Opinión

Nuestra verdad

La emocionante e inspiradora autobiografía de la nueva vicepresidenta de Estados Unidos.

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ADELANTOS EDITORIALES

Escrito en primera persona, esta autobiografía es la presentación al mundo de la nueva vicepresidenta de Estados Unidos.

«Estoy hablando». Con esa contundente frase dicha en medio de un debate electoral se daba a conocer la que más tarde acabaría siendo la primera mujer vicepresidenta de Estados Unidos. La primera mujer y la primera afroamericana. Una frase que resume como ninguna otra lo que ella es y, más importante aún, lo que representa su elección.

En estas memorias, Kamala recorre una trayectoria personal que desde sus orígenes está impregnada de la lucha constante por la justicia social y la defensa de los más vulnerables; la de los niños víctima de abusos en su etapa como fiscal, la del matrimonio gay durante su cargo como Fiscal general de California, o la de las familias desahuciadas durante la crisis hipotecaria. Kamala Harris, criada por su madre india en una comunidad afroamericana muy vinculada a los derechos civiles, reflexiona en este libro sobre la importancia de alzar la voz contra los prejuicios y sobre los personajes, públicos y privados, que la han inspirado.

Un libro emocionante y escrito con honestidad, cuya lectura no sólo nos sumerge en la vida de una mujer que ha hecho historia a cada paso de su carrera, sino que además nos permite evaluar los importantes cambios políticos y sociales vividos en las últimas cinco décadas y los desafíos que nos aguardan.

Fragmento del libro "Nuestra verdad" de Kamala D. Harris. Editorial Planeta. Traducción del inglés: María Eugenia Santa Coloma y Ana González Corcho. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Kamala Harris es licenciada en Derecho por la Universidad de California, Kamala D. Harris es la primera mujer, y la primera afroamericana, que ha sido elegida vicepresidenta. Líder histórica en materia de seguridad pública y derechos civiles, hasta hace poco era senadora de los Estados Unidos por California. Comenzó su carrera en la Oficina del Fiscal de Distrito del Condado de Alameda, y luego fue elegida Fiscal de Distrito de San Francisco. Como Fiscal General de California, procesó a las bandas transnacionales, los grandes bancos, las petroleras, las universidades con ánimo de lucro y luchó contra los ataques a la Ley de Atención Asequible.

Nuestra verdad · Kamala Harris

#AdelantosEditoriales

 

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POR EL PUEBLO

Aún recuerdo la primera vez que entré, como empleada, en el Tribunal Superior del condado de Alameda, en Oakland, California. Fue en 1988, durante mi último verano en la Facultad de Derecho, cuando a mí y a otras nueve personas nos ofrecieron una beca de formación durante el verano en la fiscalía de distrito. Algo me decía que quería ser fiscal, que quería estar en la primera línea de la reforma de la justicia penal, que quería proteger a los vulnerables. Pero al no haber visto nunca el trabajo de cerca, no me había decidido.

El sol brillaba con fuerza en el Palacio de Justicia. El edificio se hallaba junto al lago Merritt, más alto y majestuoso que los edificios que lo rodeaban. Desde determinados ángulos, parecía una maravilla arquitectónica de una capital extranjera, con su base de granito y su torre de hormigón que se elevaba hasta acabar en un tejado dorado. No obstante, desde otros, se parecía extrañamente a una tarta nupcial de estilo art déco.

La fiscalía de distrito del condado de Alameda tiene algo de legendaria. Earl Warren estuvo a su frente antes de pasar a ser fiscal general de California y, más tarde, uno de los presidentes más influyentes del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Pensé en él aquella mañana al pasar junto a los impresionantes mosaicos del vestíbulo que ilustran la historia de California. Las palabras de Warren, que proclamaba que la segregación era «inherente a la desigualdad», tardaron quince años en llegar a Berkeley, California. Agradecí que llegaran a tiempo para mí; mi clase de la escuela de primaria fue la segunda de mi ciudad en implantar la integración mediante el transporte escolar.1

Fui la primera en llegar a la reunión de presentación. Los demás compañeros aparecieron pocos minutos después. Solo había una mujer entre ellos, Amy Resner. En cuanto acabó la reunión, me acerqué a ella y le pedí su número de teléfono. En ese entorno dominado por los hombres, me hacía ilusión tener al menos una compañera. Hoy en día, sigue siendo una de mis mejores amigas y soy la madrina de sus hijos.

Como becarios de verano, lógicamente, teníamos muy poco poder o influencia. Nuestro trabajo consistía sobre todo en aprender y observar, a la vez que echábamos una mano donde podíamos. Era una oportunidad para hacernos una idea de cómo funcionaba el sistema de justicia penal desde dentro, de cómo era hacer justicia... y también no hacerla. Nos pusieron con abogados que llevaban a juicio todo tipo de casos, desde conducción bajo los efectos del alcohol hasta homicidios, y teníamos la oportunidad de estar en la sala y formar parte del proceso de preparación.

Nunca olvidaré la vez que a mi supervisor le tocó trabajar en un caso relacionado con una redada antidroga. La policía había detenido a varias personas durante la operación, incluida una transeúnte inocente que pasaba por allí: una mujer que había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado y se había visto envuelta en el dispositivo. Yo no la había visto. No sabía quién era ni qué aspecto tenía. No tenía ninguna relación con ella, solo la conocía del informe que estaba revisando. Pero había algo en ella que me llamó la atención.

Era un viernes, a última hora de la tarde, y la mayor parte de la gente se había ido a casa a pasar el fin de semana. Con toda probabilidad, el juez no la vería hasta el lunes, lo que significaba que tendría que pasar el fin de semana en la cárcel.

«¿Trabaja los fines de semana? ¿Va a tener que explicarle a su jefe dónde está? ¿La van a despedir?»

Aún más importante, yo sabía que tenía hijos pequeños en casa. «¿Saben que ella está en la cárcel? Deben de pensar que ha hecho algo malo. ¿Quién los está cuidando? ¿Hay alguien que pueda hacerlo? Tal vez han llamado al Servicio de Protección de Menores. Dios mío, podría perder a sus hijos.»

Todo pendía de un hilo para esta mujer: su familia, su sustento, su prestigio en su comunidad, su dignidad, su libertad. Y, en cambio, no había hecho nada malo.

Fui a toda prisa a ver al secretario del juzgado y le pedí que se le tomara declaración ese mismo día. Se lo rogué. Se lo supliqué. Si el juez pudiera volver al tribunal solo cinco minutos, podríamos dejarla en libertad. En lo único en lo que era capaz de pensar era en su familia y en el miedo de sus hijos. Al final, cuando los minutos del día ya casi se agotaban, el juez volvió. Observé y escuché mientras él repasaba su caso y esperé a que diera la orden. Entonces, con un golpe de mazo, así sin más, la mujer quedó libre. Conseguiría llegar a tiempo a casa para cenar con sus hijos. Nunca llegué a conocerla, pero jamás la olvidaré.

Fue un momento decisivo en mi vida. Fue la materialización de que, incluso en los márgenes del sistema de justicia penal, hay mucho en juego, sobre todo a nivel humano. Entendí que, incluso con las limitadas atribuciones de un becario, las personas que se preocupan pueden hacer justicia. Fue revelador, un momento que demostraba lo importante que era contar con personas compasivas trabajando como fiscales. Años antes de ser elegida para dirigir una importante fiscalía, esta fue una de mis victorias más notables. Sabía que ella se había ido a casa.

Y supe el tipo de trabajo que quería hacer y a quién quería servir.

El Palacio de Justicia no estaba muy lejos de donde crecí. Nací en Oakland, California, en 1964, y pasé la etapa formativa de mi infancia viviendo en la linde entre Oakland y Berkeley.

Mi padre, Donald Harris, nació en Jamaica en 1938. Fue un estudiante brillante que emigró a Estados Unidos después de que lo admitieran en la Universidad de California en Berkeley. Fue allí a estudiar Económicas y llegó a dar clases de Economía en Stanford, donde sigue siendo profesor emérito.

La vida de mi madre comenzó miles de kilómetros al este, en el sur de la India. Shyamala Gopalan era la mayor de cuatro hermanos: tres niñas y un niño. Al igual que mi padre, fue una estudiante con talento, y cuando mostró pasión por la ciencia, sus padres la animaron y la apoyaron.

Se graduó en la Universidad de Delhi a los diecinueve años. Y no se quedó ahí. Presentó una solicitud para un programa de posgrado en Berkeley, una universidad que jamás había visto y en un país que nunca había visitado. Me cuesta imaginar lo difícil que debió de ser para sus padres dejarla marchar. Los vuelos comerciales estaban empezando a expandirse por todo el mundo. No iba a ser fácil estar en contacto. Sin embargo, cuando mi madre pidió permiso para trasladarse a California, mis abuelos no se interpusieron en su camino. Era una adolescente cuando se fue de casa con destino a Berkeley en 1958 para hacer un doctorado en nutrición y endocrinología, antes de convertirse en investigadora sobre el cáncer de mama.

Mi madre tenía previsto regresar a la India cuando terminara sus estudios. El matrimonio de sus padres había sido concertado y se daba por sentado que mi madre seguiría un camino similar. Pero el destino tenía otros planes. Ella y mi padre se conocieron y se enamoraron en Berkeley mientras participaban en el movimiento por los derechos civiles. Su matrimonio, y su decisión de quedarse en Estados Unidos, fueron los mayores actos de autodeterminación y amor.

Mis padres tuvieron dos hijas. Mi madre obtuvo su doctorado a los veinticinco, el mismo año de mi nacimiento. Mi querida hermana, Maya, llegó dos años después. Siguiendo la tradición familiar, en ambos embarazos mi madre siguió trabajando hasta el momento del parto: una vez, rompió aguas mientras estaba en el laboratorio, y la otra, mientras preparaba un strudel de manzana. (En ambos casos, conociendo a mi madre, debió de insistir en acabar antes de ir al hospital.)

Mis primeros años fueron felices y sin preocupaciones. Me encantaba estar al aire libre y recuerdo que, cuando era pequeña, mi padre quería que campara a mis anchas. Se volvía a mi madre y le decía:

—Déjala correr, Shyamala. —Y luego se volvía hacia mí y me decía—: Corre, Kamala. Todo lo rápido que puedas. ¡Corre!

Y yo arrancaba con el viento en la cara y la sensación de ser capaz de cualquier cosa. (No es de extrañar que también tenga muchos recuerdos de mi madre poniéndome tiritas en las rodillas llenas de rasguños.)

La música llenaba nuestro hogar. A mi madre le apasionaba poner discos de góspel y cantar sobre ellos, desde los primeros trabajos de Aretha Franklin hasta los Edwin Hawkins Singers. Ganó un premio en la India como cantante y a mí me fascinaba oír su voz. A mi padre le gustaba tanto la música como a mi madre. Tenía una gran colección de jazz, un montón de álbumes que llenaban todas las estanterías de las paredes. Todas las noches me quedaba dormida al ritmo de Thelonious Monk, John Coltrane o Miles Davis.

Pero la armonía entre mis padres no duró. Con el tiempo, las cosas se pusieron feas. Dejaron de ser amables el uno con el otro. Yo sabía que se querían mucho, pero daba la impresión de que se habían vuelto aceite y agua. Cuando tenía cinco años, el lazo que los unía se rompió bajo el peso de la incompatibilidad. Se separaron poco después de que mi padre aceptara un trabajo en la Universidad de Wisconsin y, unos años después, se divorciaron. No se pelearon por el dinero. Solo lo hicieron por quién se quedaba con los libros.

Siempre he pensado que si hubiesen sido un poco más mayores, más maduros emocionalmente, tal vez su matrimonio habría salido adelante. Pero eran muy jóvenes. Mi padre fue el primer novio de mi madre.

Fue difícil para ambos. Creo que, para mi madre, el divorcio supuso un tipo de fracaso que nunca había creído posible. Su matrimonio fue tanto un acto de rebeldía como de amor. Explicárselo a sus padres ya había sido bastante difícil. Explicar el divorcio, imagino, fue incluso peor. Dudo que alguna vez le dijeran: «Te lo dije», pero creo que esas palabras resonaban en su mente, a pesar de todo.

Maya era aún muy pequeña cuando se separaron, demasiado bebé para entender lo que pasaba, para percibir lo duro de la situación. A menudo he sentido una punzada de culpabilidad por lo que Maya nunca llegó a vivir: yo conocí a nuestros padres cuando eran felices juntos. Maya, en realidad, no.

Mi padre siguió formando parte de nuestras vidas. Lo veíamos los fines de semana y pasábamos los veranos con él en Palo Alto. Pero fue mi madre quien realmente nos crio. Fue la principal responsable de que nos convirtiéramos en las mujeres que somos.

Y era extraordinaria. Mi madre medía poco más de metro y medio, pero para mí era como si midiera un metro noventa. Era inteligente y fuerte, temible y protectora. Era generosa, fiel y divertida. Solo tenía dos objetivos en la vida: criar a sus dos hijas y acabar con el cáncer de mama. Era exigente y tenía depositadas muchas esperanzas en nosotras mientras nos criaba. En todo momento hizo que Maya y yo nos sintiéramos especiales, que supiéramos que podíamos hacer lo que quisiéramos si nos esforzábamos.

Mi madre había crecido en una familia en la que el activismo político y la participación ciudadana eran algo natural. Su madre, mi abuela, Rajam Gopalan, nunca fue al instituto, pero era una líder competente en su comunidad. Acogía a mujeres maltratadas por sus maridos, y luego los llamaba y les decía que o aprendían a comportarse o ella se encargaría de enseñarles. Solía hacer reuniones sobre métodos anticonceptivos para las mujeres de las aldeas. Mi abuelo P. V. Gopalan había formado parte del movimiento a favor de la independencia de la India. Con el tiempo, como alto diplomático del Gobierno de la India, él y mi abuela vivieron un tiempo en Zambia tras su independencia y ayudaron a establecerse a los refugiados. Solía decir en broma que el activismo de mi abuela algún día lo pondría en un aprieto. Pero sabía que eso nunca iba a detenerla. Mi madre aprendió de ellos que lo que le daba sentido a la vida era servir a los demás. Y de mi madre, Maya y yo aprendimos lo mismo.

Mi madre heredó de mi abuela la fuerza y el coraje. Quienes las conocían sabían que era mejor no meterse con ellas. Y gracias a mis dos abuelos, mi madre desarrolló una gran conciencia política. Era consciente de la historia, consciente de la lucha, consciente de las desigualdades. Nació con el sentido de la justicia grabado en el alma. Mis padres solían llevarme en cochecito con ellos a las manifestaciones en favor de los derechos civiles. De esa época, recuerdo una marea de piernas moviéndose a mi alrededor, la energía, los gritos y los cánticos. La justicia social ocupaba un lugar central en las conversaciones familiares. Mi madre se reía al contar una historia que adoraba de una vez en la que yo me puse a armar jaleo cuando tenía uno o dos años.

—¿Qué quieres? —me preguntó, tratando de calmarme.

—¡Dibertá! —grité.

Mi madre se rodeaba de buenas amigas que eran como hermanas. Mi madrina, una compañera suya de Berkeley a quien yo conocía como «tía Mary», era una de ellas. Se conocieron a través del movimiento en favor de los derechos civiles que estaba cobrando forma a principios de los años sesenta y se debatía y defendía desde las calles de Oakland hasta las tribunas de la Sproul Plaza en Berkeley. Mientras estudiantes negros hablaban en contra de la injusticia, se formó un grupo de jóvenes, hombres y mujeres entusiastas, muy inteligentes y comprometidos políticamente, entre ellos mi madre y la tía Mary.

Fueron a manifestaciones pacíficas en las que la policía los atacó con mangueras. Se manifestaron contra la guerra de Vietnam y en favor de los derechos civiles y el derecho a voto. Fueron juntas a escuchar a Martin Luther King Jr. en Berkeley, y mi madre llegó a conocerlo. Me dijo que en una protesta contra la guerra, los Ángeles del Infierno se enfrentaron a los manifestantes. Me contó que, en otra, ella y sus amigas se vieron obligadas a correr para resguardarse, conmigo en el cochecito, cuando se desató la violencia contra los manifestantes.

Pero mis padres y sus amigos eran más que eso. Eran grandes pensadores, impulsaban grandes ideas, organizaban su comunidad. La tía Mary, su hermano (mi «tío Freddy»), mi madre y mi padre, y algo más de una decena de estudiantes organizaron un grupo de estudio para leer a los autores negros que la universidad ignoraba. Se reunían los domingos en la casa de Harmon Street de la tía Mary y el tío Freddy, donde devoraban a Ralph Ellison, discutían sobre Carter G. Woodson y debatían acerca de W. E. B. Du Bois. Hablaban sobre el apartheid, la descolonización de África, los movimientos de liberación de los países en vías de desarrollo y la historia del racismo en Estados Unidos. Pero no se limitaban a charlar. Había urgencia en su lucha. También recibían a invitados ilustres, entre ellos líderes intelectuales y de los derechos civiles, desde LeRoi Jones hasta Fannie Lou Hamer.

Después de Berkeley, la tía Mary consiguió un trabajo como profesora en la Universidad Estatal de San Francisco, donde siguió celebrando y enalteciendo la experiencia negra. La Universidad Estatal de San Francisco contaba con una universidad experimental dirigida por estudiantes, y, en 1966, otro de los queridos amigos de mi madre, a quien yo conocía como el tío Aubrey, impartió la primera asignatura universitaria de estudios afroamericanos. El campus era un banco de pruebas para redefinir el significado y la esencia de la enseñanza universitaria.

Esta era la gente de mi madre. En un país en el que no tenía familia, ellos eran su familia, y ella era la de ellos. Prácticamente desde el instante en que llegó de la India, eligió a la comunidad negra y fue bien recibida en ella. Así sentó las bases de su nueva vida estadounidense.

Junto con la tía Mary, la tía Lenore era la confidente más íntima de mi madre. También recuerdo con cariño a uno de los mentores de mi madre, Howard, un brillante endocrinólogo que la protegió. Cuando era pequeña, él me regaló un collar de perlas que me había traído de un viaje a Japón. (Desde entonces, las perlas han sido una de mis joyas preferidas.)

Yo estaba también muy unida al hermano de mi madre, Balu, y a sus dos hermanas, Sarala y Chinni (a quien yo llamaba Chitti, que significa «madre joven»). Vivían a muchos kilómetros de distancia, y rara vez nos veíamos. Pese a todo, gracias a numerosas conferencias internacionales, a nuestros viajes periódicos a la India y al intercambio de cartas y postales, nuestra sensación de familia, de cercanía, consuelo y confianza fue capaz de abrirse paso en la distancia. Fue así como aprendí por primera vez que puedes tener relaciones muy estrechas con las personas, aunque no las veas a diario. Siempre estábamos ahí para los demás, fuera en la forma que fuese.

Mi madre, mis abuelos, mis tías y mi tío nos inculcaron el orgullo de nuestras raíces del sur de Asia. Nuestros nombres típicos indios evocaban nuestro origen, y crecimos con una gran conciencia y aprecio por la cultura india. Todas las palabras de afecto o frustración pronunciadas por mi madre eran en su lengua materna, lo que me parecía adecuado, ya que es la pureza de esas emociones lo que asocio por encima de todo con mi madre.

Mi madre tenía muy claro que estaba criando a dos hijas negras. Sabía que su patria adoptiva nos vería a Maya y a mí como niñas negras, y estaba decidida a garantizar que nos convirtiéramos en mujeres negras seguras y orgullosas.

Más o menos un año después de que mis padres se separaran, nos mudamos al piso de arriba de un dúplex en Bancroft Way, en una parte de Berkeley conocida como «las llanuras». Era un barrio unido de familias trabajadoras centradas en hacer bien las cosas, pagar las facturas y estar disponibles para los demás. Era una comunidad que invertía en los niños, un lugar donde la gente creía en el principio más básico del sueño americano: que si trabajas mucho y haces lo mejor para el mundo, tus hijos serán mejores que tú. No éramos ricos en términos económicos, pero los valores que interiorizábamos nos aportaban una riqueza distinta.

1. A pesar de que la segregación en las escuelas fue declarada anticonstitucional en Estados Unidos en 1954, esta siguió vigente de facto debido a la segregación por barrios de la población. La integración mediante el transporte escolar se introdujo a partir de 1971 y consistía en asignar a los alumnos a escuelas públicas distintas de las que les correspondían por distrito y transportarlos allí en autobuses. (N. del e.)