Opinión

Mi vida en la transición • Demetrio Sodi

40 años en la democracia mexicana.

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ADELANTOS EDITORIALES

En un momento en el que se ha reconfigurado todo el mapa político del país, resulta imprescindible recordar la historia de la transición en México, para entender que no existen soluciones mágicas y que ignorar lo avanzado durante años puede representar un retroceso generacional.

Decía Julio Scherer García que para entender la historia hay que analizar a los protagonistas. Y esta obra hace justamente eso: Demetrio Sodi, uno de los mayores conocedores de la política mexicana desde hace décadas, nos guía por los salones y los despachos donde se ha decidido la vida del país durante los últimos 40 años. Sodi de la Tijera #quien ha sido jefe delegacional, diputado, senador y activista, entre otros# nos cuenta los entresijos de las negociaciones, las tensiones ocultas, las amenazas, las razones hondas y las anécdotas más reveladoras. En un viaje que va desde Echeverría hasta López Obrador, retrata a Cuauhtémoc Cárdenas, López Portillo, Carlos Salinas, el sub Marcos y buena parte de la clase que hoy gobierna.

Fragmento de “Mi vida en la transición” del autor Demetrio Sodi, Editorial Grijalbo; Penguin Random House.

#AdelantosEditoriales


Palabras preliminares

Decidí escribir este libro porque considero que mi experiencia puede ser de utilidad para aquellos que se interesan por conocer la evolución de la vida política nacional durante los últimos 40 años. He sido parte de la transformación democrática que se ha dado en México y creo que mis vivencias en la política nacional pueden ayudar a conocer y entender las grandes transformaciones que se han dado en el país a lo largo de este tiempo.

Ingresé a la vida pública en 1976 y he participado en las principales reformas políticas, económicas y sociales que han ocurrido en el país. Me considero parte de la generación del cambio y me duele cuando los jóvenes critican el sistema político sin darse cuenta de lo mucho que hemos avanzado en la construcción de un país más democrático.

En los diferentes apartados del libro trato de analizar los cambios a través de una breve descripción de cómo funcionaba el sistema político hace cuatro décadas y cómo viví esos cambios dentro del sector público y el Congreso. No pretendo hacer una historia de la transición política en el México de esos años, sino una relatoría de cómo viví y participé en dicha transformación.

Es mucho todavía lo que nos falta para ser una democracia avanzada, pero es más lo que se ha logrado que lo que está pendiente por hacerse. Es importante señalar que todos los cambios se han dado en forma pacífica, a través del diálogo y la concertación, sin perder la estabilidad y evitando la confrontación violenta, como ha sucedido en otros países.

Hemos podido progresar sin perder la estabilidad y la paz, y son muchos los mexicanos que han participado en esta transición, la mayor parte de ellos, héroes anónimos a quienes se debe este proceso de cambio.

Transición política

No es fácil fijar una fecha de inicio de la transición democrática en México. Ya desde la Independencia los mexicanos hemos luchado por establecer una verdadera democracia y un régimen de leyes; han sido breves, sin embargo, los periodos de la historia en que el sistema político ha respetado el sufragio, la división de poderes y el federalismo que señala nuestra Constitución. Pocos son los momentos en que el Congreso y el Poder Judicial han actuado en forma independiente, y escasas las elecciones en las que no ha habido un fraude electoral.

Se postergó casi 100 años después de la Revolución, hasta el año 2000, hacer realidad el reclamo de “Sufragio efectivo”, y no fue sino hasta 1997 que se tuvo un Congreso independiente del presidente de la República. La corrupción, el autoritarismo y el abuso de poder han estado presentes en la mayor parte de nuestra historia.

Para efecto de poder analizar los avances de los últimos años voy a tomar como inicio de la transición las elecciones de 1988. No se pueden ignorar los importantes movimientos obreros y sociales que se dieron en los años cincuenta, o el movimiento estudiantil de 1968, que acabó con el monopolio de las manifestaciones públicas por parte del gobierno y el partido oficial, o el gran movimiento ciudadano de 1985 en la ciudad de México, ante la incapacidad del gobierno para auxiliar a la población después del sismo; sin embargo, la primera gran movilización electoral de la segunda mitad del siglo xx en nuestro país se dio en 1988.

El presidencialismo y el partido oficial

México ha sido un país gobernado por un solo hombre o un solo partido político la mayor parte de su vida como nación independiente. Tardamos casi 200 años en lograr un sistema democrático, plural, con una auténtica división de poderes y un federalismo que se ha ido fortaleciendo.

Durante la mayor parte del siglo xix y los primeros años del xx la presidencia se repartió entre Antonio López de Santa Anna (17 años), Benito Juárez (15 años) y Porfirio Díaz (31 años), y a partir de la Revolución, después de los gobiernos de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles creó en 1929 el Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecedente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que mantuvo la presidencia de la República en forma ininterrumpida durante 70 años, hasta el año 2000.

La combinación del presidencialismo y partido único, si bien no era democrática, funcionaba de manera adecuada y era muy efectiva para gobernar. La fuerza que acumulaba el presidente a lo largo de su sexenio se acababa en cuanto terminaba su mandato, y la no reelección impedía cualquier intento de maximato. Durante sus seis años el presidente era el fiel de la balanza entre los diferentes intereses políticos, sociales y económicos y tenía la última palabra si no se lograba un consenso. A pesar de que el sistema no permitía la disidencia política, se daba en su interior un debate de fondo sobre los principales problemas nacionales y los programas de gobierno.

El 68

El movimiento estudiantil de 1968 cimbró el sistema político y por primera vez se puso en jaque la figura presidencial, en ese momento representada por Gustavo Díaz Ordaz. No tuve ninguna participación en el 68 y hasta mucho tiempo después me di cuenta de la enorme trascendencia que ha tenido el movimiento en la transformación política de México. En ese año yo ya había salido de la Universidad Iberoamericana, tenía 24 años y trabajaba en Aurrera; era gerente de Planeación y Organización y mi tiempo lo dedicaba fundamentalmente a la empresa y a mis amigos.

Igual que a muchos otros, me impactó ver la avenida Reforma llena de tanques o haber oído de la matanza de Tlatelolco, pero en su momento no me percaté de la importancia del movimiento estudiantil para el futuro de México. Estaba alejado de la vida política y no tenía interés en lo público.

El compromiso político lo adquirí posteriormente, alrededor de siete años después del 68, y fue cuando decidí salirme de Aurrera. En una ocasión, como diputado del Partido de la Revolución Democrática (PRD), me quisieron nombrar miembro de una comisión de la verdad para investigar el 68, pero rechacé la propuesta; hubiera sido muy deshonesto de mi parte aceptar participar en esa comisión cuando no estuve, no sentí y sobre todo no entendí en ese entonces el movimiento estudiantil.

Después de 1968 el país ya no fue el mismo, se acabó de golpe con la visión de que no pasaba nada, y a partir de entonces la política en México dio un giro, por lo menos en la forma.

Siempre he repetido el dicho del periodista don José Pagés Llergo que dice que en México nunca pasa nada, hasta que pasa, y cuando pasa, no pasa nada. Sin embargo, el movimiento estudiantil es una excepción, dejó un disgusto social y político muy amplio que transformó de raíz la vida nacional.

Al principio el movimiento se inició como protesta estudiantil en contra de la represión policial, pero fue tomando mayores proporciones que reflejaban el descontento por el autoritarismo del sistema político y la insatisfacción de diversos sectores por el modelo desarrollista que resultaba insuficiente para satisfacer las crecientes necesidades sociales.

Arriba y adelante

El presidente Luis Echeverría estaba marcado por la matanza de Tlatelolco y buscaba a como diera lugar dejar atrás esa fecha para poder construir un gobierno de unidad nacional, por lo que se vio obligado a abrir espacios a los partidos de oposición y a la disidencia política en los sindicatos y organizaciones sociales e incorporó un número importante de jóvenes al gobierno.

Se propuso reactivar la economía interna a través de una participación creciente del Estado aumentando la inversión pública para obras de infraestructura, sin embargo, muchas de esas inversiones se hicieron con precipitación y sin una debida planeación, lo que se tradujo en un desperdicio de recursos.

Después de dos décadas de estabilidad cambiaria y financiera, en 1976 el gobierno de Echeverría terminó con una deuda externa duplicada, inflación de 27% y una devaluación del peso de casi 100%. En medio de rumores que hablaban de congelamiento de cuentas bancarias, de autogolpe de Estado e incluso de intento de maximato del presidente, su sexenio terminó con un enfrentamiento con el sector privado, sobre todo con el Grupo Monterrey por el secuestro de uno de sus líderes principales.

Familia de políticos

Cuando al final del sexenio de Echeverría decidí participar en el sector público desconocía que traía en la sangre la política. Mis dos bisabuelos paternos habían sido connotados políticos en el siglo xix: Carlos Sodi Candiani fue durante 25 años senador de la República durante el porfiriato, primero por Oaxaca y luego por Michoacán, y Jacinto Pallares, michoacano, fue uno de los abogados más famosos del siglo, de hecho, el aula magna de la Facultad de Leyes de la unam lleva su nombre.

Jacinto Pallares fue un hombre independiente y muy crítico de Porfirio Díaz, a quien llamaba, en plan de burla, la “luz de la nación”. Se cuenta que, ante un comentario de Díaz, que calificó a mi bisabuelo como el mejor abogado de México, éste lo corrigió y dijo que era “el mejor jurisconsulto, pero no el mejor abogado, ya que los abogados se venden”.

Mi abuelo paterno fue Demetrio Sodi Guergué, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 1908 y secretario de Justicia durante el último año del gobierno de Porfirio Díaz, incluso se dice que fue él quien le redac­tó su renuncia. Fue fundador de la Escuela Libre de Derecho y defensor de León Toral, asesino de Obregón, en 1928, cuando ningún abogado en México se atrevía a hacerlo por las amenazas que enfrentaban, debido al ambiente de confrontación política que vivía el país después del movimiento cristero.

Tuve dos tíos diputados, primos de mi padre, y un tío abuelo, Franco Sodi, procurador general de la República durante el alemanismo. Un antepasado mío, Joaquín Guergué, fue gobernador de Oaxaca en 1847, de donde es originaria la familia de mi padre.

Por el lado de mi madre, Soledad de la Tijera Alarcón, cuya familia proviene de Hidalgo y Chihuahua, mi abuelo fue presidente municipal de Tulancingo y contaba mi abuela que estuvo a punto de perder la vida en manos de Pancho Villa, quien finalmente se la perdonó por ruegos de mi madre.

Mi padre siempre estuvo alejado de la política y dedicó su vida a la investigación y práctica médica. En la década de 1940, recién graduado de la unam, se incorporó al equipo del maestro Ignacio Chávez en el Hospital General de México; más tarde marchó becado a estudiar Electrocardiografía a la Universidad de Míchigan, en Ann Arbor, Estados Unidos.

A su regreso del extranjero en 1944 fue nombrado jefe del Departamento de Electrocardiografía del Hospital General y posteriormente se hizo cargo de la jefatura del Departamento de Electrocardiografía del flamante Instituto Nacional de Cardiología, cargo que desempeñó por más de 30 años.

Fue un hombre valiente y de fuertes convicciones; en el discurso de inauguración como presidente del Congreso de la Academia Mundial de Medicina, ante el entonces presidente Díaz Ordaz, atribuyó todos sus hallazgos médicos a Dios, ante la sorpresa e incomodidad de toda la clase política del país.

Defendió toda su vida sus creencias religiosas y sus avances científicos, lo que le costó salir de Cardiología y ser criticado por los médicos tradicionales. Con los años mi padre consolidó una brillante trayectoria médica y una situación económica desahogada. Fue uno de los miembros fundadores del Instituto Nacional de Cardiología y estructuró la Escuela Mexicana de Electrocardiografía, que llegó a extender sus ramas por los cinco continentes atrayendo a estudiantes de todas partes del mundo.

En la década que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial se consideraba a México como la meca de la electrocardiografía, y mi padre fue reconocido como el padre de la electrocardiografía a nivel mundial. También fue profesor de la unam, presidente de la Sociedad Mexicana de Cardiología en varios periodos, presidente de la Academia Nacional de Medicina y miembro de una veintena de sociedades cardiológicas internacionales; asimismo, publicó una docena de libros y cientos de artículos en revistas especializadas, y fue reconocido por agrupaciones médicas nacionales e internacionales y varios gobiernos, que le otorgaron condecoraciones.

Salió de Cardiología porque no lo dejaban investigar lo que él quería y dedicó el resto de su vida a un tratamiento metabólico para el corazón que mejora notablemente las posibilidades de recuperación del paciente. Falleció en agosto de 2003 a los 90 años, siendo considerado el cardiólogo más eminente de nuestro país. Es para mí el médico más grande que ha dado México a nivel internacional, y como pasa con frecuencia aquí murió sin reconocimiento nacional.

Mi madre se dedicó en cuerpo y alma a mi padre y a la familia, y ni él ni ninguno de mis hermanos seríamos lo que somos de no haber sido por los cuidados y el cariño que nos dio. Fue una compañera incondicional de mi padre y lo acompañó por todo el mundo a dar clases y conferencias.

Nací en Santa María la Ribera, en la calle de Salvador Díaz Mirón, y de muy chico nos fuimos a vivir a la colonia Narvarte. Era una casa de cinco medios pisos en donde vivíamos mis padres, siete hermanos, mi abuela y una tía, hermana de mi madre. Mi niñez y mi juventud fueron felices, sin problemas, salvo por la muerte de mi hermano Luis Roberto, de leucemia, cuando yo tenía ocho años y él seis. Fuera de eso fue una niñez feliz, sin lujos, pero sin carencias.

Mi padre era un joven médico, de esos profesionistas que viven de su trabajo y que van subiendo con mucho esfuerzo. Éramos la típica familia de clase media, muy unidos y con muchos amigos en la cuadra. Pasábamos la mayor parte del día jugando en la calle, con la bicicleta, los patines, el balero. Llegaba de la escuela a las cinco de la tarde y me metía a las ocho de la noche a hacer la tarea. Tengo un hermano, Juan, doctor en Metalurgia, y tres hermanas, Marcela, Ana Alicia y Laura. Hace 15 años murió mi hermana Graciela, una mujer dedicada al trabajo social para familias marginadas y niños y niñas huérfanos.

Mi padre viajaba mucho, daba conferencias en diferentes partes del mundo y cada dos años lo acompañábamos en uno de sus viajes a Estados Unidos. Nos íbamos en coche; mi padre daba sus conferencias y nosotros conocíamos las ciudades. Los fines de semana los pasábamos acompañándolo a ver enfermos, esperándolo durante horas en el coche.

A mi padre le empezó a ir bien y compró un terreno en San Jerónimo a donde íbamos los fines de semana a jugar, después nos fuimos a vivir allá. Compró también una casa en Valle de Bravo, en el Estado de México, para los fines de semana, a donde he ido durante los últimos 65 años casi todos los fines de semana y que se convirtió en una extensión de mi casa.

Hace 40 años compré con unos amigos un rancho al que voy constantemente con mis hijos e hijas, yernos, nuera y nietos y nietas. Tengo cuatro hijos: Demetrio, Verónica, Adriana y Alfonso, y ocho nietos: Santiago, Andrés, Ana, Diego, Luisa, Emilia, Jerónimo y Carla, a quienes les dedico este libro.

Estudié la primaria y la preparatoria en una escuela privada, el Franco Inglés, que estaba en Melchor Ocampo y Marina Nacional. El Franco Inglés era una escuela de padres maristas, de muy buen nivel académico, con dos canchas de futbol. Fui un estudiante regular, aunque era de los más traviesos; me llevaba bien con todos, era muy amiguero y buen deportista. Mi padre nunca nos dio mucho dinero, pero nunca nos faltó nada.

Aprendí de mi padre a defender lo que uno cree y no dejarse intimidar por nadie. Siempre he estado muy orgulloso de mi familia, de mi bisabuelo Jacinto Pallares, de mi abuelo Demetrio Sodi Guergué y sobre todo de mi padre Demetrio Sodi Pallares, médico que resistió las presiones y burlas del grupo de poder médico y defendió durante toda su vida un tratamiento metabólico, que el tiempo se ha encargado de demostrar su efectividad.

Aprendí de mi familia una ética y un amor por México que me han obligado durante toda mi vida a una honradez sin tregua, tanto en lo económico como en lo ideológico. Mucha gente ha criticado mis cambios de partido, pero son resultado de esa ética sin concesiones que me ha hecho abandonarlos cuando creo que donde estoy ya no responde a esos principios que defiendo.