Opinión

Patrias · Alfredo Corchado

Cuatro amigos, dos países y el fin del éxodo mexicano.

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ADELANTOS EDITORIALES

Del galardonado periodista y experto en inmigración Alfredo Corchado nos llega la historia de la gran migración mexicana desde finales de los años ochenta hasta la actualidad. Es, en cierto sentido, una historia de amor con dos naciones, contada a través de cuatro amigos.

Una frontera no sólo delimita países: transforma a quienes la cruzan, cambia a las naciones, crea destinos compartidos y distancias insalvables.

Ésta es la historia de cuatro mexicanos que se conocieron en Estados Unidos. Cuatro historias muy distintas, que sin embargo comparten la incertidumbre, el anhelo, la lucha diaria, la amistad incipiente y la soledad...

En esta obra periodística, el reportero de The Dallas Morning News Alfredo Corchado nos presenta, a través de esas viñetas #una de ellas, la suya#, el retrato de un fenómeno lleno de mitos y desconocimiento: el viaje de los mexicanos hacia el #sueño americano#. Esa oleada se transformó, y su dinámica actual es muy distinta a la que creíamos conocer.

La Silla Rota te regala un capítulo del libro Patrias de Alfredo Corchado con autorización editorial de Penguin Random House.

Alfredo Corchado Jiménez es el corresponsal en México y la frontera de The Dallas Morning News y Al Día. Especialista en los conflictos emanados del narcotráfico y la migración, durante años ha cubierto la política mexicana y la frontera entre México y Estados Unidos #países de los que tiene las nacionalidades.

Patrias | Alfredo Corchado

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Patrias de Alfredo Corchado

Prólogo

Una noche invernal en Tequilas

Pasé varios días llamando por el teléfono de disco hasta que por fin Primo, en un marcado acento mexicano, contestó:

—¿Hola?

Me presenté en español.

Un amigo en el Paso me había dicho que Primitivo "Primo" Rodríguez Oceguera probablemente era el único otro mexicano en Filadelfia: un jesuita, activista de los derechos humanos con tendencias marxistas, y yo. No era el tipo de persona con el que comúnmente me asociaría, pero era mi primer invierno lejos de casa —la frontera Estados Unidos-México— y me sentía solo y desesperado.

Conversamos brevemente y acordamos reunirnos. Sugerí que nos viéramos en un restaurante indio que se encontraba cerca de mi departamento, lo que a partir de entonces se convirtió en una tradición sabatina. No sabía mucho acerca de Primo, pero, por el simple hecho de ser mexicano, lo consideré mi único amigo en Filadelfia.

Una noche, cuando sentí que el curry no estaba suficientemente condimentado y con añoranza por la comida mexicana, nos arriesgamos a probar un nuevo lugar del cual Primo había escuchado hablar.

Tequilas decía el letrero que se encontraba afuera del restaurante. Abrimos la puerta helados por el viento y sentimos una ráfaga de calor proveniente del interior. Entramos con desconfianza, incrédulos de que ese restaurante mexicano valiera la pena. Me recibió un altar a la virgen de Guadalupe con fotos de revolucionarios cubanos como Ernesto Che Guevara y Fidel Castro, mexicanos como Pancho Villa y Emiliano Zapata, y el escritor izquierdista uruguayo, Eduardo Galeano.

Puse los ojos en blanco.

Claro. Éste no era sino otro capitalismo mafioso que se aprovechaba de las imágenes de los románticos líderes latinoamericanos de izquierda y la venerada imagen de la morena. ¿La virgen de Guadalupe?

¿En serio? Pensé en mi madre y en las oraciones que rezaba a diario en casa con la esperanza de que bastaran para guiarme por esta nueva vida.

¿Qué sabía este cabrón sobre nuestra fe? Sólo había armado este tinglado para ganar algunos dólares vendiendo tacos.

Era un insulto.

Nos sentamos en dos sillas junto a la barra. Para nuestra sorpresa, el olor parecía ser auténtico. No era exactamente la comida de mi madre, pero se acercaba bastante.

En vez de la típica música instrumental de mariachi sonaba "Cruz de navajas", una canción popular de amor y traición del grupo de pop español Mecano. La voz angelical de Ana Torroja me enganchó. Articulé la letra mientras estudiábamos la carta, que parecía salida directamente de México. En una clásica sátira mexicana,  el menú ridiculizaba la comida Tex-Mex y burlonamente incluía un platillo obligatorio de nachos como imprescindible para tranquilizar a quienes creían que un restaurante mexicano tenía que incluir nachos en el menú. No obstante, el sarcasmo no era lo único presente en esa carta. El menú parecía educar a los comensales ignorantes sobre la historia de la frontera Estados Unidos-México.

Una mercadotecnia genial, pensé. Los platillos incluían mole, con todo y trenza de carne.

Alguien aquí conoce México íntimamente, pensé. La música pop de España y el menú comenzaron a seducirme. Bajé la guardia.

Primo era mayor que yo, aunque no podía adivinar su edad —y tampoco me atrevía a preguntarle—. Se estaba quedando calvo y tenía un pequeñísimo bigote que lo hacía parecer un donjuán con instinto de matador. Los ojos le brillaban detrás de unos anteojos Hemingway cuando hablaba sobre algo que le apasionaba. ¿Cuáles eran sus cuatro temas favoritos? Política, migración, salsa y mujeres, aunque no siempre en ese orden.

A lo largo de todos esos sábados que pasamos juntos me enteré de que trabajaba con migrantes indocumentados para ayudarlos a legalizarse al amparo del nuevo y generoso programa de amnistía. El presidente Ronald Reagan acababa de firmar la Ley de Reforma y Control de Inmigración de 1986. La llamó "amnistía" durante un debate presidencial con el candidato demócrata Walter Mondale en 1984: "Creo en la idea de la amnistía para aquellos que han echado raíces y vivido aquí, aunque quizá hace algún tiempo hayan entrado ilegalmente". El concepto llegó para quedarse.

Primo y yo rara vez hablábamos sobre cosas personales, excepto de nostalgia y política.

Le conté la historia de mi familia, cómo emigramos desde México gracias a la Ley de Inmigración de 1965 que el presidente Kennedy defendió antes de su asesinato. Le dije que mis familiares alguna vez trabajaron como migrantes en los campos de California y que yo conseguí un empleo temporal en The Wall Street Journal —por pura suerte, confesé—. Después de trabajar en un rudimentario periódico vespertino, El Paso Herald-Post, ahora estaba aquí, en el noveno piso del North American Building, un edificio de ladrillo rojo de veintiún niveles ubicado en la calle South Broad, comisionado por Thomas Wanamaker. Era surreal.

En esos primeros días de trabajo tomaba el tren con mi jefe de oficina, Frank Edward Allen, quien generosamente me hospedaba en su casa mientras yo encontraba un lugar para vivir. Me sentaba codo a codo con los otros viajeros y hojeaba The Philadelphia Inquirer, The Wall Street Journal o The New York Times, de vez en cuando compartiendo una sección, pero sin decir una sola palabra.

Si todas estas personas fueran mexicanas, pensé, el tren estaría rebosante de ruido. Todos se conocerían entre sí, intercambiarían sonrisas y carcajadas. Se saludarían de beso en el cachete y se darían abrazos largos y familiares. Pero no, Filadelfia se sentía estéril y desalmada.

En mi primer día de trabajo, Frank y yo salimos de la estación Suburban, un edificio art déco con trenes suburbanos que pasaban por debajo. Luego continuamos por la calle 15 a través de un parque con una estatua que mostraba la palabra amor en color rojo. A mi izquierda se encontraba el imponente ayuntamiento de Filadelfia, una fachada hecha a base de ladrillos de apariencia gótica adornada con mármol. El edificio North American alguna vez fue el más alto de Filadelfia: cuando se terminó de construir en 1900, un título que mantuvo durante un año hasta ser eclipsado por el ayuntamiento y su estatua de William Penn. Wanamaker albergó su propio periódico, The North American, en el edificio hasta que cerró, en 1925. Ahora el edificio gozaba de una nueva reputación periodística altamente valorada.

—La estatua de Penn que se ubica en lo alto del ayuntamiento honra al fundador de la ciudad y el estado —dijo Frank.

Siempre en su papel de maestro, Frank me tomó pacientemente del hombro y señaló con el dedo hacia Penn, añadiendo que la ciudad fue desarrollada como un experimento sagrado basado en sus hospitalarias creencias cuáqueras.

Asentí, confundido sobre el hecho de que iba a trabajar en un lugar obsesionado con las acciones, los informes de ganancias, las fusiones y adquisiciones, las adquisiciones hostiles, el uso de información privilegiada —todos ellos conceptos que apenas comprendía—. Desde donde me encontraba, casi podía jurar que la estatua de Billy se orinaba sobre mí.

A partir de ahora formaba parte del experimento de la "diversidad".

Cuando llegamos a la oficina del Journal, Frank me presentó brevemente a todo el equipo. Todos fueron muy amables y cordiales a pesar de estar muy ocupados. Casi todos eran egresados de las grandes universidades de Estados Unidos como Harvard, Princeton, Northwestern y así sucesivamente. En contraste, yo inicié mis estudios en la Universidad Comunitaria de el Paso y, tras quedarme más tiempo del debido, terminé por transferirme a la Universidad de Texas en el Paso. Aunque ni siquiera tenía un diploma, a los demás les decía que era el Harvard de la frontera —una broma que escuchaba con frecuencia en casa—. Nadie se rio.

Por fortuna, una de mis colegas sobresalió entre los demás: Julie Amparano, nativa de Phoenix, quien fue a la Universidad de Arizona en Tucson. Ella cubría los nuevos casinos que se construían en Atlantic City. Corría el año de 1987 y el mercado accionario crecía. En el sector de bienes raíces se podían conseguir verdaderas gangas, sobre todo en el centro de la ciudad, por lo que mucha gente de negocios comenzó a congregarse en el área, algunos haciendo tratos con mafiosos italianos como Salvatore Testa, quien controlaba los sitios de construcción. Julie era nueva en el Journal y vigilaba de cerca a un joven multimillonario de Nueva York conocido como "el Donald". Donald J. Trump, un joven y temerario hombre de negocios, graduado de la escuela de Negocios de Wharton en la Universidad de Pensilvania, un negociador deslumbrante.

Julie podía ser de origen italiano, o tal vez griego, aunque decía que su madre era de El Paso. Con excepción de los conserjes, ella parecía ser la única otra hispana en la oficina del Journal en Filadelfia. Me prometió que iríamos a comer juntos para compartir experiencias, sin embargo, presentía que esa comida no sucedería pronto. Julie rondaba los veintitantos años, tenía el cabello negro corto y rizado, y emanaba un aire de ambición profesional y estilo personal. Quizá temía que yo pudiera avergonzarla; asociarse con un torpe reportero mexicoamericano como yo no convenía mucho a sus intereses.

En una nación y ciudad obsesionadas con los conflictos raciales entre negros y blancos, los hispanos pasábamos desapercibidos, pues nos escondíamos sigilosamente para ir con la corriente blanca. Yo representaba aquello de lo que Julie huía: carecía de estilo y notaba cómo miraba mi abrigo deportivo con desaprobación, el único que tenía y que conseguí en oferta en JCPenney durante una venta posnavideña en el Paso. Le quité el precio pero le dejé una etiqueta de tela en la manga —que me llegaba a la mitad de las manos—. Frank también lo notó, por lo que me jaló hacia su oficina, un espacio decorado con "obras de arte" de animales dibujados con crayolas por sus tres pequeños hijos, Zack, Josh y Nick. Con frecuencia lo visitaban para verlo en acción.

—¡Qué elegante! —dijo con sarcasmo, tras sacar unas tijeras y cortar la etiqueta de tela.

Frank recitó los nombres de las compañías que debía cubrir en mi turno, instándome a que investigara un poco al respecto, a que me informara sobre cada organización pública, porque los reportes trimestrales saldrían pronto y necesitaba estar preparado. Reportaría sobre las noticias corporativas de empresas como Hershey´s, Campbell´s y Black & Decker —nombres que conocía de mi época escolar cuando bajaba a brincos del camión y corría a la tienda de la esquina en oro loma por el canal delta-Mendota para comprar una barra de chocolate Hershey´s—.

Me sentaba en mi escritorio vacío y escuchaba el ruido blanco del tecleo en las computadoras IBM, periodistas que realizaban entrevistas en voz baja mientras acunaban pesados receptores de teléfono sobre sus hombros, reuniones en salas de conferencias para hablar con editores en Nueva York. Los muebles eran de la marca Steelcase, todos hechos de metal y con distintos tonos de gris, muy apropiados para un periódico que en ese entonces carecía de fotografías o color. Los escritorios tenían tapas laminadas con patrones de color falsos para imitar la apariencia de la madera.

Cada reportero tenía un archivero con candado junto a su escritorio. En la parte trasera de la oficina había un cuarto pequeño con un escritorio y una silla. Lo llamábamos "el cuarto de escritura", un lugar al que podían ir los reporteros, uno a la vez, para trabajar en sus artículos de primera plana. Era un lugar silencioso. Ahí no sonaba ningún teléfono y no había molestas interrupciones para pedirles a los reporteros que "detectaran noticias".

Sí, me habían dicho que éste era el epicentro del poder económico y político, pero algo no se sentía auténtico. Era como si el resto del país no existiera, como si sólo esto importara y no la periferia. Miré a mi alrededor y todo me pareció un estereotipo, un molde.

Extrañaba la pasión del Herald-Post. The Wall Street Journal tenía una vibra distinta. Cada día se sentía igual que el anterior. Solía mirar por la ventana del camión o del tren en la calle Broad los nuevos edificios que se erigían constantemente en una ciudad que, como yo, estaba en medio de una crisis de identidad. Mi alma se lamentaba. Nada sobre Filadelfia me resultaba familiar. Los hoagies, sándwiches de carne con queso nativos de Filadelfia, y la cerveza Rolling Rocks remplazaron las enchiladas, los huevos rancheros y la cerveza Coors. Extrañaba tanto mi casa que aún mantenía el horario de El Paso en mi reloj. Una vez Frank no cumplió con una fecha de entrega porque yo me encontraba en una zona horaria incorrecta y él había estado mirando mi reloj, sentado a mi lado, cubriendo un pronóstico corporativo.

Cada mañana, en mi escritorio, esperaba a que los conserjes entraran a los baños para seguirlos, sólo para decir "Buenos días, buenas noches", para escuchar el sonido del español otra vez. Casi todos eran puertorriqueños y estaban tan sorprendidos como yo de que un mexicano hubiera encontrado su camino al este del Río Misisipi.

Por las noches, al volver a mi departamento, me consolaba con amargura en la música que me transportaba a casa. Cuando la nostalgia era más intensa, recurría a Juan Gabriel y escuchaba "Se me olvidó otra vez", mientras recordaba "el mismo lugar y con la misma gente", la letra de una canción que, según yo, había sido dedicada a Ciudad Juárez.

Nunca había vivido solo. Mantenía el volumen bajo, preocupado de que mis vecinos pudieran escuchar mi música mexicana. Sin embargo, comenzaba a mover mi pie al ritmo de las melodías que ellos escuchaban —los conmovedores sonidos de Miles Davis, John Coltrane, Louis Armstrong y Duke Ellington, cuya canción "Haupe" me hacía emprender una búsqueda interminable por conciliar el sueño—. Mis "muebles" se reducían a una mecedora y una bolsa rectangular para dormir que el padre de Frank utilizaba cuando cazaba ciervos canadienses y alces en Wyoming. Esperaba con ansias el momento de acurrucarme dentro de la bolsa rellena de plumas de ganso y un cierre que corría desde arriba por un costado y a lo largo de la parte inferior. Ambos fueron regalos de Frank y Maggie, su esposa. Yo no tenía ni un clavo. Solía apagar las luces y oír el rugido del viento, la nieve que se acumulaba  en silencio. Imaginaba que el polvo blanco devoraba la fachada de ladrillos de piedra y me recostaba sobre la cama, atento al estruendo del tráfico afuera, preguntándome si alguna vez formaría parte de Filadelfia.

—Deja de quejarte —me decía a mí mismo—. Podrías estar recolectando melones.

LAS PAPITAS Y LA SALSA llegaron poco tiempo después, interrumpiendo mis ensoñaciones y mi debate con Primo sobre si la reforma migratoria realmente sacaría a millones de las sombras y marcaría el final de la migración mexicana, o si el flujo de migrantes continuaría para siempre. México experimentaba un rápido cambio demográfico;  las mujeres tenían menos hijos. El flujo hacia el norte tendría un límite, ¿no?

Como buen reportero, comencé a tomar notas que, sin saberlo en ese momento, mi madre preservaría meticulosamente en contenedores de plástico durante las próximas décadas.

Un mesero se atravesó con nuestras enchiladas rojas. Se veían y olían muy bien. Las probé y, por un segundo, no supe bien en dónde estaba. Era como si el cocinero hubiera tomado clases con mi madre. Ahora Miguel Bosé cantaba "La gran ciudad", una canción sobre el acto de marcharse que mis hermanos y yo escuchamos, tristes, antes de mi partida hacia Filadelfia. No, mamá, no llores así; papá mío, damebendición. Quienquiera que haya puesto esta música compartía mi dolor, mi añoranza por el hogar, y se sentía tan miserable como yo en Filadelfia.

En cuanto empezamos a comer observé que el mesero, quien se había alejado rápidamente con una charola vacía en dirección a la cocina, llamaba al bartender, un joven como de mi edad pero mucho más guapo, que jugaba con los vasos mientras limpiaba la barra. El barman nos miró fijamente, al parecer en un intento por escuchar nuestra conversación. Tal vez era italiano, pensé, disfrazado ingeniosamente como mexicano para dotar de autenticidad a su restaurante —tenía incluso un bigote negro poblado que le cubría el labio superior y una larga melena negra que le caía por encima de las orejas—. Era alto, de hombros anchos y con la complexión de un defensor de línea de futbol americano. También tenía un pecho prominente.

Qué mercadólogos tan ingeniosos, pensé. Realmente están en todo.

—ese bigote es como salido de una película de Zapata —le dije a Primo.

—Supongo que sí— me respondió.

El bartender, que era como un oso de peluche gigante, caminó hacia nosotros y sonrió ampliamente.

—Caballeros, ¿en qué puedo servirles? —preguntó educadamente en un español perfecto.

—Buscamos al dueño —dije, sorprendido.

Habla español. ¡Putísima madre! ¡Ya valí madres!, pensé.

Por un momento me horrorizó la idea de que hubiera escuchado mis dudas y burlas sobre su bigote. Mi teoría de que era un falso mexicano. Le dije que queríamos saber de dónde había sacado el dueño la idea para este lugar, porque parecía ser genuino.

—David Suro-Piñera, para servirles —dijo, indicando que él era el dueño del lugar y agregando cordialmente que estaba a nuestras órdenes.

Primo y yo nos miramos, inseguros de cómo responder.

—No se asusten —dijo—. Sólo escuchaba su conversación. No tenía la intención de hacerlo, pero éste es un lugar nuevo, sólo lleva abierto unos cuantos meses. es mi sitio y quiero asegurarme de que el servicio está al nivel de sus exigencias, jóvenes. Trato de construir un negocio desde cero. Al parecer saben de comida y de... música-

Lo miramos con sospecha. Decía todas las cosas amables que diría un mexicano en la forma pasivo-agresiva a la que estábamos acostumbrados. Desviamos la mirada sin decir una sola palabra, sobrecogidos por la alegría de volver a probar auténtica comida mexicana en un restaurante cuyo dueño parecía ser un mexicano de verdad en esta fría ciudad donde, hasta hacía muy poco, nos sentíamos completamente solos.

Nos terminamos nuestras enchiladas y estábamos a punto de irnos, cuando David nos bloqueó la salida con un ligero brinco. Era persistente, como un guardameta que por nada del mundo dejaría entrar algo a su portería.

—Quédense para tomar otro trago —dijo, y luego recitó la lista de tequilas más completa que había escuchado en mi vida, aunque en ese momento yo no era un gran conocedor de la bebida.

Me gustaba la cerveza, de preferencia Budweiser o Coors. Empezó a nombrar algunos tequilas que ni siquiera tenía en existencia, los que más le gustaban, pero que no conseguía en Estados Unidos. De hecho, confesó, su oferta era tan mala que se rehusaba siquiera a beber lo que tenía disponible, aunque conocía todos los detalles sobre sus distintos orígenes y procesos de destilación.

No encajaba en un restaurante, pensé. Debería rondar los campos salvajes de agave azul en el estado de Jalisco, al noroeste de México.

Más tarde descubrí que era originario de Guadalajara, la capital de Jalisco.

—Hace frío afuera —insistió—. El tequila corre por cuenta de la casa.

Primo y yo vacilamos por un momento. ¿Qué íbamos a hacer, decir que no? David nos acompañó a una mesa cerca de la puerta. Nos sentó en la mesa 21, el lugar donde pasaríamos tantas noches juntos. David sirvió una porción generosa para cada uno de nosotros, sonrió traviesamente y luego regresó al bar, cuyo techo estaba hecho de palma. Se veía feliz consigo mismo.

Me bebí el tequila de golpe, como solía hacerlo en la discoteca Juárez Electric Q y muy a pesar de David. Me miró sorprendido desde la barra, rápidamente regresó con la misma botella y me sirvió otro. Sacudió la cabeza como diciendo: ni te atrevas a tomártelo de golpe otra vez o te reviento la botella en la cabeza. ¡Pendejo!

—Despacito —dijo—. Bésalo despacito. Saboréalo. No te lo tomes de un jalón.

Me lo bebí lentamente, sin saber exactamente  qué había sucedido. David parecía satisfecho. Ambos asentimos, como si me acabaran de bautizar.

Recuerdo haber observado a Primo tímidamente, pero su mirada ya estaba clavada en otra parte. Raúl Yzaguirre, quien posiblemente era el latino más influyente en Estados Unidos, el hombre que salía en las noticias nacionales hablando sobre la amnistía para los inmigrantes, caminaba hacia nosotros. Nacido en Texas y de padres mexicoamericanos, Raúl lideraba el Consejo Nacional de La Raza, el grupo más poderoso que abogaba por los derechos de los hispanos y los inmigrantes en Estados Unidos. Bajo el liderazgo de Raúl, el Consejo Nacional de La Raza era un jugador clave en el debate sobre la inmigración. Ahora la Raza era objeto de severas críticas: ¿cómo era posible que una organización que defendía los derechos de los inmigrantes se alineara con las grandes corporaciones tras haber abogado por la amnistía junto a quienes se aprovechaban de la mano de obra barata de estos trabajadores? Raúl había cenado con un hombre que parecía banquero, abogado o político.

Cuando estaba por salir del restaurante, Raúl reconoció a Primo —quien también era un célebre organizador de inmigrantes— y se detuvo en nuestra mesa. Era una de las personas que movía los hilos en d. C., un miembro consumado del círculo político interno, y nos saludó en español.

Le di mi tarjeta de presentación y le solicité una entrevista para que conversáramos sobre los retos que implicaba representar a un grupo que cambiaba de forma tan radical el rostro de Estados Unidos. Él aceptó de buena gana y me dijo que la próxima vez que visitara Washington podíamos sentarnos a hablar sobre política junto con su diputada, Cecilia Muñoz.

Nos presentó al hombre con el que había cenado, Kenneth I. Trujillo o Ken, quien vestía un traje fino de tres piezas y unos elegantes lentes redondos. Por supuesto, era abogado. Tenía el cabello ondulado, un mentón cuadrado y su piel era suave; también hablaba rápido, de dentadura perfecta, del tipo que hacía que me sintiera inseguro sobre la mía. Por esa razón agradecí que las luces del lugar fueran tenues —y también para ocultar las cicatrices que el acné dejó en mi rostro—.

Forcé una sonrisa a medias.

El tipo parecía un Tom Cruise hispano, pensé. Su cara aún estaba cubierta de maquillaje. Algunas horas antes, ambos aparecieron en un programa de televisión donde se debatieron los esfuerzos locales y nacionales de establecer el inglés como el idioma oficial de Pensilvania. Le ofrecimos a Ken un lugar en nuestra mesa y rápidamente se sentó, ya que Raúl tenía que apresurarse para tomar un taxi que lo llevara de regreso a la estación de la calle 30 y de ahí agarrar el último tren hacia Washington.

El español de Ken estaba muy lejos de ser perfecto, pero admiramos su esfuerzo. El mío tampoco era muy bueno que digamos, así que me sentí muy a gusto con él. Su acento a veces parecía puertorriqueño, pero luego descubrí que no era ni de Puerto Rico ni de México, sino que había nacido y crecido en Nuevo México. Ahí la gente debía recordarles a los extraños que la frontera cruzó y dejó fuera a su familia mexicana, no al revés. La familia de Ken estuvo completamente aislada de su tierra natal durante generaciones. Al igual que muchos nuevomexicanos, se sentía más casado con su herencia española que con sus raíces mexicanas. No conocía a nadie en México. Nunca extrañaba a sus primos o sentía, como muchos inmigrantes mexicanos, que se le rompía el corazón cada vez que había un cumpleaños o durante las vacaciones, porque él ya estaba en familia. Su familia realmente nunca se había ido. Como yo, Ken extrañaba los atardeceres en el suroeste que coloreaban los cielos de morado y naranja.

Una vez más, David caminó hacia nosotros y se presentó con Ken. Le sirvió un trago, feliz de haber conocido en una misma noche a otras tres almas que extrañaban su hogar. Insistimos en que se tomara un trago con nosotros y así lo hizo. Con nuestras copas llenas, nos miramos y tratamos de descifrarnos. Muy pronto adoptamos una tradición del Viejo Mundo que se convirtió en algo enteramente nuestro: mirarnos a los ojos mientras decíamos "¡Salud!"

En ese instante  debimos  percibir que todos  compartíamos el mismo dolor, el mismo corazón roto. Esa noche formamos un vínculo, hablando en español acompañados de música, gastronomía y raíces en común, a miles de kilómetros de la frontera sur. Éramos los amigos más improbables y no teníamos ningún otro lugar a donde ir esa noche. Era tarde, casi medianoche, y las mesas estaban prácticamente vacías. Con cada ronda, la botella de tequila se hacía más ligera y nosotros más ruidosos: hablábamos de la histórica migración que arrasaba con el país. Profundizamos en las corrientes que en ese momento remodelaban Estados Unidos.

Con excepción de Ken, los demás éramos hijos de una revolución fallida e inconclusa en México. Ahora vivíamos en Filadelfia, un lugar que supuestamente era el que mejor encarnaba una revolución y en donde los fundadores de la nación elaboraron una constitución que sería la envidia de todo el mundo durante siglos. Nosotros poníamos a prueba la tolerancia de una ciudad construida en 1691 por William Penn, un aristócrata convertido en agitador que vio en sus nuevas tierras un paraíso para los refugiados que huían de la persecución religiosa y los inmigrantes que buscaban reinventarse.

David habló sobre su pasión por la comida y la forma en que se propuso seducir a los estadounidenses a través de la cultura culinaria y las bebidas mexicanas; es decir, ejerciendo un "poder suave" —un término que aprendería después—. Ken habló sobre la justicia judicial, la visión de un país más equitativo  e incluyente. Primo insinuó a lo que se dedicaba: unir en secreto a trabajadores a ambos lados de la frontera e idear esfuerzos para empoderar a los mexicanos en Estados Unidos. Les dije que yo sólo quería irme a casa, encontrar el camino de vuelta a la frontera o al México de mi infancia, con suerte como un corresponsal "extranjero" para un periódico grande de Estados Unidos, una ilusión que en ese momento parecía un sueño guajiro.

Años después, al rememorar esa velada en Filadelfia, era como si hubiéramos estado destinados a encontrarnos esa noche, en ese momento, en la mesa 21 de Tequilas. Cuatro extraños rumbo a lo desconocido, arrancados de nuestras viejas zonas de confort, embarcados en una travesía caótica. Tres inmigrantes de estados mexicanos con altos índices de exportación de migrantes: Jalisco, Michoacán y Durango. Ken, el nuevomexicano, un embajador involuntario de un Estados Unidos tradicional, aún en busca de sus raíces mexicanas a lo largo del camino. Nuestras amistades resistirían el paso del tiempo, unas mejor que otras.

Esa noche iniciamos una conversación que ha durado más de treinta años, dándole vueltas a una pregunta fundamental y profundamente personal: ¿cómo encajamos? ¿Qué significa ser estadounidense y convertirse en parte de su diversa corriente predominante, integrarse en su colorido tapete, sus nobles ideales y principios democráticos atemporales? en cuanto creíamos haberlo descifrado, por algún motivo todo el concepto se nos escapaba otra vez. Buscamos la idea original y luego la destruimos —una cruel ironía—.

Afuera de Tequilas, el amanecer comenzó a cernirse sobre Filadelfia. Unos trabajadores iban camino a casa, otros estaban a punto de iniciar sus labores mientras la ciudad dormía. Algunos camiones acanalaban montones de nieve, limpiando  la calle Locust entre Broad y la plaza Rittenhouse, revelando  los restos de una oscuridad invernal: cuatro extraños en busca de sus propias sombras al amanecer.

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