Opinión

México: La historia interminable · Roberto Madrazo

¿Cómo liberarnos de una cultura política atrapada en el pasado?

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ADELANTOS EDITORIALES

«¿A dónde llevará al país y a millones de mexicanos el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador? ¿Sobrevivirá México a la destrucción en marcha?». Roberto Madrazo reflexiona sobre estas preguntas y señala los grandes retos políticos que plantea el panorama actual de la nación. Para ello hace un recorrido por las administraciones presidenciales de los últimos cincuenta años y traza paralelismos entre los desaciertos cometidos entonces y los errores en los que ha incurrido el presidente actual.

Nuestro atraso histórico, la destrucción populista y las consecuencias de la pandemia no dan tregua. Hay que actuar ahora, dice el autor, quien nos alerta sobre los peligros que enfrentaremos en el futuro si seguimos repitiendo la historia y no exigimos transformaciones radicales desde las altas esferas del poder. «Nuestra historia es compleja. Tan compleja que no hemos dejado de ser una trama cíclica, el país del eterno retorno».

Fragmento del libro "México, la historia interminable" (Planeta), © 2021, Roberto Madrazo. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Roberto Madrazo es un político que ha destacado por estar siempre en el ojo del huracán. Fue dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional (2002- 2005), candidato a la presidencia de México (2006), diputado federal en dos ocasiones (1976, 1991), senador (1988), gobernador de Tabasco (1995-2000), delegado político en Magdalena Contreras (1980-1982) y dirigente nacional de diversas organizaciones juveniles (1973 -1978).

México: La historia interminable | Roberto Madrazo

#AdelantosEditoriales


CAPÍTULO 1

México o la historia interminable

Lo más parecido al nido de la serpiente

Dicen quienes saben que la idea del eterno retorno es misteriosa. Ha de ser, porque cuesta trabajo concebirla racionalmente. Yo me asomé a esa idea de modo fortuito, leyendo una novela mientras viajaba con mi esposa. Era una linda historia de amor que observa en el eterno retorno una carga pesada, una pesada responsabilidad. Curiosamente, mientras más avanzaba la lectura yo pensaba en México, donde el eterno retorno al parecer funciona al revés, esto es, como una demoledora ausencia de responsabilidad. Debo reconocer, como tributo inolvidable, que el placer de la lectura nació en mí a instancias directas e indirectas de mi padre. Él era un lector infatigable, disponía de una biblioteca cautivadora. Supongo que verlo leer como yo lo veía alentó en mí seguirlo en ese sentido.

En fin, cuando llegué a las páginas finales, México volvió a mi mente. Leía que si Karenin, en lugar de ser un perro, hubiera sido un hombre, seguro le hubiera dicho a Teresa, su ama: «Haz el favor, estoy aburrido de llevar todos los días el periódico en la boca, de hacer lo mismo. ¿No puedes inventar algo nuevo?». En esa frase —dice el narrador— está encerrada una condena sobre el hombre. Una condena a raíz de que la vida humana sigue una línea recta, siempre hacia adelante, sin retorno. Por tal motivo no puede ser feliz, porque la felicidad está en la repetición, en el eterno retorno. ¿Será por eso que México no avanza o no quiere avanzar? ¿Será que buscamos la felicidad en el deseo de repetir, de hacer una y otra vez lo mismo? ¿Así, de plano, nos hemos equivocado?

De esto platiqué dos o tres veces con un par de amigos historiadores. Uno de ellos no aguantó la risa y me dijo que no era la felicidad lo que buscábamos los mexicanos regresando al pasado; más bien, no progresamos, porque, eso sí, el pasado nos pesa como una losa: hablamos de futuro, pero mirando el pasado. Recuerdo que mi amigo me habló de Octavio Paz y El laberinto de la soledad (que mi padre leía casi como libro de consulta); ya en esas, el historiador me dijo que entre los mexicanos los muertos del pasado resucitan entre los vivos del presente.

Pensé en los presidentes, a los cuales vemos, y ellos mismos lo hacen, como el antiguo Tlatoani. Somos un país de símbolos, de mitos y de ritos. Un país de regresos eternos. México es mágico, decimos a menudo. Y eso es cierto. ¿Qué querría decir mágico en este contexto? Mágica es quizá la idea que ve en el presidente la antigua figura del tlatoani, el que manda; y hasta puede creerse que cuanto hace el presidente ya lo hizo cualquiera de los tlatoanis en otro tiempo. Por tanto, su vida sería una repetición... México es mágico.

Hoy se dice que el presidente López Obrador maneja como pocos los símbolos. Es cierto, y a la vez es inquietante. Porque se le resta importancia a la realidad presente si se le observa en función de una repetición del pasado. Un tiempo ya ido, al que se considera grandioso, digno de ser repetido. En ese sentido llama la atención el emblema oficial de la 4T: un mosaico de figuras del pasado, con un hueco a ser llenado por su par, el actual presidente. Tal vez él mismo no se reconoce como de este tiempo, en tanto se ve o se asume como imitación o repetición de una figura simbólica, preciada, llena de valor.

No debe extrañarnos la trama cíclica que nos define. Somos una nación con un pasado envidiable, sin duda. Una rica civilización cuyos vestigios pugnan todo el tiempo por salir a la superficie. Y lo hacen. Basta hundir la mano donde se quiera para toparnos con el latido eterno de su vitalidad. Hay en verdad un museo enterrado a lo largo y ancho de nuestra geografía. Como se ha dicho, es el México profundo, son las hebras de un enorme tejido de culturas. Digo enterrado y, sin embargo, esos hilos caminan por los senderos, por las calles, se dejan sentir en nuestra vida cotidiana, igual en un mercado sobre ruedas que en un moderno supermercado, en el campo y en la ciudad, en el habla de la gente, en nuestros guiños y gestos de cada día. Difícil negar su presencia. Pero ¿quién querría negarla? México es una nación pluricultural, entronque de civilizaciones y de culturas, mezcla —como toda cultura y toda civilización—; mezcla de lo occidental y lo mesoamericano, así dicen los antropólogos. Una mezcla sui géneris: en disputa a lo largo de cinco siglos. Parece increíble. Pues esa disputa, también eterna, se deja ver igual en un mercado sobre ruedas que en un moderno supermercado. Y ahora también en la mente del presidente López Obrador.

Creo que nuestra trama cíclica encuentra su explicación, al menos en parte, en esta conflictiva relación, una historia de confrontaciones y resistencias entre un polo de poder y colonización occidental y otro de sujeción y descolonización mesoamericana. Una tensión histórica, sin duda, en tanto la polarización no cesa.

Recuerdo que en los años ochenta del pasado siglo la cuestión se puso al rojo vivo, sobre todo después del país en ruinas que dejó el populismo de los setenta. Con todo y riqueza petrolera, y los precios a tope, más el yacimiento Cantarell, México quedó quebrado. Sacarlo adelante hizo necesaria una jugada audaz, yo diría valiente en los términos de una decidida apertura al mundo. Fue cuando arreciaron las descalificaciones, las adjetivaciones, la ideología redentora de un nacionalismo a ultranza por encima de todo, permeando el debate en torno al eje disyuntivo de siempre: lo interno o lo externo; lo nuestro o lo extranjero. Lo autóctono como expresión única de lo auténtico. No fue fácil mirar más allá, ya que se argumentaba en contra —y parecía justo y popular— que la única salida posible, se decía casi sin asomo de duda, consiste en sacar del México profundo la voluntad histórica para emprender nuestro propio proyecto civilizatorio.

Cabe recordar que en ese entonces el mundo entero se encontraba a las puertas de un cambio enorme de paradigmas en materia de civilización, cultura y tecnologías. Digo cambio de paradigmas en alusión a que cambiaba, de forma por lo demás irrefrenable, la cancha de juego para la competitividad y la sobrevivencia de todas las naciones del orbe. Sin embargo, desde acá se proponía «fundar una nueva esperanza» a partir de las bases de civilización y cultura de nuestros ancestros mesoamericanos. Uno de los planteamientos radicales en ese sentido decía así: «Si no se cuenta con la herencia del México profundo no hay solución que valga». ¿Por qué? Porque hasta aquí —se dijo— se ha tratado de construir un México ajeno a la realidad de México. Desde luego se reconocía el hecho de que «México cuenta con científicos y técnicos, artistas, investigadores, intelectuales, dotados de conocimientos y habilidades occidentales... El problema está en si la sociedad mexicana tiene la capacidad para apropiarse realmente de esos recursos y ponerlos al servicio de sus intereses auténticos... si somos capaces de emplear conocimientos y técnicas de la civilización occidental sin que su empleo conlleve la adopción del proyecto civilizatorio de Occidente, que niega nuestra realidad profunda».

Esto se argumentaba a finales de los ochenta, cuando el país buscaba salir de lo que habían dejado el derroche y la destrucción populista: «México cuenta con un vasto arsenal de pueblos, elementos culturales propios y recursos para ser un país mejor. Estos son los ladrillos para construir el nuevo hogar de los mexicanos. Son los únicos realmente nuestros, pero son suficientes... Solo faltan los planos». Cuando todas las sociedades y culturas del planeta buscaban una configuración global más allá de los nacionalismos territoriales para generar riqueza, acá hubo quienes proponían cerrarnos y encerrarnos aún más. Cuando miles de millones buscaban articular una mirada de futuro, acá hubo voces radicales que propusieron darnos media vuelta y caminar en sentido contrario, con los ojos puestos en el pasado. En el pasado ancestral. Recuerdo que se dijo: tenemos todo, tenemos historia y cultura, una vieja civilización que nos respalda. Lo recuerdo bien, porque la frase terminó así: «Nada más faltan los planos».

Ahora mismo, entrados ya en el siglo XXI, y en medio de una enorme crisis sanitaria que ha paralizado el mundo, por el covid-19, el nuevo Gobierno de López Obrador insiste con la versión actual del regreso al pasado: la mejor política exterior es la interior. Insiste en tapar el sol con el dedo de la ideología; insiste en una Cuarta Transformación anclada en los setenta... a la que nada más ¡le faltan los planos! Es la historia interminable.

A pesar de todo, México se abrió en los ochenta y entró con éxito en el mundo global, solo que hoy, al inicio de la tercera década del siglo XXI, la aspiración del presidente López Obrador es cerrarnos de nuevo, y apelar a «lo nuestro», despreciando a lo largo y ancho de la república la ciencia y el conocimiento, a nuestros artistas, a nuestros intelectuales, maestros y escritores, cerrando programas y proyectos de investigación... Una vez más con la mira puesta en el pasado remoto. Desde luego esto no es como abrir y cerrar una puerta. No es tan simple. Más bien es grave, y mortal para millones de mexicanos, pues entre las diversas formas de morir que puede caer sobre un ser humano nada es más triste, criminal y salvaje que morir en vida privado de futuro. Apúntense aquí primero a los pobres.

Así que no es tan simple como abrir y cerrar una puerta. Porque para abrir la puerta del mundo de alta competencia México tuvo que dar un enorme salto con reformas estructurales en todos los terrenos. En el terreno institucional ni se diga, ya que la imagen y la realidad del México de la «dictadura perfecta» debía quedar atrás. Debía quedar superada para generar confianza, ese activo social sin el cual ninguna nación de nuestro tiempo puede sobrevivir con dignidad. Por eso se fueron creando organismos autónomos con una buena dosis de participación ciudadana a fin de generar confianza y credibilidad, buscando alejarnos cuanto fuera necesario de la voluntad de un solo hombre en el poder. Ahora bien, tampoco es tan simple cerrar esa puerta abierta que nos puso en el mundo desde los ochenta, ya que para hacerlo hoy el nuevo gobierno de la Cuarta Transformación comenzó por derogar todo lo avanzado en términos de reformas y contrapesos institucionales a la «dictadura perfecta», al país de un solo hombre y una sola voluntad. Todo lo que México ha crecido en materia de ciencias, conocimientos y tecnologías.

No. No ha cesado la disputa cultural y la polarización. A tal grado persiste, que el Gobierno del presidente López Obrador prácticamente inició su mandato republicano colocando en el centro justamente la polarización cultural. No fue otra cosa su ungimiento por ciertas comunidades indígenas en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, seguida de un despropósito increíble: una carta al rey de España Felipe VI exigiéndole realizar en el 2021 una ceremonia conjunta al más alto nivel, en la cual el Reino de España debía expresar de manera pública y oficial disculpas y reconocimiento de los agravios causados por la Conquista hace... 500 años. Hoy, en estos días de octubre del 2020, ha vuelto una vez más al punto. Con un añadido aún más absurdo: recuperar el penacho de Moctezuma y la «limpia» que el Presidente y su esposa llevaron a cabo en Palacio Nacional con motivo de Día de Muertos.

Hay en esta historia no solo ceguera política y social, hay un resentimiento profundo. A la postre dañino. Tanto que a quienes más daño ha causado y causa es a las comunidades herederas de las culturas originarias, comunidades que han resultado víctimas, cuando menos, de una doble circunstancia. De su explicable resistencia en defensa propia, que las ha mantenido aferradas con razón legítima a sus tradiciones y costumbres, y del precio ante su marginación del progreso, fenómeno este, el progreso, cuya fuerza no reconoce ni respeta fronteras culturales, tradiciones, costumbres, valores.

Desde tiempos remotos los pueblos, de cualquier signo cultural y donde quiera que se hayan asentado, sobreviven por sus intercambios con la naturaleza, pero, además, a base de mezclarse unos con otros, al precio de guerras de conquistas donde sucumben personas como tradiciones, costumbres y lenguas, dando origen a otras tantas identidades que en la historia han sido. Al respecto, alguna vez leí en uno de los libros del maestro Jesús Silva Herzog sobre la Revolución mexicana una cita del poeta Paul Valery: «Las civilizaciones también son mortales». Una gran verdad. Lo fueron los griegos a manos de los romanos, de cuya mezcla emergió la cuna de la civilización que todavía domina en Occidente, la gran civilización y cultura grecolatina.

Con todo, esta misma y colosal civilización occidental moderna experimenta hoy lo más parecido a una mutación —más que una crisis o un mero cambio progresivo—, una mutación en el orden de la mente de los humanos con la irrupción de la nueva civilización digital, cuyos desafíos apenas comenzamos a vislumbrar. ¿Vamos a darle la espalda a esta realidad palpitante en el cerebro de miles de millones, de nuestros niños en las escuelas y en los hogares, la industria, los servicios de salud? ¿Vamos a cancelar todos los proyectos de investigación científica y tecnológica, particularmente los de biotecnología, con ser que entramos precisamente en lo que notables hombres de ciencia denominan «siglo de la biotecnología»?

Por cierto, no será tampoco simple, mucho menos será fácil afrontar los desafíos de la nueva civilización digital ya en marcha, que aun afrontándolos dejará en el camino millones de vidas quebradas; más todavía si México, en lugar de ir en busca del conocimiento, emprende la retirada y entrega la plaza y su gente, refugiado él en posiciones ideológicas cuyo fracaso se medirá —se mide desde ahora— en vidas desperdiciadas. El Gobierno de López Obrador tiene en esto una responsabilidad ineludible. Pero si se empeña en hacerlo, tal irresponsabilidad, más temprano que tarde, lo hará responsable de un crimen de lesa humanidad. Debe entender, y debe entender pronto, que la revolución digital en marcha acrecentará la producción de lo que importantes sociólogos como Zigmunt Bauman llaman desde ahora «residuos humanos», poblaciones «superfluas» de emigrantes y demás parias, como consecuencia inevitable del mundo nuevo que está emergiendo a nuestros pies.

Lejos entonces de hallar la solución en el encierro y la cerrazón bipolar, el Gobierno de López Obrador debe entender —comprender antes que huir y juzgar— que los problemas que enfrenta México tienen su origen en la esfera global, y que es allí, en el ámbito de la globalidad, donde puede y debe articular soluciones viables y eficaces para nuestro «desdichado pueblo», como solía decir don Gastón García Cantú. Debe entender que el Gobierno, divorciado del ámbito global, se corta las manos, pues con ello carece absolutamente de capacidad para trazar un nuevo rumbo para la nación. Al contrario, tal divorcio no hace y no hará más que socavar, como ya se advierte con claridad, su propia capacidad de acción, condenándolo a la inquietante parálisis que ha empezado a agobiarlo. Montado en la improvisación y el ingenio como herramienta de «gobierno» ha perdido tiempo precioso —lo pierde a diario confrontando y polarizando—, una pérdida crucial cuando se ha hecho evidente que el «proyecto» con el que ganó la elección del 2018, en el que creyeron millones de mexicanos, carece de los planos para su edificación. He leído en estos días de reflexión a René Delgado, el inteligente analista del diario Reforma, donde advierte acerca de la «turbación del juicio». Hay vértigo, dice, obsesión por avanzar a como dé lugar por la vía de los hechos, no de los derechos. Grave. Y muy preocupante.

Obviamente hay en el juego y rejuego entre la historia y el progreso evidencias claras de un registro de pérdidas. Sin duda. Lo interesante es que también se registran ganancias. Bien vista, la historia y el progreso no son otra cosa que un juego de gana-pierde, un juego donde ninguno pierde todo ni ninguno gana todo. El cambio tecnológico de referencia digital es un magnífico ejemplo, pues cada nueva adquisición echa abajo algo, sea una tradición, una costumbre, un modelo de acción o de pensar, o un apreciado valor. No leemos hoy un libro electrónico en la tablet sin perder el placer de sentir cada página en las manos. A cambio, ganamos tiempo y ubicuidad, justo cuando hoy se trata de «estar» en todas partes a la vez, para no perdernos una oportunidad. Pocos piensan en esto: cuando uno compra un libro electrónico, con esa decisión deja en el camino una cadena de personas que hasta ayer contaban con empleo en la librería. La revolución digital ha comenzado por lo pronto a eliminar las mediaciones existentes en la «vieja» civilización. Mediaciones son el cartero, el hombre o la mujer que nos cobra el libro en la librería o el café en la cafetería. Empleos, en una palabra. Genial la revolución digital. Mortal para millones que solo ven su lado entretenido. Fatal para aquellos líderes aquejados de ceguera histórica y política.