomó y bebió largo y profundo, sin dejar caer una gota. Yo era alta para mi edad pero él era alto para la suya. Tuve que echar la cabeza hacia atrás para ver la sonrisa en su rostro. Dejó escapar un gran suspiro de alivio y me devolvió  la taza.

—Buena agua —dijo. Regresó a su yunque—. Eres demasiado alta y demasiado atrevida  para ser un espíritu  acuático.

Yo sonreí.

—Mi nombre  es Onyesonwu Ubaid  —dije—. ¿Cuál es el tuyo,  Oga?

—Fadil Ogundimu —dijo. Miró sus manos enguantadas—. Te daría la mano, Onyesonwu, pero mis guantes están calientes.

—Está  bien, Oga —dije—. ¡Eres un herrero! Él asintió.

—Como lo fue mi padre,  y su padre,  y el padre de su padre, y así sucesivamente.

—Mi madre y yo llegamos  aquí hace pocos meses —dije de pronto.  Recordé  que se hacía  tarde—. Ay. ¡Me  tengo  que ir, Oga Ogundimu!

—Gracias por el agua —dijo él—. Tenías razón. Tenía sed. Después de eso, lo visité con frecuencia. Se convirtió en mi mejor  y único  amigo.  Si mi madre  hubiera  sabido  que  pasaba tiempo en compañía de un hombre extraño, me habría golpeado y me habría  prohibido tener  mi tiempo  libre  durante semanas.  El aprendiz  del herrero,  un hombre  llamado Ji, me odiaba  y me lo hacía  saber sonriéndome con desprecio  siempre que me veía, como si yo fuera un animal salvaje y enfermo.

—Ignora a Ji —decía el herrero—. Es bueno  con el metal pero le falta imaginación. Perdónalo.  Es primitivo.

—¿crees que me veo mala?

—Eres preciosa  —decía él, sonriendo—. El modo  en que una niña es concebida no es su culpa ni su carga.

No sabía qué significaba concebida y no pregunté. Me había dicho  preciosa  y no quería  que  retirara  lo dicho.  Por suerte, Ji solía llegar tarde, durante  el momento más fresco del día.

Pronto ya le estaba  contando al herrero  acerca  de mi vida en  el  desierto.  Era demasiado joven  para  saber  cómo  guardarme  esas cosas delicadas. No entendía que  mi pasado,  mi existencia  misma,  eran algo delicado. Por su parte,  él me enseñó algunas  cosas sobre el metal,  como cuáles variedades cedían al calor más fácilmente y cuáles menos.

—¿Cómo era tu esposa?  —le  pregunté  un día.  Sólo  estaba hablando por hablar.  Estaba más interesada en la pequeña pila de pan que él me había  comprado.

—Njeri. Tenía  la piel negra —me dijo.  Puso sus dos gran- des manos alrededor  de uno de sus muslos—. Y piernas  muy fuertes. Era una corredora  de camellos.

Tragué el pan que estaba masticando.

—¿De  verdad?  —exclamé.

—La  gente  decía  que  sus piernas  eran lo que  la mantenía sobre los camellos pero yo sé que no era así. Ella tenía  también alguna  especie de don.

—¿Qué clase de don? —pregunté, inclinándome hacia delante—. ¿Podía ver a través de las paredes? ¿Volar? ¿Comer vidrio? ¿Convertirse en escarabajo?

—¡Lees mucho! —rio  el herrero.

—¡He leído el Gran Libro dos veces! —le  presumí.

—Impresionante —dijo—. Bueno, mi Njeri podía  hablar con los camellos. Y como hablar  con camellos es trabajo  de hombres,  ella eligió en cambio las carreras de camellos. Y Njeri no sólo corría. Ganaba las carreras. Nos conocimos cuando éramos adolescentes. Nos casamos a los veinte.

—¿Cómo sonaba  su voz? —pregunté.

—Ah, su voz era fastidiosa y bella —dijo. Yo fruncí el ceño, confundida—. Hablaba  muy  fuerte —explicó, tomando un trozo de mi pan—. Reía mucho  cuando  estaba feliz y gritaba mucho  cuando  estaba  irritada.  ¿Entiendes? —asentí—.  Por un tiempo  fuimos  felices —dijo. Hizo una pausa.

Esperé a que  continuara. Supe  que  ésta era la parte  mala. Cuando se quedó  mirando su trozo de pan, dije:

—¿Y  bien? ¿Qué pasó después?  ¿Te hizo algo malo?

Él sonrió  y yo me sentí  contenta, aunque había  hecho  la pregunta  en serio.

—No, no —dijo—. El día en que corrió la carrera más rápida de su vida, pasó algo terrible.  Deberías  haberlo  visto, Onyesonwu. Era la final  de las carreras de la Fiesta de la Lluvia. Ella ya había  ganado  antes esa carrera,  pero ese día estaba  a punto de romper la marca del kilómetro más rápido de la historia —hizo una pausa—. Yo estaba en la línea  de meta.  Todos estábamos  ahí.  El suelo  estaba  todavía  resbaloso  por la fuerte lluvia  de la noche anterior.  Debían  haber hecho la carrera algún  otro día. Su camello  se aproximaba, corriendo sobre sus patas zambas.  Corría  más rápido  de lo que ningún  camello ha corrido jamás —cerró sus ojos—. Dio mal un paso y... tropezó —su  voz se quebró—. Al final, las piernas fuertes de Njeri fueron su perdición. Se aferró al camello  y cuando  éste cayó,  su peso la aplastó.

Con  horror, me cubrí la boca con las manos.

—De  haber  salido  disparada  del  camello, habría  vivido. Sólo  estuvimos  casados  tres meses  —suspiró—. El camello que ella montaba se negó a apartarse de su lado. Iba a donde- quiera  que iba el cuerpo  de ella.  Días después  de que la cremaran el camello  murió de pena. Los camellos de todas partes estuvieron escupiendo y gruñendo durante  semanas.

Se volvió a poner los guantes y regresó a su yunque. La con- versación  había  terminado.

Pasaron meses. Seguí visitándolo cada pocos días. Sabía que estaba tentando a la suerte con mi madre. Pero creía que era un riesgo que valía la pena. Un día, él me preguntó  cómo iba mi día.

—Bien —contesté—. Una señora hablaba  de ti ayer. Dijo que eras el mejor herrero de todos y que alguien  llamado Osugbo te paga bien. ¿Es el dueño  de la Casa de Osugbo?  Siempre he querido ir allá.

—Osugbo no es un hombre —contestó, mientras examinaba  una  pieza  de hierro  forjado—. Es el grupo  de los ancianos de Jwahir que mantienen el orden, nuestros jefes de gobierno.

—Ah  —dije, sin saber y sin que me importara el significa- do de la palabra  gobierno.

—¿Cómo está tu mamá?  —preguntó él.

—Bien.

—Quisiera conocerla.

Contuve el aliento, con el ceño fruncido. Si ella se enteraba que lo veía, a mí me tocaría  la peor golpiza de mi vida y entonces perdería a mi único amigo. ¿Para qué la quiere  conocer?, me pregunté. De pronto  me sentía  extremadamente posesiva de mi madre.  Pero ¿cómo  podía  impedirle que la conociera? Me mordí el labio y dije de mala gana:

—Bueno.

Para mi desaliento, él fue a nuestra  tienda  esa misma  no- che. Con  todo, se veía muy guapo: llevaba pantalones blancos largos y sueltos, un caftán blanco  y un velo blanco  en la cabeza. Vestir todo de blanco  era presentarse  con gran humildad. Usualmente lo hacían  las mujeres.  Que un hombre  lo hiciera era muy  especial.  Sabía  que  debía  acercarse  a mi madre  con cuidado.

Primero,  mi madre  se asustó y se enojó  con él. Cuando él le contó  acerca de la amistad  que tenía  conmigo, ella me dio una nalgada  tan fuerte que yo me fui corriendo y lloré duran- te horas. Eso sí, en menos de un mes Papá y mi madre estaban casados.  El día después de la boda, mi madre y yo nos mudamos a su casa. Todo debió haber sido perfecto después de eso. Fue bueno  durante  cinco años. Luego lo extraño comenzó.

***





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