Opinión

Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar

Victoria Eugenia Henao, la viuda de Pablo Escobar, cuenta su historia por primera vez.

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ADELANTOS EDITORIALES

Cuando conoció a Pablo Escobar, con sólo trece años, Victoria Eugenia Henao ignoraba que su vida estaba a punto de convertirse en una pesadilla terrible, y que jamás dejarían de señalarla con el dedo por ser la mujer con la que se casó y tuvo dos hijos el mayor narcotraficante de todos los tiempos.

Para este libro, y durante dos años, la viuda de Escobar se ha sumergido en su memoria y ha recordado cada uno de los horribles episodios que vivió con quien, a partir de 1982, asoló a Colombia con una estrategia de terror en la que cabían asesinatos de políticos, periodistas y defensores de derechos humanos, mientras seguía inundando el mundo de cocaína.

Nunca, hasta ahora, un testigo tan cercano de la vida de Escobar había examinado sus actuaciones en diversos frentes.

¿Cómo fue la guerra que lo enfrentó al cartel de Cali y al Estado colombiano?

¿Hasta qué punto se relacionó con los paramilitares?

¿Cómo vivió ella las continuas infidelidades de su marido?

¿De qué forma convirtió el arte en su vía de escape?

¿Cómo fueron los últimos años de Escobar, desde que estuvo encerrado en La Catedral hasta su asesinato?

Y sobre todo: ¿qué fue de su familia tras la muerte del narco?

Fragmento del libro "Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar" de la autora Victoria Eugenia Henao (Planeta), © 2019, Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Victoria Eugenia Henao se casó a los 15 años con Pablo Escobar, con quien tuvo dos hijos, Juan Pablo y Manuela. Tras la muerte de su marido, cambió su nombre legal por el de María Isabel Santos Caballero y se trasladó con su familia a Argentina.

Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar | Victoria Eugenia Henao

#AdelantosEditoriales


Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar

Victoria Eugenia Henao

CAPÍTULO 2

Acorralados

Cuando volteé a mirar hacia atrás y Pablo pitó dos veces antes de girar a la izquierda para perderse en la oscuridad, la intuición me dijo que nunca más nos volveríamos a ver. Fue un momento muy extraño porque el sonido ronco de la bocina del coche pareció enviar un mensaje subliminal, que decía algo así como: "Adiós para siempre, mi amor, adiós para siempre, hijos míos".

En un acto suicida, a las once de la noche del 18 de septiembre de 1993, Pablo había ido a acompañarnos desde la casita azul, la caleta donde nos escondíamos, hasta la entrada del edificio Altos donde nos esperaban numerosos agentes del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía (CTI). Ellos nos protegerían mientras avanzaba el proceso de reentrega de mi marido a la justicia. En ese momento conocimos a cuatro funcionarios del CTI que tendrían contacto directo con nosotros: Alfa —que por sus ademanes parecía dirigir el grupo—, A1, Imperio y Pantera.

Ya en el estacionamiento del edificio bajamos del vehículo que manejaba Juan Pablo y no pude evitar las lágrimas, pues me invadía una sensación de pánico y angustia por nuestro futuro incierto. Recluirnos en un departamento, lejos de Pablo, era la única salida que nos quedaba para sobrevivir a la inclemente persecución a la que habíamos sido sometidos en los últimos catorce meses, desde cuando mi marido se fugó de la cárcel de La Catedral.

Mientras subíamos al cuarto piso con el poco equipaje que pudimos empacar en unos cuantos maletines, soñé que por fin podríamos viajar a otro país, caminar por una calle sin voltear a mirar hacia atrás, sin escoltas, sin periodistas al acecho, respirar aire puro, entrar a un supermercado. En otras palabras, recuperar lo cotidiano, volver a mi papel de ama de casa, ver a mis hijos en un parque, alimentando palomas, con sus amigos del colegio.

Con esa expectativa entramos al departamento de Altos, donde viviríamos por un tiempo indeterminado. Nunca olvidaré los rostros de esperanza de Manuela y de Juan Pablo, que me miraban como queriendo decir: "Ahora depende de ti, mamá". En ese momento todos confiábamos en que el paso que dábamos era hacia la vida, no hacia la muerte.

Una vez dentro del departamento pusimos las cosas en el piso porque estaba completamente vacío. Verlo así, sin una silla donde sentarse, me indicó que nuestra estadía allí no sería fácil. La inmensidad del inmueble, de unos quinientos metros cuadrados, hacía notar aún más la falta de mobiliario. Por ello, sin pensarlo dos veces, fui con una vecina que nos prestó una mesa pequeña de plástico con cuatro sillas y las pusimos en la terraza. En el cuarto de servicio había dos colchones y en ellos dormimos esa noche muy incómodos. En uno se acomodaron Juan Pablo y Andrea, que ocuparon la habitación principal; en el otro nos acostamos Manuela y yo, y lo pusimos en un cuarto desde donde se veía la portería del edificio. Al siguiente día logré que la misma vecina me prestara otros dos colchones.

Esa noche nos hicimos el propósito de dormir, en un intento por olvidar el difícil momento que vivíamos, pero muy pronto comprendería que mis hijos, mi nuera y yo éramos rehenes del Estado, de los Pepes y de mi marido. De ellos dependería ahora nuestra seguridad, y ellos decidirían si vivíamos o moríamos. En otras palabras, estábamos acorralados, sin saber que nos esperabansetenta y ocho aterradores días enese lugar. A la mañana siguiente y durante los primeros días, una amable vecina nos llevó comida y con ello nos ayudó a sobrellevar el asunto de la alimentación, porque no sabíamos cómo íbamos a cocinar o a abastecernos para subsistir. Poco después nos prestó dos ollas, ocho cucharas, cinco toallas y diversos utensilios para la cocina. Luego pudimos conseguir una empleada que se encargó de comprar en el mercado. La ropa la lavábamos en un departamento que mi mamá tenía en el mismo edificio, pero que había abandonado en febrero de ese año tras un atentado con un coche bomba.

En el departamento todo era incertidumbre porque no había televisión ni teléfono, aunque por fortuna habíamos tomado la precaución de comprar radios de bolsillo que se convirtieron en nuestro único contacto con el exterior. Sin falta, cada hora escuchábamos en varias emisoras el resumen de noticias para estar enterados de lo que sucedía en el país, y muy pendientes de lo que dijeran de Pablo porque queríamos saber si estaba tan acorralado como nosotros.

Recuerdo que en una de las habitaciones encontramos una cortina con un black out ya muy viejo, pero que en el día hacía la sombra suficiente para descansar. En ese cuarto nos sentábamos los cuatro a mascullar nuestra amargura. Altos tenía amplias zonas verdes, un confortable quiosco, piscina semiolímpica, gimnasio, hidromasaje, baño turco y sauna, pero no podíamos usarlos.

Casi de manera imperceptible, Altos se convirtió en un fortín. Los agentes del CTI de la Fiscalía construyeron trincheras con decenas de bultos de arena y los pusieron encima del techo de la portería y en las dos esquinas del edificio que daban sobre la avenida. Al mismo tiempo, desde Bogotá llegaron más agentes del CTI, con lo cual la guardia que nos protegía ascendió a cuarenta hombres, armados con fusiles, pistolas y ametralladoras. Los patrullajes dentro y en los alrededores del edificio se hicieron permanentes y una enorme y bulliciosa alarma fue instalada en la azotea. Pablo seguía siendo el enemigo público número uno y nosotros, su familia, la única manera de llegar a él.

La sirena fue estrenada muy pronto porque a distintas horas del día y de la noche empezaron a escucharse ráfagas de ametralladora y los teléfonos de la portería recibieron decenas de llamadas amenazantes. Por eso no tuvimos otra opción que trasladarnos al cuarto del servicio, el lugar más seguro ante un eventual atentado porque era el más alejado de la vía. Es que además alrededor de Altos había edificaciones muy elevadas, desde donde éramos blanco perfecto de quienes quisieran hacernos daño. A eso quedamos reducidos: a una pequeña habitación de escasos seis metros cuadrados, donde teníamos que hablar en voz baja, a la espera de que pasaran las horas mientras otros decidían nuestro futuro. Todos perdimos el apetito y llegó el momento en que debíamos motivarnos entre nosotros mismos para comer al menos huevo frito, con arepa y chocolate.

El peligro inminente que acechaba y la desconfianza que generaban los funcionarios del CTI nos llevaron a buscar protección extra. La obtuvimos de Juan Carlos Herrera Puerta, Nariz, un muchacho amigo de la infancia de Juan Pablo, a quien le enviamos el mensaje a través de Nubia, la niñera, para que se quedara un tiempo con nosotros. Nariz llegó con un morral que contenía algo de ropa y una escopeta con salvoconducto, pero su presencia no les cayó bien a A1, Alfa, Imperio y Pantera porque consideraron inadecuado que un extraño estuviese con nosotros. Con ellos sostuvimos varias discusiones porque querían que Nariz se fuera, pero el asunto pasó a un segundo plano cuando se convencieron de que el amigo de mi hijo sería una ayuda en caso de emergencia.

En aquel momento las pocas familias que habitaban el edificio empezaron a irse debido a los continuos tiroteos, amenazas y allanamientos. Al final, en Altos solo quedaron dos mujeres solas, cada una en un departamento, y nosotros.

Durante dos o tres días tuvimos unas pocas horas de distensión, pero un jueves por la tarde la sirena sonó de nuevo porque se escucharon varios disparos que muy rápido fueron ráfagas y luego oímos un golpe muy violento contra la pared exterior del edificio. Los agentes del CTI corrieron a sus puestos porque parecía que estuvieran asaltando el edificio y nosotros, muy asustados, nos dirigimos al vestidor de la habitación principal, al tiempo que Nariz cerró la puerta y alistó su escopeta para repeler a cualquier intruso. El silencio que provino luego fue aterrador y los minutos parecieron eternos. Mientras Nariz y Juan Pablo se comunicaban en voz baja a través de la puerta, Manuela,

Andrea y yo rezábamos.

Finalmente, la alarma dejó de sonar y un agente del CTI al que le decían Carrobomba llegó al departamento a informar que tres hombres habían bajado de dos coches en la intersección de la transversal inferior con la loma del Club Campestre y mientras dos de ellos disparaban, el otro lanzó una granada de fusil que impactó en la fachada del quinto piso del edificio, arriba de donde estábamos. Por fortuna el proyectil no estalló.

Por aquellos días, con los agentes del CTI realizamos varios simulacros de ataque al edificio y nos pusimos de acuerdo en qué lugar se ubicaría cada uno dentro del departamento en caso de producirse una emergencia real. Vivíamos con el corazón en la boca; el pánico era una constante. Llorábamos mucho. Era como vivir en una montaña rusa emocional. Muchas veces pensé en abandonar a Pablo por todo lo que estábamos sufriendo, pero a la vez me negaba a dejarlo solo en esos momentos tan críticos. Después de todo, me había dado tanto en la vida que cómo iba a irme. Era una mezcla de sentimientos encontrados: ira y pesar. Me habría sentido muy ingrata si lo hubiera abandonado.

La zozobra era permanente y los días impredecibles, al punto de que muchas veces dormíamos casi toda la mañana porque en la noche nos quedábamos en vela, alerta ante cualquier eventualidad. Este estado de cosas llevó a Manuela a tener muchas dificultades para dormir y a Andrea a perder el apetito de tal manera que días después se desmayó en el baño y tuvimos que llevarla de urgencia a la Clínica Medellín, acompañada por Nariz y una docena de agentes del CTI.

Después de examinarla, el especialista le dijo que su estado era preocupante por la avanzada deshidratación y le advirtió del peligro que corría su vida si no se alimentaba en forma adecuada. El médico dijo que era indispensable hospitalizarla durante unos días, pero las precarias condiciones de seguridad lo hacían imposible. Muy contra su voluntad, el médico la dio de alta y le recetó inyecciones, sueros, vitaminas y pastillas. Andrea regresó a Altos casi sin poder caminar y varios días permaneció acostada en el colchón mientras su cuerpo reaccionaba. Juan Pablo tuvo que aprender a aplicarle las inyecciones y el suero. Hoy me doy cuenta de que siempre di por hecho que Andrea estaba ahí, pero no recuerdo haber pensado durante toda esa época en los esfuerzos que ella hacía como mujer y las muchas cosas que dejaba de lado por acompañar a una familia que no tenía futuro ni esperanza. Después de tantos años reitero que cuando las mujeres amamos de verdad, corremos todos los riesgos.

Desde Bogotá nuestra situación debía verse muy desesperada, porque dos días después de la crisis que vivimos con Andrea llegó Pantera con un mensaje del fiscal general, Gustavo de Greiff.

—Señora, el doctor De Greiff les manda a decir que está buscando un país para ustedes. Que no es que esté demorando la solución, lo que pasa es que se trata de un asunto delicado que es necesario manejarlo con discreción. Que por eso los tiempos son lentos. Que confíen en que él quiere que su marido se entregue.

Las palabras de Pantera —quien en realidad se llamaba Luis Fernando Correa Isaza y era director regional del CTI en Antioquia— me tranquilizaron un poco, pero seguíamos en las mismas porque además no tenía cómo pedirle a Pablo que se entregara a la justicia, que tuviera presente que un día

—más temprano que tarde— los Pepes nos iban a matar. Yo hacía grandes esfuerzos para que Manuela no viera el miedo reflejado en mi rostro y lo único que podía hacer era llorar en mi intimidad cuando la niña lograba conciliar el sueño. En aquellos momentos de zozobra agradecía que Andrea estuviera allí —a pesar del horror— porque era un bálsamo para Juan Pablo, agobiado por el peso de la responsabilidad de cuidar a tres mujeres.

De sorpresa, una tarde llegó Gloria, una de las hermanas de Pablo, quien trajo una extensa carta escrita por él en la que contaba en términos muy generales cómo avanzaba el nuevo proceso de su sometimiento a la justicia y nos aconsejaba extremar las medidas de seguridad porque se había enterado de los continuos ataques al edificio. Cada vez que una persona conocida llegaba al departamento nosotros nos moríamos de miedo de pensar que la habían seguido, que la podían secuestrar o desaparecer.

Le respondí a Pablo con otra carta en la que le conté lo que nos pasaba: el acecho de sus enemigos, las incomodidades del departamento, la desesperación y el llanto incontenible de Manuela por el encierro, los cuestionamientos constantes de ella preguntando por qué no podíamos salir de allí, dónde estaba su abuela, por qué no podía ver a su papá o a sus primos. Me partía el alma en mil pedazos y sentía mucha frustración por ver a mis hijos sumidos en esa situación.

Tratábamos de distraer a Manuela jugando, pintando, contándole cuentos. A veces bajábamos al departamento de la vecina. Entre los tres nos turnábamos para entretenerla, pero era muy difícil hacerle entender el riesgo que corría si salía. Cuando llegaba una carta del papá, sonreía. En su inocencia ella pensaba que llegaban buenas noticias y que de alguna manera iba a recobrar la libertad porque Pablo le decía que tuviera paciencia, que en poco tiempo viviría en un nuevo país donde tendría nuevo colegio y podría pasear en los parques.

En las cartas también le contaba a Pablo sobre los riesgos de seguridad que corríamos, de cómo nos miraban los agentes del CTI y de los atentados que soportábamos continuamente. Pero todo parecía infructuoso.

Por unos pocos días, Gloria fue nuestro único contacto con Pablo, y pese al riesgo que significaba para su vida logró traer mensajes de él y llevar los nuestros. Cuando ella salía de Altos me quedaba muy preocupada por lo que pudiera pasarle.

Fue a través de una de esas cartas que nos enteramos de la manera tan dramática como Pablo logró escapar de una enorme operación del Bloque de Búsqueda de la Policía y del Ejército, que casi le cuesta la vida en Belén Aguas Frías, cerca de Medellín, donde —según su relato— prácticamente se vio muerto. En cuatro páginas, con un nivel de detalle impresionante, dijo que salió corriendo de la caleta donde se escondía y huyó hacia una zona montañosa rodeada de precipicios por los que intentó escapar, pero se le cayó la linterna y quedó totalmente a oscuras. Luego, cayó un fuerte aguacero y tuvo que caminar a través de los riscos, y varias veces estuvo a punto de caer al vacío. Al final del extenso relato escrito, mi marido dijo que en cierto momento se preguntó si lo buscarían en el fondo de uno de esos abismos. La carta estaba escrita en trozos de papel pegados con curitas y su deterioro reflejaba claramente la difícil situación que estaba viviendo.

No obstante, Pablo se había salvado una vez más. Pero, como siempre, nosotros sufriríamos las consecuencias. Un día, de un momento a otro, varias camionetas blindadas llegaron a la parte baja del edificio y de ellas descendió al menos una docena de hombres armados que se dirigieron hacia los ascensores. El pánico se apoderó de nosotros y corrimos a escondernos como habíamos planeado en los simulacros, porque creímos que se trataba del ataque de un comando de los Pepes. Varios minutos después, que como siempre parecieron eternos, supimos que quien había llegado era Ana Montes, la directora nacional de fiscalías y mano derecha del fiscal De Greiff.

La visita, claramente, no era de cortesía y la funcionaria así me lo hizo saber cuando entró al departamento, se paró frente a mí y dijo en tono despectivo, casi sin saludar:

—Vea, señora, si Pablo no se entrega en tres días, les vamos a quitar la seguridad.

El mensaje en tono de amenaza fue muy fuerte y solo atiné a responder que la entrega de mi marido a la justicia no dependía de nosotros porque estábamos completamente aislados de él.

—Doctora, lo mejor que puede suceder es que nos dejen salir de Colombia y faciliten nuestro arribo a otro país. Estoy segura de que si eso ocurre él se entrega al día siguiente, aunque usted debe saber que siempre he creído que al Estado colombiano no le interesa que Pablo se entregue... lo que quieren es matarlo—.

La hosca y dura delegada de la fiscalía salió del edificio, luego de reiterar su amenaza si no recibía una respuesta positiva de Pablo. Mis hijos, mi nuera y yo nos quedamos con una nueva incertidumbre, un dilema que no podíamos resolver.

No obstante, en medio de esta desgarradora noticia, dado que estaba en vilo nuestra vida, llegaron unas flores enviadas por Pablo celebrando el día del amor y la amistad. Era un ramo para mí, otro para Andrea y otro para Manuela. Hacer llegar unas flores en ese momento era tan irónico: ¿qué teníamos que celebrar? Además, cómo exponerse de esa manera. Podían haberlo rastreado. Pero esas eran las incongruencias de Pablo.

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