Opinión

Morir es un alivio · Karina García Reyes

Las reveladoras historias de 12 exnarcos que lograron escapar del Crimen Organizado.

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ADELANTOS EDITORIALES

La doctora en Ciencia Política Karina García entrevistó a 33 excriminales mexicanos y escuchó sus historias más crudas: fantasías de parricidio, rituales a la Santa Muerte, adicciones, secuestros, asesinatos.

¿Cuáles son las razones para que una persona elija una vida así?

¿Realmente es una elección?

La respuesta de la autora es clara: el crimen organizado se alimenta, en su mayoría, de personas sin oportunidades para mejorar su condición de vida, víctimas de un maltrato sistémico y de expectativas inalcanzables.

A partir de 12 testimonios de aquellos que han logrado escapar del narco, la investigadora da voz a los protagonistas, describe su contexto social y ofrece conclusiones contundentes que permiten comprender por qué en esas circunstancias morir es un alivio.

El narcotráfico contado desde una perspectiva novedosa y, al mismo tiempo, considerada una de las más necesarias: los ojos de un sicario.

Fragmento del libro "Morir es un alivio" (Planeta), © 2021, de Karina García Reyes. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Karina García Reyes es doctora por la Universidad de Bristol, título que recibió por su investigación sobre exnarcotraficantes y sus condiciones de vida desde su infancia hasta su «redención» en un centro de rehabilitación.

Morir es un alivio | Karina García Reyes

#AdelantosEditoriales


Parte I

La guerra contra las drogas

La mejor manera para que la opinión pública

no pese en la conducción de una guerra es que no

sepa exactamente lo que está pasando en ella.

Carlos Fazio

Docente y periodista en México

Como parte de mi investigación de doctorado en la Universidad de Bristol, durante cuatro meses visité un centro de rehabilitación al norte de México. De octubre de 2014 a enero de 2015, mi rutina de todos los días consistió en reunirme con exnarcotraficantes para escuchar sus historias: por un lado, relatos de violencia intrafamiliar, abuso infantil, pandillerismo y drogadicción; por otro, asesinatos, robos, extorsiones, traición y tortura. Poco a poco recogí los testimonios de treinta y tres hombres que alguna vez dedicaron su vida al peligro, al dinero y al poder.

Mi idea original era explorar el impacto de la violencia del narcotráfico en niños y jóvenes de bajos recursos. En ese entonces, yo pensaba que existía una clara división entre estos grupos vulnerables y los narcotraficantes. Sin embargo, desde mis primeros encuentros con personas del centro de rehabilitación, me percaté de que muchos de estos niños habían crecido para convertirse en parte de la misma maquinaria de violencia que los había amenazado durante sus infancias. Después de escuchar el testimonio de decenas de exnarcotraficantes, me di cuenta de que, en la realidad, la línea que divide a víctimas de victimarios es muy borrosa. Debido a esto cambié mi enfoque y decidí estudiar a fondo las historias de vida de aquellas personas que yo había prejuzgado como los malos de esta película que los gobiernos han llamado «la guerra contra el narcotráfico». Y me refiero a ella como una película porque, como explicaré más adelante, es una lucha basada en numerosas ficciones, distorsiones y mentiras detrás de las cuales no hay una justificación coherente.

He pasado incontables horas examinando las narraciones de los treinta y tres participantes de mi investigación, como me referiré a ellos de ahora en adelante. En un inicio, cuando los entrevisté, escuché sus testimonios con curiosidad. Después, durante un largo proceso de análisis, experimenté una montaña rusa de emociones: enojo, dolor, angustia, terror, compasión, tristeza, pero al final siempre termino con un sentimiento de impotencia. Sus historias le añadieron nuevas dimensiones al significado de vivir en la pobreza y me confirmaron la existencia de un sistema social que permite que millones de mexicanos sobrevivan en condiciones francamente deplorables.

Es importante tomar en cuenta que todas las historias de este libro son relativamente exitosas; los participantes se encontraban entonces dentro de un programa de rehabilitación de adicciones y decidieron compartir conmigo su camino hacia la redención. No obstante, la mayoría de los involucrados en la guerra contra el narcotráfico no tiene tanta suerte. Todos y cada uno de los participantes vieron morir a personas cercanas, con frecuencia de manera escalofriante. En todos los casos, los entrevistados evidenciaron el terrible sufrimiento de sus comunidades —amigos, vecinos, familia—; y aunque ellos lograron salir de ese contexto, dejaron a muchas personas tras de sí. Por esta razón busco poner de manifiesto que nuestra atención está concentrada en lo que considero el enemigo equivocado. A través de este libro quiero demostrar que estamos desperdiciando recursos cruciales en una guerra injustificada, cuando hay otros problemas urgentes que merecerían toda esa inversión y nuestro completo interés, como la violencia doméstica, el abuso infantil, la trata de personas y la violencia de género.

Por eso, antes de adentrarme en las historias de los participantes, me parece crucial desarticular algunos de los mitos que impiden que entendamos la realidad de la guerra contra las drogas. Para este fin, necesitamos retroceder en el tiempo y volver al principio preguntándonos: ¿Cómo fue que el uso recreativo de las drogas se criminalizó? ¿Cómo el consumo de drogas pasó de ser una cuestión de política interna de Estados Unidos a una «amenaza» internacional? ¿Cuál ha sido el papel de México y los mexicanos en todo esto? Y, sobre todo, ¿quiénes se benefician con esta guerra?

¿Por qué luchamos contra las drogas?

Después de escuchar una gran cantidad de relatos personales tan turbulentos como desgarradores, muchas cuestiones que había asumido como ciertas sobre el narcotráfico dejaron de tener sentido. Más aún, con cada testimonio recopilado, y gracias a las muchas otras historias que no llegaron a ser parte de mi estudio, pude confirmar mis primeros hallazgos sobre el clima de crueldad e inseguridad que se vive en el país. Así, tras ocho años de investigación, llego a la misma conclusión a la que han llegado antes muchas otras personas: estamos peleando una guerra que se produjo y se sostiene con fines políticos y que no nos corresponde. Una guerra que tiene lugar desde hace al menos cuarenta años y que los gobiernos de Estados Unidos, que la han defendido y perpetuado, no tienen intenciones de detener. Además, precisamente por su larga duración, se han perdido de vista sus orígenes. Esto, aunado a la persistente desinformación sobre la materia, reproduce los mitos que se han generado en torno a ella a lo largo del tiempo.

Cuando hablo de mitos me refiero a las historias imaginarias que crean las sociedades. Estos se basan en circunstancias o cualidades reales de una persona, objeto o evento, pero alteran o exageran la realidad. Por eso considero que «mito» es la palabra más apropiada para explicar el conjunto de ideas que prevalece sobre el uso recreativo de las drogas y el combate al narcotráfico. En todas las instancias, las creencias sociales sobre la guerra contra las drogas se originaron a partir de hechos comprobados, pero se tergiversaron hasta convertirse en fantasías distorsionadas sobre lo que ocurría.

La siguiente tabla resume los ocho mitos más comunes sobre el tema. En las siguientes secciones discutiré cada uno de ellos y los desmentiré con base en la extensa evidencia disponible y mi propio análisis. Esto me permitirá plantear una visión más clara de los verdaderos intereses detrás del combate al narcotráfico en México. Asimismo, podré echar luz sobre las redes del problema, que terminan por atrapar a personas como los protagonistas de las historias de este libro. Lo más importante es alejarnos de las versiones simplistas de «buenos contra malos». Hasta ahora nos han presentado a los narcos como los villanos de la película pero, como en toda buena trama, los verdaderos enemigos no son quienes esperamos.

Mitos y realidades de la guerra contra las drogas

Insertar Imagen 1 Morir es un alivio

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¿Cuándo se declaró la guerra contra las drogas?

Para contextualizar todo lo que escuché durante los ciento veinte días que pasé en el centro de rehabilitación tuve que comenzar por cuestionar los orígenes del problema. Esta información pone en perspectiva el complejo engranaje en el que operan individuos como los hombres que entrevisté. Aunque sus acciones individuales marcaron su entorno de forma irreparable, ellos no son más que pequeñas piezas —muchas veces consideradas desechables— de una enorme maquinaria.

Sabemos que el primero en articular la guerra contra las drogas fue el presidente estadounidense Richard Nixon. En 1971, Nixon declaró en una rueda de prensa que el abuso de drogas se había convertido en el enemigo público número uno de Estados Unidos. Dos años después, en 1973, Nixon creó una agencia especial para investigar y controlar los problemas relacionados con el uso de drogas en el país: la Administración para el Control de Drogas (dea, por sus siglas en inglés). Esta medida respondía al incremento del uso de heroína, mariguana y alucinógenos entre los jóvenes estudiantes.

Existen versiones de que Nixon inició esta lucha por motivos políticos, con el objetivo de perseguir a líderes estudiantiles que se oponían a la guerra de Vietnam y a grupos de activistas afroamericanos que luchaban por los derechos civiles. Aunque no se ha podido comprobar, hay evidencia de que Nixon tomó la decisión de criminalizar el uso de las drogas después de enterarse de que 49% de los estudiantes que protestaban por la guerra de Vietnam consumía mariguana, en contraste con solo 10% de los estudiantes conservadores. Lo que sí tenemos claro es que la administración de Nixon abordó la cuestión como un problema de salud pública, enfocándose en la educación, prevención y rehabilitación.

Años más tarde, Ronald Reagan fue quien diseñó, financió y expandió a nivel internacional la guerra contra las drogas. A inicios de su primera administración (1981-1984), el mandatario comenzó con la política de mano dura y cero tolerancia. Además, anunció el incremento del presupuesto para apoyar la política de prohibición, así como penas más duras para los consumidores de drogas ilegales. La prioridad que su gobierno otorgó al asunto se reflejó en el incremento del presupuesto anual asignado, el cual se elevó de 56% en 1981 a 71% en 1987. El cambio estratégico más importante fue la incursión del Ejército en el combate al narcotráfico. Igualmente crucial fue la campaña mediática liderada por la primera dama Nancy Reagan y dirigida a las familias blancas de clase media, cuyo eslogan, «Solo di no» (Just say no), se convirtió en el estandarte moral de la lucha contra las drogas.

Durante su segunda administración, Reagan concretó la expansión de esta guerra a nivel internacional. En 1986 invitó a Washington a los representantes diplomáticos de países involucrados en la producción y tráfico de drogas, incluyendo México. En esta reunión resaltó la urgencia de combatir el narcotráfico y pidió a las naciones invitadas su cooperación para luchar en conjunto contra dicha amenaza. Hasta hoy, los gobiernos estadounidenses posteriores, tanto demócratas como republicanos, han continuado con la agenda antidrogas y con la estrategia militar para combatir el narcotráfico dentro y fuera de Estados Unidos. Lo que quiero resaltar con esto es que, a partir de la administración de Reagan, Estados Unidos ha fusionado cuatro temas completamente diferentes en la noción de guerra contra las drogas: el uso y abuso de las drogas ilícitas, el comercio ilegal de drogas ilícitas, la guerra contra las drogas y el lavado de dinero. Esta amalgama de temáticas ha contribuido a la confusión que yo misma experimenté al analizar las historias de mis participantes y que veo en los rostros de las personas cada que comparto mis experiencias al respecto. Ciertamente, aunque suelen ser vistos en conjunto, estos cuatro asuntos plantean retos distintos, y por ende se tendrían que enfrentar uno por uno y de forma específica, dependiendo de cada desafío.

Por un lado, el consumo de drogas se tendría que abordar a partir de la evidencia científica, como lo sugiero en la siguiente sección, y el abuso de drogas debería tratarse como una cuestión de salud pública. Por otro lado, el tráfico de drogas ilícitas y el lavado de dinero son asuntos que tienen sus raíces en la prohibición misma. Por lo tanto, si se legalizaran y regularan las sustancias que actualmente son ilegales, se podría tratar la adicción como la enfermedad que es en lugar de criminalizarla. Asimismo, el delito de lavado de dinero se podría perseguir junto con las otras actividades del crimen organizado, como la trata de personas y el tráfico de armas.

¿Quién decide qué drogas son ilegales?

Las drogas no siempre han estado prohibidas y la historia de su restricción como la conocemos ahora es muy reciente. De hecho, el modelo de prohibición que justifica la guerra contra las drogas se basa en un acuerdo entre países denominado Convención Única sobre Estupefacientes, de 1961, que después, en 1988, denominaron la Convención de las Naciones Unidas Contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas. En términos generales, este es el primer tratado internacional en el que los países integrantes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) acordaron tener un control más estricto de una lista de sustancias clasificadas en diferentes grupos supuestamente de acuerdo con su nivel de riesgo de adicción.

Aunque se han ido agregando nuevas drogas usadas con fines recreativos, estas listas, que aún existen y se respetan, poco se han modificado desde su creación. Sin embargo, los países que somos parte de esta convención seguimos sujetos al conjunto de ideas y valores que las originaron sesenta años atrás, y que respondían a una realidad muy distinta a la actual.

En dichas listas se estipula qué sustancias son más peligrosas y se recomienda que solo se utilicen con fines médicos y científicos. No obstante, estas clasificaciones no se basan en evidencia farmacológica. O sea, la clasificación binaria de drogas «buenas» y «malas», «legales» e «ilegales», no responde a la composición ni a las propiedades de las sustancias. De hecho, ni siquiera existe un entendimiento único y transparente de lo que se entiende por drogas.

Esta confusión que señalo no es algo nuevo. Expertos en la materia, académicos y hasta un grupo de expresidentes a nivel mundial —incluyendo al mexicano Ernesto Zedillo— han señalado las inconsistencias y contradicciones en los documentos oficiales de Naciones Unidas respecto a las drogas. Todas estas personas han resaltado la poca confiabilidad y la naturaleza arbitraria con la que esta organización, liderada por Estados Unidos, ha decidido prohibir ciertas sustancias y permitir el consumo legal de otras.

Por ejemplo, hablemos de los narcóticos. Diversos foros internacionales, medios de comunicación y el mismo concepto de narcotráfico hacen referencia al término «narcótico» para referirse a las sustancias clasificadas como ilegales. Sin embargo, este concepto es ambiguo. La palabra «narcótico» se utilizó por primera vez en 1914 en Estados Unidos para referirse a la cocaína y a los opiáceos. Más tarde, en 1994, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió los narcóticos como sustancias químicas que inducen «estupor, coma o insensibilidad al dolor [...]. Se refiere normalmente a los opiáceos u opioides, que se denominan analgésicos narcóticos». En esta misma definición, la oms reconoce que este término se utiliza «de forma imprecisa para referirse a las drogas ilegales, sean cuales sean sus propiedades farmacológicas». Esta es la razón por la que existen sustancias ilegales consideradas como narcóticos, pero cuyos efectos son opuestos a los opiáceos (causan euforia, hipersensibilidad, alucinaciones, etcétera). Este desorden conceptual refleja la arbitrariedad con la que se ha determinado cuáles son las drogas ilegales.

Otra forma en que las drogas han sido clasificadas es separándolas en medicinales y psicoactivas. Estas últimas incluirían estimulantes, como la cocaína y las anfetaminas; depresivos, como la heroína y los barbitúricos; y alucinógenos, como la mariguana, el éxtasis y los ácidos. No obstante, desde un punto de vista científico, esta división no tiene sentido porque algunas drogas definidas como recreativas son utilizadas también con fines medicinales. Por ejemplo, la cannabis se utiliza como agente psicoactivo, pero también para tratar esclerosis múltiple y artritis. Los opioides, como la heroína, se emplean de manera recreativa, pero también tienen un uso importante para aliviar el dolor en pacientes, como en el caso de la morfina.

En este sentido, el neurofarmacólogo británico David Nutt señala la incompatibilidad de las clasificaciones oficiales. Nutt sugiere que si entendemos el concepto de drogas como aquellas sustancias psicoactivas que alteran nuestro estado de ánimo, entonces se tendrían que incluir en las listas de drogas prohibidas el alcohol, el tabaco, la cafeína, así como un amplio rango de sustancias que están lejos de considerarse narcóticos, como las medicinas para el dolor, el azúcar y hasta algunas infusiones herbales.