Opinión

Postcapitalismo · Paul Mason

Hacia un nuevo futuro.

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ADELANTOS EDITORIALES

El analista Paul Mason nos advierte que el capitalismo como modelo económico ha llegado a su fin y debemos prepararnos para una transición a un nuevo sistema basado en las nuevas tecnologías y la reestructuración del trabajo.

Los pilares del modelo capitalista se están derrumbando. Por una parte, el triunfo del neoliberalismo ha minimizado a la clase obrera como agente del cambio político y económico y, por otra, los cambios en las técnicas productivas producidos a raíz del avance de las tecnologías de la información están destruyendo el mecanismo de fijación de los precios y el concepto de valor económico.

A lo largo de este innovador libro, Paul Mason nos ofrece una amplia panorámica de la historia del capitalismo, mientras sostiene que está condenado a morir y que dará paso a algo completamente nuevo: el postcapitalismo.

Fragmento del libro Postcapitalismo, de Paul Mason. © 2019, Paidós. Traducción de Albino Santos Mosquera. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Paul Mason es un periodista y locutor inglés especializado en economía. Corresponsal de prensa en zonas de fuerte agitación social, anterior editor de la sección de Economía de BBC 2´S Newsnight y actual responsable de Economía del Channel 4 News, Mason es muy conocido en el Reino Unido y colabora habitualmente con The Guardian y The New Statesman.

Postcapitalismo | Paul Mason

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POSTCAPITALISMO

Hacia un nuevo futuro

Capítulo 1

EL NEOLIBERALISMO YA NO FUNCIONA

Cuando Lehman Brothers quebró el 15 de septiembre de 2008, el camarógrafo que me acompañaba aquel día me hizo pasear varias veces entre el revoltijo de limusinas, unidades móviles, guardaespaldas y banqueros recién despedidos que allí se había formado, en el exterior de la sede central neoyorquina de la entidad, para grabarme dirigiéndome a los telespectadores en medio del caos.

Al visionar de nuevo las imágenes de semejante ajetreo casi siete años después, cuando el mundo no se ha recuperado todavía de las consecuencias de aquella jornada, me asalta inevitablemente una pregunta: ¿qué sabe ahora aquel tipo que hablaba a la cámara que no supiera entonces?

Yo sabía que había comenzado una recesión: acababa de recorrer Estados Unidos grabando un reportaje sobre el cierre de seiscientos establecimientos de Starbucks. Sabía que el sistema financiero global estaba sometido a un fuerte estrés: había informado de la preocupación que se tenía en algunos círculos de que un gran banco estuviera a punto de entrar en bancarrota seis semanas antes de que eso ocurriera. Sabía que el mercado inmobiliario estadounidense estaba destrozado: había visto viviendas que se vendían en Detroit por 8 000 dólares en efectivo. Y sabía, además de todo eso, que no me gustaba el capitalismo.

Pero no tenía ni idea de que el capitalismo en su forma actual estuviera a punto de autodestruirse.

El crac de 2008 eliminó un 13% de la producción global y un 20% del comercio internacional. Colocó el crecimiento mundial en cifras negativas (conforme a una escala según la cual todo lo que esté por debajo de aumentos del 3% anual es considerado como una recesión). En Occidente, dio origen a una fase de contracción más prolongada que la del período 1929-1933, e incluso ahora, en el entorno de tímida recuperación que estamos viviendo, muchos economistas convencionales viven con terror la posibilidad de un estancamiento a largo plazo.

Pero la depresión posterior a la caída de Lehman no es el verdadero problema. El problema real es lo que tenemos por delante. Y para comprenderlo mejor, debemos mirar más allá de las causas inmediatas del crac de 2008 y fijarnos más bien en las raíces estructurales del mismo.

Cuando el sistema financiero global se hundió en 2008, no hubo que esperar mucho a descubrir la causa inmediata de tal debacle. Los culpables de la misma habían sido las deudas ocultas en unos productos conocidos como «vehículos de inversión estructurados» valorados a precios engañosamente irreales, y la red de compañías no reguladas y domiciliadas en paraísos fiscales conocidas —desde el momento en que el sistema comenzó a implosionar— como «sistema bancario en la sombra». Luego, cuando se iniciaron los procesos judiciales, pudimos comprobar la escala de toda aquella actividad delictiva que condujo a la crisis y que tan normal nos había llegado a parecer.

Pero, en lo que a manejarse en la situación creada por la crisis se trataba, pilotábamos todos a ciegas, por así decirlo, porque no disponemos de ningún modelo de una crisis económica neoliberal por el que guiarnos. Y es que, por mucho que la ideología en su conjunto se acompañe de ciertos aditamentos no muy convincentes —como lo del fin de la historia, lo de que la tierra es plana, lo del capitalismo sin fricciones, etcétera—, la idea básica que subyace al sistema neoliberal es una sola, y no es otra que la de que los mercados se corrigen solos. De ahí que la posibilidad de que el neoliberalismo se viniera abajo vencido por el peso de sus propias contradicciones fuera —entonces como aún sigue siéndolo hoy en día— inaceptable para una gran mayoría.

Siete años después, el sistema ha sido estabilizado. A base de incrementar la deuda pública de muchos países hasta niveles próximos al 100% del PIB, y a base también de imprimir dinero por un valor aproximado a una sexta parte de la producción mundial de bienes y servicios, Estados Unidos, Gran Bretaña, Europa y Japón consiguieron inyectar una dosis de adrenalina suficientemente potente como para contrarrestar los ataques y los temblores del sistema. Salvaron a los bancos enterrando sus deudas incobrables; algunas de ellas fueron simplemente canceladas, otras fueron asumidas por los Estados en forma de deuda soberana, otras fueron sepultadas en entidades financieras a las que los bancos centrales de sus respectivos países dieron una apariencia de seguridad jugándose su propia credibilidad en ello.

A partir de ahí, valiéndose de las políticas de austeridad, aliviaron a quienes habían invertido estúpidamente el dinero de la dolorosa carga de costear todas esas medidas estabilizadoras e hicieron recaer dicha carga sobre los hombros de las personas perceptoras de ayudas sociales, los trabajadores del sector público, los pensionistas y, principalmente, sobre las generaciones futuras. Esto ha supuesto que, en los países más afectados, los sistemas de pensiones hayan quedado prácticamente destruidos, se haya retrasado la edad de jubilación (quienes hoy terminan sus estudios universitarios tendrán que jubilarse a los setenta años) y se haya privatizado la educación hasta tal punto que los graduados se verán abocados a soportar deudas por préstamos de estudios durante toda la vida, al tiempo que se han cerrado servicios y se han congelado obras de infraestructuras.

Pero, aún hoy en día, mucha gente no comprende realmente el verdadero significado de la palabra «austeridad». La austeridad no consiste en siete años de recortes del gasto, como ha sucedido en el Reino Unido, ni tan siquiera en la catástrofe social provocada en Grecia. Tidjane Thiam, presidente ejecutivo de Prudential, expresó el verdadero sentido de la austeridad en el foro de Davos de 2012. Los sindicatos son «enemigos de la gente joven», dijo, y el salario mínimo interprofesional es «una máquina de destrucción de empleo». Los derechos de los trabajadores y los salarios dignos son, pues, obstáculos en el camino del restablecimiento del capitalismo, por lo que, según afirma este financiero multimillonario sin sonrojarse, deben desaparecer.

Ese es el verdadero proyecto que se persigue con la austeridad: impulsar a la baja los salarios y los niveles de vida en Occidente durante décadas hasta nivelarlos con los de la clase media de China e India, en ascenso.

Mientras tanto, y a falta de un modelo alternativo, están confluyendo otra vez las condiciones propicias para una nueva crisis. Los salarios reales han caído o se han estancado en Japón, el sur de la zona euro, Estados Unidos y el Reino Unido. Se ha reconstruido el consabido sistema bancario en la sombra y hoy es más grande aún que en 2008. La deuda global total de bancos, hogares, empresas y Estados ha crecido en 57 billones de dólares desde la crisis y su volumen actual es casi el triple que el del PIB mundial. Las nuevas normas que debían obligar a los bancos a mantener más reservas propias se han ido retrasando o han quedado diluidas. Y el «1%» es más rico aún que antes.

Si se produce un nuevo frenesí financiero seguido de otro hundimiento, ya no será posible un segundo rescate. Las deudas públicas se sitúan actualmente en niveles propios del final de la Segunda Guerra Mundial y los sistemas del Estado de bienestar están seriamente dañados en algunos países: no quedan más balas en la recámara (o, en cualquier caso, no de la contundencia de las que se dispararon durante el bienio 2009-2010 para atajar la última crisis). El rescate aprobado para Chipre en 2013 fue el banco de pruebas de lo que sucederá a partir de ahora si quiebra un gran banco o la hacienda pública de un país. En ese caso en concreto, los ahorradores vieron cómo de un día para otro todos sus depósitos bancarios de más de 100 000 euros a su favor se evaporaban.

Lo que he aprendido desde el día en que Lehman murió se resume así: la próxima generación será más pobre que la actual, y el viejo modelo económico ha dejado de funcionar y ya no puede reactivar el crecimiento sin restablecer la fragilidad financiera. Los mercados nos enviaron aquel día un mensaje sobre lo que sería el futuro del capitalismo, aunque por aquel entonces era un mensaje que solo me resultaba parcialmente inteligible.

«Otra droga a la que estamos enganchados...»

En el futuro, deberíamos fijarnos en los emoticones, los smileys y los guiños digitales que los que están metidos en finanzas usan cuando saben que se están portando mal.

«Es otra droga a la que estamos enganchados», admitía en un correo electrónico el ejecutivo de Lehman responsable de gestionar la tristemente famosa táctica financiera conocida con el nombre de Repo 105. La táctica consistía en retirar deudas de los balances contables de Lehman «vendiéndolas» temporalmente para recomprarlas en cuanto el banco hubiera presentado su informe trimestral. A otro ejecutivo de Lehman le hacían por aquella época las preguntas lógicas al respecto: ¿es una táctica legal?, ¿hay más bancos que la empleen?, ¿está sirviendo para disimular agujeros en nuestra hoja de resultados? Su respuesta por correo electrónico fue lacónica: «Sí, no y sí :)».

En la agencia de calificación Standard & Poor´s, donde sabían que estaban calculando erróneamente el precio del riesgo de semejante maniobra, un empleado enviaba por aquel entonces el siguiente mensaje a un compañero: «Esperemos que seamos todos ricos y que nos hayamos retirado para cuando este castillo de naipes se desmorone». Lo remataba con un emoticón: «:O)».

Entretanto, en las oficinas de Goldman Sachs en Londres, el operador bursátil Fabrice Tourre bromeaba:

Cada vez hay más apalancamiento en el sistema, el sistema entero está a punto de venirse abajo en cualquier momento [...] y ahí está el único superviviente potencial, el fabuloso Fab [...] en medio de todas esas complejas y apalancadísimas operaciones de compraventa exóticas que él mismo ha creado ¡¡¡sin necesariamente entender muy bien todas las implicaciones de semejantes monstruosidades!!!

Cuantas más pruebas de conductas delictivas y de corrupción afloran, más acompañadas vienen de muestras de complicidad informal entre banqueros que saben que están vulnerando las reglas. «Hecho. Por ti, muchachote», escribió un empleado de Barclays a otro mientras manipulaban el Libor la tasa a la que los bancos se prestan fondos entre sí, y que constituye el principal tipo de interés de referencia de todo el planeta.

No debería pasarnos inadvertido el tono de esos mensajes de correo electrónico: la ironía, la deshonestidad, el reiterado uso de smileys, de términos de argot y de signos de puntuación desquiciados. Todo ello es prueba de un autoengaño sistémico. En el fondo del sistema financiero, que es lo mismo que decir en el fondo del mundo neoliberal, se sabía que aquello no funcionaba.

John Maynard Keynes escribió en una ocasión que el dinero era «un nexo entre el presente y el futuro». Quiso decir con ello que lo que hacemos con el dinero hoy es una señal de cómo nos parece que las cosas van a cambiar en los años venideros. Lo que hicimos con el dinero durante la época que se cerró con el descalabro de 2008 fue aumentar inmensamente su volumen: la masa monetaria global creció desde los 25 billones de dólares hasta los 70 billones durante los siete años previos al crac (a un ritmo, pues, incomparablemente más rápido que el del crecimiento de la economía real). Cuando el dinero se expande a esa velocidad, estamos dando a entender que pensamos que el futuro va a ser espectacularmente más rico que el presente. La crisis no fue más que una señal de respuesta desde ese futuro que nos confirmaba que estábamos equivocados.

Lo único que los componentes de la élite global supieron hacer en cuanto estalló la crisis fue poner más fichas en la mesa de la ruleta. Encontrarlas (hasta un total de unos billones de dólares en forma de «expansión cuantitativa») no supuso ningún problema para ellos, pues eran también los cajeros del casino. Pero tuvieron que repartir sus apuestas más equilibradamente durante un tiempo y actuar de forma menos imprudente.

En la práctica, esa ha sido la política que se ha seguido en el mundo desde 2008. Se imprime suficiente dinero como para que el costo de tomarlo prestado para los bancos llegue a ser cero o incluso negativo. Cuando los tipos de interés reales se vuelven negativos, los ahorradores —que solo pueden garantizar que su dinero está seguro comprando títulos de deuda del Estado— se ven forzados a renunciar a cualquier renta por sus ahorros. Eso estimula, a su vez, la reactivación de mercados como el inmobiliario, el de materias primas, el del oro y el bursátil porque obliga a los ahorradores a desplazar su dinero hacia terrenos más arriesgados. El resultado de todo este proceso hasta la fecha ha sido una recuperación muy tímida que no ha servido, sin embargo, para conjurar los problemas estratégicos de fondo, que permanecen.

El crecimiento en el mundo desarrollado es lento. Estados Unidos solo ha logrado recuperarse a base de arrastrar una deuda federal de 17 billones de dólares. Billones de dólares, yenes, libras y, finalmente, euros impresos y acuñados durante estos años continúan en circulación. Las deudas de los hogares occidentales siguen pendientes de pago. Ciudades fantasma enteras levantadas por la especulación inmobiliaria —desde España hasta China— siguen sin vender. La eurozona —que es probablemente la construcción económica más importante y frágil del mundo— permanece estancada, lo que genera un nivel tal de fricción política entre clases y entre países que bien podría hacerla saltar por los aires.

Nada de esto es sostenible a menos que el futuro nos depare una riqueza espectacular. Pero el tipo de economía que está surgiendo de la crisis no puede producir semejante abundancia. Así que nos encontramos actualmente en un momento estratégico, tanto para el modelo neoliberal como (lo demostraré en el capítulo 2) para el capitalismo en sí.

Rebobinando la cinta hasta aquel septiembre de 2008 en Nueva York, se obtiene una imagen bien visible del elemento que mayor fundamentación racional aportó al optimismo que impulsó la expansión previa. En mi filmación de aquel día, se aprecia la presencia de una multitud de personas en el exterior de las oficinas centrales de Lehman sacando fotos con sus Nokia, sus Motorola y sus Sony Ericsson. Los aparatos han quedado obsoletos hace tiempo; incluso el dominio que aquellas marcas ejercían entonces sobre ese mercado ha desaparecido.

Pero lo cierto es que el vertiginoso avance de la tecnología digital que impulsó el boom previo a 2007 apenas se ha tomado un respiro durante la crisis. En los años transcurridos desde la caída de Lehman, el iPhone ha conquistado el mundo y se ha visto posteriormente superado a su vez por los teléfonos inteligentes con sistema Android. También han tenido éxito las tabletas y los libros electrónicos. Las redes sociales —de las que apenas se hablaba por aquel entonces— se han convertido en un elemento central de la vida de las personas. Facebook tenía 100 millones de usuarios cuando quebró Lehman; en el momento de escribir estas líneas, cuenta ya con 1 300 millones de usuarios y es más grande de lo que lo era el internet global en 2008.

Y el progreso tecnológico no se ha limitado a la esfera digital. En estos siete años, pese a la crisis financiera global y el cataclismo económico consiguiente, Toyota ha fabricado 5 millones de automóviles híbridos: el quíntuple de los que había producido hasta 2008. En ese año, había 15 000 megavatios de capacidad de producción de energía solar en el mundo; en 2014, dicha capacidad era ya diez veces mayor.

La actual ha sido, pues, una depresión como ninguna otra anterior. Hemos visto crisis y estancamiento combinados con un rápido despliegue de nuevas tecnologías, algo que no ocurrió en la década de 1930. Y en el plano de las políticas aplicadas, el escenario ha sido el inverso al de aquel decenio. En vez de agravar la crisis como hizo la élite global de los años treinta del siglo pasado, la actual élite echó mano de herramientas políticas destinadas a amortiguar la economía real, muchas veces, en franca contradicción con lo que sus propias teorías económicas dictaban que debía hacerse. Y en algunas economías emergentes clave, el aumento de la demanda de materias primas unido al estímulo monetario global convirtió los años inmediatamente posteriores a 2008 en un período de bonanza.

El impacto sumado del progreso tecnológico, las políticas de estímulo y la resistencia y la flexibilidad para recuperarse evidenciadas por los mercados emergentes ha dado pie a una depresión mucho más leve en términos de costos humanos que la de la década de 1930. Pero, en cambio, el impacto de la crisis actual es mayor que el de aquel entonces. Para entender por qué, necesitamos examinar la cadena de causas y efectos.

Para los economistas (tanto de izquierda como de derecha), la causa inmediata del hundimiento reciente fue el «dinero barato»: concretamente, la decisión de desregular la banca y flexibilizar el crédito que tomaron los Estados occidentales tras el estallido de la llamada burbuja de las tecnológicas (o de las «punto com») en 2001. Fue esa decisión la que propició la expansión descontrolada de los productos financieros estructurados... y la que sirvió de móvil de todos los crímenes posteriores: lo que los políticos vinieron a decirles en la práctica a los banqueros fue que estos tenían la obligación de enriquecerse, por medio de las finanzas especulativas, para que su riqueza llegara luego hasta nosotros.

Admitido el papel central que el dinero barato tuvo como antecedente de la crisis, tenemos que enfrentarnos a un problema más profundo aún: el de los «desequilibrios globales», es decir, la división del trabajo que permitía que países como Estados Unidos vivieran del crédito e incurrieran en déficits elevados, mientras que China, Alemania, Japón y los otros países exportadores se beneficiaban del reverso de ese orden de las cosas. Sin duda, tales desequilibrios subyacen a la superabundancia de crédito que inundaba las economías occidentales. Pero ¿por qué existían? ¿Por qué las familias chinas ahorraban un 25% de sus sueldos y los prestaban a través del sistema financiero global a unos trabajadores estadounidenses que no ahorraban nada?

En la primera década del siglo xxi, los economistas mantuvieron un debate en torno a dos explicaciones posibles (y rivales entre sí) de ese fenómeno: o bien la culpa la tenía el exceso de ahorro de la frugal población de Asia, o bien cabía atribuirla al excesivo volumen de préstamos contratados por los derrochadores habitantes de Occidente. Pero fuera cual fuere la explicación, lo cierto era que los desequilibrios eran un hecho. Si profundizamos un poco más en busca de una causa más fundamental, siempre daremos con la roca madre que es la globalización en sí. Pero, claro está, en la teoría económica convencional, la globalización es algo que no se puede cuestionar bajo ningún concepto: está ahí y punto.

La tesis de «las malas prácticas bancarias más el crecimiento desequilibrado» se convirtió así en la explicación estándar del hundimiento. Corrijamos los bancos, gestionemos las deudas a la baja, reequilibremos el mundo y las cosas volverán a estar bien: ese es el supuesto en el que se han basado las políticas aplicadas desde 2008.

Pero la persistencia del crecimiento bajo ha hecho que incluso los economistas convencionales se estén alejando de esa inicial actitud de autocomplacencia. Larry Summers, secretario del Tesoro estadounidense en tiempos de la presidencia de Bill Clinton y uno de los grandes arquitectos de la desregulación bancaria, sacudió el mundo de la economía académica cuando, en 2013, advirtió que Occidente se enfrentaba a la perspectiva de un «estancamiento secular», es decir, a un escenario de crecimiento bajo durante el futuro más o menos inmediato. «Por desgracia —admitió entonces—, [el bajo crecimiento] lleva ya mucho tiempo entre nosotros, pero ha pasado inadvertido, oculto tras la fachada de la insostenibilidad financiera». El veterano economista estadounidense

Robert Gordon fue incluso más allá y predijo que el bajo crecimiento se instalaría en Estados Unidos durante los próximos veinticinco años como consecuencia del descenso de la productividad, el envejecimiento de la población, el elevado nivel de endeudamiento y la desigualdad creciente. Con implacable inexorabilidad, la no reactivación del capitalismo ha hecho que lo que hoy preocupe de verdad no sea ya la posibilidad de un estancamiento de diez años causado por una acumulación excepcional de deuda, sino la posibilidad de que el sistema nunca recupere su dinamismo. Nunca más.

Para comprender cuánto hay de racional en esas funestas premoniciones, se impone un examen crucial de cuatro factores que, si bien posibilitaron inicialmente el florecimiento del neoliberalismo, han comenzado ahora a destruirlo. Esos cuatro factores son:

1. El «dinero fiduciario», que permitió que reaccionáramos a toda ralentización de la economía con una flexibilización del crédito y que el conjunto del mundo desarrollado viva del endeudamiento.

2. La «financiarización», que sustituyó por crédito los estancados ingresos de la mano de obra del mundo desarrollado.

3. Los desequilibrios globales y los riesgos que siguen encerrándose aún en las inmensas deudas y reservas de divisas de países importantes.

4. La tecnología de la información, que hizo posible que ocurriera todo lo demás, pero cuya futura contribución al crecimiento es dudosa.

El destino del neoliberalismo depende de si esos cuatro factores persisten o no. El destino del capitalismo a largo plazo depende de lo que suceda si no persisten. Examinémoslos uno a uno.

El dinero fiduciario

En 1837, la entonces recién proclamada República de Texas emitió sus primeros billetes de banco. Se conservan aún unos pocos, nuevecitos, en los museos de ese estado. Como carecía de reservas de oro, el nuevo país prometió pagar al portador de aquellos billetes un 10% de interés anual. Para 1839, el valor de un dólar texano había caído ya hasta los cuarenta centavos estadounidenses. En 1842, la impopularidad de los billetes era tal que el propio Gobierno texano ni siquiera los aceptaba para el pago de sus impuestos. Al poco tiempo, la población local comenzó a presionar para que Estados Unidos anexionara Texas. Para 1845, cuando tal anexión se produjo finalmente, el dólar de Texas había recuperado buena parte de su valor. Estados Unidos canceló poco después, en 1850, 10 millones de dólares de deuda pública texana.

Ese episodio histórico se considera un caso de libro de lo que sucede con el «dinero fiduciario», es decir, con el dinero que no está respaldado por oro. En inglés se le denomina «fiat money». La palabra latina fiat significa lo mismo que en la famosa expresión bíblica «fiat lux»: «hágase la luz». «Fiat money» significa, pues, «hágase el dinero», creado de la nada. En Texas, había tierras, ganado y comercio, pero no en cantidad suficiente como para justificar la impresión de 4 millones de dólares ni la acumulación de una deuda pública de 10 millones. El dinero de papel se hundió y, al final, la propia República de Texas desapareció.

En agosto de 1971, fue Estados Unidos el que decidió repetir aquel experimento, aunque, en esta ocasión, usando el conjunto del mundo como laboratorio. Richard Nixon abolió unilateralmente el acuerdo que fijaba el valor de todas las demás monedas al dólar, y el del dólar al oro. A partir de aquel momento, el sistema de monedas global estaría basado en el dinero fiduciario.

A finales de la década de los sesenta, el futuro jefe de la Reserva Federal, Alan Greenspan, había criticado la que por entonces era la propuesta de desvincularse del oro, que él consideraba una conspiración de los «defensores del Estado de bienestar a toda costa» dirigida a financiar el gasto público a base de confiscar el dinero del pueblo. Pero pronto él, como el resto de la élite estadounidense, cayó en la cuenta de que aquella maniobra haría posible que fuera Estados Unidos el que, en la práctica, confiscara el dinero de otros países; se abrió así la veda para que Washington se permitiera tres décadas de manipulaciones de su moneda. El resultado de ese proceso ha posibilitado que Estados Unidos acumule, a día de hoy, una deuda de 6 billones de dólares con el resto del mundo.

Esta transición hacia un papel moneda puro fue la condición previa de todas las demás fases del proyecto neoliberal. A la derecha estadounidense le llevó mucho tiempo comprender que la medida no era en absoluto de su agrado. Hoy son precisamente los economistas de derecha quienes más indignados claman contra el dinero fiduciario. Lo consideran la fuente última de los reiterados ciclos de burbuja expansiva-estallido-contracción... y, en parte, no les falta razón.

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