Opinión

No se mata la verdad • Temóris Grecko

El peligro de ser periodista en México.

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ADELANTOS EDITORIALES

“Vinieron por su marido. Las camionetas llegaron con estruendo, los ocupantes bajaron entre gritos, sus nietos jugaban en la calle, ambos corrieron asustados. Eran las siete y media de la tarde. Los siguieron al menos seis hombres. Otros quedaron afuera, de guardia. En el rústico patio interior, María Ordóñez sólo pudo abrazar a los pequeños. La única habitación con puerta que había en el interior de la casa era la de abajo. Los invasores la derribaron. Pero no había nadie detrás. Se apoderaron de una laptop, una tablet, una cámara, dos celulares: las herramientas de trabajo del reportero. Él dormía en la planta superior. El cansancio de dos días de trabajo duro no permitió que el ruido alertara a Moisés Sánchez. Probablemente despertó al sentir los golpes, o acaso apenas cuando lo arrastraban fuera. Abrazar a los niños, fuerte: hasta eso alcanzó el poder de María. Con sus nietos miró cómo se llevaban al abuelo”.

Fragmento del libro “El peligro de ser periodista en México. No se mata la verdad” de Témoris Grecko. Editorial Harper Collins. Cortesía de publicación Harper Collins.

No se mata la verdad | Temóris Grecko

#AdelantosEditoriales

 

Introducción

Esta noche no sabemos el alcance de los asesinos. Nos hemos reunido en la casa de una colega. Se pierden los nervios, abundan los gritos. Hay fotógrafos, escritores y defensores de la libertad de expresión. Comprobamos que la Ciudad de México no protegió a los compañeros que asesinaron ayer en la colonia Narvarte; que ni los amigos, ni las organizaciones de apoyo, ni el llamado Mecanismo de Protección a Periodistas del gobierno federal, pudimos mantenerlos a salvo; que en México no es la ley quien tiene algo así como “un largo brazo”, sino el crimen organizado que opera en las calles y desde las oficinas de los altos funcionarios y ejecutivos, y que cuando quiere ir por ti, simplemente va por ti.

Suponemos que esta vez cometieron un error. Una cosa es que los políticos y sus asociados criminales —que controlan estados como Veracruz— actúen allá, donde los policías y los fiscales siguen atentamente sus órdenes, donde el que protesta es desaparecido por los oficiales encargados de la seguridad.

No. Ahora sí se equivocaron. Al Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, y a sus subordinados, los consideramos unos corruptos, no tenemos dudas, pero en un nivel distinto: no pueden dejarse arrastrar tan bajo. Sentirán el llamado a hacer justicia, o la inconveniencia de ensuciarse con la mierda de otros, o por lo menos los impulsará su celo territorial y querrán hacer saber que en la capital de la República hay quien manda, que no pueden venir de otros lados a hacer lo que se les antoje.

Eso es lo que queremos pensar algunos. Otros nos tratan de hacer ver, con duras palabras y olvidando el respeto de colegas, de amigos, que no podemos ser tan ingenuos; no importan los dominios particulares, en este país impera un pacto de impunidad que no puede ser roto tan solo porque alguien traspasó sus límites.

No sé qué pensar de lo que nos dicen, de cómo nos lo dicen: ¿es cinismo, amargura, rendición? No puede ser así. No están en lo correcto. México, mi patria, está herida, muy lastimada, pero yo he visto lo que es un Estado fallido, en Libia, en Siria, en Somalia. No hemos llegado a eso, a la autodestrucción, al fin de la esperanza. ¿O estoy errado?

En todo caso, estamos todos en peligro. Se ha roto la virginidad imaginaria de nuestra ciudad. Lo que nos llena no es sólo indignación: también algo próximo al pánico. Los que no están peleando por la interpretación del crimen, por la valoración de su impacto, están llorando en los sillones. La bomba estalló en la casa común de fotógrafos, periodistas y activistas, en esta metrópolis que deja de ser refugio de perseguidos y faro de libertades.

El mensaje es muy claro. Nos han enviado un mensaje muy claro, con tanta claridad como sólo puede haber en la tinta grana de la sangre: nadie está a salvo. Ninguno de nosotros podrá evadirlos cuando decidan venir por nosotros. La impunidad es total. No hay quien nos proteja.

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Es el 1 de agosto de 2015 y llevo 11 meses en México. No me sentía de regreso en el país, en el sentido de volver a establecerme aquí. Hace 50 semanas y tres días que pospongo mi retorno a Medio Oriente, a mi vida de reportero nómada, a mi sueño convertido en cotidianidad. Durante casi 14 años, he viajado a otras partes del mundo o residido en ellas, con varias visitas y sólo un par de estancias en mi país, que estuvieron lejos de hacerse permanentes porque siempre sentí la fuerte atracción que ejercían sobre mí otros rincones del planeta.

El 20 de agosto de 2014 volé de Londres a México, lastimado en el corazón: fueron 12 horas hundido en clase turista, en las que no me pude quitar de la mente el recuerdo de Jim Foley, amigo cercano de mis amigos cercanos, por quien dolorosamente sosteníamos una campaña pidiendo su libertad. En la noche previa, el grupo terrorista Estado Islámico había subido a internet un video en el que, en algún lugar de Siria, un yijadi británico le cortaba la cabeza. Lo habían vestido con un uniforme naranja de reo. Lo torturaron. Lo mataron. E hicieron de él un espectáculo. En honor a Dios, dicen ellos.

Volví a vivir lo que pudo habernos hecho correr la misma suerte. Por la mañana del 20 de enero de 2013, un grupo de combatientes nos interceptó en Alepo a mis colegas Balint Szlanko, Andoni Lubaki y a mí. Vendados y atados, nos transportaron a toda velocidad por la zona controlada por el Ejército Sirio Libre, sin ser detenidos o cuestionados por nadie. Nos introdujeron en un edificio, frente a la vista de civiles. Después de interrogarnos, nos arrojaron a una celda. Me habían roto las gafas y, miope con 10 dioptrías, me quedé prácticamente ciego: no sería capaz de anticipar los golpes, de detectar oportunidades, de ser útil si intentábamos escapar. Quedé incapacitado para defenderme. Me convertí en una carga para mis compañeros.

Intentamos descubrir quiénes eran los que nos tenían, si estaban con la revolución o eran shabihas del régimen de Bashar al Assad, o —todavía peor— si eran yijadis de Al Qaeda. Como nos negaron cualquier dato, exigimos que nos llevaran con el comandante, jeque o emir, o con quien tuviera alguna autoridad, para explicarle que habían cometido un error. Queríamos conocer de qué se nos acusaba o qué pretendían de nosotros, y quizá negociar nuestra liberación, antes de que fuera demasiado tarde.

A medianoche nos vendaron los ojos, nos ataron las manos y nos sacaron del lugar para subirnos a una camioneta, en la que viajamos sintiendo los fusiles presionando nuestras nucas, golpeándonos en cada salto. Quisimos creer que cumplirían nuestra petición, que hablaríamos con la persona indicada, y que empezaríamos así a poner las cosas en orden. Ya nos habían despojado de todo lo útil: dinero, cámaras, celulares, documentos, chamarras. Sólo valíamos como bolsas de carne parlantes.

Antes de hacernos bajar, nos ordenaron quitarnos los zapatos. Sentí el suelo helado del invierno en Levante, agua, piedrecillas entre mis dedos. Aunque incapaz de percibir los detalles, supe que no nos condujeron a una casa o un campamento; había oscuridad total y vacío, como el de una zona despoblada. Ahí no estaba el jeque. El vehículo arrancó. ¿Qué planeaban hacernos? Mis compañeros se mantenían en silencio total. Escuchamos que el vehículo se alejaba. Se detenía. Daba la vuelta. Y regresaba con velocidad. Pensé en las ejecuciones en México. En prisioneros inermes cosidos a balas desde coches en movimiento. Podía ocurrir lo mismo. O tal vez preferirían ahorrar la munición y pasar por encima de nosotros. Eso explicaría por qué no nos habían disparado tras obligarnos a descender. Economía militar.

Durante el encierro, además de pensar en Jim, tenía en la mente a otro periodista de Estados Unidos, Theo Padnos. A Theo lo había conocido en Beirut y juntos habíamos tratado de entrar en Siria por la carretera a Damasco, en noviembre de 2011; los oficiales de migración del presidente Assad —sin embargo— nos rechazaron. Un año después, Theo pasó por el cruce fronterizo de Al Bab, donde yo estaría más tarde; se adentró en la guerra y desapareció. Era el 2 de noviembre de 2012. Jim fue capturado 20 días después, el 22. En enero, nos capturaron a nosotros. Da para un pasatiempo matemático: 2 reporteros en los días 2 y 22, en el año 2012. Y nosotros, 2 meses más tarde, un día 20. Sólo faltaba que fuéramos 2.

Pero éramos tres y nos bendecía la suerte, una suerte que nunca seremos capaces de valorar con suficiencia. Para decirlo brevemente, nos salvó el provenir de naciones por las que Al Qaeda no tenía ningún interés. El grupo que nos retuvo vivía de la venta de rehenes que ofrecía luego a los yijadis. Mantener hombres armados en tiempos de guerra sale caro, todos ellos comen y tienen familias, las fuentes de ingreso escasean y en ese contexto la venta de rehenes es un buen negocio. Así, aunque nos ofrecieron a los yijadis lo que realmente interesaba a Al Qaeda eran los ciudadanos franceses, porque unas semanas atrás —cuando la organización estaba a punto de conquistar Mali— el presidente Sarkozy les echó a perder la jugada atacándolos con tanques y aviones. Provocó así la cólera del emir Ayman al Zawahiri, quien ordenó a sus hombres atrapar franceses donde quiera que los encontraran.

Como en los días anteriores habíamos trabajado con Camille —una joven francesa— la noticia llegó a ellos y pensaron al capturarnos que habían ganado la lotería. Fue una pena decepcionarlos. Aunque en algún momento Andoni tuvo que admitir que tenía nacionalidad española, insistió en que era vasco y nuestros captores no detectaron allí la oportunidad de negocio. Por lo que toca a Balint y a mí, resultamos simplemente de escaso valor: Al Qaeda no se interesó en comprarnos. ¿De qué podíamos servirles un húngaro, un vasco y un mexicano? Sólo para hacer un chiste.

Los secuestradores pudieron haber decidido que lo mejor era cerrar el asunto eliminando pistas comprometedoras, es decir, literalmente a nosotros. Afortunadamente nuestros amigos se movieron a gran velocidad. Les debemos la vida a ellos: a los periodistas sirios Nour Kelze y Hamid Khatib, al fotógrafo greco-chipriota Achilleas Zavallis, y al alemán Kai Wiedenhoefer. Fueron ellos quienes recorrieron los cuarteles de las milicias rebeldes (esperanzados todavía en que el presidente Obama les diera armas y dinero) y explotaron en nuestro favor ese gran inconveniente: el de una hipotética noticia donde una de las facciones de su revolución había asesinado a tres periodistas occidentales. Fue por ello que pudieron presionar efectivamente para conseguir nuestra liberación.

Mis vellos estaban ya erizados cuando el viento de la camioneta al pasar recorrió mi piel. No nos arrolló. Se fue, y ahí se acabó. ¡Se acabó! No lo podíamos creer. Tardamos en quitarnos las vendas, nos abrazamos; Andoni entonaba canciones vascas y yo no podía ver nada. Balint me tomó de la mano para guiarme, descubrió la luz de una casa y dijo: “¡Ahí nos van a ayudar!” No había nadie, pero hallamos otra en la que unos guerrilleros nos dejaron entrar. Me pusieron junto a un calentador de leña, y nos subieron más tarde a una camioneta que nos condujo al cuartel de la Liwa al Tawhid, la Brigada de la Unicidad. Ahí estaban Nour, Hamid, Achilleas y Kai, y nos llevaron a su refugio, donde nos alimentaron. No podía ser tan bello.

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El sobreviviente padece la culpa de su supervivencia. La embajada de México en Turquía tenía instrucciones de enviarme inmediatamente a México. Yo tenía que ir: Martín, mi tío, tan joven que más bien parecía mi hermano mayor, agonizaba en el hospital, víctima de cáncer y diabetes. Preguntaba por mí. Fue difícil explicarle a Alfonso Soto —el diplomático encargado de ayudarme— que no quería volver. Mi dinero, mi pasaporte, mi equipo, mi confianza: todo me lo habían quitado en Alepo. Mi trabajo era el de contar las guerras de África y de Medio Oriente: ¿cómo iba a retomar mi camino? Me imaginaba arrastrando mi derrota hasta la cama de Martín, mirando sus ojos de moribundo, llenando sus mejillas con mis lágrimas, contándole que me habían hecho pedazos, para después verlo morir.

No. No compartiría mi derrota con Martín porque no había sido derrotado, porque no me iba a rendir, por Theo y por Jim, por Martín y por mí. Con el amor de Isabel, Eileen, Catalina, Salvador y otros amigos que realizaron una colecta para reponer mi equipo, y con el apoyo de Rory Peck Trust, Valeria Berumen, Ricardo Bucio, José Miguel Calatayud y Peter Bouckaert, viajé hasta Egipto para recuperar mi carrera periodística, haciendo reportajes sobre el gobierno de los Ikhwan —los Hermanos Musulmanes— en vísperas del golpe militar.

Caminaba a la orilla del Nilo, en la isla de Zamalek, cuando supe de la muerte de Martín. Lloré dejando su espíritu fluir con la corriente, hacia el Mediterráneo. Safari njema, rafiki wa dhati!

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La ejecución de Jim le dio la vuelta al mundo en un instante. Yo estaba en Londres, en casa de mi amiga Gabriela Nieto, cuando me golpeó la noticia. Me negué a ver el video, a seguir el juego de Abu Bakr al Baghdadi, a sumarme al espectáculo. No conseguía procesar la información. Gaby me quería abrazar, o decir algo, o dejar solo: ¿qué podía hacer? Yo no acertaba a decirle lo que era mejor, porque tampoco lo sabía.

Había transcurrido un año y medio desde nuestra liberación. Otros amigos habían pasado por secuestros en Siria: Marc Marginedas por una parte, y por la otra Javier Espinosa y Ricard García Vilanova, en incidentes separados, desde septiembre de 2013 hasta marzo de 2014. Pero los habían soltado. Comenzó así un periodo en el que el trabajo para los periodistas extranjeros se hizo imposible en aquel país. Para entender la guerra teníamos que confiar en las versiones que ofrecían los bandos en conflicto, o atenernos a la información que proporcionaban sirios sin preparación periodística, y que corrían por ello peligro de muerte.

Jim ejecutado, y de Theo seguíamos sin saber nada. Con el paso de cada mes y de cada semana, las posibilidades de que siguiera con vida se reducían. Con esas heridas regresé a México, a la buena comida, a la música y el mezcal, a la bulla y el apapacho de mi gente, al sentido del humor, a los vivos colores latinos que contrastan con los tonos terrosos que predominan en las ciudades de Levante. Sí, ese privilegio que espera disfrutar el periodista extranjero: el de entrar al pozo y salir al gozo.

Es posible que sean también las fantasías que quiero creer. En los peores momentos, cuando caían las bombas alrededor de nosotros en Gaza o en Libia, pensé que yo era igual a mis compañeros, que confiaban en escapar de allí para retornar a la paz de sus países. Pronto comprendí —sin embargo— que un periodista mexicano sale de un conflicto en un país lejano, para volver al permanente conflicto en casa.

En el Frontline Club de Londres, en 2013, tuve la oportunidad de hacer el taller de primeros auxilios para campo de batalla RISC (Reporteros Instruidos para Salvar Colegas) al lado de su creador, el escritor y documentalista Sebastian Junger. El origen de tal curso es bien conocido: Tim Hetherington, amigo y camarógrafo de Sebastian, perdió la vida en Libia a consecuencia del estallido de una granada. Su muerte en esas circunstancias, así como la de Chris Hondros, pudieron haber sido evitadas si sus compañeros hubieran tenido conocimientos médicos básicos en aquel momento crítico.

Además de fundar risc, la respuesta de Sebastian a esa tragedia fue la de abandonar el periodismo de conflicto y dar pie a un debate sobre esta especialidad, tras llegar a la conclusión de que los reporteros de riesgo tenemos una adicción enfermiza por la guerra, una suerte de “actitud suicida”. En cierta forma da la impresión de que —incapaz de evitar en nosotros esa propensión autodestructiva— Sebastian se planteó apoyarnos con algo de medicina urgente, en un contexto de combate. Me consta que es un gran tipo, que tiene elementos y que en muchos casos puede tener razón, pero no en todos. Él llegó a sus conclusiones a partir de su propia vivencia de la tragedia; otros no lo han interpretado de la misma forma y —a pesar de secuestros, prisiones y heridas— han vuelto a escenarios duros, pues creen que es importante estar allí para contarlo.

En una charla con Sebastian, el novelista y veterano de guerra Elliot Ackerman señaló que quienes han pasado por una guerra la extrañan al regresar a casa, pues no pueden ya vivir sin esa intensidad, y se oponen a la expectativa de pasar el resto de su vida “en una terraza bebiendo cerveza Coors”. El tema es sin duda importante, al menos en los Estados Unidos. En México no lo vemos así porque no se discute si hace falta cubrir el conflicto que desde hace décadas destruye a nuestro país. Aunque no experimentamos batallas del tipo que puede enfrentar a dos ejércitos en el mismo territorio nacional, la presión sin embargo es permanente, y la gente quisiera vivir sin ella.

En su documental Which way is the frontline from here? (¿Hacia dónde está el frente de batalla?), Sebastian no sólo le rinde tributo a Tim; también presenta su alegato contra el periodismo bélico, que resume en esta frase: “La verdad definitiva de la guerra no es que podrías morir. La verdad definitiva de la guerra es que tienes la garantía de que perderás a tus hermanos”.

En agosto de 2014 pensaba quedarme en México sólo unas semanas. Un gran crimen —la desaparición de 43 estudiantes en septiembre— prolongó mi estancia. Pero fue con la masacre de la Narvarte que comprendí que no sólo me iba a quedar en México más tiempo de lo que pensaba, sino que había llegado la hora de refrendar mi compromiso con el país. Entendí también que los hermanos a los que se refiere Sebastian, en el caso mexicano, no sólo son los que te obsequió la vida mediante una camaradería profesional, sino los que te dio a través de una familia, de las amistades del barrio y de la escuela, bajo la forma de madres e hijas, abuelos y tíos, todos expuestos sistemáticamente a la violencia. Pues en el conflicto que vivimos los mexicanos es imposible o inútil preguntar hacia dónde está el frente de batalla. Un frente que no está hacia allá ni hacia acá, enorme pero también indefinido y difuso, donde no hay combatientes o enemigos claramente identificables, y la línea de fuego no constituye propiamente una línea, sino un campo de conflicto de dos millones de kilómetros cuadrados, dentro del cual vivimos todos.

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El contexto político en el que encontré a mi país es parte fundamental de las historias que narra este libro. Durante 71 años, desde 1929 hasta 2000, México fue gobernado por el Partido Revolucionario Institucional (fundado como Partido Nacional Revolucionario, llamado después Partido de la Revolución Mexicana y finalmente PRI) mediante un sistema de partido hegemónico, en el que las demás organizaciones políticas constituían partidos satélites, y en el mejor de los casos una oposición testimonial, como la del Partido de Acción Nacional, o PAN.

El largo proceso de transición democrática permitió finalmente la alternancia con la victoria del pan en 2000, aunque en realidad ese partido (socialmente conservador y económicamente liberal) representó tanto como el sistema priísta tradicional los intereses de una élite de empresarios multimillonarios, compañías trasnacionales e inversionistas extranjeros.

Además de la oposición de izquierda, constituida por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), existían seis minipartidos —conocidos como “la chiquillada”— que profesaban ideologías laxas, difusas o de plano inexistentes, y que lograban subsistir mediante alianzas de conveniencia con los tres partidos mayores.

Lo que se conoce como “cultura política priísta” —desarrollada durante la larga dominación del pri— se caracteriza por la toma de decisiones verticales y autoritarias, así como por las prácticas clientelares, la simulación y la corrupción en todos los niveles; son estas mismas características las que terminaron por prevalecer también en las demás agrupaciones políticas del país, grandes o pequeñas.

Tras dos sexenios panistas, en los que la violencia escaló a niveles nunca antes vistos, el pri regresó al poder en diciembre de 2012, con la victoria de su candidato Enrique Peña Nieto. Con el propósito de impulsar una ambiciosa agenda de reformas, y de —presuntamente— modernizar a México, el nuevo mandatario convocó a todos los partidos a su integración en el llamado Pacto por México.

Cuando empecé a escribir este libro en agosto de 2015, casi a la mitad del mandato del presidente Peña Nieto, la oposición política estaba encabezada por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien había sido jefe de Gobierno de la Ciudad de México entre el año 2000 y el 2005, y constituía la única persona que había sostenido un verdadero liderazgo nacional en las primeras décadas del presente siglo. La agenda política había estado señalada por la decisión del sistema de impedir su acceso al poder, y por su persistente apuesta para ganar la presidencia, con el apoyo de un gran segmento de la población.

López Obrador había sido candidato en 2006 y —según sus seguidores— sólo un fraude electoral había conseguido apartarlo de la presidencia en aquel año; las cifras oficiales lo colocaron sólo un 0.5% detrás de su principal oponente, el panista Felipe Calderón.

Durante el curso de la presidencia calderonista, se fraguó anticipadamente una operación para garantizar un relevo beneficioso para las élites en la siguiente elección presidencial de 2012, mediante la creación de la candidatura telegénica de Peña Nieto y la confección de una alianza informal y transpartidaria, en la que las televisoras tuvieron un papel central. Peña Nieto venció a López Obrador en 2012, pero no con los 15 puntos de ventaja que tenía al principio, sino tan solo con seis, según las cifras oficiales.

La figura de AMLO como líder de una enorme inconformidad permaneció intacta. El tabasqueño rechazó y denunció el apoyo que su partido, el prd, le dio al presidente al sumarse al Pacto por México; encabezó la escisión de miles de militantes y formó el partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), mediante el cual, en el momento de mi regreso a México, articulaba su nuevo desafío al sistema.

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“En Culiacán, Sinaloa, México, es un peligro estar vivo y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el gobierno; un piso filoso y lleno de explosivos”, dijo el periodista sinaloense Javier Valdez en Nueva York, en 2011, al aceptar el Premio Internacional de Libertad de Expresión. “Esto se vive en casi todo el país —continuó—, uno debe cuidarse de todo y de todos y no parece haber opciones ni salvación y muchas veces no hay a quien acudir”.

En la versión dominante, promovida en México y en los Estados Unidos por las autoridades (y reproducida acríticamente por algunos periodistas, escritores y realizadores) vivimos una “guerra” en la que el Estado mexicano enfrenta a varios “cárteles del narcotráfico”. Según este discurso, las organizaciones criminales son tan poderosas que resultan casi invencibles y nos someten a una dinámica belicista, en la que se establece como prioridad nacional el gasto ilimitado del gobierno para combatirlos, el despliegue de fuerzas policiacas y militares donde se requiera, y la aceptación de las consecuencias inevitables de esa política, como la tortura, el asesinato por error y la matanza sistemática, entre otras.

No empleo en este libro el término “cártel de las drogas” (excepto en los nombres de grupos que así se autodenominan) porque —en coincidencia con otros periodistas y académicos— me parece que no es el más adecuado para designar a organizaciones criminales que nunca han funcionado propiamente como cárteles, y que se dedican a muchas actividades además del contrabando ilegal de drogas. En el capítulo final explicaré por qué la mitología del narcotráfico es en realidad una operación discursiva, un artilugio narrativo que oculta la participación del Estado en ofensivas destinadas a despoblar territorios y neutralizar resistencias populares, con el propósito de facilitar el saqueo de recursos naturales y la explotación de mano de obra despojada de derechos.

Es importante dejar asentado que la violencia que padecemos en México dista mucho de ser una guerra convencional con batallones uniformados, tanques de combate y aviones de potencias extranjeras que tiran bombas. No se trata aquí de gobiernos que lanzan misiles Scud y armas químicas contra sus propios ciudadanos. Veracruz y Tamaulipas están muy lejos de ser Gaza o Siria.

No obstante, con cada año que pasa México ocupa sistemáticamente un lugar entre los cinco países donde más reporteros pierden la vida, como consecuencia del desempeño de su trabajo. Es una lista en la que suele estar acompañado de Siria, Afganistán, Somalia e Irak. Es decir, estamos en el vecindario de los Estados fallidos que —entre otras cosas— odian a los periodistas. Algunos aseguran, sin embargo, que México es distinto. Sin llegar al nivel de Suecia, tiene un entramado institucional sólido, leyes democráticas, y un presidente Peña Nieto que manifiesta su compromiso con la libertad de expresión y se dice amigo de la prensa.

Todavía más: en México hay organismos federales, especializados en protección de reporteros, que tienen una tasa de eficacia de 0.15%, según sus propias estadísticas. Esto es un indicador más del engaño que prevalece en el día a día: lo que dicen las autoridades tiene poco qué ver con lo que hacen. Peña Nieto y los gobernadores de los estados se llenan la boca al hablar de la defensa de la libertad de expresión, mientras se llenan las manos de sangre al permitir los ataques contra la prensa, cuando no la atacan ellos mismos directamente. Como ha dicho mi colega John Gibler: En México es más peligroso investigar un asesinato que cometerlo.

El 26 de septiembre de 2014, cuando cumplía yo cinco semanas de estar nuevamente en México, civiles armados, policías y militares formaron parte de una vasta operación para atacar a un grupo de estudiantes en Iguala, una ciudad importante del sureño estado de Guerrero. Mataron a seis personas, otra sufrió muerte cerebral, y 43 jóvenes más desaparecieron; es decir, fueron víctimas de lo que suele llamarse “desaparición forzada”. Sumarme a las investigaciones periodísticas de lo que pasó, realizar un documental y escribir un libro al respecto, me llevaron a posponer una y otra vez mi retorno a Medio Oriente.

Ayer asesinaron a cinco personas en la colonia Narvarte. Hoy, a pocas horas de esos hechos, en esta noche de periodistas confundidos, sumidos en un ambiente de conflicto, desencuentro, indignación y pánico, pareciera como si un periodo de mi vida quedase sellado. Habré de mantenerme en mi patria.

Muchos colegas se han dado a la tarea de reconstruir la profesión en México. La creación de la Red de Periodistas de a Pie, en 2007, sentó un ejemplo organizativo que siguieron en muchos estados de la República, donde formaron redes regionales. El 7 de noviembre de 2014, las autoridades dieron su primera versión de lo ocurrido en Iguala. La llamaron “verdad histórica”, pero era una mentira histórica. La confirmación de que el gobierno no tenía intenciones de buscar a los desaparecidos y resolver el crimen, sino de ocultar lo ocurrido y hacer valer el pacto de impunidad que es el pegamento del sistema, comunicadores de diversas áreas —prensa, fotografía, cine, novela, música— nos reunimos para buscar nuestro propio camino, y el 27 de ese mes fundamos el colectivo Ojos de Perro vs. la Impunidad.

En este momento, nuestro proyecto principal es recorrer este país, tan diverso en sus aspectos geográficos, sociales y culturales, como en la situación y el carácter de sus conflictos, con el objeto de conocer los sitios donde están atacando a los periodistas y de obtener los testimonios de quienes corren riesgos en el ejercicio de su profesión, de aquellos que han sido amenazados, agredidos o asesinados, y de sus familiares.

Mientras reúno los materiales para este libro, realizaremos nuestro segundo largometraje documental, No se mata la verdad, a fin de responder preguntas: ¿quiénes son los que matan reporteros, y por qué lo hacen? ¿Por qué no es posible llevarlos ante la justicia? ¿De qué sirve ser periodista si tus investigaciones no conmueven a México; si no ayudan a cambiar la vida de nadie; si la impunidad prevalece; si te van a matar, y después de que te maten, no va a pasar nada?

Debo anticipar que el libro que resulte de este proyecto —el que ahora está en tus manos— no será un triste recuento de fatalidades. Podrás conocer a periodistas caídos, su trabajo, sus vidas, los crímenes que se los llevaron y la falta de justicia. Pero también encontrarás mucha vida, color y fuerza en reporteras y reporteros que descubrirás por todo México. Si quienes perecieron tenían conciencia de los riesgos y decidieron enfrentarlos, honrando un profundo compromiso profesional con la sociedad, hay otros que ahora caminan sobre sus más brillantes huellas: mujeres —muchas mujeres— y hombres valientes que han escogido no rendirse y que cada día salen a investigar a pesar del peligro, para apuntar que la verdad le abre caminos a la luz aunque alguien la quiera apagar; mostrando que algunos pueden pensar que es posible matar la verdad, pero la verdad irá tras ellos.

Éste es, de hecho, un libro de resistencia.

Está dedicado a quienes murieron y a quienes siguen en la lucha, para vivir y contarla.

Ciudad de México, 1 de agosto de 2015